PALOMA CONTRERAS LOMAS Y CAROLINA FUSILIER: ¿CÓMO SE ESCRIBE MUERTE AL SUR?
En ¿Cómo se escribe muerte al sur?, las artistas Carolina Fusilier y Paloma Contreras Lomas intervienen el Museo Anahuacalli en la Ciudad de México con instalaciones de escultura, video y sonido para explorar temas como la muerte y mitologías por venir. Organizada en colaboración con el festival TONO, la exposición vincula tramas filosóficas y fabulación crítica con el legado cultural del imponente recinto, concebido por Diego Rivera como su tumba y santuario artístico.
El proyecto responde con precisión y sensibilidad al ambiente de extrañeza del museo, que resguarda más de cincuenta mil piezas teotihuacanas, olmecas, toltecas, nahuas, zapotecas y del noroeste de México reunidas por Rivera. En diálogo con esa pulsión tanática y monumental, las artistas tejen una narrativa visual cercana a una crónica especulativa, donde imaginarios personales sobre la necropolítica y la vida eterna se entrelazan con la densidad arquitectónica y la presencia enigmática de dos mil artefactos de la vasta colección de Rivera, a la que él llamó “el idolaje”.
Para albergarla y ponerla a disposición del público, el muralista mexicano imaginó un edificio que fuera a la vez obra arquitectónica y espacio habitable, una construcción que conjugara arte moderno, funcionalidad y cosmovisión indígena. En 1942, junto a su amigo, el arquitecto Juan O’Gorman —discípulo de Frank Lloyd Wright e influenciado por la arquitectura orgánica—, dio inicio al proyecto.
El sitio elegido fue el Pedregal de San Ángel, un paisaje volcánico que rodea al Xitle y que Diego y Frida Kahlo habían adquirido originalmente para construir una granja. Con el tiempo, Rivera transformó esa idea inicial en un ambicioso legado: una Ciudad de las Artes.
La arquitectura del Anahuacalli, construida con piedra volcánica extraída del propio terreno, se inspira en edificaciones prehispánicas, principalmente mayas y toltecas. Rivera, sin embargo, prefería hablar de una síntesis entre los estilos azteca, maya y el que bautizó como “Rivera tradicional”. El edificio funciona como un umbral entre mundos: su planta y disposición remiten a una arquitectura sagrada, orientada hacia el inframundo.
Es precisamente esta cualidad liminal —entre templo, tumba y escenario— la que activa las imaginaciones de Fusilier y Contreras Lomas, quienes, desde el presente, fabulan sus propios universos simbólicos y convocan un nuevo elenco de espectros que dialogan con los ecos materiales y simbólicos del pasado.



Carolina y Paloma crecieron respectivamente en Argentina y México durante la década de 1990, en plena hegemonía del neoliberalismo. Sus prácticas emergen de ese trasfondo como respuestas sensibles a las utopías inconclusas y las promesas fallidas de la modernidad del siglo XX —de las cuales el Museo Anahuacalli, con su arquitectura monumental y su visión de legado cultural, es un testimonio elocuente. Ambas fueron formadas, además, por un consumo intenso de cine y literatura de ciencia ficción latinoamericana del período post-ochentero, marcado por una fuerte influencia estética y narrativa de Estados Unidos.
Desde ese cruce de historias personales, herencias culturales y futurismos desplazados, construyen ficciones propias y dan forma a un conjunto de apariciones que operan como figuras sociales, íconos pop y alegorías retrofuturistas. Dado que el Anahuacalli evoca un repertorio específico de fantasmas —los del nacionalismo cultural, el mito del mestizaje, el aura de lo prehispánico—, todo museo puede pensarse como un mausoleo. Pero también, y quizá paradójicamente, como una máquina de resurrección: un aparato que reactiva el sentido de los objetos al recontextualizarlos constantemente en el presente.




Carolina Fusilier (Buenos Aires, 1985) es una artista multidisciplinaria cuya práctica desplaza la historia desde una perspectiva no antropocéntrica, descentrando la mirada humana para explorar otras formas de vida y agencia material. Su trabajo indaga en las intersecciones entre cuerpos orgánicos y maquinaria, entre paisajes industriales y entornos domésticos, revelando un mundo en el que lo vivo y lo artificial se amalgaman en formas híbridas y especulativas.
Para esta exposición, se inspira en los escritos del filósofo ruso Nikolai Fyodorov (siglo XIX), figura clave del movimiento cosmista. Fascinada por su visión radical del biocosmismo —una doctrina que consideraba la muerte como un defecto técnico, más que una condición natural—, Fusilier ensaya una traducción visual de esas ideas a partir del acervo del Anahuacalli. En este universo donde la muerte puede ser superada mediante la ciencia y la tecnología, imagina cuerpos biocósmicos, artefactos extraños y sistemas de reanimación con resonancias arcaicas y futuristas.
Estas ideas se materializan en una serie de piezas que juegan con el lenguaje de la ciencia ficción y la estética prehispánica: pinturas/esculturas que parecen diagramas de máquinas para revivir la vida; lienzos con forma piramidal que prolongan visualmente las puertas del museo; y videos abstractos realizados en colaboración con Miko Revereza, donde formas sensoriales y cromáticas se despliegan en el lenguaje nostálgico del VHS.


