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GEGO. EL VIAJE INVERSO A LA UTOPÍA MODERNA

El Museo Guggenheim Bilbao presenta la exposición Gego. Midiendo el infinito, una retrospectiva que ofrece una visión integral del trabajo de la artista germano-venezolana Gertrud Goldschmidt (Hamburgo, 1912–Caracas, 1994), conocida como Gego, y su enfoque singular hacia el lenguaje de la abstracción. Organizada de forma cronológica y temática, la exposición analiza los aportes formales y conceptuales de la artista a través de las formas orgánicas, estructuras lineales y abstracciones modulares presentes en su obra.


Vista de la exposición “Gego. Midiendo el infinito”, en el Museo Guggenheim, Bilbao, España, 2023-2024. Foto cortesía del museo

Esa burda, voluptuosa y lenta criatura de titanio, pensada por Frank Gery hace casi 30 años, está en un suave diálogo con la fragilidad de Gego y la tropicalidad de sus formas precarias que se desvanecen en el vacío. Esta sincronía simbólica da cuerpo a la segunda gran retrospectiva que le dedica la franquicia Guggenheim a esta fascinante mujer judía, artista, arquitecta, maestra e inmigrante alemana, asentada desde 1939 en el Caribe venezolano para escapar al horror de la guerra. 

Pero ¿quién fue Gertrud Goldschmidt (Gego), esta maestra de la sutileza y la deconstrucción, casi desconocida por el gran público hasta su muerte en 1994? Hoy, gracias al maravilloso trabajo hecho por sus hijos, Bárbara Gunz y Tomás Gunz, y el equipo de la fundación, Gego es ficha clave para los museos y colecciones más importantes del mundo, que se pelean por tener o mostrar un fragmento de sus líneas infinitas y sublimes desdibujándose en el vacío.

Curada por Geaninne Gutiérrez-Guimarães y Pablo León de la Barra, la muestra incluye cerca de 150 obras que datan de los inicios de la década de 1950 y llegan hasta el comienzo de los años noventa, como esculturas, dibujos, grabados, textiles y libros de artista, además de imágenes fotográficas de instalaciones y obra pública, bocetos, publicaciones y cartas.

La exposición, abierta hasta el 4 de febrero, sitúa la práctica de Gego en los distintos contextos artísticos latinoamericanos, atraviesa su extensa carrera y examina las intersecciones y rupturas con movimientos internacionales clave, como la abstracción geométrica y el arte cinético.

Vista de la exposición “Gego. Midiendo el infinito”, en el Museo Guggenheim, Bilbao, España, 2023-2024. Foto cortesía del museo
Gego, 12 círculos concéntricos, 1957. Aluminio y pintura, 37 x 29 x 24 cm, incluyendo base. Colección particular, Austin © Fundación Gego. Foto: Tasnadi, Cortesía Archivo Fundación Gego
Gego, 12 círculos concéntricos, 1957. Aluminio y pintura, 37 x 29 x 24 cm, incluyendo base. Colección particular, Austin © Fundación Gego. Foto: Tasnadi, Cortesía Archivo Fundación Gego

El texto de presentación de la muestra hace referencia a los puntos de cruce que tiene esta obra inclasificable con el cinetismo y la abstracción geométrica latinoamericana. Personalmente, en el caso de esta artista, prefiero hablar de su contexto en Venezuela y descifrar su fortaleza leyendo sus estructuras precarias como una delicada insurrección silenciosa ante los valores modernos promovidos principalmente por hombres, arquitectos y artistas que impulsaron una vanguardia con sello parisino.

Si la analizamos en contexto, la obra y la vida de Gego son casi un viaje inverso frente a las utopías modernas venezolanas. Su obra es íntima, femenina, intuitiva, artesanal, e incluso rural, en contraste con la grandilocuencia, la intelectualidad, la urbanidad y la sofisticación tecnológica defendidas por arquitectos como Villanueva, o los artistas Soto, Cruz-Diez, Otero y la misma Mercedes Pardo (una de sus contemporáneas abstractas, también formada en París). Todos ellos buscaban la modernidad; todos partieron a Europa, mientras que Gego escapó de ella.

