MAX DE ESTEBAN. SOBRE LAS POSIBLES FORMAS DEL MAÑANA
La exposición en MUNTREF, curada por Ferrán Barenblit, presenta una serie de obras del artista español realizadas en la última década, que tienen por objeto rastrear y poner en evidencia las infraestructuras de la contemporaneidad, haciendo hincapié en sus presupuestos ideológicos, en sus vínculos con el desarrollo de las nuevas tecnologías y en las posibles consecuencias que este complejo entramado proyecta sobre un futuro cada vez menos lejano e inquietante.
El título Dies Irae: Sobre las posibles formas del mañana, por una parte, remite al himno latino del siglo XIII que describe el día del Juicio Final. En esa jornada, una última trompeta convocará a las almas ante el trono divino, salvará a las de los elegidos y arrojará a las llamas eternas a las de los condenados. Por otra, se refiere a las expectativas que la radical reconfiguración a la que está siendo sometido el mundo por el poder tecnofinanciero suscita a lo largo y ancho del planeta. En suma, la designación tensa ficciones de carácter límite de muy distintos orígenes en un solo enunciado.
Desde los inicios de la era de la globalización neoliberal se ha venido apuntalando una consustanciación entre capitalismo y realidad. Se trata de una equivalencia que ha venido obturando progresivamente el campo de lo posible, y que puede verse sintetizada en el mantra que Margaret Thatchet impuso hace ya cuatro décadas: There is no alternative (no hay alternativa).
Este discurso, que opera como una suerte de agujero negro irremediable, tiene también el estatuto de ficción, pero posee una materialidad tal que produce efectos de realidad. He allí su fuerza. Es una narrativa tautológica que se ha ido hipostasiando hasta constituirse en la naturaleza del triunfo del capital. Sin embargo, las formas del capitalismo del presente, lejos de ser “naturales” son una forma histórica más del capitalismo y, como tal, merecen ser abordadas.
¿Es posible dar cuenta de esta mistificación desde el arte? Para ello hay que tener en cuenta otras conjeturas. Se debe considerar que todo puede servir de soporte para esta mistificación. El capitalismo no solo ha generado esa matriz ficcional triunfal, sino que, a través de nuevos dispositivos, expande sin cesar clusters de ficciones. Estas van desde teorías conspirativas en las redes sociales hasta las narrativas utópicas que hoy dictan los megamillonarios como Elon Musk, Jeff Bezos o Richard Branson, quienes, según el escritor Michel Nieva, se han convertido en los voceros de la “ciencia ficción capitalista”. A esto se suman los mercados de valores futuros, vinculados a la especulación en las grandes bolsas del mundo.
Quizá haya que evaluar esta condición, no exclusivamente desde los efectos de ocultamiento de su base de explotación, sino además desde la estrategia de desierto de espejos que su proliferación desbocada y hasta delirante construye.
A la hora de reflexionar acerca de la obra de Max de Esteban (Barcelona, 1959), resulta recomendable no pasar por alto su amplia formación académica, que incluye estudios de economía empresarial e ingeniería tanto en su país como en EE. UU. Este particular trayecto, con seguridad, no sólo le ha hecho menos ardua la investigación de los fundamentos y procesos que afectan a la contemporaneidad como la IA, la ingeniería genética, la extinción o la opacidad de los flujos financieros, sino también favorecer la rigurosidad y agudeza de sus propuestas.
En consecuencia, en esta exposición, se puede observar cómo De Esteban, exponente del research-based art, se ha animado a dar cuenta de este estado de cosas después de meterse en el vientre de la bestia. Claro está que de ello no se sale indemne. Para tal fin, ha invertido mucho tiempo escudriñando los vectores –sin desdeñar su genealogía- que están diseñando los tiempos por venir, entrevistando a científicos, inversores de alto nivel u operadores bursátiles, entre otros; tiempo que el público desde el comienzo del recorrido tendrá la oportunidad de concientizar su valor.
