RODARÁN CABEZAS. TUMBANDO LAS ESTATUAS DEL TIRANO
Mi país natal, Venezuela, está en caos.
La reciente elección presidencial, empañada por el fraude electoral cometido por el régimen Chavista/Madurista, ha desatado una nueva ola de agitación política e indignación pública. Mientras el país lucha con las repercusiones de 25 años de dictadura y las consecuencias de esta disputada elección, las calles se han convertido nuevamente en sitios de protesta y acción colectiva.
Uno de los signos más impactantes de este malestar generalizado es la caída de las estatuas de Hugo Chávez. En todo el país, estos monumentos al legado del fallecido líder están siendo destruidos, revelando el creciente descontento, desilusión y rabia que había estado burbujeando bajo la superficie, incluso entre sus antiguos seguidores más fervientes.
El derribo de las estatuas de Chávez se ha convertido en un poderoso símbolo de disidencia colectiva. Más aún, una catarsis colectiva. Erigidas como monumentos al impacto de Chávez, estas estatuas fueron construidas para simbolizar tanto el orgullo como la lealtad a sus ideales revolucionarios. Sin embargo, también se erigen como marcadores de la ostentación opresiva del poder del régimen sobre el pueblo. Personifican la idolatría y el culto a la personalidad que caracterizó tanto a la narco-cleptocracia de Chávez como a la de Maduro.

Como ocurre con todas las obras de arte, las estatuas llevan un mensaje distintivo. Estas esculturas buscaban proyectar la fuerza y permanencia del modelo de gobierno «bolivariano». Son toscas, imponentes y para nada sutiles; diseñadas para cimentar (tanto literal como figurativamente) la autoridad del régimen en la vida cotidiana y en la psique pública.
Es importante recordar que este régimen ha sido responsable de desmantelar renombradas obras de arte público, saquear instituciones artísticas, y apropiarse de obras para colecciones privadas dentro de la «Boliburguesía».
Los símbolos y monumentos juegan un papel crucial en la creación de un sentido de identidad, pertenencia y orgullo nacional. La estatua de María Lionza, el León de Caracas, el Monumento a “La Chinita” Virgen de Chiquinquirá: estos son ejemplos de íconos culturales apreciados por los venezolanos. Sin embargo, el régimen de Chávez/Maduro se ha esforzado en sustituir los símbolos culturales por instrumentos de ideología política.
La Dra. Adriana Delgado, mi mamá, acertadamente se refiere a las estatuas de Chávez como «el Gran Hermano de Concreto». La iconografía iniciada por Hugo Chávez lo retrataba no como un representante del Estado que distribuía beneficios a través de políticas públicas (financiadas por ingresos petroleros), sino como el “salvador del pueblo”. Cultivó la creencia de que, sin él, los beneficios sociales no existirían (¡y no existen!), empleando estrategias de marketing político más similares a las de los grupos religiosos que a las de los partidos políticos.
Esta narrativa reforzó su imagen e impuso un amor y adoración devocional/delirante hacia Chávez. Él es un mito y, desde su muerte, se han instalado más de 20 estatuas en todo el país (y no olvidemos los famosos ojos), promoviendo la idea de que Maduro, su sucesor elegido, continúa el proyecto bolivariano. Al menos nueve de estas estatuas han sido destruidas en los últimos tres días. El número podría haber sido mayor si el régimen no hubiera desplegado a la Guardia Nacional para proteger las restantes.

El Tiro por la Culata
En la última década, el apoyo popular a Maduro ha disminuido progresivamente. Muchos aún preferían a Chávez por su carisma y retórica antiimperialista (a pesar de la hipocresía y las contradicciones de su administración y vida personal, pero esa es otra historia). Pero Maduro ha estado tan intensamente enfocado en mantener a Chávez como el «comandante eterno,» la figura central de su (mal)administración, que no pudieron ver la inevitable reacción.
Si el arte es un transmisor de mensajes, entonces el mensaje aquí es claro: Chávez es responsable de lo que está ocurriendo ahora. La gente tiene hambre. Está enferma. Está sola, ya que sus familias huyen del país buscando seguridad y enviar dinero a casa. Y en medio de crisis superpuestas y rodeados por todas estas estatuas, la gente ve naturalmente a Chávez como el punto de partida de su sufrimiento, la razón de la destrucción y decadencia dominante en nuestro país.

Destrucción como Catarsis
La destrucción de estas estatuas es más que un acto físico; es un rechazo profundo al sistema político y al legado del propio Chávez.
Escenas de metal retorcido y fragmentos de piedra; motociclistas arrastrando los Chávezes caídos (o solo sus cabezas), empapando los restos en gasolina y prendiéndoles fuego, ilustran vívidamente la extrema frustración pública y el deseo de romper lazos con un régimen que les ha fallado en todos los sentidos. Los venezolanos anhelan liberarse, y es palpable en la euforia que estalla con cada estatua tumbada.

No puedo evitar pensar en el trabajo de la artista Deborah Castillo, particularmente en Parricidios y Slapping Power, la cual fui afortunada de presentar con Faride Mereb en WPA en 2021. En estas performances, Castillo cuestiona la veneración de héroes populares venezolanos y latinoamericanos, subvirtiendo y destruyendo estos símbolos de poder.
A través de diversos actos de destrucción —como explosiones— y gestos viscerales y personales, la artista desafía la santidad de estas figuras y critica las narrativas culturales y políticas que las rodean. Su trabajo ofrece una perspectiva provocativa sobre cómo la iconoclasia puede servir como una forma de resistencia y renovación.
Las dramáticas imágenes de la destrucción de las estatuas de Chávez capturan la catarsis de una nación y exponen la compleja relación entre el arte, la política y el despertar social.
No importa dónde te encuentres en el espectro político, la idolatría y el culto a la personalidad son una atrocidad. En Venezuela, como en muchos contextos históricos, el arte se ha utilizado para promover este culto, e irónicamente, es ahora lo que está ayudando a desmantelarlo.
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