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NO ME DIGAS POBRE POR IR VIAJANDO ASÍ

Por Claudio Guerrero Urquiza

Puerto Montt, 16:00 h

Sé mucho más de televisión que de trenes, por lejos. Buena parte de lo que sé de los trenes lo aprendí de la televisión. Aunque no exclusivamente. Nací en Santiago de Chile a inicios de los 80. Tuve trenes de juguete y también supe de ellos por libros e historietas. Me subí a los trenes inmóviles del Museo Ferroviario de la Quinta Normal (cuánto amaba ese lugar) y también al tren en miniatura del parque de atracciones Mundo Mágico. Cuando íbamos de vacaciones al sur, en automóvil, recuerdo la impresión de ver y escuchar pasar los trenes al lado de la carretera. También las anécdotas históricas y familiares al pasar frente al viaducto del Malleco, aquel enorme puente ferroviario. Pero en mis recuerdos el tren ya se asocia a cierta decadencia, a sus vestigios: líneas férreas abandonadas, medio cubiertas por el pavimento, y carros oxidados en maestranzas olvidadas.

Osorno, 18:45 h

Recién a mediados de los 90 anduve por primera vez en tren, consciente de estar subiéndome a una máquina nostálgica en extinción antes que a un medio de transporte. Hice el recorrido de Santiago a Temuco, que era ya un lugar común tras la canción Tren al sur, de Los Prisioneros. El carro, sin ser de primera clase, era bastante cómodo, aunque la falta de mantención confirmaba la sensación de decadencia. Para entonces Temuco era la última estación al sur. El tren a Puerto Montt ya había sido abandonado, al igual que una parte importante del tren al norte y la mayoría de los múltiples ramales que partían de la red central que alguna vez unió de Iquique a Puerto Montt.

Valdivia, 20:10 h

Ahora que lo pienso, crecí en un hogar que cumplía un conocido pronóstico que realizó Pinochet, el dictador, hacia 1980: que cada chileno tendría un auto y un televisor. Los trenes no aparecen en ninguna promesa de Pinochet. Material y simbólicamente, pareciera que el tren quedó ligado por siempre al antiguo régimen.

Vista de la exposición «El Ojo TV», de Enrique Flores, en la Galería Gabriela Mistral (GGM), Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía del artista

Temuco, conexiones a Carahue y Cherquenco, 23:35 h

En al menos tres de las campañas presidenciales de Salvador Allende (1958, 1964, 1970), el Tren de la victoria —con el que el candidato recorría el país— ocupó un lugar fundamental en su relato y logística. Algunas de las medidas más emblemáticas del gobierno de la Unidad Popular fueron El tren popular de la cultura y El tren de la salud, que distribuían servicios artísticos, culturales y médicos a lo largo de la vía ferroviaria nacional. Al mismo tiempo, durante este gobierno la Empresa de Ferrocarriles del Estado logró máximos históricos de pasajeros y carga a la vez que permitió, en algún grado, sortear el asfixiante paro de camioneros y microbuseros de 1972. Por ello el tren quedó tan ligado en la memoria a la épica de la Unidad Popular, pero también a un proyecto nacionalista y modernizador que se venía desarrollando hace décadas.

Chillán, conexión a Concepción, 2:55 h

Fue en el siglo XIX que el ferrocarril se convirtió en el principal símbolo del progreso y la modernidad. Acortaba las distancias, permitía acelerar la extracción de mercancías y el comercio internacional y propiciaba experiencias modernas como la velocidad y la masificación. Compartir con desconocidos varias horas de nuestra vida en el transporte público u observar la renovación rápida y constante de una masa de desconocidos en estaciones y aeropuertos constituyen experiencias que tienen como antecedentes inmediatos a la expansión del ferrocarril.

Linares, conexión a Colbún, 4:05 h

En algunos países neocolonizados, como Chile, el ferrocarril fue el protagonista de una verdadera epopeya. Junto al ejército y a oleadas de migrantes europeos, fue la vanguardia de un rápido proceso de expansión territorial desde el Estado central hacia las tierras “no explotadas”, en su mayoría habitadas por pueblos indígenas. Fue el soporte del estado extractivista que llevaba materias primas desde el interior hacia los puertos y trasladaba personas desde el campo hacia la ciudad o hacia las zonas de extracción de recursos, como pampa salitrera. En caso de necesidad, trasladaba a los ejércitos que garantizarían esa expansión, como lo hizo durante la Guerra del Pacífico y la conquista de la Araucanía.

