TEATRO DE LOS OBJETOS: LA CASA DE LAS MOSCAS, MI REINO POR UN BURRO
Por William Contreras Alfonso
La arquitectura del siglo XX entendió que no se puede desligar la conciencia del cuerpo de la percepción del espacio. Huellas invisibles del paso de nuestro uso quedan impresas en el orden de nuestras casas, en la forma en que se colocan los utensilios y la posición en la que disponemos los muebles. En las tiendas de departamentos y en las galerías de arte las cosas suelen ocupar una posición prístina e inmaculada, abstraída de la cotidianidad, pero una vez adquiridas por sus nuevos dueños entran al universo personal del hogar, interactúan alterando su identidad: pinturas, esculturas, sofás, tapetes y cucharones acercan su naturaleza, forman un equipo que delimita el significado de lo que consideramos propio.
Arquitectos como Robert Moore insistían en entender el diseño y la arquitectura como ejercicios que iban mucho más allá de los meros artefactos. A partir del siglo XX la construcción como concepto artístico desvió su atención a generar una experiencia que altere el comportamiento, el desenvolvimiento del cuerpo gracias a la compañía de objetos y lugares. El eje principal de la belleza en este nuevo diseño sería la modificación de la vida, siendo la idea una propuesta para nuevos rituales que inauguren formas de hacer hasta ahora distantes para la imaginación y el sentido común.
Las habitaciones parecen hechas de paredes, suelos y techos. Sin embargo están hechas de espacio, el cual es un concepto que abriga la posibilidad de uso y de transformación. Espacio como un bien vital, espacio para desarrollarse y expresarse, espacio que se abre para algo nuevo, una mercancía más valiosa que cualquiera de las fronteras que la conforman.







Organizar es hacer propio el mundo circundante; de ahí que el verbo sea cercano a la palabra “organismo” como una conjugación de elementos que operan juntos y crean un todo, un pequeño universo compartido. Organizar es entonces generar una nueva figura de diálogo, por lo cual el bodegón, la exposición de arte, el cuarto de san alejo, la montaña de ropa sucia en la esquina del cuarto, la lista de las compras, todos son también organismos por los que discurre nuestra cotidianidad, configurando la manera en la que planteamos los usos de nuestro lugar y nuestro tiempo.
Podemos imaginar una organización que no descarte el caos, ese terreno fértil donde germina el futuro y se oculta el asombro ante lo desconocido. Renunciar a la idea de encajar todo en una armonía predefinida, en un espacio fijo y en un estado inalterable de identidad, nos regala la posibilidad de abrir un refugio para el misterio, un punto intermedio entre la persona que somos hoy y la que aún estamos por construir. Aunque resulte paradójico, abrazar el desorden puede allanar el camino hacia una estabilidad sincera, haciendo las paces con lo que nos sobrepasa y aún no se revela a cabalidad.

José Sanín Canney (Medellín, 1990)
José Sanín es un artista y diseñador cuya práctica explora las relaciones entre objetos, espacios y personas, a través de la creación de obras escultóricas y procesos editoriales. Su trabajo se enfoca en la conexión de elementos simples y las interacciones que surgen en ese proceso, con un interés particular en cómo los formatos de presentación, como lo editorial y lo expositivo, afectan lo producido. A lo largo de su carrera, ha trabajado con superficies de apoyo, muebles, objetos, impresos y estructuras para exhibir diversos elementos, además de ofrecer servicios en dirección de arte, producción y diseño intuitivo para objetos y espacios compartidos.
Su obra pone énfasis en el dibujo, explorando las relaciones entre los elementos y las expectativas convencionales de su práctica, abordando temas como la imitación, la disciplina y la falta de experiencia. A través de este medio, ha desarrollado soluciones que se materializan también en video y escultura. La creación de objetos, instalaciones y textos forma parte de su práctica, en la que investiga cómo las manifestaciones simbólicas moldean la forma de los espacios y los objetos, generando una reflexión sobre las relaciones entre lo físico y lo simbólico en su entorno.

Tikal Smildiger (Nueva York, 2001)
Tikal Smildiger inició su formación artística guiada por la mentoría de la maestra María Nelly Rojas, con quien trabajó durante años en su taller, mientras aprendía Historia del Arte y pintura. Su trabajo se desarrolla entre el campo y la ciudad, donde se relaciona con los materiales que encuentra en su entorno, utilizando elementos orgánicos como pintura y objetos desechados o encontrados como soporte. Su práctica está profundamente conectada con la naturaleza, explorando y aprendiendo de ella en cada paso.
Para Tikal, la pintura es la forma más primordial de comunicación entre los seres humanos y su entorno. La considera un proceso inevitable e inagotable, representando el Dharma que guía su vida. En su obra, el trazo se convierte en la primera expresión del deseo de comunicar, socializar y entender. Su enfoque artístico se enriquece al incorporar otras materialidades, como la cerámica, los tejidos y los tintes naturales, que le permiten reconectar con el cosmos, la vida y la energía universal.
TEATRO DE LOS OBJETOS: LA CASA DE LAS MOSCAS, MI REINO POR UN BURRO
Galería Espacio Continuo, Calle 77A#12A-35, Bogotá
Hasta abril de 2025
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