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ANA GALLARDO: TEMBLÓ ACÁ UN DELIRIO

Ana Gallardo (Rosario, Argentina, 1958) presenta en el Museo CA2M una exposición que abarca una selección de obras realizadas en las dos últimas décadas. Curada por Alfredo Aracil y Violeta Janeiro, la muestra incluye tanto trabajos artísticos como documentos y videos de encuentros y situaciones que combinan terapia y reparación, transformando lo personal en una cuestión pública.

Gallardo es reconocida en el ámbito internacional por su enfoque personal sobre temas como la violencia contra las mujeres, la vejez, la familia, el trabajo y el sistema del arte. Desde sus primeros proyectos, colabora con mujeres en situaciones de exclusión social debido a su edad o raza, invitándolas a superar esa exclusión mediante la participación artística y la performance colectiva.


Ana Gallardo, La Cumbre, 2023, Captura de video. Cortesía de la artista

Desde finales de los años noventa, cuando la globalización operó un marco de precariedad y feminización del trabajo que trasciende el ámbito de lo doméstico y los cuidados, la obra de Ana Gallardo viene problematizando la privatización de los sentimientos y las relaciones sociales desde una perspectiva que pone en el centro la herida abierta de la violencia contra las mujeres.

Lejos de ocupar el lugar de la víctima, lo que Ana Gallardo busca es poner en escena un deseo de revancha personal y colectiva. Resultado del rechazo de la muerte como técnica represiva, su resentimiento se orienta a la capacidad de hacer mundo y construir otros vínculos con lo vivo; muy distinto, por lo tanto, al rencor de las políticas de odio de quienes sienten haber perdido sus privilegios, los dueños del terror y el olvido, aquellos que amenazan con desaparecer los cuerpos y las vivencias de las madres, hijas y abuelas incapaces de adecuarse a las axiomáticas coloniales y patriarcales.

Del lugar de la artista dentro de esta pedagogía de la crueldad asoma la experiencia de lo común. Lo que empuja a Ana Gallardo a no cesar en su voluntad de crear -poniéndose en juego mientras se pregunta cómo y con quién aprender a vivir de otro modo- es la posibilidad de hacer algo con los materiales del duelo desde una práctica artística que, si bien no cura, repara y habilita devenires. Pero también, y sobre todo, hacer del duelo un proceso público. Apelar al recuerdo, darle materia a lo ausente, volverlo activo, teniendo presente a las que mueren antes de lo que deben, en dolor y agonía, mientras se procura hacer realidad los sueños de otras mujeres que, aún con vida, son castigadas por desafiar los mandatos de la reproducción social capitalista.

Vista de la exposición “Tembló acá un delirio”, de Ana Gallardo, en el Museo CA2M, Madrid, 2024. Foto: Roberto Ruiz

De espaldas a las estrategias identitarias que celebran el sufrimiento como la verdad de cada sujeto individual, de este recorrido por veinte años de producción sobresale el impulso vital y el inconformismo incluso consigo misma. El compromiso con una lucha que, forjada en la solidaridad con aquellas distintas pero iguales, se materializa en un conjunto de obras atravesadas por testimonios orales, confesiones, relatos escritos a varias manos y escenas de un hacer que confunde lo propio con lo ajeno.

Tembló acá un delirio no se presenta como una retrospectiva.Propone una deriva de muchas posibles, una bitácora de los rodeos de Ana Gallardo por el Sur global y sus geografías de violencia necropolítica y extractivistas. La dimensión autobiográfica de la exposición no se encierra en el teatro del yo, sino que expone los límites de toda experiencia subjetiva.

Que la práctica artística se conciba como tecnología de auto-conocimiento y apoyo mutuo, gracias a la participación de un elenco de voces que, como en Antígona de Sófocles, forman familia por fuera de los lazos sanguíneos, contribuye a crear una zona de continuidad donde la crítica de la subyugación – por motivos de raza, sexo, edad, clase y otras formas de represión-, como un terremoto, tiene su réplica en la defensa de los territorios. Pues los traumas de las montañas y los huesos perdidos en la selva no son distintos de los nuestros. La tierra es materia de la memoria.

Vista de la exposición “Tembló acá un delirio”, de Ana Gallardo, en el Museo CA2M, Madrid, 2024. Foto: Roberto Ruiz

Boceto para un fracasado proyecto (2011/24) | Estela (1946/2011)

Xochiquetzal es un geriátrico para mujeres prostitutas que han vivido en la calle. Mujeres viejas, pobres y que sus familias no las han querido de ningún modo. Allí habitan, en este momento, entre 10 a 15 mujeres que tienen entre 60 y 80 años. Se encuentra ubicado en la colonia Tepito, en la ciudad de México.

