LA OBRA DE MAGALI LARA, CELEBRADA SIMULTÁNEAMENTE EN MÉXICO Y NUEVA YORK
El Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) presenta Cinco décadas en espiral, una exposición que recorre cincuenta años de trabajo de Magali Lara (Ciudad de México, 1956), artista cuya práctica se despliega entre el dibujo, la pintura, la animación, la escritura y la pedagogía feminista. En lugar de seguir un orden cronológico, la muestra —curada por Virginia Roy Luzarraga y Cuauhtémoc Medina— propone un recorrido en espiral, invertido y rizomático, donde la obra más reciente da la bienvenida al visitante, para irse desenrollando hacia sus inicios en los años setenta.
El título de la exposición es también una metáfora para describir su método, su manera de mirar y política del gesto mínimo. La espiral, para la artista, es una figura simbólica presente en la naturaleza, en la forma de los caracoles, de los huracanes, del cabello. Una manera de crecer hacia afuera sin dejar de tocar el centro.
Esta retrospectiva coincide con un momento de gran visibilidad para Magali Lara. En 2025, junto con Cinco décadas en espiral en el MUAC, su obra ha sido celebrada con una individual en la Galería RGR —centrada en sus grises pictóricos— y Stitched to the Body en el Institute for Studies on Latin American Art (ISLAA), que marca su primera gran muestra individual en Nueva York. La confluencia de estos reconocimientos no sugiere un descubrimiento tardío, sino que confirma una trayectoria sólida, marcada por la persistencia, la experimentación formal y una práctica silenciosa, pero incisiva.

Aunque la producción de Magali Lara ha sido frecuentemente asociada al arte conceptual, lo que la atraviesa con mayor persistencia es una narrativa íntima donde el cuerpo se convierte en territorio para explorar la subjetividad. Desde sus primeras viñetas feministas, marcadas por la estética del cómic y la novela gráfica, hasta sus manchas y atmósferas cromáticas más abstractas, Lara ha construido un lenguaje visual que piensa el mundo desde lo visceral y lo doméstico. Su feminismo está inscrito, más que en la tematización directa, en la forma misma de producir: en el rechazo a las formas hegemónicas de representación, en la consigna feminista de que “lo personal es político”.
“Las obras de Lara manifiestan una tensión entre la fuerza caudalosa —a veces resultante de una presencia plástica o cromática, o bien de una iconografía contundente— y una fragilidad intencionada y necesaria”, escribe Roy Luzarraga en el catálogo de la exposición. Esta tensión es constitutiva: para Lara, “la pregunta era de qué manera construir un espacio que permitiera integrar la vulnerabilidad”.


La propuesta curatorial del MUAC de comenzar con dos murales recientes —La piel son nubarrones negros y Estiro los dedos, ambos de 2025— subraya el carácter directo y expansivo del trabajo de Lara. Realizados con carbón sobre la pared, estos dibujos exploran la disolución de la forma, el vacío como espacio simbólico, y el movimiento como huella cuasi monstruosa. Desde allí, la exposición fluye hacia la serie pictórica Futuro (2013-2019), donde la representación de esferas negras y azules remiten a células, átomos o constelaciones. Oscilando entre lo cósmico y lo primitivo, estas pinturas registran una simultaneidad de escalas y tiempos que atraviesa de forma persistente el trabajo de la artista.
En la obra de Lara, el cuerpo y las emociones son evocados mediante fragmentos, huellas, manchas, trazos agitados y analogías con lo vegetal. Esta estrategia poética, sensible y política se hace visible en obras como Llamas (1997), Alzheimer (2007) o Las flores mueren dos veces (2018), donde las formas orgánicas operan como una iconografía de procesos como la pérdida, la enfermedad o el desgaste físico y emocional.



A través de núcleos temáticos aproximados a cada década, la exposición de Magali Lara en el MUAC muestra cómo ciertas obsesiones—la escritura, el cuerpo, el lenguaje, la vulnerabilidad— se repiten, mutan y se reescriben en diferentes formatos y soportes. La reiteración y la autorreferencialidad no operan aquí como cierre, sino como expansión.
“Me interesa dibujar lo que no se ve: el dolor, la vulnerabilidad, el deseo”, expresa la artista en una entrevista en video realizada por el MUAC. Su glosario personal —incluido al final del catálogo— es una suerte de diccionario afectivo: allí, palabras como “animal”, “cuerpo”, “monstruo” o “paisaje” se redefinen desde la experiencia íntima. No es casual que Lara, quien inicialmente quiso ser escritora, se haya refugiado en el dibujo como una forma de narración encarnada: «Quisiera armar historias, pero no desde la literatura», confiesa. «Me interesaba que el narrador fuera el cuerpo, el mío, que es un perfecto desconocido».
Ese cuerpo habla desde múltiples lenguajes: el libro de artista, el gobelino, la fotografía intervenida, la animación digital, la cerámica, el collage. Pero es el dibujo, incluso cuando se vuelve animación o imagen en movimiento, el que permanece como nervio central de su práctica. El sonido —que en sus animaciones digitales aparece como loop insistente— acentúa la lógica cíclica, la variación mínima, el retorno con diferencia.
La pregunta por la escala atraviesa toda la muestra en el MUAC. “¿De qué tamaño es lo monumental? ¿Dónde empieza lo nimio?”, se pregunta Lara. En su trabajo, cada trazo o palabra contiene una carga emocional que desborda su tamaño físico. Así, la escala es también conceptual, afectiva y política. La misma etimología de la palabra (del latín scala, escalera, y del griego skala, puerto) sugiere movimiento, tránsito, posibilidad de cruce.