Otra de sus propuestas es Jardín Biocosmista, una instalación basada en plantas secas encontradas en el entorno natural del museo que, como un ballet mecánico, cobran movimiento mediante sistemas mecatrónicos, como si una tecnología ritual les insuflara una segunda vida.
Como una reverberación emocional de ese movimiento suspendido entre vida y muerte, Altar para F es una pintura-ofrenda en la que un libro y una flor rinden homenaje a la memoria del padre de la artista. Ubicada en una de las criptas del museo, la obra establece un portal simbólico entre planos, donde el duelo se transforma en un acto íntimo de trascendencia. Fusilier atraviesa esta experiencia desde lo personal, quizá imaginando —sin afirmarlo— si uno de sus artefactos biocósmicos pudiera tender un puente hacia su padre ausente. Entre el homenaje y la invocación, Altar para F condensa la dimensión más íntima de la muestra.


Paloma Contreras Lomas (Ciudad de México, 1991) desarrolla una práctica multidisciplinaria que incorpora dibujo, escultura, performance, escritura e instalación multimedia para abordar temas como el género, la violencia estructural, la herencia política, la segregación de clases y los legados del colonialismo. Su obra funciona como una constelación de afectos e imágenes donde lo íntimo y lo político se cruzan, a menudo desde una perspectiva autobiográfica o situada.
En sus videos, el paisaje —rural o periférico— se convierte en testigo mudo de narrativas fragmentarias protagonizadas por personajes construidos con una sensibilidad antropológica y fabulatoria. A través de la creación de vestuarios, máscaras y figuras que rozan lo grotesco o lo fantástico, Contreras Lomas articula una crítica a la exotización de los cuerpos indígenas, la culpa colonial que persiste en la subjetividad mestiza y la identidad incierta de la clase media mexicana. Su trabajo, basado en procesos de investigación y contacto con comunidades específicas, despliega una ética de la escucha y el acompañamiento.
En esta muestra presenta murales, un video, una maqueta cerámica y un peluche que, a partir de hechos reales o distorsiones documentales, articulan una crítica mordaz al mito de la modernidad, filtrada por una estética pop desbordada y un imaginario profundamente latinoamericano.

Su video Virgilio (2025), con música original del productor Zutzut, fue filmado íntegramente en el Anahuacalli. En él seguimos a Virgilio, una figura drag que atraviesa los distintos espacios del museo convocando fantasmas para organizar un after. Como en un descenso (o ascenso) dantesco, el personaje se desplaza por las arquitecturas del recinto —de la penumbra subterránea a las terrazas abiertas al cielo— en un tránsito que alude tanto al viaje del alma como a una relectura queer del mito.
En una de las escenas, Virgilio yace entre los cactus con monedas sobre los ojos, evocando el pago a Caronte, el barquero del Hades, pero también una economía simbólica donde la muerte se transa como espectáculo y fiesta. Al final, lo vemos bailar en los pasillos del templo, reconfigurando el espacio como pista ritual y celebración espectral. La videoinstalación no sólo invoca el inframundo, sino que plantea la posibilidad de otro cosmos: uno donde lo queer, lo muerto y lo festivo coexisten en una dimensión paralela, vibrante, erótica y desobediente.
En sus murales monumentales de grafito y carbón sobre lienzo crudo, Contreras Lomas fusiona espectros históricos con conflictos políticos contemporáneos. Figuras híbridas, símbolos de resistencia y fragmentos de la cultura popular configuran un universo en cascada, donde lo político y lo personal se unen en un estado de tensión persistente. Estas composiciones aluden a la forma en que las memorias subterráneas siguen operando dentro de los relatos dominantes, reactivando el discurso de liberación desde una sensibilidad fantasmática y disidente.

Sin embargo, Maqueta —un conjunto de piezas cerámicas concebido especialmente para el Museo Anahuacalli— es, pese a su escala menor, la obra más delirante que presenta la artista. Instalada frente a un altar de artefactos prehispánicos, esta colorida instalación despliega una cosmogonía propia en la que convergen referencias al inframundo mexica con relatos fundacionales europeos, íconos de la cultura pop y símbolos políticos.
Entre los personajes que la habitan figuran Quetzalcóatl, Xólotl y una rana sacrificada: animal que remite tanto a las ofrendas rituales mesoamericanas como a Diego Rivera, a quien Frida Kahlo apodaba “el sapo-rana”. La escena del sacrificio ocurre en el escalón superior de la maqueta, en el “Club Rana Disco”, un templo mutante donde conviven lo pagano y lo pop, lo político y lo fantasmagórico.
En la base de esta pirámide narrativa aparece el guardián del “Club espiritual”, que sostiene una cruz híbrida donde se cruzan la media luna de Sailor Moon y el martillo comunista, en un gesto que ironiza sobre la fe, la ideología y el fandom. La instalación también rinde homenaje a figuras como Virgilio y Caronte —guía y barquero del inframundo en la Divina Comedia de Dante— y a los guardianes de Xipe Tótec, el dios desollado de la resurrección.
Al igual que Rivera, quien amalgamó mitologías prehispánicas y europeas con las ideologías del siglo XX tanto en su obra como en este, su templo del arte, Contreras Lomas construye una narrativa visual que cruza tiempos y culturas, donde la memoria histórica se da la mano con el kitsch y la fantasía gótica.
Paloma Contreras Lomas y Carolina Fusilier: ¿Cómo se escribe muerte al sur? es curada por Karla Niño de Rivera Torres y Samantha Ozer. La exposición se podrá ver hasta el 6 de junio de 2025 en el Museo Anahuacalli (Museo 150, San Pablo Tepetlapa, Coyoacán, Ciudad de México).
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