MARTINA MIÑO: AEON
Aeon, la primera exposición individual de Martina Miño Pérez en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito, marca un momento significativo en su carrera, estableciendo un diálogo entre su trabajo anterior y los procesos desarrollados durante su participación en la residencia Pivô Arte e Pesquisa en São Paulo en 2023. La oportunidad de realizar esta residencia surgió tras haber ganado el “Premio Residencia” en la quinta edición del Premio Brasil de Arte Emergente (2022), otorgado por la Embajada de Brasil en Ecuador y el CAC.
El Premio Brasil, lanzado en 2013, es una plataforma dedicada a visibilizar e impulsar las propuestas de jóvenes artistas ecuatorianos, promoviendo espacios de difusión y fomentando el intercambio entre la escena artística emergente local e internacional. A lo largo de más de una década, el CAC ha apoyado a más de 90 artistas, quienes han encontrado en este incentivo un recurso fundamental para el desarrollo de su producción en el país.
Aeon refleja el compromiso del CAC de acompañar el desarrollo de artistas locales que se benefician de iniciativas de fomento público. Estas formas de apoyo nutren la visibilidad de nuevas voces en el contexto local y contribuyen a fortalecer la escena artística. En esta exposición, el acompañamiento curatorial fue realizado por el equipo del Centro de Arte Contemporáneo, liderado por Santiago Ávila Albuja y José Jarrín, quienes forman parte del equipo de exposiciones del museo.

AEON
¿Es posible definir mil millones de años?
Esta propuesta expositiva se fundamenta en la noción de Aeon, entendido como un tiempo inconmensurable, un vestigio y relato de otra era, que a la vez abarca el pasado, el presente y el futuro de la vida geológica de nuestro planeta. Desde la perspectiva humana, es difícil concebir este lapso de historia a plenitud, por lo que esta muestra supone imaginar otros estados posibles de la vida en la Tierra. Este acto creativo y narrativo le permite a Martina jugar con su propia definición de Aeon, y de esta forma evocarlo, saborearlo, ponerlo en palabras, imágenes y sensaciones.
La muestra nos da la bienvenida con Llegada a Hades, una escultura compuesta por tres vitrales esmerilados colocados sobre seis troncos de ciprés. Esta pieza marca el inicio de un recorrido que nos transporta hacia un mundo que trasciende los límites de la existencia humana.
El mito del Bosque de Hades explora el misterio de la inmortalidad en diversas culturas de Occidente, operando como una alegoría del umbral entre vida y muerte, donde espíritu y cosmos se funden en un mismo lugar.
El bosque es un estado del ser, un viaje a los miedos más profundos y las incertidumbres que acompañan al ser humano en su travesía hacia lo desconocido. Es un relato que propone un encuentro con lo no humano, con la vastedad de la naturaleza que acompaña a todos los seres en sus distintos ciclos de vida. La pieza, realizada en vidrio verde, remite a los tonos de los árboles, mientras que los troncos de ciprés aluden al duelo y a la pérdida.



En Aeon podemos observar que los materiales que componen las piezas fluyen por diferentes estados: mutan de sólido a lo gaseoso o de polvo a vapor, desplazan la atención de nuestros sentidos de lo visual a lo olfativo, de lo olfativo a lo táctil, y de vuelta a lo olfativo y lo visual.
Esto se evidencia en Peldaño a Hybris (2023), una escultura con forma de vértebra que simboliza el alargamiento corporal -de la tierra al cielo- y nos remite a la memoria ósea. La estructura, labrada en madera, tiene un color que recuerda al de un tejido humano, cubierto por una capa brillante y aceitosa.
La pieza fue producida mediante la técnica del encarnado, un método tradicional del barroco quiteño del siglo XVIII que buscaba simular el color de la carne para dotar de una apariencia hiperrealista a las esculturas religiosas, con el fin de inspirar devoción en los creyentes y atraerlos a la fe católica. Este proceso de policromado combina saliva humana y vejiga de oveja para lograr un acabado reluciente. Es decir, combina sustancias humanas y no humanas para crear una técnica artística. Así, la vértebra parece haber sido extraída de un tejido orgánico y luego masajeada cuidadosamente con un fluido antes de ser expuesta a la intemperie.
El líquido que recubre la obra está compuesto por dos elementos: el ámbar gris, una resina excretada por cachalotes que se fosiliza en las costas, y la esencia de ylang ylang, un extracto vegetal conocido por su delicado aroma floral. Esta mezcla se acumula en la parte superior de la pieza, formando una pequeña laguna en la que los visitantes pueden sumergir sus dedos y untarse el aceite en las manos. Esta acción táctil y olfativa invita a imaginar un relato de la historia y el paso del tiempo, un estímulo que se convierte en fábula al entrar en contacto con el cuerpo.


