LA MOVIOLA POLÍTICA Y LA IMAGEN MÁQUINA
SOBRE LA PRIMERA EXPOSICIÓN EN CHILE DE HARUN FAROCKI
Elevar el propio pensamiento hasta el nivel del enojo (el enojo provocado por toda la violencia que hay en el mundo, esa violencia a la que nos negamos a estar condenados). Elevar el propio pensamiento hasta el nivel de una tarea (la tarea de denunciar esa violencia con toda la calma y la inteligencia que sean posibles).
Georges Didi-Huberman
Si no ves la violencia, es porque la ejerces.
Paul B. Preciado
Desde fines de los años sesenta, la obra de Harun Farocki (1944-2014) ha tenido una influencia decisiva en la historia del cine político. Además de haber realizado más de 100 producciones para el cine y la televisión, Farocki, quien ha ejercido también como comisario de exposición, teórico, editor de la revista Filmkritik, así como profesor en universidades tales como Harvard, Berkeley y Viena, logra plantear con sus trabajos una reflexión acerca de la relación entre la sociedad, la política y la imagen en movimiento.
Su relevancia en el campo de las artes visuales se refleja en las numerosas retrospectivas que se le han dedicado a nivel internacional en instituciones como el Institut Valencià d’Art Modern, la Fundación Tàpies en Barcelona o la Tate Modern en Londres, así como con exposiciones personales organizadas en el MUMOK (Museo de Arte de Moderno de Viena), el Jeu de Paume de París, el Ludwig Museum de Colonia, la Kunsthaus de Bregenz y, más recientemente, el MUAC de México y el Hamburger Bahnhof de Berlín. La importancia de sus filmes e instalaciones ha sido demostrada con su participación en las ediciones de 1997 y de 2007 de Documenta 12, Kassel, así como en la Bienal de Venecia del 2013 y 2015.

A finales de 2022, se realizó en el marco de Frontera Sur – Festival Internacional de Cine de no ficción la primera videoinstalación retrospectiva en Chile del cineasta y pensador alemán. Desconfiar de las imágenes: Harun Farocki Videoinstalaciones 1995- 2014, que estuvo abierta al público durante un mes en la Sala Marta Colvin de la Pinacoteca de la Universidad de Concepción, presentó nueve de las más emblemáticas de sus obras.
Una propuesta contemporánea que constituye un intersticio entre el cine y los dispositivos de las artes visuales, desde donde emerge una de las críticas más contundentes e intimidantes respecto a la imagen, pero expuesta a su vez con absoluta empatía y respeto por el espectador.
Notable es en este sentido la labor de Frontera Sur al articular en cada una de sus ediciones -cinco hasta la fecha- una programación que va más allá de la exhibición de películas de no ficción, ese “anti” género cinematográfico que más que un tipo de relato dentro de la pantalla representa una toma de posición fuera de ella y un nuevo espacio donde convergen obras que abren nuevas preguntas y bríos en torno a la imagen en movimiento.


La exposición Desconfiar de las imágenes: Harun Farocki Videoinstalaciones 1995- 2014 posibilitó una experiencia distinta a la sala de cine para apreciar un conjunto de obras cinematográficas. Una experiencia inmersiva que vinculaba el cuerpo, en un recorrido potencialmente aleatorio donde, aún más que en una proyección tradicional, cada espectador podía construir sus propias conexiones y su propio montaje a partir del tipo de recorrido que realizara o el tiempo y atención que le dedicara a cada pieza. O incluso, quien por accidente pasara por allí, no dejaría de irse con una sensación, una idea o una advertencia.
Ocho de los diecisiete muros de la Sala Marta Colvin fueron ocupados por dos grandes grupos de obras referidos, hacia el ala derecha, a sus trabajos que reflexionan en torno a la guerra y a la imagen como arma: I Thougth I was seing convicts (2000), Eye Machine I y II (2001-2002) y Serious Games III: Inmersion (2009); mientras que hacia el ala izquierda se ubicaron Parallel I, II, III y IV, obras que reflexionan desde diferentes perspectivas sobre la imagen en los videojuegos, desde sus primeras y rudimentarias representaciones del mundo, hasta las aspiraciones fotorrealistas. En el centro, exhibida en dos televisores pequeños se ubicó Interface (1995), la obra más antigua de esta retrospectiva, que reflexiona sobre el propio trabajo documental de Farocki y que a su vez rescata imágenes de algunas de las primeras obras del autor, mientras se filma a sí mismo en la mesa de edición.


