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CAMILA LOBOS Y RAFAEL GUENDELMAN.
EL LENGUAJE DE LAS FRONTERAS

A propósito de las fronteras, el antropólogo francés Marc Augé –ampliamente reconocido por acuñar el término ‘no-lugar’–, explicaba que es en ellas donde la privación y la oportunidad concurren de igual forma. “La noción de frontera”, escribe Augé, “es esencialmente ambigua: sirve para designar aquello que plantea un obstáculo (hablamos de fronteras “naturales” como las montañas, los mares o los ríos), así como aquello que permite pasar a otra parte, un paso (ya sea natural, como una quebrada o bien construida, como un puente)”.

Las fronteras naturales, sin embargo, guardan claras diferencias con las fronteras geopolíticas. Estas últimas no son más que una línea imaginaria trazada para separar dos estados-nación. Su invención, aunque relativamente reciente en la historia de la especie, ha terminado por provocar una larga lista de separaciones y desigualdades territoriales que han dibujado los mapas y hecho estallar conflictos e ilusiones nacionalistas alimentadas por el fanatismo. La exclusión y el rechazo a lo extranjero nace, justamente, a partir de esas divisiones que no solo son territoriales, sino, sobre todo, mentales. Por lo tanto, las fronteras son, retrucando a Augé, el espacio propicio para instaurar el enfrentamiento.

Coinciden ahora en el Parque Cultural de Valparaíso dos exposiciones que abordan desde diferentes ángulos la división y el desencuentro que alimentan las demarcaciones fronterizas y las definiciones nacionales. Por una parte, Camila Lobos Díaz (Santiago, 1988), en la galería principal, ha reunido un conjunto de obras bajo el título El límite es geométrico y su frontera es política. Y en la sala Laboratorio, ubicada justo al frente, el artista Rafael Guendelman Hales (Santiago, 1987) presenta su investigación en la memoria familiar Aliyá Yeridá. Ambas muestras, pese a haber sido tramadas de forma independiente y desde distintas perspectivas, exploran, sin embargo, aquellos problemas comunes causados por la segregación que establece la delimitación territorial y su correlato político, histórico, racial, lingüístico incluso.

Vista de la exposición “El límite es geométrico y su frontera es política”, de Camila Lobos Díaz, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía de la artista
Vista de la exposición “El límite es geométrico y su frontera es política”, de Camila Lobos Díaz, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía de la artista
Vista de la exposición “El límite es geométrico y su frontera es política”, de Camila Lobos Díaz, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía de la artista
Vista de la exposición “El límite es geométrico y su frontera es política”, de Camila Lobos Díaz, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía de la artista

El límite es geométrico y su frontera es política

Después de años investigando las contradicciones del territorio y el sentido de pertenencia que pueden llegar a proporcionar unas líneas punteadas sobre un plano, Camila Lobos Díaz reúne aquí un conjunto de obras que hablan de las fracturas y antagonismos impuestos por la coerción de un límite geopolítico. Seis instalaciones en diversos formatos colaboran en un relato inserto en la crítica política a las condiciones que la globalidad contemporánea sostiene. En un mundo hiperconectado en el que, como apunta la socióloga Saskia Sassen, las mercancías viajan con toda libertad pero no las personas, no cabe más que reconocer que las nuevas discordias entre desplazados y migrantes aumentan el rigor fronterizo. Lo hemos visto en Chile en la última década y es reflejo de una realidad generalizada en el continente. Según el informe de 2021 de la Organización Internacional para las Migraciones de las Naciones Unidas (OIM), 272 millones de personas se encuentran en situación migrante en el planeta. En el continente sudamericano, el 80% de los migrantes son intrarregionales, aunque su concentración varía. 

A propósito de esta realidad, Lobos expone justo en el centro de la galería su instalación La vida a pesar de las fronteras (2020), donde la silueta quebrada de los límites cartográficos de Chile es trazada por bloques de hormigón. Esas sólidas barreras de cemento originariamente diseñadas para impedir el paso y bloquear cruces, refuerzan, paradójicamente, la construcción de nuestro propio encierro. ¿No levantamos acaso nuestra propia celda territorial mediante el uso de esas barreras? Un detalle en esta instalación brota de las grietas en el cemento como indicio de otra posibilidad: la artista ha sembrado pequeñas especies vegetales como elementos extraños y esperanzadores. Cabe entender que la transformación de la convivencia entre la población oriunda y la migrante brota aquí como un verdor inesperado entre los límites de nuestras barreras culturales, gracias a las nuevas semillas que llegan de otras latitudes.      

