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WYNNIE MYNERVA: “A TRAVÉS DEL DOLOR JALO EL HILO DE LA VIOLENCIA, EL EROTISMO Y LA SUBVERSIÓN”

El mural de veinte por cuatro metros que Wynnie Mynerva (Lima, 1992) expone en el New Museum de Nueva York, no sólo es el más grande que ha pintado hasta la fecha, sino que –posiblemente– el más hermoso. La pintura de Mynerva es virtuosa y visceral, pero la belleza inquietante de sus manchas y figuras expresivas no deben hacernos olvidar la dimensión crítica de su proyecto. De hecho, en su horizontalidad el mural está interrumpido por una apertura que parece cortar esa continuidad de friso para recordarnos que hay algo más. Un detrás.

“¿Se puede acceder a esa parte de la sala?”, pregunta una curiosa visitante al museo, apuntando al espacio intermedio que se abre entre las dos partes del mural. “Por supuesto”, responde la guardia de seguridad. “De hecho, ese es el núcleo (core) de la exposición”. La guardia podría haber ocupado la palabra “centro”, pero eligió core (que también arrastra en su concepción a las palabras clave y corazón), porque lo cierto es que la apertura está intencionalmente descentrada. Y, además, resguarda una parte del cuerpo de Mynerva.

Wynnie Mynerva: The Original Riot (2023). Vista de la exposición en New Museum, Nueva York. Foto: Dario Lasagni. Cortesía del New Museum.

A mediados de 2023, después de terminar de pintar ese enorme mural, Wynnie Mynerva viajó a Perú para removerse quirúrgicamente una de las costillas de su cuerpo. No buscaba hacerlo por fines estéticos sino porque quería exponer esa pieza en el rincón más apartado de la muestra.

Este trabajo suyo surgió a partir de la mitología del génesis, en la que Eva –“la primera mujer”– fue creada a partir de la costilla de Adán. “Pero antes que Eva existió otra figura femenina de nombre Lilith que desafió a Adán y se negó a reproducirse, por lo cual Dios la castigó convirtiendo su vagina en una llama azul eterna”, explica Mynerva.

En la pintura The Original Riot, Eva y Lilith se conocen y juntas pactan una alianza. Como prueba de esa alianza, Eva se quita la costilla de Adán y se la entrega a Lilith. Esa mitología (con la que Mynerva imagina y aspira a otro futuro para el género), tuvo su propio rito consagratorio en la operación quirúrgica de la costilla.

Según el relato que hizo Vittoria Benzine para un artículo en Artsy sobre esta obra, muy pocos cirujanos en Lima realizan el procedimiento estético de remoción voluntaria de ambas costillas. Por lo mismo, en un principio, Wynnie evitó decirle al cirujano por qué sólo quería que le extirparan una sola costilla y no las dos. “Pero luego, el doctor le confesó que coleccionaba cuadros y que ya conocía su obra, por lo que le ofreció la intervención gratuitamente”, escribió Benzine. Con esa acción médico-performativa se consagró la muestra Wynnie Mynerva: The original riot, que curó Bernardo Mosqueira (recién nombrado conservador jefe de ISLAA).

Wynnie Mynerva: The Original Riot (2023). Vista de la exposición en New Museum, Nueva York. Foto: Dario Lasagni. Cortesía del New Museum.

La pequeña costilla es una pieza que genera inestabilidad e incomodidad corporal solo de verla. Y durante la conversación que tuvimos por Zoom le comenté a Wynnie que me parecía muy queer que se hubiera quitado solo ese trozo de costilla de un lado del cuerpo. “Quiero decir, me parece bello y radical, operarse para quedar chueca. Sobre todo, entendiendo que este tipo de cirugía se hace para exagerar la impresión de una cintura marcada”, le dije.

