PEQUEÑOS INCENDIOS, PROPAGÁNDOSE
rendir en cada chispazo homenajes modestos
tener altares como ofrendas colgando de las paredes
oír con tristeza los anuncios de la radio
los pequeños incendios
propagándose[1]
Fotografías, videos, trazos, sonidos, palabras en neón y pequeños destellos de fuego encapsulados se disponen a lo largo de la sala. Cada uno toma lugar como el rastro y parpadeo de una acción cruzada por el fuego, ejecutada en algún lugar del mundo, gatillada por alguna quebradura de la historia.
Imágenes de sahumadoras en Tlatelolco, manos que se congregan en círculos para encender las velas, grupos de personas reunidas, listas de nombres e imágenes de quienes fueron muertos antes de tiempo, esos cuyos restos aún no se han podido incinerar ni sumir bajo tierra. También, cenizas que permanecen en el fondo, tras cada quema.
Las acciones, objetos, sonidos e instantáneas que se despliegan en la exhibición QUEMAR EL MIEDO. Políticas sensibles de la insistencia México-Chile, de la dupla conformada por Milena Moena y Carla Motto, congelan y proponen un relato que conecta distintos afluentes de sangre vertida sobre el tiempo y el espacio, de golpes infligidos por los acontecimientos, de efectos calcados sobre el cuerpo de quienes permanecen ante cada marca, que reside bajo lo que las autoras han cristalizado como el miedo.

Lo que vemos es el registro y evocación de un trabajo continuo, que ha sido desarrollado a pulso durante los últimos dos años por Moena y Motto. En México y en Chile, ellas han llevado consigo esta frase en letras mayúsculas, realizada en cera con la misma tipografía utilizada en un afiche del Comité de Defensa de los Derechos de la Mujer en 1984.
Así, activando los saltos temporales y las repeticiones que conforman la historia, estas palabras son emplazadas en diferentes lugares, atizando el ardor de las velas con el combustible que da el contexto que las envuelve cada vez que son dispuestas en el espacio público.
Los momentos registrados y congregados en esta exposición muestran la insistencia de estas distintas activaciones, varias de las cuales han implicado la participación espontánea de quienes transitan por sus perímetros, en su mayoría mujeres, que se sienten llamadas a inflamar las llamas erguidas sobre las velas y con ello dar un lugar efímero y palpitante al peso que cargan día a día.
Tal como se ve en la cartografía dispuesta sobre el cristal, los orígenes de cada miedo se ubican en lugares distantes entre sí, pero su latido, aunque sea por un instante, se detiene en cada incendio. Y es que como han dicho quienes queman, quemar el miedo no hará que este último desaparezca, más bien, dará lugar a un momento de acción concreta, que resiste a la parálisis.

Cada vez hace más y más calor
El día de la inauguración, en el patio de la Corporación Cultural de Recoleta, frente a una biblioteca nombrada en honor a Pedro Lemebel –quizá la primera identidad que viene a la mente tras el verbo arder– Milena Moena y Carla Motto sostienen un delgado y largo trozo de velo negro entre sus manos, que se extiende por varios metros sobre el piso.
Ambas visten overol, con una llama estampada, que flamea sobre sus espaldas. Megáfono en mano, comienza la lectura de un texto que parece estar impreso sobre la tela: no son listas de nombres, como uno pudiera anticipar, sino testimonios breves, concisos, anecdóticos e íntimos que han sido extraídos desde un relato que desconocemos.
No sabemos quiénes fueron lxs que contaron lo que las artistas hoy leen en voz alta. Tampoco sabemos qué aconteció tras el fragmento de cada historia aquí reunida. No existen nombres, edades ni números en esta lectura, sino que la concentración de todo el vigor que aguarda tras cada cifra, estadística e informe deslavado. Así, escuchamos la sustancia que nunca se toca y asistimos al titubeo de una develación.
El escrito parece ser extenso. Entre cada fragmento de miedo en listado, pronunciado a través del megáfono, el silencio de quienes miran una fría tarde de octubre. ¿Qué resurge y se aviva al escuchar estas voces pronunciadas? ¿Qué otros miedos y recuerdos se activan al momento de reproducir los que aguardan en la tela? ¿Qué hay alrededor de los relatos que Moena y Motto nos leen?
Pasan los minutos, la dupla comienza a caminar hacia el interior del edificio, en dirección a la sala de exposición. En silencio, todxs las miran, dejando que pasen como una estela imantada entre el público, siguiéndoles el rastro con pequeños pasos, que continúan el camino abierto sobre las piedras que cubren el patio. Al ingresar a la sala y avanzar por sus recovecos laberínticos, las velas que forman la palabra “QUEMA” instaladas en una sucesión que parece infinita, aún apagadas.
Hacia un lado de las velas, late “EL MIEDO” en neón. Moena y Motto rodean la escena. Poco a poco, comienzan a dar lugar al flameo de cada llama. El fuego atiza las mechas y el calor se propaga por el ambiente. El lugar comienza a iluminarse. Entre el fuego, caen las lágrimas de cera, a la vez que las de aguas se deslizan desde algunos ojos humedecidos. Todas las velas se prenden y cada vez hace más y más calor.



