GUYRA KA’AGUY / PÁJARO SALVAJE. TEXTILES DE MÓNICA MILLÁN
Por María Laura Rosa | Curadora
Guyra ka’aguy / Pájaro salvaje nos invita a recorrer un universo rico en sonidos, colores y experiencias poéticas, a través de más de sesenta obras de arte textil, video, instalación y dibujos de Mónica Millán (1960). El nombre de la exposición, Pájaro salvaje, es una expresión que la artista toma de la naturalista y creadora británica Marianne North para titular a uno de sus trabajos.
En 1871, North emprendió su primera travesía en solitario, la que dio inicio a una larga serie de aventuras que la desplazó desde su Gran Bretaña natal hacia parajes lejanos como Jamaica, Brasil o Chile, en un momento en que las mujeres no solían trasladarse solas. Guyra ka’aguy traduce esa expresión a la lengua guaraní para aludir a los viajes de Millán por el río Paraná y a sus largos períodos en el Paraguay. Además, ambas -la argentina y la británica- entienden el acto de viajar como una actividad que trasciende fronteras culturales y comunidades.
Desde el otoño de 2002, Millán trabaja con las tejedoras del pueblo paraguayo Yataity del Guairá, considerado la cuna del tejido Ao Po’i (tela fina o tela angosta, en guaraní) y del encaje Ju. La actividad de la comunidad comprende el proceso de siembra y cosecha del capullo de algodón, sigue por los telares manuales y termina con la creación de textiles, encajes y piezas bordadas. La permanencia de la artista en el pueblo y sus viajes por la región la llevan a creaciones en donde los reinos mineral, vegetal y animal son protagonistas. Sus obras muestran el atento contacto con la naturaleza de las sierras del Ybyturuzú, las orillas del río Paraná o el monte de su Misiones natal.
La geometría, presente en la exposición, se complementa con la organicidad de la naturaleza, conformando un mundo donde las tensiones se encuentran y los antagonismos se integran. En el origen de estos opuestos hallamos toda una interpretación que realiza Millán del cosmos desde la espiritualidad zen, involucrando las paradojas de la existencia y eliminando lo superfluo para concentrarse en lo esencial: la presencia del cuerpo en el acto sonoro de la respiración, la conciencia del tiempo en cada pespunte.

Como la viajera del siglo XIX, Millán junto a las tejedoras de Yataity del Guairá trenzan lazos entre el mundo material y el inmaterial, entre lo comunitario y lo individual. A través del arte textil crean una cosmogonía que nos define culturalmente, ya que es concebido como aquello que vincula las búsquedas espirituales con las preocupaciones ecológicas, entendiendo que la naturaleza demanda ser protegida a través del resguardo e integración de la cultura y del ecosistema, ambos reservorios que nos identifican como humanidad.
Todo periplo se ve atravesado por el factor tiempo. Es así como esta exposición irá incorporando, a lo largo de los meses en los que se extiende, una serie de piezas de las tejedoras de Yataity del Guairá que son el resultado de la creación junto con la artista.
La exposición busca poner de relieve el valor simbólico del hilo, el cual trasciende límites y jerarquías –arte popular vs. bellas artes, artesanía vs. arte contemporáneo, al igual que fronteras territoriales entre países–, trenzando lazos entre el mundo material y el inmaterial, entre lo comunitario y lo individual.
Para finalizar, como aquella viajera del siglo XIX que difundió en Occidente secretos de parajes desconocidos, Mónica Millán junto a las tejedoras de Yataity del Guairá emplean las artes de la aguja para relatarnos historias del paso humano por la tierra, las que conforman una cosmogonía que nos define culturalmente.


