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LA DIMENSIÓN VISIBLE DEL PAISAJE. FITOFORMAS DE DAVID MOLINA-MOLINA

I

Pocos viajes han definido tanto la comprensión del mundo moderno como la travesía del explorador alemán Alexander von Humboldt en los albores del siglo XIX. Sus logros, impulsados por la necesidad de conocer y catalogar un botín inédito de fenómenos naturales, continúan siendo una referencia para un campo de estudio intersticial entre lo científico y lo sensible, que mantiene al paisaje como foco de sus intereses. Y es que, tanto para artistas como para geógrafos, las notas del viaje de Humboldt por América han servido como punto de partida para nuevas investigaciones sobre el entorno, que valoran las ciencias naturales más allá de su exactitud, para ser vistas desde el reconocimiento de la tierra como una totalidad viviente y activa.

En el caso del artista venezolano David Molina-Molina (Mérida, 1990), las obras de Humboldt, Cuadros de la Naturaleza (1808) y Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente (1826) funcionan como lecturas de partida para su proyecto Fitoformas: La dimensión visible del paisaje. Una revisión del entorno natural en la que el creador observa detalladamente las siluetas, patrones e imágenes ofrecidas por su paisaje aledaño. Sin embargo, muy diferente a las vastas distancias recorridas por Humboldt y a sus extensos períodos de exploración, Molina-Molina registra un paisaje cercano y conocido en demasía, para ser traducido a un lenguaje desarrollado a lo largo de sus experimentaciones con tierra como materia prima.

En este proceso de poética y especulación formal, la fotografía, el collage y la cerámica conforman una tríada de medios con los que Molina-Molina captura, abstrae y da cuerpo a una serie de escenarios e interrelaciones botánicas, visibles en trabajos como Corona de hojas y luna escondida (2021), Raíz con Fruto (2021) o Territorios de un Bucare (2020). La materialidad cerámica de naturaleza frágil y vulnerable crea un ecosistema de relaciones armónicas entre elementos, que suceden como fuerzas inevitables e independientes, sobre las cuales el hombre fija su vista, y en cuyo acto de mirar radica el origen del paisaje en sí mismo.

Vista de la exposición «Fitoformas», de David Molina-Molina, en Spazio Zero, Caracas, 2021-2022. Cortesía del artista y de la galería
Vista de la exposición «Fitoformas», de David Molina-Molina, en Spazio Zero, Caracas, 2021-2022. Cortesía del artista y de la galería
David Molina-Molina, Plantas espontáneas (2021). Spazio Zero, Caracas, 2021-2022. Cortesía del artista y de la galería

II

A partir de la certeza de que la naturaleza se convierte en paisaje al ser vista por el hombre, en trabajos como Cuadros de la Naturaleza, Humboldt describe la primera impresión de un paisaje en “un relato compuesto ante la propia presencia de fenómeno (o apenas recibida esa impresión)”, pretendiendo capturar la frescura y vida de la imagen antes de ser convertida en recuerdo. Experiencia compartida por la artista Colette Delozanne (1931-2021) en su llegada a Venezuela, cuyo impacto producido por el horizonte local la lleva a concebir estructuras en las que la naturaleza y la interioridad toman un espacio decisivo en su obra cerámica. Sin embargo, no es esta una relación aislada ni reciente, posible de evidenciar a través de una breve revisión de la historia de las artes del fuego en Venezuela: desde las siluetas orgánicas de Valerie Brathwaite (1940) a las Piedras y rugosidades de Marta Cabrujas (1946), el vínculo entre la cerámica y la naturaleza parece radicar en su propia materialidad primaria, que en el caso de Molina-Molina se convierte en estrategia conceptual.

Por medio de engobes, tejidos, aleaciones y ensambles, los materiales utilizados por Molina-Molina en series como Descomposición de una cerca (2021) o Paisaje Antropomórfico (2020) establecen un discurso que sitúa al paisaje en una condición propia de un tiempo antropoceno: la imbricación entre elementos orgánicos, metálicos y sintéticos que hablan de una forma de paisaje en la que la huella humana prevalece entre simbiosis y parasitismos. De esta manera, la coherencia entre la expresión material y el lenguaje plástico del artista determinan un conjunto dinámico de códigos y símbolos que hablan de una cultura del paisaje a través de diferentes tiempos, ante los cuales, al ver hacia las referencias, la misma Marta Cabrujas nos advierte que “la naturaleza de la vida de las recientes generaciones ha cambiado tanto, que probablemente nunca llegaríamos a ver las cualidades únicas que han caracterizado a la cerámica del pasado”.

