DIANA BARQUERO: ¿PÓCIMA O ARDID?
Visitar la Salita Temporal en el espacio de arte contemporáneo Abra (San José, Costa Rica) y presenciar la propuesta de la artista costarricense Diana Barquero, titulada Sólo la dosis hace el veneno, es adentrarse de lleno en la polémica del monocultivo de la piña. Los dibujos, modelos, fotografías e impresiones de matrices de látex sobre cáscaras de piña se convierten en una potente metáfora visual en este proyecto, donde Barquero revela una paradoja: a pesar de su apariencia apetecible y su sabor, lo que consumimos es, en muchos casos, un producto manipulado e inventado en los laboratorios.
Esta reflexión nos invita a explorar las referencias simbólicas de la obra y considerar las hipótesis que surjan en nosotros, los espectadores. La propuesta de Barquero nos lleva a replantear la metáfora de la «piel de la tierra», entendida como el suelo y el agua, dos elementos vitales del planeta que se ven gravemente afectados por las prácticas extractivistas que los contaminan.

En el texto de sala, la periodista Karina Salguero Moya señala la carga política y sociológica del agrocultivo de la piña: «La piña tiene el sesgo de un nombre que no merece; es fruto de esa suerte de invención de la botánica. Su nombre es el resultado, a su vez, de una colonización a manos de analfabetas».
Este comentario nos insta a tomar conciencia de la catástrofe ecológica que se avecina, resultado de los residuos altamente contaminantes generados por los agrocultivos, que afectan tanto la salud de los trabajadores expuestos a los químicos como los ecosistemas acuáticos.
El proyecto de Barquero aborda estas problemáticas al poner en evidencia los tóxicos vertidos por la agroindustria, que contaminan ríos, estuarios, humedales, lagos y lagunas, hasta llegar finalmente al mar. Este proceso pone en riesgo una rica ecología que nos proporciona alimento, pero que cada día sufre el impacto no solo de las prácticas agrícolas, sino también de la pesca marítima, especialmente la pesca de arrastre, que destruye las riquezas de los fondos marinos.

LA OTRA PIÑA
Al analizar los componentes e implicaciones teóricas y sociológicas de la obra, me percaté de la carga emocional que conlleva confrontar mis propias hipótesis sobre el arte que busca impactarnos. Como observadores, quedamos perplejos ante la batalla procesual que desencadena la búsqueda de esa otra piel, una metáfora que intenta restaurar la naturaleza, la calidad del suelo y, en última instancia, mejorar el caudal y la pureza del agua, diezmada por las pócimas agroquímicas.
Sólo la dosis hace el veneno no solo cuestiona las prácticas agroindustriales, sino también lo que consumimos y exportamos bajo el nombre de productos provenientes de nuestros suelos «tropicales». Retomando el texto de Salguero Moya, se cuestiona incluso la historia continental: “Esa piña que se asemeja a otra especie de otra geografía y distinto clima como el pino. Esta fantástica fruta siempre dulce y jugosa no es el mismo producto de la tierra que originalmente se consumía cuando América tampoco se llamaba así”.
Me dejé sumergir en la evocación de una novela del escritor japonés Kobo Abe, El rostro ajeno, cuya sinopsis revela:
Convencido de que el alma reside en la piel, y de que su propio ser se ha desvanecido junto con los rasgos de su rostro desfigurado a raíz de un accidente, un científico se obsesiona con la idea de cubrirse con una máscara, un otro yo que esperanzadamente concibe como un nexo con el mundo.

El acercamiento metodológico a la investigación científica aplicada en la creación de una máscara, un rostro ajeno, exhibida en La Salita, pone de manifiesto una máxima de los procedimientos contemporáneos: lo esencial no se encuentra en los frutos de la investigación (aquellos que se exponen al público), sino en el proceso mismo. Este es precisamente el punto donde se encontraba la artista cuando la visité, potenciando una clave central de su propuesta: desollar un cuerpo simbólico para conocer las facciones y la estructura corpórea del «picudo», un bicho que depreda las plantaciones de piña en la zona sur del país.

BICHOS Y BESTIAS
Estas problemáticas se materializan en la máscara, ese monstruo que la artista ha creado utilizando piel de látex y residuos de fruta. La obra toma como referencia a “nuestro señor desollado”, Xipe Tótec, deidad mexica de la vida, la muerte y la resurrección, así como dios de la agricultura y la vegetación. Esta imagen proviene de una pintura parietal que Diana encontró significativa, lo que la llevó a explorar más a fondo las conexiones simbólicas entre el dios mesoamericano y otras figuras clave de la historia prehispánica.
De ahí su interés por vincular a Xipe Tótec con Nezahualcóyotl, el rey-poeta mexica. Antes de la llegada de los europeos, Nezahualcóyotl diseñó un acueducto doble para llevar el agua pura y cristalina de las montañas a los estuarios de Texcoco, e ideó sistemas de producción alimentaria para las chinampas de Xochimilco, capaces de alimentar a la población de su tiempo, y que aún hoy siguen siendo funcionales.
El procedimiento metafórico y metaproyectual, o esencia del proyecto, es ciencia y arte en su forma más pura, ya que explora minuciosamente sus planeamientos, deducciones, análisis y pruebas materiales. Enseña cómo llevar cada paso hasta sus últimas consecuencias, alcanzando así estratos más elevados de la bio/cultura. Este enfoque de ciencia y arte está transformando los escenarios culturales, desafiando las fronteras tradicionales y proponiendo nuevas formas de entendimiento y creación.


Es esencial focalizar la atención en el agua, diseñar un mecanismo capaz de limpiarla, revitalizarla, para que fluya y oxigene nuevamente. Creo firmemente en la mejora en el uso del líquido vital, en la recuperación de las fuentes y en la descontaminación a través de una «piel» que funcione como filtro, a pesar de la resistencia de aquellos que insisten en destruir el tesoro natural que nos legaron nuestros ancestros.
Para concluir, quiero referir el desenlace del libro de Kobo Abe, donde el rostro ajeno termina por apoderarse del sujeto, una contradicción que remite una vez más a la paradoja de M.C. Escher en Mano que se dibuja a sí misma (Drawing Hands, 1948).
Así, como Diana Barquero, nosotros también sacamos moldes de nuestras experiencias y observaciones. Como señalaba la sociología de los años 70, estos moldes, hechos de materia dura, nos conforman y dependen de nuestra grandilocuencia o testarudez. Al mismo tiempo, «bichos y bestias» se erigen como símbolos de los portentos de la economía global, que, bajo el pretexto de inversión, agreden no solo la naturaleza y el origen de las riquezas, sino también la cultura misma.
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