SOBRE LAS OBRAS
El vértigo de lo lento (2002–)
Esta instalación forma parte de la labor que la artista viene realizando desde hace veintidós años con la comunidad de tejedoras de Yataity del Guayrá en Paraguay. Fueron la abuela y la madre de Mónica Millán quienes le transmitieron los saberes de las artes de la aguja. Es por ello que el amor por los textiles populares y su reivindicación dentro del campo del arte para demoler viejas jerarquías la llevan a trabajar con esta comunidad ubicada a 180 km. de Asunción, en el centro de Paraguay.
Allí pasa largos períodos, con el fin de estudiar los procesos que rodean al acto de tejer, es decir, se pregunta cómo es la naturaleza circundante que acompaña a esta actividad, sus paisajes y costumbres, sus ciclos temporales, los afectos que conlleva, entre otras cuestiones.

Aparece así la voz de tejedoras y tejedores: “El Ao Poi [el tejido bordado] es como un pájaro que va por el mundo entero educando a la gente. Cada gente pregunta, ¿cómo se hace ese trabajo? Y así es, y así es”, señala Don Enrique en el video El vértigo de lo lento, el cual documenta los primeros siete años de viajes y convivencias de la artista con el pueblo. “De acuerdo a que trabajamos nomás comemos. Si gano mucho como mucho, si gano poco como poco. Voy a seguir acá hasta la muerte, no pienso irme a ningún lado”, señala la tejedora Florencia Legal de Barreto.
La realidad es tan simple como cruda; el tejer atraviesa la existencia. El dibujo que lleva por título la expresión de Florencia testimonia la relación de mujeres y niños con la naturaleza del lugar, a la vez que refleja el vínculo existente entre el tejido de algodón, la naturaleza y el cuerpo. Las tejedoras se funden en un paisaje de especies trepadoras, insectos, anfibios, mariposas, victorias regias. La luz del pueblo aparece en las suaves gamas de grises, casi evanescentes, que transmiten lo sagrado del lugar.
“Me gusta pensar en mis dibujos como la piel del papel, como una gran trama que pudiera despegarse” señala Millán. A la vez, el centro condensa la mayor tensión, contrastando con el dramático vacío de los bordes.
Entre video, dibujos, retratos, sillas, mesa con pilas de tejidos de Ao Po’i y encaje Ju, se disponen unas Guaridas de adobe, las que la artista construye tomando como medida la palma de su mano. Ellas rememoran la arquitectura natural de los takurú, hormigueros de tierra solidificada de los valles misioneros. Todas estas piezas conforman un universo enlazado por los afectos de la artista, las tejedoras y la naturaleza que habitan.

Soy un pájaro muy salvaje (2021)
La artista científica británica Marianne North fue una fuente de estudio e inspiración de Mónica Millán por varios motivos. Quizás, el principal sea el estudio pormenorizado de la naturaleza con valor estético y científico a la vez. También, no es un hecho menor que North sea una de las pocas mujeres que logra viajar en un momento histórico en que el género femenino estaba confinado a la vida doméstica, por lo cual aquellas que se desplazaban no solían hacerlo solas.
Sin embargo, North realizó dos circunnavegaciones atravesando ocho veces el océano Atlántico y dos veces los océanos Índico y Pacífico, yendo de un hemisferio a otro con facilidad inaudita.
Esta obra lleva por título una expresión que la artista extrae de los diarios de North dedicados a la región de Brasil, la cual limita con el lugar de nacimiento de Millán: la provincia de Misiones. La artista se reconoce en esta frase: ella es un pájaro salvaje que goza de su libertad al igual que North, quien negoció con su época espacios de libertad para llevar una vida fuera de lo común respecto de su género.
En Pájaro salvaje, Millán emplea antiguos manteles, carpetas y centros de mesa como soporte de sus bordados. Ella representa una serie de aves y frutos que se inspiran en las obras exhibidas de North hasta la actualidad en Kew Gardens (Inglaterra). Sin embargo, flora y fauna conviven con la geometría que ordena la exuberancia natural, desplegándose en grillas y formas rítmicas que organizan una estructura o se expanden a través de ella.