Sobre Harun Farocki se dice que perteneció al movimiento artístico conocido como el Nuevo Cine Alemán. Que nació en Checoslovaquia y asistió a la Academia de televisión y cine de Berlín desde 1966 hasta 1968. Se dice también que fue expulsado por motivos políticos, por pertenecer a un grupo llamado Agitprop, con quienes producía filmes de propaganda revolucionaria.
“En la escuela de cine, los docentes y algunos de mis compañeros, me recriminaban que mis películas no eran cinematográficas. Con una fundamentación similar me habían informado que no había pasado el año de prueba. El estudiantado de la escuela de cine protestó vigorosamente contra mi expulsión y la de otras seis personas. Eso fue a principios de 1967. El 2 de junio el Saha de Irán visitó oficialmente Berlín occidental. Las protestas contra su visita fueron masivas. La represión policial fue muy fuerte y uno de los estudiantes, Benno Ohenesorg, fue asesinado de un disparo. La protesta también aumentó porque el frente de los partidos políticos y de los medios de comunicación justificó las maniobras policiales y encubrió al asesino. Ante estas circunstancias, la burocracia de la universidad anuló nuestra expulsión y fuimos reincorporados a prueba por otro año”, cuenta Farocki en su libro Desconfiar de las imágenes.
“Es la primera muestra de sus videoinstalaciones en Chile”, enfatiza Cristián Saldía, director del festival y co-curador de la muestra en un video dispuesto en la entrada de la galería. “Muchas veces muestras como estas llegan a Santiago. En este caso la tenemos en Concepción. Se van a encontrar con un trabajo contundente, que fue elaborando durante toda su trayectoria. Hay distintas etapas, distintas formas de construir las obras. Es una exposición que abre preguntas que son fundamentales para pensar no solo el estado de las imágenes, sino el estado del mundo, que de alguna manera hoy está mediado por las imágenes”.


En la exposición se proyectaron video-instalaciones realizadas, como señala su título, entre 1995 y el 2014, es decir, las últimas obras del realizador. El día 16 de noviembre, el guardia a cargo del espacio, Cristian Díaz Vinet, se sorprendió por la gran cantidad de visitas con la que cerraba su turno a las 15:20 de la tarde: 1514 personas. Carolina Rivas, programadora del festival y parte del equipo curatorial de la muestra, advierte: “Cuando te encuentras con obras como las de Farocki te pueden incomodar porque, como dice Cristian, el mundo es diverso, complejo y está en crisis. Una de las batallas principales en la guerra actual es a través de las imágenes. Guerra civil planetaria. En esos niveles estamos”.
Se requerían cerca de tres horas para ver completas las nueve piezas que componían la retrospectiva: una serie de dípticos y otros formatos posibles del cortometraje que saltaron de la sala oscura a los espacios vacíos de una sala blanca para proponer un recorrido solitario y un ritmo personal. Infinitos montajes. Una exposición para pensar la imagen, con una carga de denuncia manifiesta.

¿Cuál es el motor de la sociedad?
¿Cuánta brutalidad (y sofisticación) pueden alcanzar los sistemas de poder?
“Farocki formula una y otra vez la misma pregunta a lo largo de toda su obra”, nos dice Didi-Huberman. La pregunta a la que alude es la siguiente: ¿cómo y por qué la producción de imágenes participa de la destrucción de los seres humanos? Para aproximarse a ella, escribe, filma, enseña, monta y remonta incansablemente sus imágenes y las imágenes de otros. Mediante ese ejercicio sistemático revela las formas de poder involucradas en la producción, distribución y recepción de las imágenes.
Los mecanismos que utilizó fueron muy variados, desde obras cinematográficas, producciones para la televisión, críticas de cine para revistas especializadas, teorías cinematográficas recopiladas en distintos libros y videoinstalaciones presentadas en museos de diversos países. En cada uno de esos trabajos podemos apreciar la fuerza de su pensamiento que, como dice Huberman, consigue elevar hasta el nivel del enojo para tejer obras que cuestionan la tecnología, la historia y la ley. Obras que nos permiten “abrir los ojos a la violencia del mundo que aparece inscrita en las imágenes”, profundizan Cristian Saldía y Carolina Rivas.


Hay en todo el trabajo de Harun Farocki un ardor político, una libertad y un pensamiento desde y con la imagen, que hacen de su obra un faro imprescindible para las artes visuales y el cine político en la actualidad. “Para criticar la violencia, uno tiene que describirla (lo que implica que uno tiene que ser capaz de mirar)”, advierte Georges Didi Huberman en el prólogo que realiza al libro Desconfiar de las imágenes, reeditado por Caja Negra en Argentina en el año 2005.
Una de las ideas que ronda su obra es que el destino del mundo, de alguna forma, se juega también en las imágenes. Este cuestionamiento ético se traduce en experimentos, riesgos y decisiones formales que evidencian cómo las imágenes pueden comportarse ya no únicamente como manifestaciones estéticas, sino también como herramientas o máquinas. Máquinas que nos reemplazan, que nos denuncian, que nos controlan, que trabajan para la guerra, imágenes asesinas.
En sus cortos sobre videojuegos nos muestra insertos de imágenes que parecen reales, luego de la saturación, incluso la vulgaridad, de la representación. Inevitablemente logra que el ojo llegue a un punto que no sabe si lo que está viendo es real. Inventa planos a partir de videojuegos y desde la observación de la evolución de los árboles creados por computador nos hace entrar en la complejidad de la aspiración de la representación. Nos invita a oír lo que las imágenes nos quieren decir y elaborar a partir de ellas mismas nuevas ideas para poner en evidencia su peligrosidad y sus límites. Una invitación, siempre amable, a perder la inocencia y desromantizar de una vez y para siempre lo que pasa delante de nuestros ojos.
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