HEBRAS Y URDIMBRES
Hebras y urdimbres, curada por Blanca de la Torre para el Palacio de los Condes de Gabia, en Granada, España, es una exploración de las dimensiones del tejer, sus espacios metapoéticos, sus tramas ocultas y sus relatos entrelazados. A través de esta muestra, la curadora y las artistas participantes se adentran en el universo simbólico del tejido, reivindicando esta labor como una herramienta histórica que, en palabras de la curadora, ha permitido a las mujeres “construir sus propias habitaciones».
La selección de obras y artistas constituye una reivindicación, desde el lenguaje contemporáneo, de los procesos artesanales relacionados con el tejido. A través de estas prácticas, se establece un puente con el pasado que permite resignificar los modelos heredados. Las técnicas ancestrales dialogan aquí con las tecnologías actuales, dando forma a piezas que abordan temas como la conexión entre el ser humano y la naturaleza, la cultura material del territorio, los cuidados y el trabajo en comunidad.
La exposición rinde homenaje al tejido como una herramienta contra el olvido y como activador de la imaginación política, una hermenéutica que conecta saberes antropológicos, culturales, científicos, filosóficos y matemáticos para generar nuevos relatos. En este espacio simbólico, se entrelazan el arte contemporáneo de España y América Latina con prácticas ancestrales presentes en la mitología y cosmovisiones originarias. Lejos de cuestionar las bases culturales europeas, Hebras y urdimbres busca construir un relato pluricéntrico y polifónico.

Tejer como metáfora expandida
El tejer trasciende el textil, manifestándose en materiales como el cristal, la porcelana, la cerámica, la crin de caballo, el esparto o las fibras naturales. Las artistas involucradas en este proyecto buscan maneras alternativas de tejer, creando nuevas formas de estar en el mundo. Tejer, en sus múltiples dimensiones —espirituales, semánticas, epistemológicas, sociales— se convierte en herramienta política.
«Explorar las dimensiones del tejer desde el comisariado me llevó a pensarlo como un hilado de obras y artistas que componen una historia, y descubrí que me gusta más pensarme como tejedora que como comisaria”, escribe Blanca de la Torre en la publicación que acompaña la muestra. “Así, se desdibujan las connotaciones de poder y las jerarquías, como sucedía en las faenas del tejer, donde diosas, reinas, campesinas y esclavas compartían espacio. Este enfoque me permite indagar en prácticas y técnicas diversas, entendiendo el tejer como un espacio de subversión y un territorio de luchas».
La curadora también relaciona el acto de tejer con una mirada ecosistémica y tentacular, inspirada en Donna Haraway, quien afirma que “nada está conectado a todo, pero todo está conectado a algo”. Esta perspectiva guía conexiones entre territorio, saberes, sentires y memorias, desde una óptica política y poética del tejido como herramienta para abordar la crisis ecosocial y cuestionar las bases patriarcales, capitalistas y coloniales que sostienen el sistema.

Ecofeminismo y cuidado: entrelazando saberes
Los ecofeminismos son un hilo conductor en las prácticas de esta selección de artistas, entrelazando una metáfora sobre la ecodependencia e interdependencia y la necesidad de repensarnos desde las redes que sustentan la vida.
Como corriente de pensamiento y movimiento social, el ecofeminismo explora las sinergias que emergen del diálogo en igualdad entre ecologismo y feminismo. Este cruce no solo enriquece ambas perspectivas, sino que también amplifica su capacidad analítica, aportando mayor profundidad, complejidad y claridad al abordar los desafíos que enfrentan de manera conjunta o individual.
La poética del cuidado también impregna estas obras. La curadora piensa el tejido como protección: un manto que envuelve, una capa que cubre. Desde los feminismos, la ética del cuidado plantea un diálogo donde lo íntimo y lo cotidiano se entrelazan con el conocimiento científico y académico, desafiando jerarquías epistémicas.

