BAJO EL SIGNO MUJER. EXPOSICIONES COLECTIVAS DE ARTISTAS CHILENAS 1973-1991
Bajo el signo mujer. Exposiciones colectivas de artistas chilenas 1973-1991 (Ediciones Metales Pesados) es el título del nuevo libro de la historiadora del arte Mariairis Flores Leiva, fruto de una minuciosa investigación de tres años en torno a la producción artística de mujeres en Chile. Esta obra pionera explora una rica y subvalorada actividad colectiva de mujeres artistas, quienes hicieron del arte una vía para abordar temas de género y de representación femenina en un contexto de censura y represión política. Presentado recientemente en Valdivia, Valparaíso y Santiago, el libro promete arrojar luz sobre una dimensión crucial y olvidada de la historia artística chilena.
El proyecto de Flores Leiva reúne 49 exposiciones colectivas realizadas entre 1973 y 1991, tanto en Chile como en países de Europa y Canadá. En todas ellas, el “ser mujer” y la temática de género ocuparon un lugar central. Aproximadamente 370 artistas participaron en estas muestras durante esos años, lo que revela un grado de organización y presencia femenina pocas veces atendido por la historiografía del arte en Chile. Sin embargo, muchas de esas artistas hoy resultan poco reconocibles, lo que plantea una pregunta de fondo: ¿quiénes eran y cómo contribuyeron al campo cultural chileno?
La investigación de Flores, apoyada por la investigadora en artes y literatura Catherina Campillay, surgió casi por azar, cuando la historiadora encontró catálogos de exposiciones de mujeres en el curso de otra investigación. Este hallazgo inesperado la llevó a vislumbrar un espacio artístico protagonizado por mujeres y que había sido, hasta el momento, relegado al margen de los estudios críticos.
Flores organiza su análisis en cuatro ejes temáticos que reflejan la complejidad y riqueza del periodo. El primero de ellos examina la institucionalidad artística en tiempos de dictadura, abordando las exposiciones organizadas en el Museo Nacional de Bellas Artes, institutos culturales municipales y la DIRAC. El segundo eje profundiza en el exilio y las conexiones con el extranjero, destacando las muestras organizadas por artistas exiliadas en Europa, así como aquellas en las que artistas chilenas fueron invitadas en solidaridad con el país. Ejemplos de ello incluyen Chilenas. Drinnen und Draußen (Dentro y fuera), una exposición itinerante en Alemania, y Artiste cilene tra Censura ed Esilio (Artistas chilenas entre la censura y el exilio), realizada en Roma.
El tercer eje revisa el circuito de galerías independientes, que, aunque menos oficial, estaba vinculado de alguna forma a la institucionalidad, mientras que el último capítulo se adentra en las conexiones entre arte y feminismo en el contexto chileno. Si bien, según señala el libro, no existió un “arte feminista” como tal, algunas artistas y teóricas encontraron afinidad con los movimientos feministas y de resistencia que emergieron durante la dictadura.

Para abarcar la totalidad del fenómeno, el libro incluye un anexo a cargo de Campillay, que no solo presenta un listado completo de exposiciones, sino que también selecciona 17 hitos relacionados con mujeres en las artes, tales como charlas, actividades y otros eventos de interés histórico.
El libro se apoya en un vasto corpus de críticas, entrevistas y columnas publicadas en prensa, que permiten a la autora construir un mapa de las prioridades y tensiones del campo artístico de la época. Asimismo, analiza dos programas de televisión que abordaron el arte desde una perspectiva de género: Almorzando en el Trece, popular en los años 80, y La mirada femenina en UCV Televisión, dirigido por los historiadores del arte Milán Ivelic y Gaspar Galaz, ambos con invitados que discutían la relevancia de las mujeres en el arte. También se revisa la obra de Nena Ossa, quien fue directora del Museo Nacional de Bellas Artes y ferviente impulsora de la visibilización de mujeres artistas.
Bajo el signo mujer es un ensayo historiográfico riguroso que traza las coordenadas de una historia del arte chileno aún por escribirse plenamente. Su carácter abarcador no solo rellena vacíos históricos, sino que ofrece una base sólida para futuras investigaciones, permitiendo nuevas lecturas y abriendo perspectivas sobre un periodo crucial y complejo.