La exposición culmina con los trabajos más tempranos de la artista, como Historias de casa (1982-1983) y Dibujos sucios del mes de julio (1984), en los que ya está presente la voluntad de habitar el espacio doméstico como un sitio de resistencia. La casa, como la espiral, no es aquí un lugar fijo, sino una estructura porosa, donde lo íntimo se vuelve político, donde la precariedad convive con el poder de la enunciación.
Ya hacia los años noventa, la investigación de Magali Lara se volcaría hacia el mundo vegetal: plantas, ramas, hojas, frutos. Estas imágenes operan como metáforas del cuerpo, pero también como formas de resistencia a la violencia y al control. En un contexto de creciente violencia de género en México, Lara respondió con un lenguaje delicado, pero no frágil: con imágenes que hablan desde lo viviente. Paralelamente, retomó el género del bodegón para convertirlo en un escenario de vibraciones internas: naturalezas muertas que no tienen nada de muertas, donde los objetos parecen a punto de moverse, de hablar, de desbordarse.

STITCHED TO THE BODY
Distribuida en tres salas, la exposición de Magali Lara en el Instituto de Estudios sobre Arte Latinoamericano (ISLAA) también se presenta de manera deliberadamente no cronológica. La muestra rehúye las narrativas lineales para sumergirse en el ritmo íntimo y fragmentario de más de cincuenta obras realizadas entre 1977 y 1995, que se despliegan como un diario visual desbordado por décadas de experimentación. Stitched to the Body examina un momento clave en la trayectoria de la artista, articulado a través de series tempranas como Ventanas y Frida, hasta llegar a Ramificaciones, de mediados de los años noventa.
Las ventanas, un motivo recurrente en la obra de Lara, se abren como umbrales entre el adentro y el afuera, metáforas de una mirada introspectiva que también busca interpelar al mundo exterior. La serie Ventanas (1977-78) se compone de cincuenta y cuatro collages únicos realizados a partir de imágenes fotocopiadas, recortes de periódico, objetos encontrados, texto estampado con sellos de goma, huellas dactilares y manchas de lápiz labial, todos ellos dispuestos en marcos de madera oscura que remiten al marco literal de una ventana.


Magali Lara, de la serie Ventanas (1977). Vista de la exposición Magali Lara: Stitched to the Body. ISLAA, Nueva York, 2025. Foto: George Etheredge.



En Objetos (1981), los utensilios del hogar se tornan entidades antropomórficas, portadoras de afectos silenciados, mientras que el espacio doméstico —también central en su serie Historias de casa (1984-1986)— se convierte en receptáculo emocional: allí, refrigeradores, sillas y prendas cotidianas portan silenciosamente las huellas de historias privadas y afectos retenidos. “Creo que los objetos cotidianos están impregnados del cuerpo de sus dueños y, de alguna manera, reproducen escenas emocionales o, sería mejor decir, circunstancias detenidas que regulan nuestros movimientos afectivos”, relata Lara.
Historias de casa explora lo cotidiano desde un punto de vista autobiográfico que, en su momento, fue radicalmente disruptivo. Sin embargo, como ha dicho la propia artista, estos trabajos no eran “femeninos” en un sentido esencialista, sino que buscaban evidenciar que lo político también sucede en el espacio doméstico, en la rutina, en aquello que no es espectacular.
Durante los años ochenta, la artista produjo algunas de sus obras más emblemáticas en torno a lo íntimo. En ISLAA se muestra De lo amoroso, personal, confidencial, etcétera (1982), una serie de collages con labios estampados, huellas dactilares y tachaduras que bordean lo confesional sin caer en el exhibicionismo. La serie, compuesta por cuarenta collages en papel, incorpora la escritura —breves notas poéticas manuscritas— como un elemento recurrente, en una convivencia entre imagen y texto que caracteriza buena parte de su producción.


Para Magali Lara, el dibujo, el collage y la creación de patrones funcionan como lo que ella denomina ejercicios conceptuales o mapas mentales: formas de organizar una relación compleja entre el yo y el otro, el individuo y la sociedad, atravesada por tensiones afectivas y simbólicas.
En ISLAA también se presenta la serie Frida, realizada a partir de fotocopias de un libro de Raquel Tibol (1977), y que propone una relectura crítica y poética del legado de Kahlo, cuya figura —según Lara— ha sido históricamente encuadrada por narrativas masculinas y nacionalistas. “Frida es un paradigma por partida triple: porque es del Tercer Mundo, porque es mujer y porque es artista. Ser mexicana y ser pintora significa provenir de Frida”.
El trabajo de Magali Lara no busca respuestas cerradas ni definiciones unívocas. Antes bien, traza mapas emocionales, patrones mentales, dibujos de lo que no puede decirse, pero se recuerda, se desea o se teme. En palabras de la artista, su práctica es una forma de ordenar “una relación complicada entre el yo y el otro, entre el individuo y la sociedad, con toda su tensión y complejidad”.
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