Me otorgaron una beca del FONCA, Fondo Nacional para las Culturas y las Artes de México, para realizar un proyecto que duraría tres meses. A mi llegada, la directora del lugar me propuso un cambio de táctica de trabajo. Necesitaba algo a cambio por la posibilidad que me daba de hacer mi proyecto allí. Me pidió que hiciera 70 horas de trabajo social y me puso a cuidar a Estela, una mujer totalmente paralizada por varias embolias. En un primer momento me asusté mucho y no me sentí capaz de hacerlo, pero finalmente, acepté.

Cuidé a Estela durante un tiempo, hasta que finalmente murió. Nunca pude hacer mi proyecto. No me permitían trabajarlo hasta que no terminara mis horas de servicio social, horas que no llegaron a su fin, por la muerte de Estela. Igualmente perdió sentido mi propuesta inicial. Solo hice un video clandestino, un video con mi cámara de fotos colgada en mi cuello, de un paseo con Estela, por la plaza que estaba enfrente de la casa.


Vista de la exposición “Tembló acá un delirio”, de Ana Gallardo, en el Museo CA2M, Madrid, 2024. Foto: Roberto Ruiz

Restauración de un perfil II (2021/24). La intención fracasada por restaurar siete (7) pinturas al óleo de Carmen Gómez Raba, mi madre (circa de 1950 entre México y Rosario).

Decidí trabajar en la posible restauración de pinturas de mi madre, en el momento que leí unas cartas que llegaron a mis manos, ya hace unos años. Unas cartas de amor que mi madre le escribió a mi padre durante su noviazgo fantasioso y a distancia, lo que fue entonces, un romance epistolar. En esas cartas comprendí el furioso deseo de mi madre por hacer arte y sentí la tremenda frustración que la anidaba.

Entonces salí a buscar sus pinturas y las fui, mágicamente, encontrando. Primero cinco, que estaban aquí, en la Ciudad de México, en dónde yo vivo desde hace varios años. Las pinturas las hizo en la CDMX, cuando venía a visitar a sus hermanos. Luego me llegaron otras, también, mágicamente.

Un día en Facebook me llega un mensaje de una mujer que decía que era la esposa de un primo mío, el hijo de mi tío Felipe, hermano de mi madre, que había muerto hacía muchos años. Mi primo quería contactarme para darme una pintura de mi mamá, que tenía guardada desde siempre. Entonces, sentí una voz que desde el más allá, me daba la razón en lo que quería hacer.

Mi madre muerta, pedía revancha.

Me propuse restaurar sus pinturas.

Y me asaltaron varias dudas, en relación con la herramienta ¿Cómo se decide hacer una restauración, que implica ese acuerdo entre los vivos y los muertos?

Esa decisión, ¿es colectiva o es individual? Si es colectiva, cuando se trabaja en el espacio asignado ¿se vuelve individual? Es decir, una vez que te dicen que hacer frente a una pieza de la que casi no tienes información; que aparentemente, solo es una idea de algo que recordamos desde nuestra memoria genética, o tal vez, por todo lo que dicen lxs académicos que estudian y saben lo que saben, dicen que se va a restaurar, era algo relacionado a nuestra historia; ¿qué hace uno frente a eso?

Me dicen que pinte, pero ¿qué pinto? ¿Tiene algo de peso la memoria del restauradorx? ¿Qué peso tiene la memoria de la persona que pone la espátula con el pigmento?

Me preguntaba por el poder político que tiene esa acción sobre la crónica de una historia. La reorganización de las capas, ¿cuenta verdaderamente la historia?

Me gusta sentir, que, decida yo hacer el gesto que decida hacer, siempre será un gesto autoritario, jerárquico y ficcional. Me gusta sentir que muevo esta restauración a mi antojo, como para poder contar la historia como me conviene.

Vista de la exposición “Tembló acá un delirio”, de Ana Gallardo, en el Museo CA2M, Madrid, 2024. Foto: Roberto Ruiz

Me encuentro con las pinturas de mi madre que están secas. Y comienzo a entender que hay algo ahí, en ese material, que ha sido resistente al olvido. Tienen marcas. Son marcas del tiempo y del abandono.

Las pinturas estaban olvidadas, dejadas de lado. Cuando me encontré con ellas, las estudié para recordarme, para ver dónde estaba yo allí y, en ese tiempo.

Descubro en el reverso de uno de los óleos, una pintura a medio hacer, unas piernas y entre esas piernas rosas se ve una mancha negra triangular, que parece la zona del sexo y entiendo que es una cuerpa femenina. Es algo sin terminar. Algo que quiso ser, pero no pudo. Y entiendo que fue un intento fallido, que tal vez no tuvo valor. O qué sé yo, que es. El frente, la pieza importante y original, es un bodegón. Me pregunto a qué le doy valor, como hago para comprender qué tengo que restaurar y, en este caso, cómo decido contar esta historia.