Materialidad y agentes no humanos
Los materiales asociados al tejer conectan estas obras con la tierra: esparto, mimbre, yute, junco, lino, algodón, seda y otras fibras naturales se acompañan de tintes como el añil, la grana cochinilla o el púrpura del caracol de mar. Estos elementos, profundamente ligados a tradiciones culturales, evidencian la coexistencia de saberes y la reordenación de escalas entre conocimientos tradicionales y científicos.
Las agencias no humanas también están presentes en las obras. Las ovejas en las piezas de Lucía Loren y Laura Segura, las cigarras en los trabajos de Laura Mema, los caballos en la obra de Josefina Guilisasti o los gusanos de seda en las creaciones de Pilar Albarracín nos recuerdan las interconexiones entre todos los seres que habitan los ecosistemas.
Pilar Albarracín (Sevilla) ha sido pionera en desmantelar las jerarquías que tradicionalmente separan el arte de la artesanía, reivindicando el textil como un medio legítimo dentro del arte contemporáneo. A través de su práctica, reinterpreta elementos del folclore andaluz y cuestiona los clichés asociados al imaginario de «lo español», proponiendo lecturas renovadas desde una perspectiva feminista.
En esta muestra, adopta el bordado tradicional como una herramienta de subversión que trasciende lo doméstico para habitar lo político, lo personal para dialogar con lo colectivo y lo ornamental para reflexionar sobre lo social. Albarracín recurre también a la seda, un material cuya apariencia frágil contrasta con su alta resistencia, utilizándola como símbolo de la fuerza inherente a las labores textiles, concebidas aquí como espacios de empoderamiento y resiliencia, evocando la complejidad estructural de una tela de araña. Las piezas resultan de largas jornadas de bordado, cosido y tejido en comunidad, procesos inscritos en la economía de los cuidados, donde se cultivan vínculos de confianza, complicidad, cooperación y sinergia entre mujeres.


Tania Candiani (Ciudad de México) crea proyectos que entrelazan artesanía, trabajo colectivo, tradición, sinestesia, ritmo y traducción. En Nombrar el agua (2019), la artista se inspira en una tradición de una comunidad de la sierra huasteca oriental de México, donde, una vez al año, los habitantes dedican la noche a nombrar todas las cosas existentes para garantizar su continuidad al amanecer.
En esta obra, un video presenta la imagen y el sonido de un chorro de agua que se interrumpe abruptamente al pronunciar treinta y cuatro palabras utilizadas para designar el agua en distintas lenguas originarias. Estas palabras son también bordadas en hilo de seda blanco sobre lino blanco y enmarcadas en bastidores. Se revelan casi invisibles, aludiendo a la vulnerabilidad tanto de las lenguas como del agua misma.
De las palabras bordadas cuelgan hilos que evocan lo líquido y refuerzan la idea de la transformación y la transitoriedad, no solo de las lenguas y las tradiciones artesanales, sino también de los depósitos de agua. A través del acto de nombrar y tejer, la obra sugiere una forma de resistencia y preservación, vinculando los nombres de los elementos esenciales de nuestro ecosistema y cotidianidad con un esfuerzo por mantenerlos vivos y presentes.


Josefina Guilisasti (Santiago de Chile) crea obras basadas en el rescate histórico y la preservación de saberes y conocimientos tradicionales, estableciendo diálogos interdisciplinarios entre la historia, la antropología, la geografía y la artesanía. En esta muestra, se inspira en la tradición de las artesanas de la comunidad Rari, ubicada en la región del Maule (Chile), quienes desde hace más de doscientos años han utilizado la crin de caballo para elaborar piezas de artesanía de vibrantes colores.
Tejiendo historias de supervivencias (2023) es una instalación compuesta por cientos de mariposas monarca, capullos y orugas creados con este material. La pieza simboliza la relación entre la preservación de los saberes tradicionales y la biodiversidad, rindiendo homenaje tanto a las artesanas como al delicado vuelo migratorio de las mariposas monarca, una especie en grave peligro de extinción debido a la crisis climática, el uso de agrotóxicos y la destrucción de su hábitat.
Las mariposas monarca se convierten en una metáfora, situando a las artesanas como artistas y narradoras de una historia crítica sobre la supervivencia, en un relato que abarca tanto la fragilidad de los ecosistemas como la resiliencia cultural de la comunidad Rari.

Glenda León (La Habana) explora el lado poético de las complejidades en las relaciones entre el ser humano y el medio ambiente, buscando intersticios entre lo visible y lo invisible, entre el sonido y el silencio, entre lo efímero y lo eterno. Estados transitivos (2016-2020) consiste en dos obras que dialogan entre sí, ambas realizadas con el tejido obtenido del reciclaje de 180 banderas de distintos países del mundo.
A través de estas piezas, León pone en duda la historia política, desafiando las estructuras de poder y sugiriendo una posible reorganización del mundo. La artista imagina un futuro en el que la humanidad observe, sorprendida, los conflictos causados por ideologías, poder y dinero, así como la creación de fronteras y naciones como resultados de los caprichos históricos. Su trabajo busca disolver esas divisiones, apelando a la espiritualidad y proponiendo la idea de borrar las fronteras políticas para pensar en términos más universales.
Una de las piezas es una tela que, a simple vista, no ofrece demasiada información, a menos que se lea el texto explicativo o se vea el video integrado en el tejido, el cual presenta la idea de una bandera para un futuro donde prevalezca la unificación mundial. La otra obra consiste en una cuerda tejida con los hilos de las banderas, que elimina colores y símbolos nacionales, colgando en forma de catenaria. Esta estructura evoca las fronteras políticas, las cuales la artista invita a cuestionar y repensar.

