CAMILA LOBOS. CÁMARAS DE UN CLAROSCURO POSTNATURAL
Por María Teresa Johansson
Del espacio quebrado es una instalación en tres ambientes que se levanta interviniendo la Galería Concreta, un espacio bajo las graderías del teatro del Centro Cultural Matucana 100. En esta trastienda bajo el escenario principal, Camila Lobos crea tres cámaras claroscuras que dialogan con la arquitectura a partir de una interrogación sobre la espacialidad, la naturaleza, los límites y la ruina.
Unidas por un pasillo transitable, las tres estaciones conforman una secuencia de espacios interdependientes en los que se hace visible las grietas de la estructura pública, el confinamiento de lo natural y la escena social que crea el espejo. Los protagonistas son, respectivamente, la luz, la tierra y el agua, que lidian por no extinguirse en el discurso de los recursos naturales. Camila Lobos también los presenta en su precariedad y resistencia a las condiciones plásticas a las que los somete.

En la primera cámara se levanta una urdimbre de hilos transparentes que siguen el dibujo de las grietas halladas por la artista en el cemento afinado y vitrificado del piso de la sala. Los filamentos de nylon tensados que unen el cielo con el suelo van a reconducir la circulación desde la entrada. Esa trama de hilos plateados es frágil. Su presencia, sin embargo, configura el espacio como pasadizos laberínticos para formar un telar iluminado por focos a ras de suelo, cuya transparencia produce distintos planos, que pueden llegar a evocar el brillo de las luces en la noche de la bahía de Valparaíso. Los focos instalados en el piso, la luminosidad del texto curatorial y las incisiones en el tabique de la segunda cámara que replican el gesto de la grieta son las únicas fuentes de luz contra el fondo oscuro del espacio.
La segunda cámara, contigua a la primera, emite luz a través de las grietas abiertas en el tabique lateral de madera aglomerada. A este espacio no se puede acceder porque una pandereta de cemento apuntalada por unas escuadras de madera y sacos de cemento nacional de 25 kilos impiden el ingreso. Pero es posible advertir su interior a través de grietas caladas que generan un visor: en su centro hay una cama de tierra alzada que recrea un terreno baldío en el que crecen malezas y hortalizas al azar, con luz y riego artificial. La mantención cotidiana es parte de la intriga que envuelve a la instalación. Una réplica del sitio eriazo -segmento de un trazado de urbanismo y demarcación del límite de la propiedad- se inserta en el subsuelo, donde su posibilidad de albergar vida en un espacio imposible es puesta a prueba.
La última cámara, o tercer acto, es un cuadrilátero asimétrico, negro como un espejo de obsidiana. En su superficie se refleja la luz de los neones suspendidos desde una parrilla metálica en el techo. En lo alto, sus formas replican las grietas, proyectándose sobre el contenedor de aguas estancadas que alimentan el riego de la cámara anterior. Sobre la piscina negra, entre paredes oscuras, los rostros se reflejan en el agua, mientras los haces de luz electrifican las cabezas de los espectadores, que, como un Narciso en la penumbra, se observan antes de abandonar el recorrido.



Las tres cámaras están atravesadas por las grietas y por la luz. Al respecto, Camila Lobos señala: “La grieta aparece en dos ejes: simbólico y visual. En términos simbólicos, me interesa como huella, como evidencia de una fragilidad. En ese sentido, se presenta como una posibilidad ante la imposición de la dureza, haciendo visible su fracaso. La grieta, como espacio de resistencia, también aparece visualmente en el paisaje, desde una mirada cenital. Me interesa la grieta como imagen: ese dibujo, a veces delicado, que se abre paso sobre cualquier superficie y que además guarda una similitud gráfica con los límites geopolíticos y las raíces”.
El texto curatorial de Pedro Donoso recibe a los visitantes con este fragmento: “La grieta nos propone la intriga de su condición fallida. Lo que antes parecía una superficie sólida, ahora nos muestra una cicatriz, una falla que habla de algo que no ha fraguado. A través de esa fragmentación, sin embargo, se puede vislumbrar una situación inesperada: la imagen de un espacio otro que está detrás, o dentro, del otro lado. El montaje compuesto por la artista Camila Lobos trabaja desde esa posibilidad de entrever”.
En la instalación, las grietas —que son fracturas de la superficie arquitectónica, producto de su degradación espontánea— se asimilan a aquellas realizadas por la artista sobre las placas de la pandereta de cemento o caladas en los tabiques. En su trazo de línea abstracta, componen un espacio quebrado. De pronto, los elementos de la realidad conviven con la materia intervenida por signos metafóricos, mediante formas de transferencia hacia otros significantes.
Las tres cámaras están atravesadas por el blanco y negro, con excepción del verde escondido en el espacio central. Luz, tierra y agua se tornan elementos en disputa. Una atmósfera enrarecida acompaña el ingreso a este universo lúgubre, por el que se transita entre imágenes y materias de una sobrevida en el subsuelo, en el que también se integran el metal, la tierra, la madera, la respiración vegetal, el temblor del agua, el palpitar de la luz, la dureza frágil del cemento y la persistencia del plástico en un escenario de postnaturaleza.


Este ambiente también evoca ciertas aproximaciones a la naturaleza muerta, aunque se acercaría más a la expresión «naturaleza muriente» o still life: una postnaturaleza que, a pesar de todo, sigue viva, confinada tras un muro que impide su trasplante. En este estado de cosas, se transita con extrañeza y una sensación de claustrofobia por los intramuros, donde la alternancia entre claroscuros de alto contraste reinterpreta el espacio contracultural underground de M100.
El texto de sala retroiluminado plantea una pregunta sobre un posible orden para el futuro. La duda es saber cómo organizamos el espacio cuando ha devenido solo capital, materia extractiva, signo de propiedad. Resignificar un orden de convivencia con el espacio implica incorporar otros conceptos que forman parte de esta exposición, como la ruina y la grieta, entendidas como lo que se abre y se fractura. El espacio, simbolizado en sus límites de propiedad, deja entrever una grieta desde la cual se eleva la pregunta por su sostenibilidad en el tiempo.
La presencia de la tierra, el agua y la luz brotan, al mismo tiempo, para dislocar las certezas de la construcción espacial como elementos que no resisten un ordenamiento desde la propiedad. Combinados se desbordan, se apagan, se agrietan, se extinguen. Esta muestra subterránea asoma la persistencia de una vitalidad de lo natural que permanece en su resistencia y desborda sus continentes mediante un acto de desacato que, tal como describe Camila Lobos, confirma que “la naturaleza despliega el componente de rebeldía, a los muros que la acotan, y simbólicamente, a los límites. La naturaleza es la evidencia de lo exógeno que son los límites, ordenados por una lógica externa y arbitraria”.
María Teresa Johansson es Directora del Magíster de Literatura Latinoamericana de la Universidad Alberto Hurtado. Es Doctora en Literatura y Magíster en Lingüística por la Universidad de Chile. Sus áreas de investigación: abarcan literatura hispanoamericana; memoria y testimonio en el Cono Sur; y análisis del discurso.
Del espacio quebrado, de Camila Lobos, se presenta hasta el 6 de octubre en la Galería Concreta del Centro Cultural Matucana 100, Santiago.
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