AGUA VIVA: LA LUCHA INDÍGENA Y LA CRISIS HÍDRICA TRAS LA LENTE DE SARA «WAYRA» ALIAGA TICONA
Sara «Wayra» Aliaga Ticona es comunicadora social, fotoperiodista y artista visual boliviana de origen aymara. Con su cámara, Aliaga ha construido un archivo visual ético que reivindica las identidades indígenas y preserva la memoria colectiva. Su obra, caracterizada por una profunda investigación simbólica, aborda temas como el género, la identidad, los derechos humanos y la crisis climática, explorando cómo estos impactan a los pueblos indígenas.
Creció en La Paz, Bolivia, en un entorno donde la fotografía formaba parte de su día a día. Inspirada por su padre, un fotoperiodista de investigación, desde temprana edad tuvo acceso a las realidades de las comunidades marginadas de su país. Siguiendo sus pasos, inició su carrera en 2012 y, desde entonces, ha alcanzado un prestigio internacional que la ha llevado a colaborar con destacados medios y organizaciones como UNICEF, The Guardian, BBC y National Geographic, entre otros.
Aliaga es fundadora de War-MiPhoto, el primer colectivo de fotógrafas bolivianas, y una voz activa en la defensa de los derechos de las mujeres en Bolivia, un país que enfrenta uno de los índices de violencia de género más altos de América Latina. La intersección entre sus identidades como mujer, boliviana e indígena constituye el núcleo de su práctica artística. A través de su fotografía, busca dignificar y reivindicar el rol de las mujeres en la sociedad boliviana.
En esta entrevista, conoceremos su más reciente proyecto, UMA VIVA (en aymara, agua viva), desarrollado durante su residencia artística con Pro Helvetia Sudamérica en Verzasca, Suiza, y establecemos conexiones con otras series donde el agua y la mujer aymara ocupan un lugar central.

Yo creo que el problema no radica tanto en que una persona ajena a un contexto o cultura decida retratarlo, sino más bien en la mirada personal y social que se proyecta al producir imágenes de un entorno al que no se pertenece.
Sara, como mujer aymara y fotógrafa, tu relación con las comunidades que retratas está profundamente anclada en tu identidad y contexto. Desde tu perspectiva, ¿cómo crees que las representaciones externas de estas comunidades, especialmente las realizadas por fotógrafos o artistas que no forman parte de ellas, afectan la percepción de las identidades y luchas de las mujeres indígenas? ¿Qué consideras que puede faltar en esos enfoques y cómo busca tu obra contrarrestarlo?
Bueno, yo creo que el problema no radica tanto en que una persona ajena a un contexto o cultura decida retratarlo, sino más bien en la mirada personal y social que se proyecta al producir imágenes de un entorno al que no se pertenece.
Generalmente, somos representaciones de nuestro contexto social, identitario, económico, racial y cultural; somos constructos de estas características que, de manera intrínseca, moldean nuestra perspectiva sobre cómo vemos al otro, especialmente en la creación visual. En este sentido, nuestras historias, de una u otra forma, estarán cargadas de todo aquello que nos ha formado y que representamos.
Sin embargo, estas herencias pueden ser cuestionadas y deconstruidas si el artista se lo propone. Claro que no es un proceso fácil, porque la deconstrucción implica desmantelar voluntariamente aspectos que nos representan, pero que ya no queremos perpetuar.
En mi caso, también atravesé ese proceso de cuestionamiento y deconstrucción. Este camino nació de una reflexión interna más que de una visión meramente laboral. Uno de los espacios que me permitió abrirme a escuchar a los otros al momento de retratar su realidad, su postura ante la vida, sus creencias fue el fotoperiodismo. Entonces, el acto de abrirse a escuchar y a retratar estas historias de manera no extractivista y respetando la realidad del otro nos permite combatir, por ejemplo, el exotismo o la perpetuación de imaginarios colectivos que infantilizan, denigran y deshumanizan a los pueblos indígenas.