Y ella pareció estar de acuerdo. “La medicina está entendida a partir de una belleza canónica que tiene muy claro qué sí y qué no”, me dijo. “Y acá yo actúe con libertad, eligiendo lo que quería, un poco en contra del canon. Creo que la libertad sólo tiene sentido en la medida en que haces uso de ella, por eso me interesa que mis proyectos toquen la libertad”.

Wynnie Mynerva: The Original Riot (2023). Vista de la exposición en New Museum, Nueva York. Foto: Dario Lasagni. Cortesía del New Museum.

The Original Riot es, aparentemente, una muestra sencilla en su configuración espacial (dos paneles pintados y un plinto escultórico) pero brutal a nivel conceptual. Cuando empezó a montarla, Wynnie se fijó que el personal administrativo y de aseo del museo se quedaba mirando por largo rato la pintura, por eso no se extrañó cuando le conté que la misma guardia que bautizó la esquina de su costilla como el core de la exposición me confesó que se podía pasar el día entero mirándola. “Siempre encuentro algo nuevo. Como si fuera infinita”, me dijo. Ese es, según la propia artista, el poder de la pintura. “De donde yo vengo, la Villa El Salvador, en Lima, no hay centros culturales, galerías ni museos. Ahí se considera que hacer arte es, básicamente, pintar y me interesa un montón esa amplificación de audiencias y alcance que tiene la pintura”.

Para Wynnie, la pintura es tradicionalmente una táctica de seducción, porque tiene la capacidad de atraer miradas. Más miradas. Muchas miradas. Miradas inesperadas. “De hecho, recuerdo haber usado el arte erótico para lo mismo, para acercar a las personas a algo problemático”, me dijo. Y me recordó que la pintura ha sido utilizada por siglos con el fin dogmatizar, imponer creencias y mantener un control discursivo. Como artista es consciente de que las y los pintores han sido entrenados para eso también. “Como en el arte, la publicidad ha aprendido a manipular ese recurso visual de cómo detener por un momento a quien mira y a utilizar esa atención. Pero incluso a veces el lenguaje pictórico se queda corto para hablar de temas como el miedo, el cuerpo y la sexualidad”, me dijo.

“Creo que ante el performance la pintura pierde su poder, por eso recurro a un mix entre las dos disciplinas”. Y lo cierto es que al estar ante The original riot una podría pensar que su pintura es solo un señuelo para llegar a lo que no es pintura, porque el mural en sí mismo funciona como un pasaje, un conductor, hacia la esquina final de la sala donde se encuentra la costilla. Una pieza que, en su delicadeza, hace explotar discursos sobre el cuerpo y el género. Y que nos remite a una acción que ocurrió fuera de ahí.

Wynnie Mynerva: The Original Riot (2023). Vista de la exposición en New Museum, Nueva York. Foto: Dario Lasagni. Cortesía del New Museum.

Ese trozo óseo de Wynnie está expuesto como una pieza escultórica sobre un plinto delicadísimo y dorado, en cuya base redonda está grabados los cuerpos de Eva y Lilith, como si fueran parte de La Danse (1910) de Matisse (que, ahora que lo pienso, fue una pintura que reflejó la fascinación de Matisse por el arte primitivo y mitológico y que, en su paleta, también trabajó con colores cálidos contra los verdes y azulados del fondo).

Si uno de los recursos principales en el discurso de Mynerva es su propia biografía, otro podría ser la mitología. Me refiero a esa red de creencias americanas sepultada por el colonialismo, pero también, y especialmente, a la mitología bíblica. “Mi familia es muy católica. Cristiana. Crecimos con una imagen de Cristo en la sala mirándonos comer a diario, por lo que ha estado muy de cerca en mi vida. No a nivel de fe, en mi caso, pero sí como personaje al que le llegué a temer en mi infancia. Mi trabajo no le rinde respeto, pero sí lo utiliza para nombrarlo y ensuciar su historia”, me explicó. “A mí, no me interesa hacer desaparecer creencias, pero sí manosearlas”.