Otro aspecto fundamental en Aeon es el uso de grasas, que, en su ambigüedad entre lo líquido y lo sólido, funcionan como canales para explorar lo sensible a través de sus materialidades. La artista emplea estos compuestos como parte de una investigación sostenida en su práctica, con especial énfasis en los hallazgos realizados durante su residencia en Pivô.
Martina explora especialmente la “insolación térmica”, un término que utiliza para describir la capacidad de las grasas de almacenar energía, regular la temperatura y mantener el equilibrio energético en seres humanos y no humanos. Estas grasas están presentes en metales y minerales, en árboles, semillas y animales. Se caracterizan por su potencial para el caos debido a su capacidad de esparcimiento e inflamación, cualidades que las hacen ideales para procesos como la combustión.
La obra de la serie El escudo, el colmillo, el doble establece un diálogo material entre grasa, metal y líquido. La instalación se compone de dos elementos: uno consiste en seis colmillos de diferentes tamaños, cada uno con incrustaciones de una pasta que combina cebo, humo líquido y achiote. El otro elemento es un cráter en el suelo, construido con carbón y relleno de agua.
En esta pieza, el metal actúa como soporte, cuerpo o esqueleto, y sus cicatrices hacen visible el paso del tiempo y la inevitabilidad de lo mortal. A pesar de su dureza, el metal no puede escapar al cambio al que lo someten el calor y el fuego. Las encías emanan un olor reseco, resultado de la grasa, mientras que la fuente parece haber sido quemada en su totalidad. El carbón es testimonio de la energía que fue, un recordatorio de lo que se ha consumido, de lo que se ha convertido en ceniza y que ahora es contenedor de un fluido.

El líquido dentro del cráter se asemeja al agua, pero en realidad evoca una profunda sequedad. Este líquido es una trampa para el ojo, un espejismo que distorsiona nuestra percepción. El agua, comúnmente asociada con la vida, la fluidez y la renovación, aquí sugiere aridez, una paradoja que subvierte nuestras expectativas. Nos confronta con la posibilidad de que lo que parece ser no siempre es; lo que creemos ver como una fuente de vida se convierte, en realidad, en un recordatorio de la sequedad y de las cenizas.
El humo líquido encarna la ambigüedad y la incertidumbre, la ilusión del tiempo y la finitud de la experiencia humana. Su presencia nos confronta con la realidad de que la humanidad es solo un breve episodio en la vasta historia del planeta, y que aquello que ahora percibimos como vital, como esencial para nuestra existencia, ha sido y será algo diferente en otros tiempos.
Ocurre algo similar con Nekyia, una suerte de carcaza de hierro carbonizada por óxidos de calcio y zinc. Un retazo curvilíneo sostenido por cadenas que lo contienen en la sala. El cuerpo se ha convertido en metal y ha sido vencido por el metal. La materia ha sido abrasada y permanece terrena, inmóvil. Un fragmento de cuarzo ahumado cuelga como péndulo en medio de la escultura. Para fundirse con el tiempo, ha sido necesario adoptar una forma metálica y trasladarse a otra época.