Si en una tela hay dos pinturas, ¿cómo se hace para saber cuál es la válida?, ¿cuál de las dos tendría que restaurar?, ¿para dar cuenta de qué?

En otra pintura, en el dorso, aparecen unas rayas. Parecen puntos. O quizás son posibles intentos de escritura realizados con una estilográfica. Entiendo que esos dibujos son míos o de mi hermana Gabriela. Es una conversación con mamá, entendiendo que ese diálogo era copiado y callado.

¿Cómo expongo ese otro lado? Cada vez que saco un marco y reviso los bordes, busco algo más que me lleve a ese lugar de mi memoria profunda. Quiero recuperar un momento que no está más, descubrir algo que no sé.

Defino que voy a comenzar por limpiar con saliva, como me ha enseñado, mi querido Chema, restaurador de oficio.

Descubro que me gusta sentarme en mi mesa de trabajo, con mi lámpara que ilumina sobre la pintura. Es un momento de profunda concentración. Extraña.

Primero, y siempre, paso una estopa blanca, por la superficie, así saco el polvo acumulado de cada día. Luego, intento concentrarme.

Paso mi mano por toda esa superficie, tratando de activar mi memoria

(mamita querida)

Es como si quisiera atrapar algo que no atrapo

(mamita querida)

Vista de la exposición “Tembló acá un delirio”, de Ana Gallardo, en el Museo CA2M, Madrid, 2024. Foto: Roberto Ruiz

Comienzo a mojar el primer hisopo. Lo pongo en mi boca y lo empapo en la lengua, haciendo un rollito con ella. Meto el hisopo ahí en el rollito de lengua y cuando lo saco, un hilo de baba cae sobre la comisura de mi labio. Lo paso por la pintura. Esa sensación es muy ofrendada. Me doy cuenta de que ejerce en mí un efecto canonizado, y algo así como si quisiera meterme en la saliva. Como para hacer un viaje hacia ahí y llegar a ver lo que no recuerdo.

Vuelvo a pasar otro hisopo mojado y se inicia una conversación con la materia. Otro hisopo más, sobre esa materia que me habla, me dice cosas. Otro hisopo babeado hace que el color aparezca de manera tímida. Veo que hay capas de pinceladas y rastros del paso de unas espátulas que se arrastran con dificultad por sobre los colores posibles, los unos sobre los otros. Hay una gran lucha entre ellos para que aparezca una imagen a través de un color limpio. Se siente que esa paleta está inundada de tristeza, de tedio, de pérdida del goce y del sentido.

Salivar es pintar sobre lo olvidado. Mi saliva, mi baba, baba de mi madre y de mi abuela, y de mi hija, y de mi hermana, que descubre lo que, en realidad, fue. Entonces, si solamente limpio, aparece esta emoción que me provocan estas pinturas dolientes. Y voy pensando estas cosas que creo que, además, creo las recuerdo.

Se percibe una cuerpa parada frente al caballete, intentando parecerse a un momento soñado, tal vez se parece a una idea ficticia del deseo. Paso el hisopo y voy viendo capas que resultan tediosas, aburridas, una cubre a la otra sin saber bien por qué. Se ve que el color no es posible. Se ve sucio lo que no se quiere que sea sucio. Mi saliva levanta el polvo que está ahí, posado desde siempre, cubriendo ese proceso que fue fracasado, en un intento de dar batalla a una derrota. Mi saliva limpia esa tierrita de siempre, esa tierrita de abandono. Y cuando limpia, parece que pinta, como que aparece un color, es como que por fin se ve. Alguien lo ve.

Busco otro hisopo y lo mojo con mi saliva, antes, me enjuago la boca.

Paso el hisopo embebido de mi baba, y, poco a poco, voy descubriendo los daños, los espacios cuarteados, partes sin pintura, huecos de pintura saltada, ralladuras o, simplemente, agujeros de tela rajada, rota la tela de un lado al otro, como si hubiera entrado un zapato de punta. Y me pregunto, qué hago. Si restauro como supuestamente se debería, siento que manipulo una historia. Solo con salivar las pinturas, descubro una brizna. Está ahí. Pero, si reparo, si agrego lo que falta, si cierro el fragmento roto, si agrego el pedacito de pintura caída, cambio el estado de la historia.

Si reparo, reparo el daño profundo que nos ha atravesado. Ese agujero de punta me está contando mucho más, que si lo cierro. Atravesar la herida. Vuelvo al reverso de la pintura que tiene ese esbozo de piernas con sexo. Limpio ese otro lado. Se sienten y se sienten las capas de fastidio.

Es importante escribir que siempre hubo una intención de otra cosa. Esas pinturas cuentan eso, que nunca se pudo atravesar ese punto de miedo, para ese otro lado.


Tembló acá un delirio, de Ana Gallardo, se presenta hasta el 7 de julio de 2024 en el Museo CA2M, Avda. Constitución 23, Móstoles, Madrid

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