ANOCHE SOÑAMOS… DIEZ AÑOS DE NARANJA PUBLICACIONES
Anoche soñamos con la instrucción de cargar todos nuestros objetos dentro de un trozo de papel es el nombre de la última exposición de Naranja Publicaciones, proyecto compuesto por dos Sebastianes: Sebastián Arancibia y Sebastián Barrante. La muestra, que celebra diez años de trabajo artístico-editorial, está abierta del 30 de abril al 13 de junio en el Centro de Documentación Angélica Pérez Germain del Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile.
«Un átomo tiene las mismas posibilidades que el universo»
Okakura Kakuzō
Para hacer una galleta de la fortuna hay que plegar la masa cuando todavía está caliente. En no más de veinte segundos, sacar la bandeja del fuego, desprender el círculo con una espátula, depositar con suavidad el mensaje en la superficie, plegar la masa por la mitad y, con la ayuda de un palillo o el borde de un recipiente, hacer presión para que se forme esa guatita misteriosa que sella el destino en su interior.
Si el proceso es manual y solitario, se recomienda no hacer más de cinco galletas a la vez.
La demora endurece, la masa se quiebra.
Con el mismo apremio y habilidad, hace unos días Sebastián Arancibia y Sebastián Barrante se las arreglaron para cargar todos sus objetos dentro de un trozo de papel. Gracias al tiempo torcido propio de los sueños, en lo que en ese plano fueron apenas unos minutos lograron comprimir diez años de trabajo editorial; fabricaron más de treinta objetos y libros minúsculos que reproducen los originales con admirable precisión y delicadeza. Antes de salir por la puerta principal, alcanzaron a sacar algunos objetos pequeños, otros minúsculos. Residuos y cachureos devenidos reliquia; fotos de viajes y de proyectos en curso; tarjetas, libritos y materiales impresos que dan cuenta de su oficio, pero también de una sensibilidad especialmente propensa a los oráculos y a percibir la potencialidad creativa del azar y la sincronicidad.
¿Incendio, terremoto, inundación?
Habrá que preguntarles si sus sueños también coinciden en cómo y por qué recibieron una instrucción tan apremiante.

Enumero seis de los veintiocho objetos que ahora están bajo el resguardo de una elegante vitrina curva del MNBA:
Nube de masking tape.
Dos piedras pintadas.
Carta del hexagrama 61 del I Ching.
El peine de Chino [su gato].
Caja de lápices de color.
Dados japoneses.
Justo al frente, una vitrina de las mismas características y dimensiones contiene un inventario de imágenes y documentos que aluden a «situaciones, personas y objetos que han configurado nuestra práctica artístico-editorial». Encuentros casuales, visitas ilustres, exposiciones, viajes, regalos, invitaciones, buenas y malas noticias. Ni cronológicos ni exhaustivos, el inventario y la colección de objetos insisten en cuán unida está su vida cotidiana y afectiva con cada papel impreso o gesto editorial que llevan adelante.
Mirar a través del vidrio de estas vitrinas es, al mismo tiempo, como escuchar el relato de un sueño que no se ha soñado o leer una premonición; sugerentes pero esquivos, son mensajes que podemos proyectar con la imaginación, pero siempre al interior de un halo borroso que separa el aquí y el ahora de lo que ya fue y de lo que será.

Antes de ser plegada, una galleta de la fortuna tiene un diámetro de entre seis y siete centímetros, algo así como una hostia, un posavasos o la superficie de la mesa de una casa de muñecas. En el video que abre la exposición, una cámara cenital registra el proceso de composición del frotado de una mesa. Cada Seba se encarga de una mitad; con un lápiz 8HB rayan o dibujan un círculo perfecto.

Frente al video, en la vitrina central de la muestra, el frotado reemplaza a su matriz y se hace pasar por mesa: sostiene más de treinta libros, gráficas, cartas y gestos editoriales en miniatura, la edición expandida de una microexposición que hicieron hace unos años en la librería Utrecht de Tokio. Justo al centro, un trozo de papel rectangular simula ser el frotado de un colchón.
Un círculo con un rectángulo al medio.
Una masa aún caliente y su fortuna.
Falta la última operación: «con la ayuda de un palillo o el borde de un recipiente…»
Como si la repetición del nombre –Sebastián– fuera un motivo, la figura del doble se multiplica en estas salas. Las vitrinas espejeadas, dos versiones de una misma performance, una obra y su reproducción fotográfica, dos lámparas de color naranja, una colección de libros fotocopiados, dos tipos de dados, dos relojes enfrentados (dos veces), un comedor dividido, un colchón de dos plazas.
El origen de las galletas de la fortuna es también doble. En el libro Hierba primaveral (c. 1830-1844), Tamenaga Shunsui habla de unas galletas que en su interior tienen mensajes adivinatorios. En una xilografía de la era Meiji, un hombre las hornea al fuego con la ayuda de un sartén de mano. Se llaman tsujiura senbei.
Le escribo a mi madre:
-¿Has comido tsujiura senbei?
-Sí, son del lado del mar de Japón. Sabor natural, jengibre y miso.
-¿Son comunes allá?
-No mucho. Se dice que un inmigrante japonés las llevó a San Francisco.
El inmigrante es el paisajista Hagiwara Makoto. En 1914, en el jardín de té japones del parque Golden Gate en San Francisco comenzó a servir galletas con un mensaje en su interior. En vez de miso, su sabor era dulce.
-Eso mismo estuve leyendo. También que cuando a los japoneses les quitaron sus cosas y los encerraron en los campos de concentración durante la Segunda Guerra, los inmigrantes chinos las empezaron a fabricar para sus restoranes.
-¡Por eso se piensa que son chinas!

A diferencia de una maleta, una bolsa, una concha o una red, un trozo de papel necesita doblarse de cierta manera para convertirse en envoltorio, en sobre o cucurucho. Los pliegues crean un adentro y un afuera, permiten que el interior exista.
Se podría pensar que en esta exposición el contenedor está inconcluso, una tarea pendiente. Para trasladar sus objetos de vuelta, estos artistas-editores tendrán que plegar, atar, tejer, modelar nuevos recipientes. Hacer «una cosa para poner cosas dentro», crear una «herramienta que traiga energía a casa», como escribe Ursula K. Le Guin en La teoría de la bolsa de la ficción.
Pero tal vez todo esto no sea necesario; ese espacio de resguardo y protección podría repartirse entre algunos objetos (el tren de juguete, la nube de masking tape, el broche con forma de casa); en el espacio que se abre cada vez que volteamos la página de un libro, por muy pequeño que sea; o en la sumatoria de cada hueco de cada galleta que, cómodamente, se amontona al interior de la cúpula de acrílico.



Anoche soñamos con la instrucción de cargar todos nuestros libros dentro de una caja de metal – 10 años de Naranja Publicaciones. Autoras/es: Ana Lea-Plaza, Carlos Soto Román, Catalina Mena Ürményi, Fernanda Aránguiz M., Fernando Pérez Villalón, Guillermo Deisler, Macarena Urzúa, Magdalena Jordán, María P. Vila, Martín La Roche, Pablo Fante, Pablo Vindel, Sebastián Arancibia, Sebastián Barrante, Sofía Garrido y Valentina Améstica. Técnicas: Impresión índigo, serigrafía, Inkjet, digital. Algunas piezas manuscritas, fotograbadas o producidas con corte láser. Formato: Caja metálica con 34 miniaturas en su interior. Dimensiones: 50 x 30 x 8 cm. Tiraje: 50 copias numeradas.
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