Recordemos que el cinetismo y la abstracción venezolana son movimientos pensados principalmente por hombres desde la efervescencia creativa de París en los años cincuenta.  Muchos conocen la historia del colectivo Los Disidentes[1], activos de 1945 a 1950, que desde la ciudad luz promovió una elevación espiritual que los alejará del mundo y su representación real. También los que han visitado Caracas y la Ciudad Universitaria saben del impacto del arte moderno y francés en la relación entre arte y arquitectura en Venezuela.

Desde sus valores disruptivos, a veces me pregunto: ¿Gego era realmente parte de este movimiento? O más bien, debería ser leída como una de esas madres que nos traducen la complejidad del mundo de los adultos, contándonos historias simples y amorosas antes de dormir, para enseñarnos a mirar y crecer. A pesar de hablar mal el español, ella tuvo la sensibilidad para traducir en lenguaje caribeño esa revuelta intelectual pensada por hombres que, a diferencia de ella, soñaban con “existir en Europa».

Vista de la exposición “Gego. Midiendo el infinito”, en el Museo Guggenheim, Bilbao, España, 2023-2024. Foto cortesía del museo
Vista de la exposición “Gego. Midiendo el infinito”, en el Museo Guggenheim, Bilbao, España, 2023-2024. Foto cortesía del museo

Si queremos entender su obra desde mi tesis, es clave analizar un poco su vida. Gego abandona Europa y con ese gesto abandona también la ambición de ser parte de un discurso global, para refugiarse en la libertad creativa de los bordes, desde un rincón virgen llamado Caracas, ciudad con una de las economías más pujantes del mundo para la época, gracias al dinero del petróleo.  

Como dice su discípulo Eugenio Espinoza, “Gego nunca se interesó en la historia del arte, menos en aquel inspirado en las ideas de Mondrian, como hicieron los cinéticos. Su verdadera inspiración estaba en la naturaleza, su esplendor y sus misterios”[2].

A diferencia de las estéticas industriales y las geometrías cartesianas defendidas por los creadores del cinetismo y sus densas reflexiones teóricas sobre el rumbo del arte, la luz y el movimiento, Gego encarna una experimentación espacial intuitiva a partir de un contacto casi sensual con la materia y la sublimación de un caos telúrico.

Mientras cuerpos tropicales y festivos como Soto, negros como Narciso Debourg o inmensamente caraqueños como Cruz-Diez militaban desde París por las rupturas estéticas y los valores civilizatorios del arte, Gego, la frágil alemana, en la conservadora Caracas de los años 50, se divorcia de su marido empresario y se refugia en el trópico junto a su compañero lituano para tejer en silencio frente al mar, en un minúsculo pueblo llamado Tarma.

Vista de la exposición “Gego. Midiendo el infinito”, en el Museo Guggenheim, Bilbao, España, 2023-2024. Foto cortesía del museo

Así fue como, un año después de separarse de Gunz, “descubrió con Gerd Leufert que podía desprenderse de los rigores de su profesión y descubrir nuevos sistemas creativos”[3].

“Su primera revelación fue su viaje a la selva amazónica, junto con Leufert. Esa experiencia fue determinante para ella, la marcó definitivamente. Comprende las leyes naturales de construcción y sigue con gran admiración el rigor técnico de las ingeniosas telarañas; fueron estas las que incendiaron su verdadera pasión por encontrar su verdadero lenguaje (…) Finalmente, a través del principio de las telarañas pudo expresar su incomodidad con la esculturas de volúmenes sólidos (…) En las telarañas estaban presentes los principios trabajados por ella en sus programas docentes, como ‘estructuras’ y el ‘espacio transparente’». 

Tenía años sin pensar en esta obra. Hoy, analizándola como inmigrante asentado en París, he cambiado mi percepción y me atrevo a confirmar: Gego no fue parte del sueño moderno venezolano; todo lo contrario, ella encarna un lugar de disidencia y liberación con sello tropical. Sus líneas diagonales e imperfectas inspiradas en el caos de la naturaleza venezolana configuran el inicio de otra historia.

