MAHMOUD ALHAJ. CONTRANARRATIVAS AUDIOVISUALES DESDE GAZA
“El sonido te desquicia. Está ahí todo el tiempo, encima de ti, explotando tu cabeza. Es terrible porque a la vez nos hemos acostumbrado tanto a él que hay gente que ya no puede dormir si no lo escucha. Lo graban y lo ponen en su celular antes de acostarse, porque también el silencio es aterrador, como si algo malo fuera a pasar”.
El artista palestino Mahmoud Alhaj se refiere al zumbido que emiten los drones aéreos que asedian a su ciudad natal, Gaza, desde que él tiene memoria. Una vigilancia incesante, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, 365 días al año, desde hace 76 años, más del doble de su edad.
Los efectos de la ocupación israelí sobre los cuerpos, la psique y las geografías palestinas, así como la sofisticación y perfeccionamiento de las tecnologías de la violencia que han llevado a un control total de la vida de gazatíes son abordadas en sus dos obras audiovisuales más recientes, Control Anatomy (2023) y The Right to See (2022), que presentó durante el mes de enero en distintos espacios de Madrid, como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y la Casa Árabe, como parte de su residencia apoyada por TEJA, red de espacios culturales en apoyo a situaciones de emergencia.


Nacido en Gaza en 1990, Mahmoud Alhaj estudió como primera carrera periodismo y luego empezó a trabajar desde las artes, principalmente con fotografía, video, dibujo y medios digitales. En 2002, cuando apenas tenía doce años, inició la construcción del muro de separación que convertiría a su ciudad en la “prisión al aire libre más grande del mundo” y que, para 2006, ya contaba con 470 kilómetros de largo. Fue desde entonces cuando empezó a usar Google Earth Maps como una forma de explorar el mundo más allá de ese bloque gris impenetrable que le negaba uno de los derechos más básicos que, como tantos otros, le fueron arrebatados: el derecho a ver.
Esto es examinado en The Right to See, un video de 6 ’41 minutos donde Mahmoud relata cómo Google Maps fue durante muchos años su única ventana al mundo. Una ventana con el cristal roto o, mejor dicho, pixelado, porque también estaba controlada bajo una estricta censura por el gobernante militar en alianza con las empresas tecnológicas estadounidenses; no sólo porque esa visión quedó estancada en imágenes de baja calidad –con 25 veces menos detalles de los que puede ver el resto del mundo–, sino porque estos mapas fueron modificados desde 2008 mostrando una realidad distorsionada. Por mencionar sólo un ejemplo, el enorme muro que hoy mide 720 km de largo no es visible, “ni se escucha en tu recorrido da vuelta a la izquierda, dentro de tres metros está un muro al usar la aplicación de mapas”, como se relata en el video.

En Control Anatomy, Mahmoud narra la sofisticación del control israelí a partir del desarrollo de herramientas tecnológicas cada vez más siniestras y eficaces. Aborda la historia de tres generaciones que desde 1948 han vivido escapando, dejando atrás nuevas pilas de escombros, y sobre cada una de éstas un instrumento de control: primero con soldados que empleaban técnicas como el ‘roof knocking’ –que consiste en lanzar un proyectil de poca potencia en el tejado de un determinado edificio para advertir de un ataque inminente–; luego las zonas fantasma donde militares que les vigilan veinticuatro horas al día conocen todos sus movimientos, cuál es su lugar favorito para sentarse en casa, a qué hora salen y a qué hora duermen; y finalmente, el dominio vertical, cuando se controla a la Franja desde el aire, mediante drones y otras armas como las DIME (Dense Inert Metal Explosive), una de las “producciones más aterradoras” de rango limitado de daño usadas “con el fin de reducir la imagen de destrucción”. Actualmente, se está trabajando en herramientas automatizadas para reducir el daño psicológico de pilotos, asegurándose que la violencia continuará a lo largo del tiempo, incluso sin intervención humana.
Al igual que en The Right to See, en esta pieza de 17 minutos el artista recurre a archivos públicos del ejército israelí, mapas de Google, imágenes de reconocimiento aéreo, material de la prensa internacional, memorias personales y colectivas, collages analógicos e intervenciones digitales, para generar una especie de contra archivo y representar su visión de la historia. Mahmoud utiliza la misma propaganda que el estado israelí dispone al público para deconstruirla y contrastarla con la realidad que él, su familia y su comunidad viven cada día.


¿Puede construirse una narrativa de imágenes de los horrores perpetrados sin caer en un relato trágico?, se pregunta Mahmoud. Él no quiere replicar las imágenes de los medios, ni de las personas que sufren, por eso utiliza las mismas herramientas que sus piezas denuncian y se apropia de la ingeniería perversa: de cartografías arquitectónicas; de analogías como las del Grifo, un ser mitológico mitad león y mitad águila que tiene el poder absoluto y hace modelados 3D de las casas; del sonido de los drones que, aún a mínima escala, se escuchan incesantemente en su video; de relatar una cotidianidad en la que conversaciones familiares se transforman en susurros y los espacios abiertos son temidos.
“Lo que estamos viendo ahora es una simulación de un futuro; uno en el que la memoria de los individuos se destruye de la misma forma que la arquitectura y el paisaje urbano”, explica. Se ha dicho ya muchas veces que Gaza es un laboratorio para probar la eficacia de los instrumentos de violencia. En sus trabajos audiovisuales, realizados antes del 7 de octubre de 2023, Mahmoud imaginó historias que parecían ficticias y que, con el tiempo, resultaron dosis diluidas de una violencia cada vez más cruda y cínica. Su práctica artística es otra forma de sostener la memoria de un pueblo, de crear contra narrativas más allá de las imágenes explícitas o de los relatos hegemónicos de quienes ostentan el poder.
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