«ENCOFRADO» (2024) DE SEBASTIÁN PREECE: LUZ AL FINAL DEL TÚNEL
En 1974, el artista estadounidense James Turrell abrió un cuadrado de 25 x 25 centímetros en uno de los techos del Museo Guggenheim de Nueva York. El edificio, diseñado por Frank Lloyd Wright, se había demorado quince años en adquirir su forma final y se terminó de construir en 1959. La apertura cuadrada de Turrell no tenía nada que ver con sus muros curvos y la claraboya circular de su rotonda central; de hecho, el pequeño corte hacía visible un nuevo pedazo del cielo e interrumpía su diseño original.
Esa fue la primera vez que Turrell hizo uno de sus skyspaces y, desde entonces, ha repetido la operación casi un centenar de veces en distintos contextos y locaciones. Todas sus aperturas –que van desde el observatorio Ta Khut, en José Ignacio, Uruguay hasta el Chichu Art Museum, en la isla de Naoshima, en Japón– responden a la misma operación: un trozo abierto en lo alto de un edificio que genera una experiencia de vínculo con el cielo entre las personas que circulan a nivel del suelo.



Pensé en esto cuando Sebastián Preece (Santiago, 1972) me invitó a ver su más reciente montaje en un galpón industrial de Santiago, una enorme construcción en la tangente del barrio Matta Sur. Ahí donde antiguamente funcionaba una de las distribuidoras de abarrotes más grandes de Chile, él había empezado una obra a partir de una apertura en el techo. Sin embargo, a diferencia de Turrell en el Guggenheim, Preece trabajó a favor de las formas del edificio y dejó que el ancho de una lucarna de plancha de policarbonato determinara las dimensiones del proyecto.
El galpón, emplazado entre las calles Santa Helena y Padre Orellana, fue construido a principio de la década de los setenta y quedó en desuso el año 2018. Tiene fecha de demolición para abril del próximo año, pero antes de eso, Preece quiso hacer una instalación permanente. “Algo que dure lo que le queda de vida al edificio”, me dijo. En una de las esquinas de ese gran interior industrial hay un altillo sostenido por una estructura metálica donde funcionaba el archivo de la distribuidora. Ahí fue desde donde hizo el corte.
En ese altillo hay mesas o racks de madera en los que, hasta hace poco, se documentaba y archivaba la actividad del galpón, reactivado el pasado fin de semana durante el evento FAST. La mañana que llegué a ver el trabajo de Sebastián, él había desarmado algunos de los antiguos módulos de madera para armar con esos listones un encofrado a partir de la arista final de una larga lucarna en el techo.
Hizo una apertura de 80 x 80 centímetros en el extremo de esa franja y ahí instaló la primera boca del encofrado, conservando el ancho de la línea existente. Preece decidió que su obra iba a absorber la luz y redirigir un rayo, diagonalmente hacia abajo, atravesando el archivo hasta tocar el primer piso de lo que alguna vez fue la bodega. Esa inclinación, según él, seguía el ángulo de un rayo de luz solar que iba vertiéndose en las maderas, al interior del encofrado durante el día. Porque sí, la estructura estaba hueca y, al igual que las obras de Turrell, “entre instalación, escultura y acontecimiento resplandeciente”, ésta conectaba a las personas que circulaban dentro del edificio con el cielo.
A través de un tajo triangular en su parte inferior (por el que apenas cabía un cuerpo adulto) era posible entrar al encofrado y desde su estrecho interior, ver el exterior. En ese sentido, la obra de Preece, al igual que las de Turrell, tenía una dimensión pictórica porque ese cuadrado celeste en lo alto se veía plano y parecía un lienzo. De hecho, proponía un reparo o tiempo de contemplación como si fuera un cuadro resplandeciente.
Al salir otra vez del túnel, comprobé que la simplicidad del gesto era de una espectacular efectividad: la gran estructura diagonal de madera rompía con el orden vertical-horizontal de los pilares-vigas y, luego, desde dentro vinculaba ese comprimido interior con el cielo, haciendo desaparecer la bodega. El encofrado remitía a lo que ocurre a través de los telescopios en los observatorios: un vínculo con lo imposible a través de la mirada. Con esto quiero decir que la estructura de madera que construyó Preece era un interior sobre un interior y, a la vez, un túnel que conectaba con otra escala mayor.
Sebastián tituló este trabajo como Encofrado (2024), refiriendo a ese proceso que se usa en la construcción y albañilería para dar forma y soporte a las estructuras de hormigón. Pero el suyo no era un encofrado convencional: por él no pasaba ninguna materia sólida, sino que se vertía un flujo de luz natural.
Para mí fue evidente que la intención de manipular los rayos de sol guiñaba –conceptual y formalmente– a una de sus obras anteriores, Precipitar (2018-2022), en la que Preece ocupó una serie de aperturas existentes en el techo de un galpón en Independencia para hacer aparecer columnas diagonales de luz que atravesaban su interior. Esa vez instaló en los huecos del techo un sistema de riego automático y, así, mediante la virtuosa mezcla de luz natural y gotas de agua que caían cuando el riego se activaba, se volvían visibles enormes columnas de partículas, cuya inclinación variaba según la hora del día. Y al igual que en esta más reciente en Matta Sur, esa vertiente remataba en un cuadrado luminoso en el piso.
Pero me pareció que la vinculación entre Precipitar (2018-2022) y Encofrado (2024) no estaba del todo guiada por la continuidad sino que proponía más bien un distanciamiento por contraposición a partir de una misma figura. Quiero decir, si bien esta última apertura en Matta Sur era casi del mismo tamaño y forma que su versión anterior en Independencia, la operación se transformaba y se complejizaba en la medida en que se diferenciaba una de la otra.