Lucía Loren (Madrid) utiliza técnicas artesanales en la creación de sus obras para revalorizar una cultura material cíclica, que parte de los recursos del territorio y propone un sistema equilibrado de relación entre el ser humano y su entorno. Con esta propuesta, la artista busca recuperar y dar visibilidad a los paisajes culturales tradicionales.
Para esta muestra, Loren ha creado La montaña interior (2024), una estructura que evoca una montaña tejida con esparto, inspirada en la resiliencia de este material, que se presenta como un elemento clave en el paisaje natural frente al cambio climático. La obra fue realizada en colaboración con diversas artesanas, como Paulina Belinchón y Paz Ramírez, entre otras.
Las montañas, como ejes vertebradores de la biosfera, son la fuente de agua, alimentos y energía que sostienen nuestros paisajes. En el interior de la escultura, se encuentran unas redes con cuarzos blancos, que simbolizan el proceso cíclico de intercambios del ecosistema, así como el poder interior y espiritual de esta elevación natural.
La artista también presenta el video que documenta la construcción de Torre de agua (2021), un proyecto colaborativo que coordinó en el Centro Enrama (Cabanillas de la Sierra). La Torre de agua, o Warka, es una estructura inspirada en diversos sistemas naturales para la captación de agua mediante la condensación de gotas en un tejido perforado sostenido en tensión en su interior.
En esta intervención artística, los materiales han sido adaptados a los recursos locales, empleando la caña americana -una especie invasora- y la fibra de esparto para el tejido interno. El esparto, además de ser un material tradicional, desempeña un papel clave en el control de la erosión y la revegetación en zonas semiáridas.



Adriana Marmorek (Bogotá) es conocida por su trabajo con materiales delicados como vidrio, cristal y porcelana, a través de los cuales desarrolla un estilo que subvierte los mecanismos de estereotipación del deseo femenino. Sus obras, inspiradas en objetos vinculados al universo de la feminidad, interrogan las construcciones mediatizadas de la sexualidad, los clichés y el erotismo. En esta exposición, Marmorek profundiza en las dimensiones del encaje utilizando diversas técnicas que mezclan lo íntimo y lo histórico.
En La memoria es éter (2024), Marmorek aborda la conmovedora historia de sus abuelos, fallecidos en un accidente de tráfico mientras regresaban de una boda en la que actuaban como padrinos. La artista estampa imágenes de prensa relacionadas con el evento y borda sobre telas de cojines vacíos, alterando nuestra percepción de estos objetos asociados con la comodidad y el apoyo. La ausencia de relleno en los cojines refuerza la sensación de pérdida y desarraigo.
En otra serie titulada Dechado de emociones (2024), la artista imprime fragmentos de imágenes de sus abuelos sobre pañuelos, que luego complementa con encajes y transforma en porcelana. Este material, resistente pero aparentemente frágil, enfatiza la dualidad entre la memoria como algo efímero y, al mismo tiempo, perdurable. Ambas series exploran cómo los objetos íntimos pueden convertirse en contenedores de emociones, vinculando el recuerdo con el tacto y la textura de lo cotidiano.

Laura Mema (Santiago del Estero, Argentina) desarrolla una práctica artística inspirada en procesos biológicos y en formas de comunicación entre conciencias de diferentes especies. Su obra se conecta profundamente con la naturaleza, la percepción sensorial, el color y los vínculos entre el cuerpo físico y elementos hiperconductores como el agua y ciertos metales. Para materializar estas exploraciones, emplea una variedad de medios como textiles, dibujos, tules, acrílicos, cristales y luz. Además, colabora con comunidades de artesanas en Argentina para crear mantas tejidas que incorporan saberes ancestrales.
En Estudios vibracionales para la reparación de los chakras de la tierra (2019), Mema visualiza estructuras energéticas conectadas con el ámbito espiritual, traduciendo lo intangible en portales perceptivos. A través de un sistema de lazos de parentesco, establece vínculos entre lenguajes ancestrales y materiales, creando formas geométricas tejidas que actúan como vehículos de sanación y conexión espiritual.
De manera similar, en su obra Mosckoy, construye un espacio de sanación interactivo donde invita al espectador a sumergirse en frecuencias sonoras, vibracionales y cromáticas. Utilizando herramientas como diapasones, filtros de color y técnicas textiles, la artista crea un entramado simbólico que evoca un jardín común, en el que la energía colectiva es cultivada y polinizada. Estas obras posicionan a Mema como una mediadora entre reinos energéticos, sónicos y humanos, ofreciendo una experiencia que conecta lo espiritual con lo terrenal.