Vista de la exposición «El Ojo TV», de Enrique Flores, en la Galería Gabriela Mistral (GGM), Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía del artista
Vista de la exposición «El Ojo TV», de Enrique Flores, en la Galería Gabriela Mistral (GGM), Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía del artista
Chinchinerx haciendo sus actos durante la exposición «El Ojo TV», de Enrique Flores, en la Galería Gabriela Mistral (GGM), Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía del artista

Talca, conexiones a Constitución y Perquín, 5:00 h

Hacia los años 30 y 40 del siglo XX, el ferrocarril fue perdiendo su protagonismo en cuanto símbolo indiscutible de la modernidad. Pasó a formar parte de un imaginario compartido de una nueva promesa de modernidad. Junto a las centrales hidroeléctricas, las grandes siderúrgicas, los programas de vivienda social y renovación urbana y la ampliación de la cobertura de servicios básicos del Estado (salud, educación), el ferrocarril formó parte de la utopía de un estado nacional-desarrollista y de bienestar. Hacia los 50 y 60 fue perdiendo terreno frente a los vehículos de combustión interna (automóviles, buses, camiones) y la expansión de la red de carreteras. A pesar de ello, el ferrocarril se mantuvo como un símbolo importante que combinaba una promesa de modernidad y unidad nacional con cierto dejo romántico de ser una experiencia ya transgeneracional, una nueva tradición moderna.

Curicó, conexión a Licantén, 5:45 h

El golpe de 1973 y la larga dictadura militar que le siguió vino a cerrar esta etapa. El desmantelamiento de la red ferroviaria y de la empresa estatal que la sostenía fue una de las más notorias políticas del nuevo régimen. El automóvil y la televisión fueron las nuevas promesas de modernidad y progreso, ambos abiertamente promovidos por la dictadura, como lo atestigua la ya citada promesa de Pinochet. El formato individual o familiar de ambos dispositivos se correspondía bastante bien con el proyecto de desmovilización y descolectivización que llevaba adelante la dictadura, junto con un decidido apoyo a la formación de una “clase media” que accediera a los bienes de consumo por medio del endeudamiento, fortaleciendo cierto sentido de bienestar y al mercado financiero al mismo tiempo.

Alameda, 8:00 h

“¡Cómprate un auto, Perico!”, es el recordado slogan de la más icónica propaganda televisiva de los años de dictadura. Se estrenó junto con la televisión a color en 1978. La protagoniza Perico, un ciclista que pretende a Ismenia y que a lo largo del anuncio es conminado por diversos transeúntes y por la propia pretendida a abandonar su bicicleta y comprarse un auto. La propaganda correspondía a un banco que ofrecía créditos de consumo para adquirir automóviles.

Mapocho, conexiones a Valparaíso y Buenos Aires, 8:35 h

Mientras las ventas de automóviles se disparaban, también lo hacía la venta de receptores de televisión. A diez años del golpe de Estado, un 70% de los hogares chilenos tenía al menos un televisor y en los hogares más pobres comenzaba a ser más frecuente encontrar un televisor que una radio. El canal nacional, por su parte, batía récords y por primera vez transmitía para toda la extensión de Chile continental, superando la antigua cobertura del tren y ocupando su sitial de ser una tecnología capaz de unir al país. Algo más a la zaga iba el automóvil. Las importaciones se habían duplicado entre 1970 y 1980 y se hacían enormes esfuerzos para extender la red de carreteras hacia la Patagonia austral.

Enrique Flores en su exposición «El Ojo TV», Galería Gabriela Mistral (GGM), Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía del artista

Valparaíso, 11:45 h

El automóvil y la televisión comparten con el tren el ser dispositivos tecnológicos de los que alguna vez se afirmó que transformaron radicalmente al mundo, como hoy se afirma de internet. Estas afirmaciones pueden ser ciertas solamente si consideramos que cada una de estas tecnologías no se desarrollaron de manera autónoma, sino que corresponden a complejos procesos sociales en los que esas tecnologías jugaron un rol preponderante al responder a demandas provenientes del contexto. En el caso de Chile, el crecimiento explosivo de la televisión se debe, en buena medida, a que constituía el medio de comunicación realmente adecuado para un “régimen escasamente ideológico en el plano de la movilización social, pero intensamente ideológico en el plano de la movilidad individual”, en tanto promovía una promesa de superación familiar e individual “a través de la iniciativa privada y el consumo en el mercado”. A través de la televisión, la dictadura pudo diseminar un tipo de “conformismo pasivo” que encajaba perfecto con ciertas características centrales de este medio, pues se trata de una “comunicación que puede ser fácilmente controlada en su producción pero que, a la vez, penetra insensiblemente en todos los hogares, inundando la esfera privada de imágenes que ‘fabrican’ un mundo: un mundo de contemporaneidad, de ilusión de acceso a lo real, de coparticipación en los mismos mitos integradores, de internacionalismo del hogar…”[1].