En este instante finito de actualidad
Hace cuatro años todo ardió en Santiago. Hace trece lo hicieron ochenta y un reos en la cárcel. Hace quince, ocho niños en un centro de menores en Puerto Montt. Hace cuarenta, el cuerpo de un hombre en la plaza de Concepción. Así sucesivamente, en distintas ocasiones, las injusticias se repliegan cada vez que un cuerpo se incendia y consume por el fuego, porque sin réplica posible ¿qué puede ser más apabullante que aquella calcinación, esa que hace que, tardíamente, todos miren?
Pero el fuego también es potencia y concesión. Así lo entendieron las Yeguas del Apocalipsis en sus quemas de ladrillos y neoprén; así lo integró Lemebel en el Hospital del Trabajador en 1989 y también en sus últimas performances, poco antes de morir. Así también lo utilizaron las mujeres que arden en un relato de Mariana Enríquez: “Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices”[2].
Entonces, así sucesivamente, hasta llegar a las siluetas de Ana Mendieta, el fuego se esparce y continúa durante los años, inesperadamente, en la vida y en el arte. Sus imágenes persisten y son la instantánea que primero se alza cada vez que se menciona uno de los nombres citados.
En el caso de Milena Moena y Carla Motto, el fuego quema y por unos minutos, emancipa. Desde México a Chile, sahumadoras, mujeres anónimas y transeúntes encienden sus miedos junto a las artistas. Son decenas de relatos y contextos que dan lugar a las quemas.
Junto a ello, la presente exhibición en el Corporación Cultural de Recoleta invita a responder la pregunta: “¿Cuáles son esos miedos que quieres quemar?”, creando la atmósfera y el espacio para escribir las respuestas posibles a esa interpelación, que se anuncia sobre uno de los muros de la sala, frente a las velas que ya han sido quemadas.
Y es que el fuego ha cambiado de lugar: ya no es la bencina ni el alcohol lo que propaga la quema, sino las manos de todas las convocadas por Milena Moena y Carla Motto en este instante finito de actualidad.


* * *
“Desean aniquilarme, más el líquido que brota de mi boca no apaga el fuego, enciende fogatas en mi memoria”, enunció Guadalupe Santa Cruz en Los Conversos.
En QUEMAR EL MIEDO. Políticas sensibles de la insistencia México-Chile, cada vez que el fuego arde se extiende un hilo que vigoriza y da lugar a la activación de un miedo, una herida, un muerto. Insistir en aquello es contrastar su estado de quietud, frialdad e inercia eterna, rindiendo homenajes modestos entre cada chispazo, con pequeños incendios, propagándose.
[1] Victoria Ramírez (2019) Magnolios. Santiago: Overol.
[2] Mariana Enríquez (2016) Las cosas que perdimos en el fuego. Buenos Aires: Anagrama.
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