El primer video con el que se encuentra el público es 7 minutes (2022). En él, una joven personifica una obra de arte exhibida en un museo e interpela al espectador, alternando entre la complicidad y la sospecha. La protagonista informa sobre la presencia de sensores que miden los valores de atracción, los cuales determinarán si la obra será exhibida o relegada al almacenaje. Este gesto expone cómo la cultura del espectáculo, la productividad y el mercado de la atención condicionan las políticas institucionales. En una época dominada por automatismos, la atención se ha convertido en un recurso cada vez más escaso. La resonancia de este prólogo se extiende a las demás obras, que la reclamarán metódicamente.
El siguiente video, 20 red lights (2017), presenta cuatro entrevistas ficcionalizadas a brokers de Wall Street. Sus discursos se articulan como una apología cerrada a los supuestos beneficios del mercado de valores, el desarrollo financiero, el individualismo y la meritocracia. En el transcurso de estas entrevistas, sus argumentos, lejos de consolidarse, estimulan una reflexión crítica que incita a su refutación. Estos razonamientos se revelan como estructuras semánticas ideológicas que se propagan con la lógica de un proceso viral. Los discursos, a su vez, chocan con el montaje de las imágenes que, en paralelo, contradicen y tensionan sus narrativas. De este modo, De Esteban orquesta un conflicto entre texto e imagen que desestabiliza el conjunto.







En la sala central, otras piezas enfatizan los alcances que la expansión de la esfera financiera ha alcanzado sobre los distintos órdenes de la vida. En lo que respecta a la creación artística, las 20 láminas con consignas de Art & Investment (2021) destacan el arte como un activo más, sujeto a especulación e instrumento para el lavado de dinero y la evasión fiscal. Por otra parte, las imágenes de la serie OXFAM (2021) señalan el ranking con las quince peores jurisdicciones internacionales desde el punto de vista de la transparencia fiscal.
Las fotografías de 20 investors (2017) muestran las sedes corporativas de los veinte mayores inversores del mundo. Sin embargo, estos edificios no representan los principales centros de poder; dicho poder reside en cifras digitales, abstractas y no referenciales, alojadas en el mundo virtual de las computadoras: los activos bajo gestión. El número rojo inscrito en cada fotografía es lo único importante para estos inversores. En paralelo, una versión fotográfica de 20 red lights (2017) inscribe en paisajes urbanos los veinte instrumentos financieros clave promovidos por quienes capturan las ganancias para el poder financiero mientras socializan los riesgos, en un contexto de economía cada vez más abstracta.
En una sala adyacente, completa el tema un video animado, Black book (2021), que sigue la estructura del poema de Arthur Rimbaud, Una temporada en el Infierno y que demuestra didácticamente cómo se conjuran a nivel global inversores, corporaciones y gobiernos a través de una arquitectura legal financiera para obtener beneficios impositivos o generar evasión fiscal.
Una obra de importancia ineludible en esta exposición es el video A forest (2018). En él, se escucha la voz de uno de los mayores inversores en inteligencia artificial. Se trata de un monólogo ficcionalizado resultado de horas de entrevistas con estos entusiastas agentes de la revolución tecnológica en marcha. Del mismo modo en que la IA anula la diferencia entre apariencia y realidad, el discurso que se escucha es tan verosímil que su impresión resulta siniestra.
Mientras el relator discurre fuera de campo, se suceden imágenes de un bosque envuelto en nieblas grabadas en un ralentizado plano secuencia. Los movimientos de cámara se asemejan a los de una sonda submarina, pero la apariencia del bosque, como Max de Esteban ha declarado, podría asociarse a la forma de una red neuronal.
A forest es una obra profundamente perturbadora que radiografía la mente de estos sujetos y la dimensión abismal del poder que están gestando; pone en jaque todo marco conceptual que se creía firme de la tradición occidental, desde la democracia representativa hasta la esperanza en el progreso y en la ciencia.
Otra obra lleva el mismo título. Se trata de una serie de 21 imágenes con probables selfies de una plataforma de deep learning. Aquí el artista le solicitó a la IA que se representara a sí misma. El resultado, para sorpresa de él, fueron imágenes no antropomórficas sino rizomáticas.