Wynnie Mynerva: The Original Riot (2023). Vista de la exposición en New Museum, Nueva York. Foto: Dario Lasagni. Cortesía del New Museum.

¿Te dolió la operación?, le pregunté. “Sí”, me dijo con una sonrisa. “Fue muy dolorosa”. Y cuando le pedí que me contara más, se giró hacia el costado y me mostró el lugar desde donde el cirujano hizo el corte. Wynnie pensó que tras la operación se iba a llevar a la exposición en Nueva York una pieza más grande, “pero quedó chiquita”. Le dije que a mí me gustaba esa escala, casi en miniatura, que ostentaba algo delicado, orgánico e inverosímil. Como reliquia de santo. “Un objeto litúrgico”, me dijo, y luego agregó: “Pero en verdad los restos religiosos se preservan y se cuidan en cofres y cajas de cristal, y aquí está expuesta al alcance de la mano. Alguien puede llegar y llevársela”.

¿Qué es para ti el dolor?, le pregunté. “Un medio”, me respondió. “Tiene algo religioso, porque a su lado está el goce. Y esas, creo, son las posibilidades del cuerpo”. Entonces Wynnie reflexionó cómo, a través de sus distintos proyectos artísticos, se ha podido acercar a quién es y a su identidad. Esto, siempre, tocándose. “Podría decir que a través del tocarme y del dolor, jalo el hilo de la violencia, el erotismo y la subversión”.

Wynnie Mynerva: The Original Riot (2023). Vista de la exposición en New Museum, Nueva York. Foto: Dario Lasagni. Cortesía del New Museum.

Después de que vi su costilla, expuesta bajo una luz cenital en esa esquina del museo, entendí por qué la estructura de los murales tenía esa curvatura semicircular y por qué tenía un atrás y un delante. Para mí ahí se desencadenó esa narración imaginada a la que le dio forma. Es que creo que su muestra entera busca removernos emocional, intelectual y corporalmente, llevándonos, como en una procesión, hacia lo violento a través de la belleza.

Por un lado, está el recurso de la extracción quirúrgica y, por otro, está la exuberancia pictórica, desplegada a una escala casi excesiva, como si no cupiera en la sala. Su mural es un desborde, una selva hermosa. Cuando se sale de la esquina oscura y se atraviesan de vuelta los paneles del mural para reencontrarse con la enorme pintura, todo cambia. Recién ahí se puede leer en ese colosal óleo pintado un encuentro entre dos mujeres.

Por fin vemos a Eva y a Lilith reconociéndose y liberándose. Porque hemos experimentado en nuestro propio cuerpo la remoción de algo. Las vemos consumando su unión en goce y placer mientras los animales observan. Las vemos primigenias, poderosas y celebratorias. Es como si la narración en la pintura se desenvolviera ante la mirada entre brochazos, insinuaciones de cuerpos y manchas porque algo nuevo ha nacido.

Antes de despedirnos, le comenté a Wynnie que a mí sus obras –incluyendo Closing to open, cuando se cosió la vagina para su exposición en galería Ginsberg, en 2021– me parecen un ejercicio de libertad contagioso, porque apelan al goce. Wynnie asintió porque aborda su trabajo como una revuelta y una fiesta. “Podemos romper el discurso del miedo y la tragedia con la idea de gozar, porque en el fondo el goce es ir más allá. La fiesta es una revolución del deseo y del cuerpo. Es la revolución del sudor, del sexo y del color. Ser feliz es un acto de venganza: una hazaña, un triunfo”.

Ariel Florencia Richards

Escritora e investigadora de artes visuales. Estudió Diseño en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) y Estética en la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Realizó un Magíster en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York (NYU). Trabajó como editora cultural de distintos medios impresos, como revista Viernes, revista ED y Paula. Cursa un Doctorado en Artes en la PUC, donde investiga las relaciones entre performance y género.

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