Sonia Navarro (Murcia) concibe tanto su práctica artística como su forma de vida como un acto continuo de reivindicación de labores mínimas y ocultas, así como de actitudes alegres y celebratorias. El taller de costura familiar, un espacio íntimo de su infancia, se convierte en el eje central desde donde reconstruye la memoria de los trabajos femeninos manuales y artesanales, enfrentándose a las narrativas hegemónicas y patriarcales que perpetúan convenciones sociales obsoletas.
En sus obras, el acto de coser trasciende lo funcional para adquirir una dimensión estética, formal, relacional y afectiva. Navarro rinde homenaje a las mujeres y sus labores, reivindicando el coser como una práctica tradicionalmente asociada a las tareas femeninas y a los cuidados esenciales para la continuidad de la vida. Sus tejidos recuerdan que la producción capitalista depende de una precondición invisible: la reproducción de la vida, realizada en espacios privados y siguiendo lógicas opuestas a las del capital.
La infancia de Navarro estuvo marcada por la cercanía a sus tías y abuelas, de quienes aprendió el arte de la costura. Este saber popular, transmitido de generación en generación, constituye un patrimonio doméstico esencial que, lejos de representar una limitación, se erige como una parte vital de nuestra historia colectiva. Para Navarro, la pérdida de estas habilidades no está asociada a la emancipación, sino al detrimento de nuestra memoria cultural. Por esta razón, su trabajo incluye marcas y gestos manuales que subrayan el carácter aprendido y compartido de estas labores. En la actualidad, su madre, fiel colaboradora, se suma a su práctica artística, reforzando la continuidad de este legado familiar.

Laura Segura (Granada) desarrolla su práctica artística en torno al concepto de origen, explorando la conexión intrínseca entre el ser humano, la naturaleza y el entorno. Sus obras, profundamente enraizadas en una responsabilidad ecológica, se caracterizan por la elección consciente de materiales y procesos sostenibles, buscando generar experiencias multisensoriales que envuelvan al espectador.
Desde niña, Segura se sintió atraída por los materiales que la naturaleza ponía a su alcance: ramas, fibras, algodón, hojas y barro. Este temprano interés evolucionó hacia una línea de investigación que indaga en lo primigenio, el vínculo esencial con el medio natural y las raíces compartidas. En esta exposición, presenta dos obras significativas que ilustran esta búsqueda.
Una trenza de hierba sagrada (2022) está elaborada con sisal, fibra extraída del agave sisalana, una planta originaria de Yucatán, México. La obra explora la trenza como un símbolo poderoso de historia, espiritualidad y cultura, reinterpretando esta técnica tradicional cargada de significados místicos y ceremoniales. Para Segura, el trenzado encarna la unión y la fortaleza, conectando lo mundano con lo espiritual. Este gesto ritual, arraigado en tradiciones ancestrales de ambas orillas del Atlántico, crea un puente simbólico entre el pasado y el presente. Asimismo, la obra evoca el cabello de Rapunzel en el cuento de los hermanos Grimm, donde la trenza se convierte en una metáfora de escape, libertad y conexión trascendental.
Plétora (2024), creada específicamente para esta muestra, es una instalación a modo de «ubre masiva plural». Esta obra rinde homenaje a la naturaleza como matriz generadora y símbolo de vida y sustento. Las ubres, tradicionalmente asociadas con la maternidad y la lactancia, se resignifican en el trabajo de Segura como alegoría de la abundancia, el cuidado y la interdependencia entre todos los seres vivos. La forma escultórica y la reverencia implícita en esta obra resaltan la vital conexión entre la madre naturaleza y sus hijos, subrayando la necesidad de un respeto renovado hacia los ciclos y procesos naturales.
En este proyecto se ha priorizado la reutilización de todos los materiales posibles. Más allá de las obras de arte, no se han construido nuevos elementos, como muros o materiales museográficos, sino que se han reaprovechado dispositivos existentes y restos textiles para elaborar las cartelas y demás materiales gráficos.
De manera similar, la mayoría de las artistas involucradas emplean materiales reutilizados, como las banderas de Glenda León, los encajes antiguos que Adriana Marmorek encuentra en mercadillos y anticuarios, las estructuras de mimbre de Lucía Loren o los tejidos en el caso de Sonia Navarro.
HEBRAS Y URDIMBRES
Curadora: Blanca de la Torre
Artistas: Pilar Albarracín, Tania Candiani, Josefina Guilisasti, Glenda León, Lucía Loren, Adriana Marmorek, Laura Mema, Sonia Navarro, Laura Segura.
Palacio de los Condes de Gabia, Plaza de los Girones 1, Granada, España
Del 3 de octubre de 2024 al 26 de enero de 2025
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