En Suiza, específicamente en el valle de Verzasca, un entorno caracterizado por sus ríos y cascadas abundantes, mi relación con el agua pasó de la melancolía de su ausencia a un sentimiento de gratitud por su presencia.
Has trabajado con el tema del agua durante varios años. En este sentido, podemos decir que tu serie Uma Viva comenzó antes de tu residencia en el Verzasca Foto Festival, pero allí se amplió al conectar el contexto suizo con la cosmovisión aymara. Como artista proveniente de una región árida, ¿cómo impactó este entorno en la evolución de tus trabajos relacionados con el agua?
Sí, llevo mucho tiempo trabajando el tema del agua desde diferentes enfoques, pero este interés nació a partir de la cosmovisión aymara, que concibe al agua como un ser vivo. Desde esa perspectiva, también decidí abrirme a otras formas de entender el agua, lo que implicó abrirme a la visión que otros territorios tienen sobre ella.
Al inicio, mi trabajo estaba marcado por un sentimiento de melancolía frente a la creciente ausencia del agua en mi región. Sin embargo, al explorar otros lugares como Suiza, conocida como el «castillo de agua», donde el agua tiene un tratamiento y un significado completamente distintos, traté de construir un encuentro entre estas perspectivas. Siempre busqué evitar imponer mi propia visión sobre el agua y, en cambio, generar un diálogo entre las distintas miradas.
En Suiza, específicamente en el valle de Verzasca, un entorno caracterizado por sus ríos y cascadas abundantes, mi relación con el agua pasó de la melancolía de su ausencia a un sentimiento de gratitud por su presencia.


Sara «Wayra» Aliaga Ticona, Uma Viva, 2024. Proyecto desarrollado durante su residencia artística con Pro Helvetia Sudamérica en Verzasca, Suiza. Cortesía de la artista
En la cosmovisión aymara, el agua es un elemento espiritual: una «hija de las estrellas», un ser vivo. ¿Cómo incorporas esta percepción a la narrativa de Uma Viva?
Según la cosmovisión andina, varias etnias y pueblos de los Andes comparten la visión de que el agua es un ser vivo. Desde esta forma de entender el entorno, el objetivo, creo yo, está en generar una conciencia de respeto que permita coexistir en equilibrio con otros seres vivos en el mismo territorio. Para los pueblos andinos, existen seres más fuertes y sabios que el ser humano, y es a ellos a quienes se pide protección y cuidado.
Tal es el caso de la Nación Uru Murato, considerada el primer pueblo del mundo andino. Este pueblo milenario se autodefine como «seres del agua», quienes, según su tradición, vinieron de las estrellas junto con el agua, su origen sagrado. En este caso, su relación con el agua no solo está marcada por el respeto, sino también por un profundo sentido de pertenencia y origen.
En mi proyecto Uma Viva, exploro esta conexión desde una mirada más abierta y universal, enfocándome en el origen del agua y en cómo, en distintas culturas y cosmovisiones, las mujeres han sido protectoras del agua. Ellas encarnan ese vínculo íntimo y sutil entre las estrellas y la Madre Tierra.


Más allá del impacto climático, que suele analizarse desde una perspectiva ambientalista enfocada en el extractivismo y la contaminación de los ecosistemas, existe un impacto igualmente devastador que se menciona poco: el despojo de identidad.
En un trabajo anterior sobre el agua, retrataste la lucha de la comunidad Uru Murato y su profunda relación con el lago Poopó. ¿Qué otras cosas aprendiste de su cosmovisión, especialmente en el contexto de la crisis climática y la explotación ambiental?
Actualmente, la comunidad Uru Murato vive en un territorio profundamente impactado por la sequía, con la desaparición del lago Poopó y sin acceso al agua. Esta situación no solo ha generado problemas de salud, precariedad y migración climática, sino que también ha desencadenado una crisis aún más peligrosa para ellos: una crisis de identidad. Al considerarse «seres del agua», ahora se enfrentan a una pregunta desgarradora: sin agua, ¿quiénes somos ahora? Esta interrogante pone en peligro una de las culturas más milenarias de la región y, con ello, la memoria natural y ancestral de los pueblos indígenas.
Más allá del impacto climático, que suele analizarse desde una perspectiva ambientalista enfocada en el extractivismo y la contaminación de los ecosistemas, existe un impacto igualmente devastador que se menciona poco: el despojo de identidad. Arrebatar el entorno natural a un pueblo, para quienes la naturaleza no es solo un recurso, sino el fundamento de su cultura equivale a un crimen. Los Uru Murato construyen su identidad a partir de su relación con el agua, y al perderla, se enfrentan a la amenaza de la extinción no solo física, sino cultural.

