JAZ: AQUELLA REALIDAD DESDE EL ANDÉN
Nacido en San Vicente Ferrer, un pequeño municipio rural del departamento de Antioquia, Jorge Alonso Zapata, conocido como JAZ, es un artista que se mueve entre los márgenes. Su obra, profundamente arraigada en el paisaje social y urbano de Medellín, encuentra en las calles del centro de la ciudad, especialmente en la zona conocida como el Bronx, un escenario cargado de historias que él se empeña en visibilizar.
Desde que trasladó su taller a este entorno marcado por la exclusión social y la informalidad, JAZ convive con dinámicas de marginalidad, altos índices de consumo de sustancias ilegales e inseguridad creciente. Sin embargo, lejos de evadir esta realidad, la observa de cerca y la convierte en el núcleo de su práctica artística.
«La ciudad nos habla todo el tiempo», comenta, y agrega que no solo son los personajes quienes le cuentan sus historias, sino también los objetos que recoge en sus recorridos, los cuales reutiliza como soportes para su obra. Cartones, discos de vinilo y pantallas de televisión desechadas adquieren otra vida en sus manos, integrándose como parte activa de su proceso creativo.


El paso de JAZ por el Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía de Colombia marcó profundamente su visión del mundo. Como fotógrafo forense, tuvo un acercamiento crudo a las entrañas de la violencia y la muerte, lo que, según él, fue su primera ventana hacia las historias que quería narrar. «Luego me di yo mismo la oportunidad de recorrer la ciudad y descubrir sus historias», reflexiona sobre un camino que lo llevó a mirar más allá de lo evidente y a dignificar la existencia de aquellos que la sociedad invisibiliza.
Sus pinturas en acrílico sobre cartón o MDF, impregnadas de un estilo que algunos describen como primitivista, retratan figuras marginales: travestis, indigentes y personajes del hampa conviven en un universo visual que, a pesar de la crudeza de las historias que representan, destila esperanza. Para JAZ, este equilibrio entre lo trágico y lo sublime, lo grotesco y lo cotidiano, no es casualidad: «La esperanza es una consigna férrea a la que todos nos aferramos como tabla de salvación. Siempre la veo en cada personaje o en cada objeto encontrado».


La muestra Desde el andén, presentada recientemente en la Galería Carlos Orozco, toma su título de un espacio de observación que le es íntimamente personal. Durante mucho tiempo, el artista se sentó en los andenes del centro de Medellín a dibujar a los personajes que pasaban por allí. «Es como un puesto de observación», explica, añadiendo que el andén suele revelar un nuevo paisaje para el caminante desprevenido: una ciudad que, para él, se vuelve más interesante con cada hallazgo.
Con esta aproximación clara, es evidente que los materiales que JAZ utiliza no son elegidos al azar; más bien, se convierten en una metáfora de las segundas oportunidades: «Los objetos olvidados y desechados tienen la capacidad de contar otras historias a través de las manos del artista».
Al reutilizar lo que la ciudad desecha, JAZ incorpora el entorno físico como un componente esencial de su obra, una suerte de «minería urbana» que desentierra tesoros en los lugares menos esperados.


Personajes como Camila y Diana son figuras recurrentes en sus retratos. Su interacción con ellas, afirma, le ha permitido construir una representación más fiel y respetuosa de las realidades que habita. Alejado de la exotización o el amarillismo, JAZ selecciona sus escenas y personajes a partir de una conexión intuitiva: «Deben tocarme de alguna manera, debo sentirme cautivado».
En su pequeña casa del barrio Belén, donde vive con su tía Noemí, enferma de Alzheimer, JAZ encuentra la serenidad que contrasta con el bullicio de las calles que nutren su obra. Entre recuerdos familiares y materiales de trabajo, sus manos se ocupan de bocetos que anticipan su próxima incursión en el tejido social de Medellín.
Con un lenguaje visual colorido y aparentemente ingenuo, pero cargado de propósito, JAZ invita a mirar de frente las periferias de la ciudad, como si convocara a una escena artística ensimismada a posicionarse ante ellas. “Los temas de exclusión deben ser mostrados y tratados desde la plástica”, asegura, convencido de que el arte tiene el poder de transformar nuestra percepción de las realidades que nos rodean.


Las composiciones densas de JAZ capturan la esencia del bullicio y la vitalidad urbana. Sus imágenes, abarrotadas de personajes, reinsertan en el contexto del arte la dinámica caótica de calles altamente transitadas, donde cada figura parece llevar consigo una historia que merece ser contada.
Estos personajes se dedican a una amplia variedad de oficios y están inmersos en situaciones cotidianas que reflejan tanto la lucha por la supervivencia como las complejidades de la marginalidad. El chico que pinta con los pies, el vendedor de inciensos, el barbero o el limpiavidrios dan cuenta de diversas formas de ganarse la vida en un contexto de precariedad. Por otro lado, una mujer borracha o aquella que vemos colocándose desodorante a través de una ventana nos introducen a escenas más íntimas, de vulnerabilidad y lucha personal.
Técnicamente, el trabajo de JAZ se alinea más con la ilustración y el arte gráfico que con lo que entendemos como «arte contemporáneo». Este lenguaje visual, caracterizado por su inmediatez y franqueza, le permite abordar, sin rodeos, los temas sociales que atraviesan su trabajo.
A contracorriente de las prácticas artísticas contemporáneas —que con frecuencia filtran las problemáticas sociales a través de elaboradas capas de archivística y conceptualismos de corte occidental que pueden alienar al público—, JAZ se involucra y se muestra comprometido. Su práctica no rehúye la crudeza de las narrativas que representa; por el contrario, las enfrenta, las despoja de artificios y de pretensiones.


Este compromiso con la inmediatez, en un registro que recuerda al del reportaje gráfico, y su honestidad visual, desestabilizan la distancia crítica que suele caracterizar al discurso artístico institucional y comercial. En su lugar, JAZ propone un lenguaje que dialoga de manera íntima con el espectador y con las realidades que interpela.
Las escenas que retrata resuenan especialmente entre quienes hemos crecido en contextos menos privilegiados. Su obra trasciende las fronteras del arte para adentrarse en el ámbito político, como un testimonio que dignifica lo cotidiano y lo marginal y nos confronta con las realidades que, como sociedad, a menudo preferimos ignorar.
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