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RAELIS VÁSQUEZ. PINTAR CON LUZ

Quizá lo primero que atrae a la espectadora que visita el segundo piso del Museo de Arte Moderno de Cartagena es el titileo de la estructura verde manzana que sostiene a las pinturas, tan ajena al blanco museo que usualmente se toma estas paredes. Verde manzana, inédita, la estructura titila con una calidez que se inaugura en las pinturas: en la paleta de marrones, cafés, rojos de los cuerpos de un grupo de niños en un campo de beisbol improvisado, en los verde lima y verde musgo de los árboles, arbustos, palmeras, o en la mirada de personajes que, silenciosamente, nos invitan a tomar parte en una conversación.

Mirando las pinturas, la espectadora dirá que este rostro le resulta familiar o que el gesto de esa mano le recuerda al de un amigo, pero lo más familiar quizá sea cierta condición de la luz. Una luz cálida que salta de un cuadro a otro y crea un tiempo ecuatorial. Una luz como la de las tres de la tarde en un jueves cartagenero. Pero no es Cartagena en esta pintura. O puede que sí.

No siempre hubo tanta luz en las pinturas de Raelis Vásquez (1995). Nacido en la República Dominicana, emigró junto a su familia a Estados Unidos cuando tenía siete años. Vásquez vuelve con regularidad al espacio geográfico y emocional de ese tránsito: a sus idas, regresos, permanencias.

En Casa de mamá (2018), un aire melancólico satura la sala con piso de cemento pulido azul, calados de ladrillo blanco y una colección de sillas dispares. Varios tonos del azul, y sus sombras, se repiten en la estructura de la casa, los muebles, la ropa de los tres hombres que se sientan en la sala y la mujer que los mira desde la cocina.

En una de mis favoritas (y quizá la primera que vi), Madre e hijo (2019), una paleta similar de azules, rojos y cafés encapotados recrea el gesto sonriente y el espasmo amoroso con el que una mujer le da la mamadera a un bebé. Esa inclinación por el espacio cerrado y los tonos mortecinos para insinuar vínculos o estados anímicos, que Vásquez considera una influencia inicial de Rembrandt y Caravaggio, ha mutado con los años. Ahora, dice en una entrevista, le interesa pintar con luz, con una luz que cree “dinamismo y vibre” [1].

Raelis Vásquez, Sin saber qué me espera

Una luz como esa alienta las doce pinturas de Reverberación, la exposición individual de Vásquez curada por el artista cartagenero Dayro Carrasquilla en el Museo de Arte Moderno de Cartagena. Inmersos en una conversación que solo podemos imaginar (Adió, pero) o en el movimiento volátil del propio pensamiento (Still), los retratos supuran luz. La luz delinea a los personajes y el entorno con una minucia tal que conseguimos escuchar el viento entre las ramas de una palmera, el murmullo de una conversación lejana, o los chasquidos de frustración de un grupo de niños que discute si continuar o no con un juego.

Manipulando la luz, sus intensidades, destellos, estas pinturas concentran el instante en un gesto: por eso reparamos en la mano de la mujer que come ensimismada (Difícil de igualar), o en cómo sostiene un cuchillo el hombre que descuartiza un pollo (4 Today). El gesto de la mano, y de la mano con el cuchillo, son puro presente: para la mujer y su mano no existe nada más allá del plato con comida humeante.

Pero esa luz, concentrada en el gesto, no es estática; una corriente subterránea va de la piel resplandeciente del adolescente que entrecierra los ojos al fondo de palmeras que lo rodea o del rostro del hombre que mira un punto desconocido a los peces muertos en la mesa frente a él (Escalas). Aquí la luz es continuación de un impulso vital. Los peces en la mesa, listos para ser comprados, respiran. Hay una condición de abundancia en esta luz que hace palpitar objetos, arbustos, alimentos, y que es más ostensible en las pinturas del mercado, con sus bultitos de pepinos, pimientos y papas (Sin medir distancias). 

Ligeramente maravillada por el cosquilleo de emoción que le ensancha el estómago, la espectadora va de un cuadro a otro, le sigue el ritmo a esa palpitación de vida. Una brisita imperceptible mueve las hojas finísimas del cebollín y el sombrero de fibra de la mujer que se inclina para reparar en el peso de una batata (Sin retorno). La brisita trae olores y murmullos que van subiendo de tono: alguien pregunta por el precio de una mano de plátanos, una champeta del Jonky, el aroma duro y salado de un bocachico.

Esto podría ser el mercado de Bazurto, en Cartagena. Vásquez lo visitó en las semanas que estuvo en el Apollo Constantino Project, una residencia de arte fundada por Alvin y Priscila Hudgins en 2023. Pero también podría ser un mercado en Dajabon, en la frontera de la República Dominicana con Haití: crepitan las entonaciones delicadas del creole haitiano, las guitarras del kompa y los beats del denbow dominicano. En el espacio fluido y vibrante del mercado se diluyen diferencias que en otros lugares parecen incontestables.

La disolución aquí no es metafórica, sino que adquiere una condición profundamente política si recordamos las generaciones de colonialismo y extractivismo que han moldeado esa isla compartida por República Dominicana y Haití. La disolución, como posibilidad de encuentro y proximidad. El encuentro, como un gesto que se multiplica: el mercado cartagenero, los mercados de la frontera. Tonos, colores, sonidos que insisten en la apertura de la geografía continental (y acuosa) de Cartagena hacia las islas del Caribe. El mercado, como la luz, reverbera.

