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CHACABUCO: DESDE EL SER, RECONOCER LO QUE SIEMPRE HEMOS MIRADO

Este texto surge de la conjunción de tres voces que narran las jornadas vinculadas al performance colectivo realizado en la ex oficina salitrera Chacabuco por los y las integrantes del diplomado Microcuradurías. Curadurías desde la marginalidad, desarrollado por la Corporación Cultural SACO a lo largo del 2022.


Por Karen Alfaro, Maite Mérida y Carolina Olmedo

¿Por qué realizar una performance colectiva en el marco de un diplomado de curaduría? ¿Es posible generar procesos colaborativos de creación desde la imponente marginalidad de nuestros territorios y recursos, utilizando a la curaduría como perspectiva de mirada? Como integrantes del cuerpo académico del diplomado Microcuradurías, la artista Ángela Chaverra (Colombia) y la directora teatral Arlette Ibarra (Chile) nos propusieron finalizar este proceso educativo transdisciplinar con la realización de una performance grupal en el campamento Chacabuco, escenario de dos momentos marcados a fuego en el norte grande de Chile y sus habitantes: la explotación masiva del salitre y la prisión política durante la última dictadura militar.

Es justamente la disponibilidad de este imponente y significativo paisaje nortino, así como la presencia comprometida de las y los estudiantes en medio de sus sinuosidades, un factor que vuelve a la acción colectiva un paso casi obligatorio de este cierre. Al hablar (y enseñar) desde un espacio de enunciación carente, incierto y del todo incompleto, todo recurso se torna esencial; también darle un significado al misterio de la reunión de diversas miradas y cuerpos venidos de distintos puntos de América Latina en el Desierto de Atacama.

Durante la preparación de la performance en la sede de la compañía La Favorecedora en el oasis de la Corporación GEN, y en el propio desierto, Arlette Ibarra nos compartió con voz calmada el secreto del teatro-paisaje: una forma de arte impulsada por la compañía que dirige desde 2014, nacida en las entrañas del desierto y, como su flora, resistente a la ausencia de espacios e infraestructuras culturales completas para el teatro en el norte grande.

Al adentrarse en la vastedad del desierto, su vista infinita, el silencio y la luz de sus formas secas, el teatro-paisaje invita a las y los artistas y espectadores “a confiar en el cuerpo como máquina inteligente” en escenarios que exigen una entrega física total. Somos conducidos a una acción que acontece en la naturaleza y los vestigios humanos, y que nos recuerda que no estamos separados de la tierra, de ese paisaje lleno de riquezas no solo minerales, y lleno de dolores que van tallando en cada persona lo esencial, como lo hace el viento con la roca.

Activación en el Desierto de Atacama. Foto: Christopher Malebrán

En el contexto de una obra situada, la curaduría se propone como una metodología que combina elementos intelectuales, emocionales y corporales. Una conversación colectiva que construye los distintos momentos y espacios abiertos por la puesta en escena de una performance de esta naturaleza, formando una trama de investigaciones y significados que rodean su realización y que luego devienen imágenes evocadoras de la historia reciente del país. Un diálogo creativo en que el teatro-paisaje se entrecruza con la acción poético-gráfica de Ángela Chaverra, y la dirección artística de Arlette Ibarra, Dagmara Wyskiel (Polonia / Chile) y Fernando Foglino (Uruguay).

Este ejercicio de entrega contó con procesos previos de activación del cuerpo e involucramiento con el paisaje desértico, en los que el diálogo y la socialización de las resonancias evocadas por dichas acciones fueron piezas claves para definir, desde perspectivas reflexivas y sensibles, los últimos detalles de la performance a realizar y la confirmación de quienes serían parte de esta.

¿Sentimos todas las personas la misma comodidad y apertura para realizar una acción con el nivel de conexión emocional y corporal que propone una propuesta performática? ¿Cómo aproximarse a la historia del territorio a intervenir proviniendo de otras latitudes? ¿Está mi cuerpo preparado para performar?

Estas fueron algunas de las preguntas socializadas por el grupo en diferentes conversaciones, que derivaron en la división de tareas en diferentes campos (escritura, registro, apoyo en dirección y performers).

Poner el cuerpo en medio del desierto

Camino a la acción, el encuentro con Chacabuco acontece desde un silencio que se disocia del imaginario de un territorio alguna vez esplendoroso. El lustre de una industria acaudalada encandilaba la mirada crítica a sus bases: el aislamiento, jornadas extenuantes de trabajo, disgregación social, condiciones miserables en el habitar de las y los trabajadores de la pampa.

Chacabuco es el remanente de lo irreparable de nuestra historia. Los techos de construcciones que en algún momento albergaron familias sobreviven oscilantes como las formas del desierto. Las puertas, todas paralelas, se ciernen como portales por los que transita lo cíclico del dolor y los daños que porta la pampa. Poner el cuerpo en medio del desierto. Situarse en los espesores de las capas de violencia que habitan lo deshabitado.

Evocar arraigos, labores, miedos, sometimientos a través de gestos atemporales que vemos entre dichos portales: por un lado, mujeres tendiendo ropa para que el sol implacable del desierto la seque; meciendo a sus pequeños hijos, peinando sus cabellos, cosiendo las telas que las protegen de las inclemencias del clima; y, por otro, hombres que lustran sus zapatos y refrescan su cara con el alivio que solo el agua puede ofrecer en este tipo de territorios.

Entre vestiduras que conjuran el cotidiano de otra era, somos testigos de la vida en el Desierto de Atacama desde las subalternidades obreras del salitre, ruinas que pese a la erosión del tiempo perviven en la memoria colectiva, activando afectos que desde lo personal invocan conciencias políticas.

Performance en Chacabuco. Foto: Christopher Malebrán
Performance en Chacabuco. Foto: Javier Araya
Performance en Chacabuco. Foto: Javier Araya

La voz de la memoria toma colores distintos en los rincones de lo que hoy yace inhabitado. Gritos y una serie de disparos a ciegas que derriban cuerpos que se adentran a performar pasados presentes, nos remontan ahora a otra época, cuyas raíces tienen continuidad en las violencias que vienen a disolver la oposición al autoritarismo. Vemos posteriormente a quienes siguen allí, vivenciando lo peor de la conducta humana, aquella dispuesta a cometer vejaciones sin medir consecuencias; aquella que, sutilmente en la acción, se representa en un gesto de desprecio.

La herida colectiva ahora pulsa las resistencias que se gestaron desde la prisión política en esa calidez que emana de lo humano: en la órbita de un círculo, en el unísono de una canción, en la contención de un abrazo. Un cuadro que también representa el refugio de las otras formas de prisión vividas en la hoy ex oficina salitrera. En medio de un caudal que devino aridez, retenemos en la mirada una caravana de cuerpos que dibuja rostros en una tierra que se resiste al olvido, invitándonos a reconocer lo que siempre hemos mirado.

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