Vista de la exposición “El límite es geométrico y su frontera es política”, de Camila Lobos Díaz, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía de la artista
Vista de la exposición “El límite es geométrico y su frontera es política”, de Camila Lobos Díaz, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía de la artista

“Con el cambio demográfico que hemos sufrido en los últimos siete años”, explica Camila, “por primera vez comencé a ver banderas en las casas en momentos distintos al 18 de septiembre, por ejemplo. Todas estas cosas me han hecho sentir la urgencia de crear o intentar crear espacios de pertenencia a través de la práctica artística”. La exposición, que contó con el apoyo curatorial de Sebastián Vidal Valenzuela, ofrece distintas etapas de una línea de trabajo que apela al espacio de refugio y una práctica reconciliatoria capaz de sobreponerse a las negaciones soberanistas. La más delicada entre ellas, sin duda, al fondo de la gran sala, luce casi imperceptible. Diseñada con hilos transparentes, Restricción perimetral (2017-2022) perfila una invisible bandera de Chile. (Después de la bandera negra del octubre de 2019, solo cabía llegar hasta aquí).

Por lo demás, el cuestionamiento a ese símbolo inalienable del orden patrio se termina de desvanecer; algo que ya venía anunciado a lo largo del recorrido de la sala, donde la presencia de las más diversas enseñas patrias de una multitud de países decora las paredes como los restos de una fiesta acabada. Dispuestas como globos rotos, esa multitud de banderas adheridas a los muros forman una colección desinflada de signos que el viento de la historia parece haber llevado hasta el límite de su supervivencia. Ni la pureza ni la perpetuidad de los altos estandartes nos auxilian. Los símbolos se apagan y la realidad de carácter mestizo nos exige alcanzar una comprensión mezclada de las condiciones donde convivimos y conocemos al otro, al extranjero, al allegado. “Creo que la práctica artística puede ser eficiente en generar espacios de diálogo que permitan poner en cuestión nociones totalizantes respecto de la migración [para] refrescar la mirada en relación a cómo se componen las naciones y ayudar a transformar las cifras en seres humanos nuevamente”, apunta la artista.

Vista de la exposición “El límite es geométrico y su frontera es política”, de Camila Lobos Díaz, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía de la artista

Su propia biografía lleva la marca de un pasado familiar donde aparece el exilio forzado: “Mi familia llegó en 1939 a Chile como refugiados de la Guerra Civil española; esta historia nos forjó fuertemente”. Esa pérdida de origen marcará una reflexión temprana sobre el espacio que le corresponde ocupar como propio. Eso toca al contraste entre quien está dentro y quien queda fuera. “Creo que la idea de límite es algo que ha estado siempre presente en mi trabajo, porque me interesa ese espacio que existe en las dicotomías, sobre todo en el eje dialéctico dentro/fuera”, explica.

En su caso, como heredera de la exclusión, puede entender que los otros ya llegaron, ya están aquí, como ella misma. Tal vez lo han estado por mucho tiempo. Los otros ya somos nos-otros, según bromeaba Roberto Matta. Y, en ese juego, descubrimos que las fronteras son interiores; flotan como una demarcación que marca nuestra comprensión del espacio mucho más acá de los límites señalados en los mapas.  No es la distribución espacial, sino aquel mecanismo social y cultural donde la construcción de una identidad impone su ley biopolítica hasta confinar un cuerpo. “Ahí los cuerpos son reales”, señala Camila, “mientras las fronteras son ficciones de separación creadas por el dibujo de líneas”.

Vista de la exposición “Aliyá Yeridá”, de Rafael Guendelman Hales, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía del artista
Vista de la exposición “Aliyá Yeridá”, de Rafael Guendelman Hales, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía del artista
Vista de la exposición “Aliyá Yeridá”, de Rafael Guendelman Hales, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía del artista

Aliyá Yeridá

La contradicción del cuerpo pasa también por la sangre. El artista Rafael Guendelman Hales es hijo de padre judío y madre palestina. En su origen familiar se reúne un antagonismo bíblico arrastrado por siglos y que se intensifica con la creación del estado de Israel en tierras cedidas por la regencia británica de la antigua Palestina, después de la Segunda Guerra Mundial. El conflicto, en su caso, se orienta hacia el espacio donde un trauma colectivo intenta encarnar el ideal de una nación como lugar de refugio e integración. Israel es la búsqueda de ese espacio donde el conflicto se sostiene por aquellas ilusiones y decepciones de quienes desean una morada largamente anhelada. Como “tierra prometida”, Israel ha mantenido un permanente conflicto con los restantes pueblos árabes hasta convertirse en una potencia militarizada que continuamente trata de reagrupar y atraer a descendientes judíos de otras partes del mundo. El propio artista, después de haber viajado y conocido esa nación fundada encima de otra nación, acabará también renegando de la posibilidad de encontrar un espacio de tranquilidad. “Para mí”, escribe en el libro Nosotros estudiamos y escribimos hebreo que acompaña la exposición, “Israel siempre fue un país inventado sobre otro país que nunca llegó a serlo”.