Enrique Flores en su exposición «El Ojo TV», Galería Gabriela Mistral (GGM), Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía del artista
Vista de la exposición «El Ojo TV», de Enrique Flores, en la Galería Gabriela Mistral (GGM), Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía del artista

Los Vilos, 17:30 h

Por muy ciertas que resulten las apreciaciones de la cita anterior, ellas jamás podrán dar cuenta de lo que ha significado la televisión en las vidas de buena parte de mi generación. Generación que es también la de Enrique Flores, artista que despliega algunas de sus memorias y reflexiones al respecto en el El ojo TV, una sugerente exhibición en la Galería Gabriela Mistral en la que combina la exhibición de videos y objetos, la ambientación escenográfica, la realización de un concurso y otras instancias de interacción y transmisión de contenidos. Todo articulado por la televisión y su historia local.

Coquimbo, conexión a Rivadavia, 22:45 h

La cita anterior tiene bastante de razón cuando resalta el rol de la televisión en la conformación de los mitos integradores. Para muchos de nosotros, estos mitos son los programas infantiles o los animés que vimos. Se llaman El festival de los robots, Los autos locos (y el inolvidable Pierre Nodoyuna), Robotech, El mundo del profesor Rossa, Cachureos o Pipiripao (con aquel curioso fantasma que volaba gracias a uno de los primeros chroma key de la televisión local). Era aprender historia universal (eurocéntrica) viendo Érase una vez… el hombre. Esos mitos integradores son también los programas de concursos, aquellos dirigidos a toda la familia o aquellos dirigidos a adultos que por una u otra razón terminamos viendo. Los almuerzos con el Festival de la Una o Éxito, los noticiarios completamente controlados por la dictadura, los estelares nocturnos y los sábados eternos junto a Sábado Gigante. También están las teleseries locales de nuestra adolescencia —Amándote, Tic Tac, Eclipse o Adrenalina— y los programas juveniles, como Extra jóvenes o Sábado taquilla. También el soft porn que, a duras penas, podía verse en algunos canales a altas horas de la noche, o bien con algo más de facilidad si tenías el privilegio de contar con televisión por cable.

Vallenar, conexión a Huasco, 4:40 h

Varios de estos mitos integradores han sido explorados por Flores durante años. El fútbol, especialmente su repertorio de equipos, estadios y estrellas locales, así como la retórica nacionalista y sus hitos: clasificatorias, mundiales y otros torneos. También algunos personajes de la televisión, como el desaparecido y popular animador Felipe Camiroaga, además de varias personificaciones que se derivan de sendos referentes televisivos, algunos de los cuales aparecen en su actual exhibición, como el fantasma y la chinchinera. Creo que estas exploraciones se han desplegado por medio de dos estrategias principales, la parodia y el trabajo con una estética hechiza o amateur. El ojo TV es un buen resumen de ello, con su ambientación de cartulina recortada, sus decorados reciclados y la sensación de que estamos ante materiales pasados de moda, ante una estética que nos lleva a las eliminatorias del mundial Francia 98 o a los primeros programas de televisión “matinales” de los 90.

Copiapó, conexión a Caldera, 10:10 h

Pero estas exploraciones tienen varios antecedentes, como es el caso de su gira Buscando chilenos, del año 2016, que citaba el título de un disco de la banda Sexual Democracia, uno de los casetes más vendidos y pirateados del rock chileno de los 90. La gira puede entenderse como una parodia, tanto a la quimérica figura del pintor viajero como a un particular tipo de programas de televisión que se dedica a viajar por Chile, y eventualmente por otras latitudes, presentando diferentes lugares, personas y costumbres, tal como la antigua Cámara viajera de Sábado Gigante o el actual Lugares que hablan. También funcionaba como una suerte de residencia artística rodante algo “desastrosa”, como la llamó un crítico en su momento, alejada del circuito del arte contemporáneo y sus galerías, fondos concursables y agentes. Como una búsqueda artística de alguna chilenidad paródica en la cultura popular; como una decisión de buscarla en un lenguaje que debe tanto al arte contemporáneo como a la televisión.