Raelis Vásquez
Raelis Vásquez, Sin medir distancias

Pero basta detenerse en una de estas pinturas para comprender que todo aquello que vibra contiene en sí alguna forma del silencio. Tanto en los retratos como en las escenas del mercado de Reverberación, la luz delinea el gesto con una atención que expande el presente de un modo casi meditativo: es una concentración silenciosa del gesto en la que cada personaje es suyo, de sí, de un modo absoluto: así el joven que atraviesa la multitud de vendedoras, cubierto con una capucha azul, absorto en un punto más allá del cuadro (Sin saber qué me espera).

Vásquez dice que sus figuras están en estado de vulnerabilidad [2]. Pero, intuyo, no se trata de fragilidad o indefensión. Estos personajes son vulnerables como lo somos cuando estamos inmersos en el presente, ensimismados. En el ensimismamiento, que es silencioso, hay una consciencia. La pintura atrapa el gesto y revela con él al personaje. La pintura reclama una textura que no sea apenas sensorial, sino afectiva.

Podríamos leer eso que Vásquez llama vulnerabilidad como un anhelo irrefutable de humanidad: vemos al joven que atraviesa la multitud de vendedoras en el mercado, cubierto con una capucha azul, absorto en un punto más allá del cuadro y pensamos “él es”.

El anhelo es indisociable de un método de trabajo que Vásquez ha descrito antes y se intuye en las pinturas de Reverberación: el uso de retratos de familiares y amigos, de escenas cotidianas que fotografía él mismo o rescata de viejos álbumes. La pintura atiende amorosamente cuerpos y comunidades poco escuchados. Lo hace insistiendo en colores, escenas, una musicalidad que en ocasiones recuerda la prosa luminosa de otro dominicano, Junot Díaz, y sus historias de niños que juegan a la pelota en un campo soleado; el juego interrumpido por la llegada de un padre, desconocido, que vuelve del extranjero.

Raelis Vásquez, 4 Today
Raelis Vásquez
Raelis Vásquez

Reverberación, como buena parte de la producción de Vásquez hasta hoy, puede leerse en el contexto de una producción figurativa de artistas afrodescendientes que atiende, por un lado, a la necesidad de que se cuenten, abundantemente, ciertos relatos, y, por el otro -no somos ingenuas- a un interés creciente del mercado del arte en esos relatos. Esto último no desautoriza la existencia de una corriente que es múltiple, a pesar del adjetivo único que la cataloga, “figurativo”, y que hace pensar en artistas tan distintos entre sí como Tiago Sant’Ana, Moises Patricio y Marcos Dematta, en Brasil, o Kerry James Marshal, Jordan Casteel o Amy Sherald, en Estados Unidos.

Si es cierto que la pintura de Vásquez está profundamente interesada en el cotidiano de comunidades que son, que han sido, con modos de habitar el mundo reconocibles en República Dominicana o Cartagena, también es cierto que esta pintura luminosa crea una dimensión de lo imaginario en la que esos personajes cercanos, familiares (aquella mujer que mueve la mano como una de mis tías), se eluden.

Ocurre en los títulos, que a ratos podrían considerarse retazos de un diálogo al que entramos in media res (Créeme que sí; Y qué será). Ocurre en la mirada; algunos cierran los ojos, concentrados en una tarea (4 Today; Difícil de igualar). Otros miran de frente (Dime tú) con una mirada que no está allí para la espectadora, sino para sí misma. En esta dimensión imaginaria, todo es tan para sí, que se fuga.

En uno de los cuadros finales de Reverberación (si la espectadora ha hecho su recorrido del modo que lee este texto, de izquierda a derecha), un hombre con el cabello trenzado, sin camisa, se apoya sobre una cerca de alambre (Before the sun goes down). La cerca es una frontera, aunque no sabemos de qué. El hombre se agarra a ella y observa aquello que está más allá, inalcanzable para él, invisible para la espectadora. Del mismo modo, hay algo que no puede ser señalado en estos personajes. Algo que se queda allí, del otro lado del cuadro, silencioso y huye. La espectadora, conmovida con la pintura que titila y la estructura que titila con ellas, vislumbra, silenciosa, las formas opacas, escurridizas, de las que está hecho el destello.

Raelis Vásquez, Before the sun goes down

Reverberación se presentó en el Museo de Arte Moderno de Cartagena hasta el 27 de marzo de 2025. Idealizada por Apolo Constantino Project, con curaduría de Dayro Carrasquilla, museografía de Linda Zurek y asistencia de Mauricio Uribe.  


[1] https://www.latinxproject.nyu.edu/intervenxions/dominicanidades-in-motion-with-artist-raelis-vasquez

[2] https://bandofvices.wordpress.com/raelis-vasquez/

Nohora Arrieta Fernández

Doctora en Literatura Latinoamericana y Estudios Culturales por la Universidad de Georgetown en 2021, y becaria postdoctoral presidencial de la UC (2021-2023). Su investigación actual se centra en la historia del arte, los estudios visuales, la historia de las mercancías y las tradiciones intelectuales de la diáspora africana en las Américas. Ha publicado ensayos y artículos sobre literatura y artes visuales latinoamericanas, cómics y la diáspora afrolatinoamericana, y es colaboradora de revistas de arte como Artishock y Contemporyand. Su primer proyecto de co-traducción, "Semántica del mundo, la poesía de Rómulo Bustos", fue publicado por New Mexico Press (2022). La investigación de Nohora ha recibido el apoyo de Fulbright, la Asociación de Estudios Brasileños, The American Council for Learned Societies y The Andrew W. Mellon Foundation.

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