Durante la pandemia, documentaste la vulnerabilidad del pueblo Yuqui, una comunidad de la Amazonía boliviana que enfrenta la falta de acceso a servicios esenciales como el agua potable. ¿Qué te reveló esta experiencia sobre la relación entre el agua, la salud, la identidad y la dignidad en comunidades indígenas que se encuentran al borde de la extinción?
El pueblo Yuqui ha sido históricamente relegado y denigrado por comunidades más urbanizadas. Considerados un pueblo de «reciente contacto con la civilización», fueron sacados a la fuerza de las profundidades de la selva por la Misión Evangélica Nuevas Tribus en colaboración con militares. Este desplazamiento forzoso los obligó a asentarse en una reserva, quebrantando su estilo de vida nómada y armonioso con la selva.
Con estos asentamientos comenzó un proceso sistemático de vulnerabilización que los sumió en una dependencia estatal. Este cambio no solo deterioró su relación con el entorno natural, sino que también provocó la pérdida de saberes ancestrales que los convertían en expertos cazadores-recolectores y guardianes de los mensajes de la selva.
Hoy, el pueblo Yuqui enfrenta múltiples amenazas. A la tuberculosis, que los aqueja desde hace años, se sumó la pandemia de COVID-19, que exacerbó su precariedad. Los propios Yuquis relatan cómo, antes del contacto con la «civilización», gozaban de salud y fuerza al vivir exclusivamente de las bondades de la selva. Sin embargo, el contacto forzado trajo enfermedades, contaminó su territorio y desintegró su sistema de vida.
Viven ahora en un limbo identitario: aún conservan rasgos de sus tradiciones, pero también intentan adaptarse a la “modernidad”, acoplarse a los sectores urbanizados o “civilizados”, pero este entorno está plagado de corrupción, delincuencia y vicios que contradicen su esencia. Aunque son ciudadanos del Estado Plurinacional de Bolivia y, por ende, tienen derecho a servicios básicos, salud, educación y una vida digna, estos derechos no se cumplen. Son un pueblo al que nadie escucha realmente.
Pueblos como los Yuquis, junto con otras comunidades amazónicas, tienen una tarea ancestral: proteger la naturaleza y el agua, lo más valioso que tenemos. Sin embargo, la falta de apoyo estatal y la presión de actores extractivistas —minería, narcotráfico, tala ilegal— los sobrepasan. Cuando no logran resistir estas amenazas, son juzgados injustamente por no hacer un buen trabajo o por ya no tener fuerzas para luchar, olvidando que muchas veces terminan dando la vida en el intento.
Los pueblos indígenas nos protegen a todos, al cuidar ellos la base de nuestra subsistencia: el medio ambiente. Sin embargo, esta responsabilidad debería ser compartida, especialmente por quienes están en posiciones de poder económico y político.

Estas mujeres, conocidas localmente como «cocaleras», han sido mediática y socialmente estigmatizadas debido a la asociación de la hoja de coca con el narcotráfico. Sin embargo, la realidad de sus vidas y su relación con esta planta es mucho más compleja.
La mujer indígena está presente en gran parte de tu trabajo. En tu serie sobre las mujeres cultivadoras de coca en Bolivia, capturaste sus historias de lucha y resiliencia en comunidades como La Asunta, donde enfrentan violencia y estigmatización. ¿Qué te enseñó este trabajo sobre la relación entre la coca y la identidad de estas mujeres, y cómo ves su rol en la transformación de las narrativas que históricamente han estigmatizado tanto a la planta como a las mujeres productoras?
Trabajar con las mujeres cultivadoras de hoja de coca en La Asunta fue una experiencia profundamente transformadora y de aprendizaje. Estas mujeres, conocidas localmente como «cocaleras», han sido mediática y socialmente estigmatizadas debido a la asociación de la hoja de coca con el narcotráfico. Sin embargo, la realidad de sus vidas y su relación con esta planta es mucho más compleja.
Durante la pandemia, La Asunta fue escenario de un alarmante aumento de feminicidios y violencia intrafamiliar. En este contexto, las denuncias de las mujeres cocaleras eran a menudo archivadas o desestimadas, perpetuando un círculo de precariedad y violencia sistemática. Al escuchar sus historias, descubrí que estas experiencias se conectaban con las de mujeres en otros territorios y sectores: un denominador común era la precariedad, la falta de oportunidades y la opresión estructural.
Para muchas de estas mujeres, la hoja de coca representa algo más que un medio de subsistencia; es un punto de comunión con la naturaleza y con sus familias. Este vínculo se hace evidente en la manera en que incluyen a sus hijas e hijos en la plantación y cosecha, transformando el trabajo en un espacio de conexión intergeneracional.
Como parte de este reportaje, propuse y colaboré en la organización del primer encuentro de mujeres cultivadoras de hoja de coca en La Asunta. Este espacio, pensado únicamente para mujeres, les permitió por primera vez expresar sus opiniones y escucharse entre ellas sin la intermediación masculina que domina las reuniones de las federaciones. Ellas compartieron ideas sobre cómo avanzar hacia cultivos más orgánicos y sostenibles, reflejando su preocupación por el cuidado de la tierra. También se destacó la necesidad de mayor representación femenina en el sector, lo que inspiró a una joven de apenas 12 años a alzar la voz en nombre suyo y de su madre.
Esta experiencia me enseñó la importancia de construir una narrativa más humana y desestigmatizante, que no romantice su oficio, pero que tampoco las reduzca a estereotipos. Son mujeres que responden a un contexto complejo: algunas trabajan con la coca por necesidad, otras porque no conocen otra forma de vida. Sin embargo, muchas de ellas sueñan con estudiar, ser maestras o deportistas, y anhelan un futuro diferente para sus hijos e hijas.