BAJO EL SIGNO MUJER
Por Nury González
Quisiera iniciar la presentación de este libro de Mariairis Flores, Bajo el signo mujer [1], citando el texto de Nelly Richard en la contratapa:
… Es gracias a la vigilancia crítica de su minucioso trabajo de rescate historiográfico; al tacto de su recoger y proteger datos errantes y frágiles para incorporarlos a mapas conectados subterráneamente; a la curiosidad vital de Mariairis Flores que la impulsa a salirse del formato universitario de los saberes obligados, para que podamos acceder a las entrelíneas más borrosas y fluctuantes de cómo se desplazaron las categorías mujer, feminidad, cuerpo, sexo, género y feminismo, en un arco temporal que cubre el periodo de la dictadura militar hasta el inicio de la transición democrática en Chile…
Porque lo que produjo en mi cabeza y en mi ánimo la lectura de este libro fue el inmediato surgimiento de recuerdos estridentes de esa época: el clima político, incluso del olor denso que podría definirla, y la sensación de oscuridad que emanaba del evidente aislamiento que nos tocó vivir. Todo este cúmulo de vivencias emergió gracias al gesto minucioso, preciso e inteligente de la escritura de Mariairis Flores. Su trabajo brilla tanto en el diseño de su investigación como en el despliegue de su libro, mediante la cuidadosa selección de citas, el repertorio de exposiciones analizadas, el cruce de artículos de prensa, y la verificación abismante de que muchos de esos hitos los tenía atrapados en el olvido absoluto.

El periodo de estudio abarca de 1973 a 1991; es decir, desde mis 12 años, cuando viví el golpe civil-militar bajo una protección que me permitió tener una conciencia clara —y, a la vez, difusa— de lo que sucedía. Era un momento de mi vida en el que ni siquiera tenía la intención, y mucho menos la posibilidad, de ser artista. Este recorrido llega hasta mis 31 años, cuando coincidieron la expansión y la confianza que traía la recuperación democrática con mis primeras responsabilidades de lo que se llamaba una “artista emergente”.
Por lo tanto, estar aquí, participando en la presentación de este libro, en la Sala Sazié de la Casa Central de la Universidad de Chile —una institución que, durante los casi treinta años de historia que se recorren en este estudio, fue para mí tan admirada como lejana— tiene un significado especial. Estar aquí hoy y, a la vez, en el propio libro, debido a mi presencia en algunas de las exposiciones investigadas o por haber sido parte de ellas en ese fragmento de tiempo como una artista emergente, sin inscripción en el circuito formal, convierte esta experiencia en un conjunto de escenas lejanas y sorprendentes. Y aún más, se trata de una especie de doble performance: soy aquí, simultáneamente, presentadora y presentada.
No deja de ser inquietante haber estado en alguna de esas exposiciones descritas en el libro, pues no es fácil reajustar esos datos con los propios recuerdos para hacerlos calzar en un marco de experiencia actualizada.
Lo que quiero decir —o, mejor dicho, lo que puedo expresar— es lo que me pasó con la lectura de Bajo el signo mujer. Y eso —por majadero que parezca— tiene que ver con la precisión de la investigación y todos los datos que están ahí expuestos y fijados en letras negras sobre papel blanco. Leer este libro fue regresar súbitamente al aire que se respiraba en aquellos años: a los miedos, a las posturas de resistencia frente a lo oficial, al recuerdo de la insensatez de lo que se escribía sobre cultura y arte en los diarios oficiales, al desamparo de una escuela de arte desprovista y desmantelada.
Cada página me obligaba también a recordar la distancia autoimpuesta —a pesar de mi juventud— de no pisar ningún espacio (ni del arte, ni de nada) que estuviera vinculado con lo oficial. No se transaba con eso.
Fue sorprendente encontrar nombres como los de Nena Ossa, Enrique Campos Menéndez, y, de forma especialmente inquietante, los de José María Palacios y Enrique Solanich, autoridades delegadas, críticos o, más bien, agentes culturales de los que uno debía alejarse y perderse. Todos esos nombres, y lo que representaban, volvieron a mi memoria de forma angustiante. Me recordaron el desprecio hacia las políticas culturales de esa época nefasta.