En la sala, un video de 45 minutos de duración ofrece un contrapunto entre las problemáticas que experimentan distintos miembros de su familia en un paisaje que intercambia el territorio árabe israelí con distintos parajes de Chile. Su padre, principal protagonista, de pronto avanza por un lugar árido que no permite distinguir si se trata de Atacama o Sinaí. Esa mezcla de imágenes testimoniales de la familia con episodios de conflictos sociales, tanto en Israel como en Chile, ofrecen una confusión esencial: lo que Rafael Guendelman propone no solo traspasa las fronteras y las latitudes, sino que pone de manifiesto un intercambio en el tiempo entre conflictos antiguos y contemporáneos que terminan por instalar la violencia como forma histórica.

Vista de la exposición “Aliyá Yeridá”, de Rafael Guendelman Hales, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía del artista
Still del video “Aliyá Yeridá”, de Rafael Guendelman Hales. Cortesía del artista

Las ilusiones que provoca este juego errante ya están en el título de la exposición, tal como el propio Guendelman lo explica: “Aliya, ascender e inmigrar a Israel, y Yeridá, descender y emigrar de Israel”. Ese es el tránsito de ida y vuelta que llevó a una parte de su familia a viajar en los años 70 desde Chile para instalarse en Israel y que, sin embargo, con el paso de los días, terminaría siendo una decepción que los obliga a regresar desde Israel. Un intento frustrado de instalarse en la nación creada por la fuerza teológico-militar del sionismo y el posterior retorno a un país envuelto en una dictadura militar pinochetista. “Ese subir y bajar”, relata Rafael en una entrevista, “también tiene una correlación con los procesos sociales tanto de Israel como de Chile; en ambos se vivió una euforia por proyectos de izquierda transformadores –en Israel el kibutz comunitario y en Chile la Unidad Popular– que terminaron por desaparecer”.

Al actuar como un investigador de la memoria familiar, de un viaje fracasado, de una figura paterna en su lucha por alcanzar ciertos ideales que se cruzan con los progresismos socialistas de la Guerra Fría, el artista trae a la vista toda una época histórica a partir de una colección personal. Ese pequeño archivo de fotos y documentos familiares intensifica no solo el devenir familiar, sino también la persistencia del rechazo sufrido. Como bien lo apunta el curador de la muestra, Claudio Guerrero, “en todos los casos se invisibilizan las borraduras e invenciones que caracterizan la construcción de la memoria, en general, y la del Estado-nación, en particular.”

Lo que quedó de esa saga familiar sin épica son fotos, recuerdos, relatos y todo un vocabulario reunido por su abuela cuando estudiaba hebreo para poder mantener los vínculos con el lejano Israel. A partir de los cuadernos con sus apuntes, Guendelman traslada ese glosario de lo que su abuela deseaba nombrar y le otorga el correlato de distintas imágenes fotográficas. Toda la exposición se puede leer como un ejercicio de correspondencia entre el lenguaje escrito y la fotografía que se asoma a la postmemoria, según la concibió Marianne Hirsch, esto es, la intervención en los recuerdos de las antiguas generaciones por parte de los herederos de un trauma hasta convertirlo en algo propio. Todo un muro con las expresiones y frases en hebreo y castellano son apropiados como palabras de un relato familiar. Son, en realidad, escritos simples, un inventario de términos concebido con fines didácticos y que, en la exposición, gracias a la intervención del artista, adquieren una asociación personal y elocuente al mismo tiempo. Ahí leemos “diáspora” o “lo que queda” o “Abandonar (definitivamente)”. Cada frase está acompañada de una fotografía que permite renovar las raíces familiares que conectan el lenguaje que nombra el mundo y la imagen que una vez le correspondió. “El tiempo es corto y el trabajo es mucho”, reza otra de las frases del cuaderno. Rafael acompaña estas últimas palabras de sendas imágenes en blanco y negro: son manifestantes que protestan en las calles de Santiago con un pañuelo en bandana sobre la frente. Son imágenes intercambiables también con Palestina. ¿Qué fronteras las separan? Tal vez debamos volver a leer a Augé y pensar que la distancia es la frontera.

Vista de la exposición “Aliyá Yeridá”, de Rafael Guendelman Hales, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía del artista
Parte de la exposición “Aliyá Yeridá”, de Rafael Guendelman Hales, en el Parque Cultural de Valparaíso, Chile, 2022. Foto cortesía del artista
Portada del libro «Nosotros estudiamos y escribimos hebreo», de Rafael Guendelman Hales. Cortesía del artista

El límite es geométrico y su frontera es política, de Camila Lobos Díaz.

Curaduría: Sebastián Vidal Valenzuela

23 de abril al 10 de junio de 2022

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Aliyá Yeridá, de Rafael Guendelman Hales.

Curaduría: Claudio Guerrero

14 de mayo al 12 de junio de 2022


Parque Cultural de Valparaíso, Calle Cárcel 471, Cerro Cárcel, Valparaíso, Chile

Pedro Donoso

Nace en Santiago, en 1970. Es editor, traductor y crítico. También colabora como docente en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Alberto Hurtado. Acaba de editar el libro "Gordon Matta-Clark: Experience Becomes de Object". En 2013 estuvo a cargo del proyecto Of Bridges & Borders, en Valparaíso, Chile.

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