La Chola ha roto muchas barreras… Con la fuerza y el desprendimiento que las caracteriza, abriendo camino para muchas jóvenes que eran inducidas a romper vínculos con sus raíces para poder encajar en la sociedad.
En Cholita tenías que ser exploras tu conexión con la esencia de las mujeres cholas andinas, quienes han transformado su vestimenta tradicional en símbolos de resistencia y empoderamiento, a pesar de la discriminación. Leí que este proyecto se convirtió en un proceso de exploración personal que te une con tus ancestras. ¿Cómo crees que esta serie contribuye a revalorizar la figura de la chola, no solo como un símbolo de identidad, sino también de resistencia frente a los obstáculos sociales y de género?
Cholita tenías que ser es un proyecto en constante construcción y exploración. En él, me involucro con las complejidades de la identidad, un tema que considero está en permanente reflexión y reafirmación.
Históricamente, la figura de la chola ha sido discriminada y estigmatizada, reducida a un ícono de precariedad por una sociedad que privilegia lo «blanqueado». Sin embargo, con el tiempo, la chola ha logrado reivindicar, resignificar y reapropiarse de estas características que antes eran vistas con desprecio. Su forma de vestir, hablar e incluso de sonreír se han convertido en símbolos de resistencia identitaria.
Hoy en día, la chola ha roto barreras que hace algunos años parecían inalcanzables. Con fuerza y valentía, ha abierto caminos para muchas jóvenes que antes sentían la necesidad de romper sus vínculos con las raíces andinas para evitar la discriminación o encajar en una sociedad que las invisibilizaba.
En lo personal, este proyecto marcó un antes y un después en mi vida, tanto como persona como mujer. Me permitió reencontrarme con mis raíces, reafirmarme en ellas y, a través de mis imágenes, generar discursos visuales que reivindiquen esta identidad.


Hagan todo lo que puedan, comprométanse, sientan, escuchen, indígnense… Esa es la victoria, ese es su legado narrativo.
¿Qué proyectos estás preparando actualmente y qué consejo le darías a las nuevas generaciones de fotógrafas y fotógrafos que buscan documentar y visibilizar realidades marginadas?
Actualmente, estoy trabajando en historias que me conmueven profundamente. La lucha por el agua se ha convertido en un manifiesto de trabajo, un tema que siento me llama constantemente. Sin embargo, también estoy interesada en explorar otras problemáticas igualmente urgentes, como el género y la identidad, que se entrecruzan con mi propia experiencia de vida.
A quienes comienzan en este camino, les diría que busquen contar historias desde la humanidad y la honestidad. Es cierto que quizá nuestras historias no cambien el mundo de manera inmediata, pero esa no debería ser la razón para acercarse a otras realidades de brazos cruzados, con la premisa de que esa historia que contarán es solo una más que navega en las redes. Hagan todo lo que puedan, comprométanse, sientan, escuchen, indígnense… Esa es la victoria, ese es su legado narrativo.
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