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EFFY BETH. ARTE PARA EXISTIR

Volvamos a empezar. Hagamos Camisetas[1]

bell hooks


La identidad propia es compleja de construir. Foucault nos dirá que la autoconstitución del sujeto está siempre en diálogo con el régimen de verdad, en busca del reconocimiento dado por las normas preexistentes.[2] Personalmente, al nacer se me adjudicó una identidad que no me quedaba cómoda, aunque tampoco me resultaba insoportable. Cuando se me acumularon cada vez más deberes de género, los que no llegaba nunca a cumplir, las normas que caían sobre mí por ser mujer las sentía ajenas y ya no podía negociar con ellas.

Muchas veces una identidad impuesta se siente como una máscara que está siempre a punto de caerse, como un pantalón grande o una remera demasiado chica. Es así como también lo narra J.E. Muñoz en Utopía Queer: “Yo era un espía en la casa de la normatividad del género, y como todo espía, era extremadamente cuidadoso y me ocupaba que no se me cayera la máscara”[3].

Agamben comenta en Desnudez que la palabra persona proviene de “máscara” y que es a través de la máscara que el individuo adquiere un rol y una identidad social.

Si bien la identidad carece de estabilidad y cambia según el contexto -podemos ser, entre tantas cosas, hijos, padres, hermanos, amigos o parejas-, resulta extraño pensar en que nuestro género cambie según la situación. Lo cierto es que, en mi experiencia, el género pareciera variar, incluso varias veces en un solo día, y no podría determinar totalmente cuándo eso es voluntario o involuntario.

En verdad, la mayoría de las veces las personas trans viven esta situación sin que sea intencionado, y a pesar de los esfuerzos que se realizan para acceder al reconocimiento de género -tales como terapias hormonales, operaciones estéticas, acatar la norma de vestuario más hegemónica de cada género, polleras para mujeres, jeans anchos para varones- sigue existiendo la posibilidad de fracasar al ir al quiosco de la esquina, o en los bancos de la universidad. Son muchas las tareas que se llevan adelante en pos del reconocimiento social y no todas son agradables de llevar.

Agamben nos dirá que:

El deseo de ser reconocido por los otros es inseparable del ser humano. Es más, este reconocimiento le es tan esencial que, según Hegel, cada uno está dispuesto a poner en juego su propia vida para conseguirlo. No se trata, en efecto, sencillamente de satisfacción o de amor propio, más bien es sólo a través del reconocimiento de los otros que el hombre puede constituirse como persona.[4]


J.E. Muñoz se preguntaba, ya en su infancia, ¿que había con mi cuerpo y con cómo lo movía que era tan extraño, tan diferente?[5]. El ritmo al caminar, la manera de agarrar los cuadernos, la cadencia del habla son algunas cosas que forman la máscara en el día a día. A veces me resulta gracioso, aunque bien podría ser trágico en otras situaciones, ser demasiado masculino para ser mujer y demasiado femenino para ser hombre; en verdad, terminé haciéndome una casa en el medio.

Effy Beth[6], el día de la visibilidad lésbica en 2014, escribió en su Facebook: “Y estoy muy orgullosa de tener un cartel que dice ‘al verme pasar pensás que soy puto, pensás que soy trava, ni se te cruza la idea de que tal vez soy LESBIANA”[7].

Llevar este cartel, o incluso las múltiples remeras que realizó para que su identidad sea reconocida, y la cantidad de obras que hizo en denuncia a la violencia recibida por la falta de reconocimiento, es verdaderamente una ardua tarea. Nombrarse a sí misma una y otra vez es realmente agotador, un esfuerzo constante para tener lo más esencial de la vida: existencia.

Fanon escribe que hablar es existir absolutamente para el otro[8], entonces Effy Beth habla, sobre todo, a través de sus obras.

Effy Beth, Hoy también es mi día (ready-made)

Hay una fotografía de Effy que personalmente me gusta muchísimo: se llama Hoy también es mi día (ready-made). El título es una fuerza magnética que nos ubica en contexto. La obra fue realizada para un 8M, el Día Internacional de la Mujer. La imagen es una banana rodeada de flores; la banana, símbolo prácticamente universal del pene, y las flores por excelencia femeninas.

Effy nos recuerda, de maneras a veces amables y otras furiosas, que las mujeres también pueden tener pene. Pone el foco allí, donde se la señala, en la parte de su cuerpo que parece alejarla de su propio género, aquello que a veces hace imposible la tarea de existir como mujer.

Como dijo Giorgio Agamben, Effy fue capaz de poner en riesgo su vida en busca de reconocimiento. Una de sus primeras obras se llamó El arte alimenta, y ella misma describe la ambigüedad del título en su libro Que el mundo tiemble, de la siguiente manera:

Por un lado, la intervención habla del arte y su función de alimentar de manera simbólica a la cultura y a la sociedad mediante estos espacios antes ejemplificados, y por el otro, habla del arte como proveedor material de alimentos para que artistas y personas involucradas con estos circuitos puedan realmente comer.