Si en Precipitar (2018-2022) Preece trabajó con lo inmaterial, liviano y efímero, generando una serie de columnas de luz y agua que al desactivarse el sistema de riego se desvanecían en el aire, en Encofrado (2024) la aspereza y solidez de los listones de madera sacados del archivo de la distribuidora marcaban una presencia definitiva en el galpón y ocultaban lo que ocurría con la luz. Era una sola columna opaca. La diagonal de madera atravesaba la bodega, marcando un trayecto irrevocable por el que se vertía un solitario rayo de luz a través de un túnel opaco desde su exterior: para verlo había que entrar a la estructura.
Ese primer día de mi visita olvidé llevar la cámara para sacarle fotos a la obra, así que pedí regresar. La mañana siguiente llegué temprano, quizás demasiado temprano. Como nadie me abría las puertas del galpón recorrí a pie la cuadra que bordea la bodega. “Este era un barrio residencial, de construcciones de fachada continua y un solo piso”, me contó el arquitecto Eduardo Cancino, quien organiza FAST. De hecho, por la calle Padre Orellana todavía quedan algunas de esas casas bajas que parecen estar ahí, fuera de tiempo.
Cancino me explicó que recién en los últimos quince años se construyeron las primeras grandes torres residenciales que ahora están proliferando en el barrio y los nuevos vecinos se quejaron de los ruidos y movimientos industriales. Como la operación de la distribuidora ocurría de madrugada (los camiones descargaban por Padre Orellana mientras otros esperaban ser cargados por Santa Elena), los vecinos consiguieron que se modificara el plan regulador del barrio y se terminó prohibiendo el uso industrial para los inmuebles del lugar. Ese fue el fin de la bodega, sus ruidos y su ajetreo.


Esa segunda mañana, cuando finalmente me abrieron las puertas, fui por un buen rato la única persona en su interior. Ahí mismo, donde antes trabajaban 400 personas y se movían abarrotes de un lado al otro, donde se archivaban y documentaban las compras y ventas de todos esos productos envasados que entraban y salían por sus andenes, estaba el encofrado de Preece, en silencio. En vez de rodearlo y fotografiarlo por fuera, quise investigarlo por dentro. Al atravesar el tajo triangular de la base, pensé que las mismas superficies que habían servido de soporte a la documentación de la vida del edificio ahora servían de canal para la luz de su muerte.
Dentro comprobé cómo, efectivamente, a esa hora temprana también la luz natural se vertía a través de los listones y el celeste del cielo teñía el suelo de un filtro azulino. Pero, además, dos cosas ocurrían cuando se estaba ahí. La primera era que el edificio entero, la bodega con sus galpones, oficinas y estacionamientos, con su pasado y su presente desaparecían. En el interior del encofrado sólo existía lo inmediato: los listones de madera, los asomos de sus imperfecciones y el cielo. En ese sentido, era una invitación a elevar la mirada, algo que hacemos naturalmente cuando estamos en espacios solemnes o ante las grandes construcciones. A ese gesto le seguía una sensación de encierro: el espacio era estrecho y habitarlo era incómodo.
Esto era lo segundo. Si el cielo estaba lejos, al interior del encofrado la muerte estaba cerca. Desde el interior del túnel, la experiencia se volvía claustrofóbica y la estructura se asemejaba peligrosamente a un ataúd de madera. En ese sentido, el cuadrado celeste en lo alto no era un comienzo, sino más bien el fin. Pero, ¿de qué? Según Nancy Spector, las aperturas de James Turrell desestabilizan e hipnotizan. “Producen sensaciones esencialmente prelingüísticas al crear experiencias transformadoras de un pensamiento sin palabras”, escribió la curadora alguna vez.
Me quedo con esa dificultad para nombrar lo que me estaba ocurriendo cuando estuve sola, dentro del encofrado de madera, esa mañana mirando el cielo. Creo que, como túnel de luz, el largo y estrecho volumen hueco no proponía del todo una continuidad entre el adentro y el afuera, sino que, de una manera menos directa, evidenciaba un quiebre. Un desvío o fractura. Se estaba al interior de la bodega, pero también, y simultáneamente, se estaba fuera de ella. Es decir, ahí dentro se podía estar por un momento en un intersticio. En un paréntesis. En ninguna parte.
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