Vista de la exposición «Fitoformas», de David Molina-Molina, en Spazio Zero, caracas, 2021-2022. Cortesía del artista y de la galería
David Molina-Molina, Panales (2021). Spazio Zero, Caracas, 2021-2022. Cortesía del artista y de la galería
David Molina-Molina, Corazones (homenaje a Roberto Obregón) (2020). Spazio Zero, Caracas, 2021-2022. Cortesía del artista y de la galería

III

Por ello, hablar hoy de paisaje es relativo a hablar de la naturaleza en relación al ser humano, en la medida en que lo percibe y se apropia tanto del mismo como de sus imaginarios. Inmersos en sus horizontes, los seres humanos existimos en el paisaje en una manera muy diferente a la del inicio de la tradición de su estudio y representación (e incluso al de tiempos de Humboldt), ya que la actualidad del paisaje hace imposible verlo desde la lejanía idílica y salvaje de la otredad. Es así como encontramos en expresiones como las de David Molina-Molina un paisaje de entrañas, organismos, detalles y vínculos en el que nuestros conflictos impregnan su manera de configurarse, de dar lugar a las interrelaciones y de operar como organismos vivientes dentro de un ecosistema.

En la serie de ensambles Germinar el Cuerpo (2021) este vínculo ineludible entre humano y naturaleza toma corporeidad en seres fitomórficos en gestación. En esta imagen híbrida resultante, las posibilidades de la metáfora parecen expandirse en significados; y es que -codificados a través de filtros personales o culturales- cualquier forma de paisaje se llena de valores hasta convertirse en símbolos como los propuestos por Molina-Molina. Bajo esta misma operación, en sus collages de Cuerpos Germinados (2021), las raíces, pistilos y siluetas vegetales se hacen una con las figuras humanas, para hablar de nuevas posibilidades de entender un hábitat armonioso de cara al porvenir.

Vista de la exposición «Fitoformas», de David Molina-Molina, en Spazio Zero, caracas, 2021-2022. Cortesía del artista y de la galería
David Molina-Molina, Calas (homenaje a Georgia O’Keeffe) (2021). Spazio Zero, Caracas, 2021-2022. Cortesía del artista y de la galería

IV

Aun así, las capas de hojas, pétalos y ramas que conforman los trabajos de Molina-Molina contienen en sí mismas la posibilidad de ver hacia el pasado de la tradición paisajística. Pues, como constructo cultural, nuestra comprensión del paisaje se encuentra basada en una herencia continua de visualidades y descubrimientos superpuestos a lo largo de la historia. Empero, más allá de las referencias y gestos formales posibles de establecer con la cerámica venezolana, el artista plantea diálogos directos con diferentes momentos del arte, en obras como Ramo (homenaje a Georgia O’Keeffe) (2021) o Corazones (homenaje a Roberto Obregón) (2020). Puentes en los que se evidencian las genealogías estéticas y conceptuales derivadas de la naturaleza, y su decisiva presencia en la narrativa del arte más allá de lo local.

Finalmente, la continuidad de estos imaginarios orgánicos encuentra en la obra de David Molina-Molina una actualidad que no la aleja de un gesto ancestral y humano por excelencia: el de manipular y crear el paisaje con las manos. Un proceso en el que la naturaleza, en su existencia per se, parece estar esperando ser descubierta por algún explorador (o artista) para ser, así, llamada paisaje.


Fitoformas: la dimensión visible del paisaje, del artista venezolano David Molina-Molina, se presentó entre el 13 de noviembre de 2021 y el 13 de febrero de 2022 en Spazio Zero Galería, Avenida Casiquiare, Quinta Zero, Colinas de Bello Monte, Caracas

Manuel Vásquez-Ortega

Nace en Aragua, Venezuela, en 1994. Arquitecto por la Universidad de Los Andes (2018), en la que se desempeña actualmente como profesor del Dpto. de Materias Históricas y Humanísticas. Como investigador independiente de la ciudad venezolana contemporánea, sus procesos y dinámicas, ha desarrollado una serie de búsquedas en torno a lo social y lo político cuyos resultados han sido exhibidos en el I Salón "Arte y Sociedad" (Centro Cultural B.O.D. / Goethe Institute, 2018), 20º Salón Jóvenes con FIA (Maczul, 2017), 13º y 15º Salón Nacional de Jóvenes Artistas (Maczul, 2016-2018) y I Salón "Representación contemporánea de la imagen" (IV Festival Méridafoto, 2016). Así mismo, sus textos e inquietudes teóricas han sido publicadas en plataformas web como el Archivo de Fotografía Urbana, Prodavinci, Artishock, el Blog de La ONG, Tráfico Visual, entre otras revistas académicas internacionales. Desde 2017 se desempeña como Coordinador de Espacio Proyecto Libertad (@espacioplibertad)

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