Ñangapirí (2018-2022)
En lengua guaraní, se denomina ñangapirí a la pitanga, planta tropical cuyo vocablo viene del tupí-guaraní pytangý, que significa rojizo.
En esta obra, la artista emplea carbonilla, cintas y bordado sobre diferentes telas, conformando un patchwork regulado por texturas, colores y diseños. Entre ellos, ante un fondo naranja, aparecen unos pájaros sobre ricos frutos de ñangapirí, escena que descentra la mirada y dispara un ritmo visual circular en sentido de las agujas del reloj.
Nos encontramos nuevamente ante un muestrario de flora y fauna inspiradas en las pinturas de la artista científica Marianne North, así como también en la naturaleza misionera, particularmente la del monte y las orillas del río Paraná. Además, muchas veces la artista dibuja vegetación marina incorporándola como parte del paisaje selvático del monte misionero. De este modo, va construyendo un mundo fantástico con elementos naturales.
Millán ha realizado una profunda investigación en archivos científicos y libros sobre botánica y zoología, los que, sin lugar a duda, amplían ese campo imaginario.
Las cintas y los pespuntes construyen caminos que irrumpen entre las flores y los pájaros, porque nada está quieto en la naturaleza, todo se mueve y todo es cambiante. Hasta en aquellas piezas de telas sedosas que finalizan el tapiz, la luz va mutando y transformando en sombra lo que antes era claridad, y así sucesivamente.
Los frutos rojos del ñangapirí luego irán mutando en amarronados, para más tarde caer en la tierra como si de sangre seca se tratara. Se nos hace consciente del paso de tiempo tanto en el proceso creativo como en el universo que se representa.

Su ser de cielo (2021)
Un caleidoscopio de círculos y rombos danzan sobre una estructura zigzagueante. Algunos se deslizan a través de una catarata de cintas y pespuntes. La tela se vuelve una porción de cosmos que exhibe dibujada una selva marina, un interior muy profundo oceánico. Aunque, por momentos, es también un bosque con ramas que se abren y entrelazan de forma dramática.
La obra parece recordarnos que arriba es abajo, que cielo es tierra y que mar y bosque son lo mismo, porque todo es parte de un universo que se necesita para existir. Una parte conforma el todo y el todo precisa de las partes.
Los círculos que rotan en ritmo musical portan encaje de ñandutí, que en lengua guaraní significa tela de araña. Es un encaje que se teje sobre bastidores en círculos radiales; los motivos, tanto geométricos como zoomorfos, imitan el diseño de las telarañas. Este encaje es símbolo de la ciudad paraguaya de Itauguá, cuna de este arte. La artista homenajea a las arañas –y, por supuesto, a las tejedoras paraguayas– a través del ñandutí, cuya sabiduría en el arte textil de la naturaleza es indiscutible.
Su ser de cielo es una gigantesca tela de araña colorida y rítmica, que cae acompañada de cintas por las que resbalan círculos bordados entre pespuntes de punto hilván, los que marcan el pulso. El final del bordado se ve coronado por una serie de ondulinas tejidas que se retuercen como cabello enrulado. Ese es el ser del cielo: un pequeño universo que danza como las esferas del cosmos, como la vida del fondo del mar.

Anotaciones (1982)
“A los 22 años, cuando estudiaba en la academia en Misiones, pintaba con témpera unas geometrías. Eran unas tramas formadas por un núcleo de 3 x 3 cm con unas líneas en diagonal, completando los 63 x 63 cm. No me cansaba de realizarlos; preparaba y mezclaba colores, en pequeños tubitos. Eran rigurosos y muy lentos estudios de color”, señala Mónica Millán.
Fue su madre Elsa Gruber, profesora de dibujo, su primer referente en su formación. Esta pintura es la punta del ovillo de toda la obra de Millán, ya que en ella aparecen dos constantes: la superposición de tramas y el estudio del color. En relación con lo primero, la artista crea microcosmos que tensionan a otros pequeños o grandes universos. Esto tiene que ver con la inestabilidad de la naturaleza y con la terquedad de la especie humana de intentar que nada cambie. En el cosmos todo se mueve, nace, envejece y muere.