La lectura de este libro de Mariairis, más que llevarme al recuerdo, me hizo revivir aquellos tiempos, esos acontecimientos y escenas que siempre se asociaban, como en paralelo, con iniciativas críticas, pequeñas organizaciones de resistencia y expresiones de todo tipo provenientes de ámbitos periféricos, de espacios secretos de producción que hacían frente al oficialismo negro y asfixiante de la época.
Con esto me refiero a lo que, en esas etapas de formación temprana, lograba vislumbrar: lo que se pensaba, se tejía, se planteaba, se debatía desde lugares intensos de resistencia crítica. Eran discursos alucinantes, como los de Nelly Richard, Gonzalo Muñoz, Gonzalo Millán o Diamela Eltit, y junto a ellos, la aparición de obras de enorme peso visual como las de Lotty Rosenfeld, Roser Bru, Piquina, Eugenio Dittborn, Paz Errázuriz, Carlos Leppe y tantas y tantas otras. Para mí, este libro devela precisamente esas dos fuerzas opuestas: de un lado, la oscuridad, la planicie, el lugar común en torno a la mujer, a la mujer en el arte… o incluso al arte mismo. Y, por el otro, en franca y constante resistencia, las reflexiones, escrituras y obras con y desde un pensamiento crítico.
Considero que Mariairis Flores, con su libro Bajo el signo mujer, logra, a partir de su cuidadosa investigación, capturar el aire que se respiraba en esos tiempos, los comentarios oficiales de la época y las propuestas rotundas de una fuerza creativa y liberadora, tanto en la producción de obras como en el pensamiento crítico. Dos mundos en disputa, y en medio de toda esa majamama, la pregunta de cómo ser mujer y abrirse camino en el arte.
– a los 18 años había ingresado al Instituto de Arte Contemporáneo, en calle Román Díaz, muy cerca de Galería Sur;
– a los 19, presencié en ese Instituto la acción de arte de Marcela Serrano. Entre el público, Leppe sobresalía en altura, casi rapado y con overol blanco;
– ese mismo año, 1980, vi “Sala de Espera” de Leppe, en Galería Sur;
– a los 20, entré a la Facultad de Bellas Artes de la U. de Chile, un espacio dramáticamente intervenido por la dictadura civil y militar;
– en el 81, vi “Tránsito Suspendido” de Altamirano, en la calle frente a Galería Sur;
– en 1982, vi en Galería Sur “Historia Sentimental de la Pintura Chilena”, de Gonzalo Díaz, y “Olvidos y memorias” de Roser Bru.
– en 1983, a los 23, se iniciaron fuertemente las primeras protestas;
– ese mismo año compartí taller con Eugenio Dittborn y Gonzalo Díaz, en un enorme galpón industrial, de calle Las Dalias de Macul.

Algunas de esas obras y acontecimientos son los que, por esa época, me atraparon la cabeza y la mirada.
Esa intensidad fue lo que me hizo recordar tan vívidamente este libro, un periodo de formación del imaginario, el periodo de una espectadora entre activa e inactiva, entre ignorante y ansiosa, entre asombrada y entusiasta.
Así fue esa época, tal como este libro lo devela… afortunadamente, intuitivamente, arranqué de lo oficial, de lo miserable, y caí en el lado de acá, y eso también fue porque existió la mirada hacia mi obra incipiente de personas que hasta el día de hoy admiro, como son Nelly Richard, Roser Bru, Eugenio Dittborn, Gonzalo Díaz y muchas otras. Fue Nelly Richard quien me invitó a exponer y me incluyó en esas exposiciones que se investigan en este libro.
Solo puedo insistir en que el libro Bajo el signo mujer es impecable: en su escritura, en su tono, en su ritmo, en los datos que presenta, en el encadenamiento de los relatos, en la elección de los archivos utilizados y en los análisis realizados. Este libro viene a saldar una deuda con un cúmulo de producción artística de mujeres en Chile que hasta ahora había permanecido nebuloso y oculto, a completar sus omisiones y a reivindicar en buena medida su enorme relevancia.
[1] Este texto fue leído para la presentación del libro Bajo el signo mujer. Exposiciones de artistas chilenas 1973-1991 (Metales Pesados, 2024) de Mariairis Flores Leiva, realizada el 16 de octubre de 2024. Se realizaron cambios mínimos formales para su publicación en Artishock.
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