La apuesta desestabilizadora de paradigmas se amplifica en el video Lamb of God (2024). En él, otra voz ficcionalizada, en este caso el de una experta en ingeniería genética, conduce a reflexionar acerca del apogeo de la instrumentalización de la vida, de la creación de quimeras humano-animales (técnica que consiste en la microinyección de células humanas en embriones animales con el objetivo, por ejemplo, de poder generar órganos humanos en los animales para poder utilizarlos en trasplantes) y de zonas denominadas Wild West, donde se daría rienda suelta a experimentos reñidos con todo parámetro bioético pero posibles para estas tecnologías. Un abanico de interrogantes puede dispararse desde estas problemáticas, desde quiénes tendrían este poder en sus manos y si existiría algún límite para ellos, hasta qué sucedería con la vida humana y animal si se disipa la categoría de especie.
El eje temático que trata la extinción se sitúa en las imágenes de White noise (2020), que retratan cinco zonas geográficas del planeta. Naturaleza y catástrofe se hallan presentes aquí al igual que la constatación de la irreversibilidad de una suerte común aciaga si no hay un cambio de voluntad colectiva; un destino exento de colores cuyos herederos serán los organismos extremófilos.
El video Cartografía provisional (2023) requiere, sea por su extensa duración, así como por su densidad conceptual y emocional, toda la atención posible, tal como se insinuaba desde el comienzo de la muestra. Se trata de una conversación que Max de Esteban nunca tuvo con su madre, ordenada en ocho capítulos que reflexionan sobre el sustrato de la imagen, el materialismo, la evolución, la realidad virtual, la mirada tecnológica, la relación entre imagen y conocimiento y, por último, el rol de las infraestructuras del sistema capitalista.
Al igual que en casos anteriores, se trata de un relato ficcionalizado que produce en el receptor una gran impresión de ambigüedad, pero que se diferencia de aquellos por mostrar el rostro humano y los sutiles gestos de quien lo enuncia. Si bien De Esteban permanece siempre fuera de escena, todo lo que aquí se analiza tiene que ver con los temas que aborda el conjunto de su trabajo, concretando, en definitiva, un momento de autoconciencia.
Un detalle que podría pasar desapercibido, pero que contiene una carga afectiva significativa, se encuentra en la disposición y el contenido de las vitrinas. Estas exhiben, de manera deliberada, objetos que remiten al pasado, como si conservaran un tipo de imaginación que ya pertenece a la arqueología cultural del siglo XX. Entre ellos se encuentran historietas, juegos de mesa infantiles, DVDs, cassettes y discos, todos intercalados con manuales de negocios y bibliografía vinculada al presente más duro.
Las interrogantes ineludibles que plantea Dies Irae: Sobre las posibles formas del mañana adquieren un énfasis renovado cuando se considera el contexto expositivo. Este se sitúa en un territorio específico del sur global, sometido desde hace un año a experimentación por parte de los mismos agentes que las obras señalan. En este escenario, ¿qué espesor y urgencia adquiere su receptividad? ¿Qué reformulaciones podrían generarse a partir de ellas?
Las formas posibles del futuro se han pensado en el norte y ante esas construcciones ideológicas parece haber una aceptación pública anclada en la impotencia o en la sumisión. Max de Estebanse sumerge en estos relatos, extrae de ellos sus puntos nodales para finalmente crear otras ficciones que los enrarezcan, los pongan en fricción y los desnaturalicen. Ante la imposibilidad de nuevas ficciones emancipadoras, sus trabajos se constituyen finalmente como una forma de participación auténticamente contemporánea y crítica.

Dies Irae: Sobre las posibles formas del mañana, de Max de Esteban,se presenta hasta el 16 de febrero de 2025 en MUNTREF Centro de Arte Contemporáneo, Av. Antártida Argentina s/n, entre Dirección Nacional de Migraciones y Buquebus (ingreso por Apostadero Naval), Puerto Madero, Buenos Aires.
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