Effy Beth. Producción y realización fotográfica: Nora Lezano para Revista Anfibia


Para esta obra, Effy fotografió su pezón y lo imprimió cortándolo circularmente. Este pezón es incapaz de producir leche biológicamente, pero ella lo ponía como fuente de alimentación artística. Su capacidad de maternar estaba volcada al arte. Caminó galería por galería, en todo Buenos Aires, ofreciendo sus pezones a 25 centavos para ser pegados en sus paredes. Llegó a su casa con los pies lastimados de tanto caminar y habiendo fracasado en su venta. Así empezaba a conocer la escena de la venta de arte, y eso sólo la impulsó a seguir adelante.

Son muchas las imágenes que me resultan poderosas de sus obras, pero quizás es la primera que vi la que me quedará en la retina siempre. Es un autorretrato donde aparece con el torso desnudo pero vendado en su pecho, un saquito de hilo abierto que ella describe mejor de lo que yo puedo hacerlo:

Caminé con la estrella amarilla cocida a mi abrigo que se usaba en la época de los holocaustos para marcar a los judíos, también con el triángulo rosa invertido y el triángulo negro, que se utilizaba para señalar a homosexuales, asociales, prostitutas, maleantes, feministas y enfermos mentales entre otros.

Effy Beth. Producción y realización fotográfica: Nora Lezano para Revista Anfibia


Effy hará referencia continuamente a su identidad como transexual, lesbiana y judía. Su cuerpo se disputa entre aquellas cosas que es, voluntaria o involuntariamente.

Es también dentro del feminismo que ella exige su reconocimiento. En 2010, en la marcha de Morón por el Día Internacional de la No Violencia Contra La Mujer, Effy Beth se vistió con una remera que llevaba escrito: “Por ser mujer no estás exenta de ejercer violencia contra mí por ser mujer”. Al hacerse uno presente también es la violencia lo que queda expuesto, viene con nosotros y se vuelve filosa frente a los otros; la frase de la artista nos lleva a un cuestionamiento del sujeto feminista, cuestiona sobre las diferentes capas de la opresión y nos recuerda, tal como bell hooks en su libro El feminismo es para todo el mundo, que “si las mujeres utilizan su poder de clase o de raza para dominar a otras mujeres, es imposible alcanzar plenamente esta sororidad”.[9]

Escuchar el reclamo de Effy Beth entonces nos ubica en un feminismo en contra del sexismo[10], librado de diferencias sexogenéricas, de clase o raza; ayuda a ampliar el imaginario transfemenino, quitando la heterosexualidad impuesta a las personas trans, y realiza una crítica feroz al biologicismo permitiéndonos pensar que pertenecer a un género no implica una determinada genitalidad, ni mucho menos odiar el cuerpo propio por ser un “obstáculo” hacia el reconocimiento, ya que el problema no está en el cuerpo sino en la normatividad.

Creo que rescatar la obra de Effy es una responsabilidad que debemos asumir, tanto con ella como con toda la población trans. Rendir memoria y homenaje a quienes han ocupado su vida en hacer abrir los ojos. Foucault nos dice que realizar una crítica a las normas es poner en riesgo la propia existencia, y eso fue exactamente lo que hizo Effy Beth a través del arte performático.


[1] bell hooks. El feminismo es para todo el mundo. Ed. Traficantes de Sueños. 2017. Pág. 26

[2] Judith Butler. Dar Cuenta de sí mismo. Amorrortu Editores. Pág. 37

[3] José Esteban Muñoz. Utopía Queer. Caja Negra Editora. 2020. Pág. 139

[4] Agamben, Desnudez. Pág. 67

[5] Idem J.E Muñoz

[6] Effy Beth nació el día 4 de abril de 1989, eligió su propio nombre y también el día que dejaría este mundo en 2014. Fue una artista interdisciplinaria que se movió entre la pintura, performance, cine, escritura, entre otros. Trabajó siempre desde su propia identidad y su cuerpo, invitando a otros a intervenir en ella y su obra. Fue una artista trans que marcó la historia del arte argentino y el pensamiento queer.

[7] Effy Beth. Que el mundo tiemble. Editorial de la Universidad de La Plata. Pág. 335.

[8] Franz Fanon. Piel Negra, Máscaras Blancas. Ed. Akal. Pág. 49.

[9] bell hooks, et al. El feminismo es un movimiento para acabar con el sexismo, la explotación sexista y la opresión. Pág. 38

[10] Idem. Pág. 26.

Cairo Elio

Artista e investigador queer. Es docente en la plataforma de RARA, y trabajó anteriormente en el Centro de Estudios Fotográficos, en el área de archivo. Ha realizado exposiciones en Argentina y España. Participa en EdiyPorn como co-creador. Es parte de la Red Orbita, fotografes feministas de Argentina.

https://solencairo.wordpress.com/

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