Gego, Sin título, ca. 1987. Fibra sintética y madera, 200 × 201 × 4 cm. Colección Fundación Gego, Caracas © Fundación Gego. Foto: Reinaldo Armas Ponce, Cortesía Archivo Fundación Gego

La muestra en el Guggenheim está organizada en los siguientes grupos:

Primeras Obras (1951–55): Marcadas por la representación del paisaje, estas pinturas presentan masas de colores planos y pastel, así como elementos de figuración.

Líneas paralelas (1957–67): Esta serie está asociada al cinetismo. En estas piezas, su uso de la línea, a veces libre, a veces comprimida, sustenta su pensamiento sintético de ‘la nada entre las líneas’, un principio fundamental en su búsqueda por ‘hacer visible lo invisible’.»

El Taller de litografía Tamarind y estudios sobre retículas (1963–70): Esta sección hace énfasis en su experimentación con el gofrado, el grabado, el aguafuerte y la litografía en el Taller de litografía Tamarind de Los Ángeles, donde produce un sólido conjunto de estampas y libros de artista.

Textiles (1956–88): Incluye alfombras y textiles con intrincados patrones.

Dibujos sin papel (ca. 1976–88): Aquí se presentan esculturas minimalistas realizadas con alambre, fragmentos de metal reciclado y pequeños herrajes que cuelgan del techo o del muro, como si estuvieran dibujadas sobre la superficie vertical y en el espacio.

Últimas obras: Tejeduras, Bichos y Bichitos (1987–91): Bichos y Bichitos representan la deformación y el colapso total de la geometría, la forma y la retícula en la obra de Gego. Las Tejeduras son piezas pequeñas en dos dimensiones, realizadas con tiras de papel entrelazadas procedentes de sus propias obras, de revistas y folletos.

Chorros, Troncos, Esferas y otras tipologías en retícula (1969-88): Incluye una selección de esculturas colgantes que sintetizan la noción de un “mesurado infinito[4]”. Esta sección nos habla de un «espacio transparente».

En este caso, propongo dejar de verlas como esas sublimes esculturas terminadas para analizarlas en su vínculo con la arquitectura, recordando que Gego era arquitecta. Si nos diéramos el ejercicio mental de analizarlas como maquetas de arquitecturas efímeras, estas investigaciones encriptan una espacialidad de avanzada y muchas de las utopías de la arquitectura contemporánea, imposibles de materializar en la construcción tradicional por una mujer de su época.

Obras como los Chorros, los Troncos o la misma Reticulárea (de la colección GAN, lamentablemente no incluida en la muestra) se disparan hacia una nueva dimensión radicalmente contemporánea. Espacios habitables, virtuales y móviles, superficies continuas que desaparecen los límites arriba, abajo, pared, piso, cubierta, ventana, receptáculos habitables. Mirándolo así, estas geometrías móviles definitivamente son un guiño a la arquitectura defendida por figuras claves como Zaha Hadid o Frank Gehry, incluso arquitectos venezolanos como Alejandro Haiek.

Vista de la exposición “Gego. Midiendo el infinito”, en el Museo Guggenheim, Bilbao, España, 2023-2024. Foto cortesía del museo
Vista de la exposición “Gego. Midiendo el infinito”, en el Museo Guggenheim, Bilbao, España, 2023-2024. Foto cortesía del museo

El único momento desafortunado de la muestra es el programa de mediación y la sala DIDAKTIKA, patrocinada por la Fundación EDP, en la que se incluye una cronología, escasos catálogos y una entrevista desarrollada por el artista Juan Downey. Esta propuesta deja en evidencia las dificultades que tienen los grandes museos para desarrollar programas de mediación que nos conduzcan a una museología crítica, amable hacia el público no especializado y articulada en torno a las tesis propuestas por el departamento de curaduría, un tema clave en una ciudad como Bilbao.