La muestra cierra con una instalación situada en la sala contigua al pabellón principal, cuyo propósito es encapsular distintos momentos de la historia del planeta. En esta obra, el tiempo geológico, físico y psíquico se entrelazan en un intento por tejer fragmentos de la vida humana.
Las piezas se emplazan en distintos lugares de la sala, acoplando su presencia con las capas históricas de la construcción. Para la exhibición, se ha trabajado en una habitación que conserva los colores y detalles originales del antiguo hospital. Las paredes rosas y las pinturas florales en el techo son remanentes de la decoración de la edificación desde mediados del siglo XX.
En su interior se encuentra Materia gris, una instalación compuesta por rocas y estructuras de metal. Las piedras, desechadas en un patio interior del ala norte, tienen distintos orígenes: algunas se utilizaron como cimientos para la construcción, otras como material de trabajo en una antigua escuela de escultura, y las restantes como desecho de la fachada o los jardines. Estos minerales olvidados a la intemperie reflejan el cruce entre los tiempos humanos, esculpidos en sus formas, y la vida geológica contenida en su materia. Los archivos inorgánicos conviven ahora transmutados en una constelación que los eleva y aleja del suelo.
Por detrás se puede observar Éter (Subconsciente especular), una pieza compuesta por dos vidrios esmerilados incrustados en las antiguas ventanas. Estos objetos funcionan como portales hacia el subconsciente, puntos de acceso para imaginar un espacio sin tiempo en el que coexisten otros estados de conciencia. Miedos y certezas navegan en las formas irregulares y vaporosas que emergen de los vitrales, ofreciendo nuevas maneras de ampliar la noción de lo inconmensurable y lo infinito.

En última instancia, Aeon propone ser el portal hacia un tiempo que escapa a la razón humana. Este proyecto representa un desafío para Martina, quien indaga tanto en dimensiones espirituales como geológicas de la Tierra, tejiendo un diálogo entre lo visible y lo invisible, lo tangible y lo etéreo.
Este diálogo resuena con una profunda conciencia de la interconexión entre lo material y lo inmaterial. La exposición evoca la persistencia de fuerzas que han moldeado la historia del planeta, las cuales son a la vez externas e internas, naturales y metafísicas. Aquí, el tiempo no es simplemente una sucesión de momentos, sino una entidad viva que se despliega en múltiples dimensiones, revelando la futilidad de las categorías humanas al intentar contener lo incontenible.
El trabajo de Martina no solo reflexiona sobre la temporalidad y la materialidad, sino que también se adentra en el misterio de la vida misma, cuestionando las fronteras entre lo que entendemos como seres vivos y lo que percibimos como inerte. Las capas geológicas de la Tierra, con sus vestigios de épocas pasadas, se convierten en un símbolo de la memoria colectiva del cosmos.

La exposición se configura como un espacio donde lo finito se enfrenta a lo infinito, donde la experiencia humana, breve y transitoria, se entrelaza con la eternidad del universo. Esta confrontación nos desafía a repensar nuestra relación con el mundo, no solo como un lugar que habitamos, sino como un ser vivo con el que compartimos una historia profunda y compleja. Martina ha logrado no solo imaginar este relato, sino también hacerlo presente, invitándonos a experimentar una conexión con las fuerzas que trascienden nuestra existencia y a reflexionar sobre nuestro lugar en el vasto y misterioso flujo del tiempo.
Por ello, imaginar Aeon es también un encuentro con los sentidos; no solo con lo visual, sino también con lo olfativo y lo táctil. Esta experiencia sensorial amplía nuestra percepción, sumergiéndonos en una dimensión donde los sentidos se vuelven canales para acceder a lo inabarcable, permitiéndonos sentir el peso y la ligereza del tiempo en la piel, el olfato, y la visión, en un viaje que trasciende las barreras de lo racional.
Aeon es la posibilidad de imaginar un relato que acompañe nuestro mínimo y efímero tiempo en este cuerpo celeste.
La muestra permanecerá abierta en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito hasta el 9 de noviembre del 2024.
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