Respecto de lo segundo, este proceso se representa a través de colores que mutan, brillan, se ensombrecen, se iluminan, se oscurecen. Dependiendo de qué se represente pueden variar en su simbolismo. El amarillo puede representar tanto al sol como portador de vida, o las hojas marchitas de los árboles, el anuncio del final, del cambio y de la transformación.
Por otro lado, esta obra muestra el interés en lo geométrico que acompaña toda la carrera de Millán. Esto se vincula con la necesidad de dar orden al caos voluptuoso de la naturaleza. Recta y curva como dos polos permanentes que buscan un equilibrio, que se necesitan y se atraen. Pero, también, existe un vínculo espiritual de la artista con lo geométrico: el Zen.
Ella adhiere a esta práctica espiritual que conlleva un tipo de vestimenta particular: el kesa y el rakusu. La realización de dichas prendas forma parte de las tareas encomendadas a lxs monjes del monasterio budista Zen. Las costuras del keza, las que compartimentan la tela de forma geométrica precisa, representan los campos de arroz. La confección del kesa, en su origen, implicó el empleo de tejidos muy humildes, tales como los paños empleados en los partos y en las menstruaciones.
En ese sentido, la geometría delinea un universo lleno de sentidos que van más allá de lo que observamos a simple vista, y que unen distintos elementos de la vida y de la cotidianeidad.

Hermanos (2016-2017)
La forma de un kesa plegado en su totalidad es rectangular. Si imaginamos el despliegue de esta vestimenta sagrada del budismo Zen, nos recordará a un conjunto de campos de arroz trabajados por puntos hilván que los van delimitando. El Rakusu, la prenda que lxs budistas zen llevan alrededor del cuello, está realizado por dieciséis o más tiras de tela cosidas juntas en un patrón similar a un ladrillo.
En Hermanos la artista despliega dos formas simétricas y en espejo, realizadas con trozos de telas teñidas hasta alcanzar el color buscado. Como dos hermanos, las formas llevan sustanciales diferencias que pueden llevarnos a identificar sus géneros.
Los patrones se repiten, aunque incorporando alguna variable, respetando las mutaciones constantes de la vida. El cuadrado se multiplica, se despliega recordándonos el juego infantil de El sapito. También podemos encontrar similitudes con las cajas de medicamentos o las de golosinas abiertas y extendidas. Los juegos de las manualidades escolares se hacen presentes, integrando los recuerdos de la infancia a la espiritualidad del arte textil de Millán, formando parte del mismo proceso creativo.

Cositas Nada (2020-2023)
En la serie Cositas Nada, Mónica Millán juega con la geometría al mutar sus formas estables en volúmenes orgánicos que se expanden por la pared. Su título alude a las investigaciones que realizó el artista porteño Rubén Santantonín a principios de 1960, las cuales buscaban definir un nuevo tipo de obra que no era propiamente un objeto, ni una obra museable, ni una acción, dada su materialidad. Él las titulaba Cosas y con ellas buscó expandir el lenguaje del arte establecido.
Mónica Millán toma el desafío de Santantonín para llevarlo al arte textil, buscando transformar la pared que sostiene las piezas en un soporte activo, vivo. Planos y volúmenes se expanden a través de ella con un ritmo musical; son como cuerpos de una fauna exótica que danzan en libertad, recordándonos que a todo ángulo le continúa una curva, que a toda recta le corresponde un círculo, que los opuestos se atraen y se rechazan para volver a atraerse.
Nada es estable en la naturaleza, nada está por siempre ordenado. Es imprescindible el caos para poder volver al orden. Y se hace necesaria la nada, el olvido de sí, de la mente con sus obligaciones, para volar a través del puro placer de la materialidad de Cositas.
Guyra ka’aguy / Pájaro salvaje, de Mónica Millán, se presenta de abril a noviembre de 2024 en la Fundación Santander, Av. Paseo Colón 1380, Buenos Aires.
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