Los que crecimos inspirados en las investigaciones de Gego sabemos bien que gran parte de su energía creativa estuvo consagrada a la docencia. De 1958 a 1977 impartió cursos, llegando al punto de cursar estudios de especialización en sistemas pedagógicos en la Universidad de Berkeley, California, en 1963. Es a partir de esas profundas reflexiones sobre la pedagogía y sobre la exploración del espacio que nace su mítico seminario Relaciones Espaciales en el Instituto de Diseño Neumann (Caracas, 1971-1977), que dejó una huella en parte del avant-garde venezolano de la época y convirtió a Gego en el punto de partida para cientos de diseñadores y artistas, incluso hoy en día.

En ese seminario la artista incitaba a sus estudiantes a explorar en profundidad el espacio. Bajo su tutela, las líneas se estudiaron primero como conceptos y luego se tradujeron en formas espaciales que deconstruyen la racionalidad y la rigidez de la modernidad. Esto marcó un momento de transición hacia las propuestas más osadas del arte conceptual que anunciaba las posibilidades para deconstruir el cubo blanco, como el mítico “impenetrable” creado por su alumno estrella, Eugenio Espinoza. 

Esta alemana de nacimiento representa lo más refinado de la cultura visual venezolana y merece una investigación que todavía no ha sido explorada en toda su complejidad. Habría sido pertinente ver una sala didáctica con un proyecto museológico y científico al nivel de este museo, con el fin de decodificar los métodos académicos de Gego, e incluso para evidenciar los posibles puentes entre la frágil “deconstrucción” anunciada por Gego y la pastosa “deconstrucción” que da cuerpo a la arquitectura de Gehry.

No es algo grave; no todo podía ser tan sublime. Ver a Gego es este museo es la experiencia más hermosa y contundente para subirnos la moral y reivindicar la violentada identidad de un país esfumado como el nuestro.

Gego, Dibujo sin papel 79/2, 1979. Bronce, acero y hierro, 60,7 x 56,5 x 4 cm. Colección MACBA. Consorcio MACBA. Depósito Fundación Gego © Fundación Gego. Foto: Tony Coll, Cortesía MACBA – Museu d’Art Contemporani de Barcelona

Gego. Midiendo el infinito está organizada por el Museo Guggenheim Bilbao, en colaboración con el Solomon R. Guggenheim Museum, Nueva York; Museo Jumex, Ciudad de México; y Museu de Arte de São Paulo Assis Chateaubriand–MASP.


[1] El movimiento artístico conocido como Los Disidentes fue fundado en París en 1945 y duró hasta 1950. Estuvo compuesto por un grupo de artistas venezolanos (Omar Carreño, Pascual Navarro, Perán Erminy, Rubén Núñez, Narciso Debourg, Mateo Manaure, Luisa Nena Palacios, Luis Guevara Moreno, J. R. Guillent Pérez, Genaro Moreno, Dora Hersen, Armando Barrios, Alirio Oramas, Aimée Battistini y Alejandro Otero). Rompieron con el figurativismo y renovaron la pintura venezolana tradicional signada por la tendencia de El Círculo de Bellas Artes y la Escuela Paisajista de Caracas.

[2] Eugenio Espinoza, discípulo destacado de la artista en entrevista telefónica con Rolando Carmona. Enero, 2024

[3] IDEM.

[4] Oxímoron poético que emplea el poeta venezolano Alfredo Silva Estrada en su poema “Variaciones sobre reticulares” (1979), en homenaje a Gego. 

Rolando J. Carmona

Venezuela/Francia. Curador independiente. Su trabajo se centra en teorías y prácticas artísticas que cuestionan visiones del mundo antropocéntricas y binarias desde una perspectiva interseccional, con énfasis en el arte basado en medios derivados de la cultura post digital. En esta línea, sus proyectos actuales reflexionan sobre IA, ecosistemas híbridos y arte queer latinoamericano. También está preparando la publicación “CUELPA Rebelde”, una revisión de la contemporaneidad en Venezuela desde la lógica queer.

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