Vista de la exposición «El Ojo TV», de Enrique Flores, en la Galería Gabriela Mistral (GGM), Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía del artista
Vista de la exposición «El Ojo TV», de Enrique Flores, en la Galería Gabriela Mistral (GGM), Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía del artista

Chañaral, 16:00 h

El ojo TV, por su parte, es abiertamente un homenaje a la cultura televisiva de los 80 y 90 y a sus mitos integradores. Un homenaje paródico, pero homenaje al fin. Una figura clave que aquí emerge como posibilidad de interacción, como fórmula del espectáculo para ser analizada e incluso como figura retórica que es la del concurso. Podemos especular que el concurso televisivo fue una figura clave de aquella televisión que en la dictadura buscaba sostener ese conformismo pasivo que ya referimos. En la galería Gabriela Mistral nos encontraremos con una versión del llamado Ciclón millonario, consistente en una pequeña cabina en la que un sistema de aire en movimiento genera un torbellino de billetes que el concursante debe atrapar o extraer en la mayor cantidad posible en un tiempo determinado. Enrique recuerda lo especialmente humillante que era ver la desesperación de los concursantes cuando éstos eran ancianos o personas con alguna dolencia. Por mi parte, pienso en ese espectáculo como una normalización de una clase de fetichismo de la mercancía, la elevación del dinero a la categoría de una cosa autónoma, con vida propia y casi sagrada incluso, y no como un objeto que obtiene su valor de cambio desde relaciones de producción y de opresión realmente existentes. Ver cómo esos billetes se erosionan con el movimiento constante en la galería resulta en una sugerente desacralización de este fetiche.

Antofagasta, conexiones a La Paz y Buenos Aires, 23:25 h

El otro concurso que nos presenta Flores en la Galería Gabriela Mistral es el que tiene por protagonista a un automóvil Daewoo modelo Racer del año 1993, el que podemos ver de cuerpo presente en la exhibición. Éste se encuentra lleno de balones de plástico y el público debe dejar un cupón con sus datos y con su apreciación de cuántos balones hay exactamente en su interior. Quien entregue la cifra más exacta se lo llevará. Desde tiempos de la dictadura que el automóvil es el premio mayor al que puede aspirar casi cualquier concurso televisivo. Al igual que en El ojo TV, mientras dura el concurso se lo exhibe y ostenta. También estamos ante una mercancía-fetiche, lo que se refuerza en dos de los videos que se exhiben, uno protagonizado por este mismo automóvil y otro que emula una carrera, pero con pequeños autos hechizos. Ambos constituyen verdaderos análisis de las estrategias televisivas que han configurado al automóvil como objeto de deseo. Sin embargo, en el caso de este concurso la parodia queda en evidencia al tratarse de un auto usado, bastante usado, fabricado hace casi tres décadas atrás, como casi toda la estética y los objetos que componen la exhibición.

Iquique: 3:40 h

Voy a detenerme en una última propuesta de la exhibición de Flores. Se trata de un tren en miniatura que recorre una maqueta en la que pueden apreciarse, dentro de la misma estética hechiza que ya reseñamos, hitos del imaginario territorial chileno, como la cordillera, el mar y la santiaguina torre Entel. Este artefacto también trae a la memoria algunos de los mitos compartidos de los 80 y 90, como el Chile en miniatura que recorría el ya referido tren de Mundo Mágico, inaugurado en 1983, o el Trencito musical del programa matinal de TV Buenos días a todos, nombre de un recordado concurso de inicios de los 90 protagonizado por un pequeño tren que recorría una maqueta con hitos del territorio chileno, de norte a sur. Ambos referentes corresponden a los años de decadencia de la red ferroviaria y del rol simbólico de unidad territorial que jugó en el pasado. Desde hoy, ambos gestos pueden leerse como conjuros o parodias desde la cultura popular a aquella imagen pasada. En el segundo caso, como una apropiación por parte de la televisión de ese rol de ser una tecnología capaz de sostener la unidad simbólica del territorio nacional. Televisión en la que de vez en cuando la memoria ferroviaria se hace presente, como en el tren que ha recorrido parte de Chile en algunas versiones de la Teletón, aquel espectáculo de solidaridad que probablemente constituye el más logrado intento de representar la unidad nacional y territorial desde este medio de comunicación.

Hoy, aquellas estética y fórmulas retóricas parecen algo agotadas tras la revuelta del 2019. La propia Convención Constitucional ha propiciado la discusión de un nuevo contrato simbólico en torno a la identidad nacional y territorial de Chile. En este marco, el trabajo de Enrique Flores nos propone una memoria reflexiva sobre algunos dispositivos que han formado el imaginario y la identidad emotiva, histórica y paisajística de lo chileno para quienes nacimos entre fines de los 70 e inicios de los 90 del siglo pasado.

Vista de la exposición «El Ojo TV», de Enrique Flores, en la Galería Gabriela Mistral (GGM), Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía del artista

[1] J. J. Brunner, A. Barrios y C. Catalán, Chile: Transformaciones culturales y modernidad. Santiago: FLACSO, 1989, pp. 125-126.


El Ojo TV, de Enrique Flores, se presenta del 27 de mayo al 15 de julio de 2022 en la Galería Gabriela Mistral (GGM), Av. Libertador Bernardo O’Higgins 1381, Santiago de Chile.

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