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TANIA BEDRIÑANA. EL DERECHO A UN CUERPO

La obra de Tania Bedriñana (Lima, 1973) se compone de anatomías que ella fragmenta, les quita peso (corporal) y las hace levitar en el espacio o sobre el soporte de su elección, por medio de aguadas y pinceladas fantasmagóricas. Cuerpos blandos que, por frágiles, devienen enfermos, tristes o melancólicos, expuestos y vulnerables, asidos por memorias e historias personales.

En el conjunto de obras recientes que expone en la Galería del Paseo Lima, bajo el título Hablo un borde extraño, no nos enfrentamos a un relato de inmediata lectura o que pretende hilvanar una historia demasiado precisa sino, más bien, a ideas y sensaciones siempre en fuga, a un recorrido secuestrado por la infinita posibilidad de las formas y, por tanto, de la inagotable fuente de la imaginación.

Bedriñana nos invita inconscientemente a un ejercicio lúdico de identificación sin darnos muchas pistas, un juego en el que nos tienta a que advirtamos un quién es quién, sin más ni más, para finalmente descolocarnos con su constelación de personajes sin aparente edad, sexo, género o procedencia. Sin embargo, los suyos no son seres anónimos. Muchos encierran sus luchas y penas en esa identidad sugerida.

Es este carácter universal/indeterminado lo que precisamente logra conectarme con la misteriosa obra de Tania Bedriñana. Sus pinturas y cut-outs encierran incómodas experiencias de vida y muerte que inexorablemente nos atraviesan a todos, como cuerpos, mentes y espíritus sintientes.

Con motivo de la exposición en Del Paseo, intercambié algunas impresiones con la artista, que actualmente reside en Berlín, y cuyas recientes obras nacen de los afectos tras su viaje reciente al Perú.

Vista de la exposición “Hablo un borde extraño”, de Tania Bedriñana, en Galería del Paseo, Lima, 2021. Foto: Juan Pablo Murrugarra
Vista de la exposición “Hablo un borde extraño”, de Tania Bedriñana, en Galería del Paseo, Lima, 2021. Foto: Juan Pablo Murrugarra

Alejandra Villasmil: Para partir, me gustaría que nos hablaras de la incidencia de tu última visita a Perú en estas nuevas obras, la mayoría realizadas en los últimos dos años. ¿Qué de ese regreso a tu país se traduce en estos trabajos?

Tania Brediñana: Me sucedió algo al viajar por los Andes, al Valle Sagrado (Cusco), y es que el color saturado en la naturaleza y la luz intensa me entraron por la retina; sentí un cambio físico, un enorme alivio. “El cese de un gran sufrimiento, como cuando la campana de hierro se te quita de la cabeza”, como diría Marge Piercy, una poeta.

Al regresar a Berlín, esa cromática me quedó dentro y empecé a pintar en superficies, telas y papeles con pigmentos y emulsiones de gran transparencia y luminosidad, con gamas tenues de verdes, rosados, rojos, y con acentos de pigmento puro, de tizas pastel. El ductus al pintar metros de papel o tela era fluido, o acuoso, u oleoso.

Al mismo tiempo, surgió la pandemia, y empecé a pintar en mi cocina, a recortar siluetas de colores que luego colocaba en las ventanas y paredes. Uno de los recortes recientes en gran formato (Siéndose agua, 2021), expuesto en el segundo piso en la exposición, viene de ahí.

Volviendo a los Andes, son muchas experiencias sensoriales. Ver la vestimenta roja encendida de una comunidad indígena moverse a lo lejos como puntos pequeñitos, en contraste con la inmensidad verde, me hizo pensar que el color tenía también el sentido de poder verse a lo lejos, de reconocerse.   

Otro momento fue ver el reflejo de la luz del sol en las extensiones rosadas de sal, en Maras (Cusco), o haber estado dentro de una nube en las alturas, dentro del bus, y sentirme yo misma como “agua” o “vapor”.

Pero no todo es sensorial… el riesgo a diario de caer de las alturas, cualquier día inesperado en el transporte local, en un leve descuido, o ver niños jugando en los bordes de las carreteras, o completamente solos pasteando su ganado en horario escolar, en abandono, es algo que duele y contrasta también con aquello que en otros sitios del mundo es un derecho.

Hay algo biográfico también. Mi familia es de origen andino, mi abuela paterna fue campesina, de Ayacucho. Siempre supe que ella falleció cayendo al abismo de un camino serpentino en época de huaycos, acompañada de su nieta adolescente, pero recién me enteré en este último viaje que nunca pudieron encontrar su cuerpo. Lo buscaron por cinco años, pero el lodo se lo había llevado. En esos años yo nací.

Tania Bedriñana, Huérfanas. Cortesía: Galería del Paseo, Lima

Esa información me impresionó mucho e, inevitablemente, la relaciono a mi trabajo de años anteriores, a mis recortes y cuerpos que permanecen separados y se buscan entre sí en el espacio.

Con esta información, me ha parecido evidente que había una verdad en esa condición “inconclusa” o fragmentada, que además revela el espacio vacío del cuerpo que falta. O como dijera un autor berlinés (Gunter Reski) en un texto del 2007 sobre mi trabajo, es “la promesa entre el cuerpo y sus partes”. 

Y luego, algo que influyó también en mi trabajo reciente, y quizás en mi actitud ante la vida, es que antes de partir a Berlín fui una noche al Club Regional Cangallo (Ayacucho), de San Juan Lurigancho (un gran distrito migrante de Lima). Había concurso de bailes a música de arpa. El Club era un local de forma cuadrada, sin techo, con paredes y piso completamente blancos, una belleza de construcción, esfuerzo de los migrantes ayacuchanos en Lima. Algunas danzantes femeninas combinaban textiles en tonos pastel, y mientras bailaban llevaban el rostro cubierto con telas estampadas, todas telas sintéticas del contexto urbano. A mi modo de ver, era otra vez este acto de reafirmación a través de una estética del color que no se rinde, en contraste con aquel fondo blanco y luces fluorescentes. 

Luego del concurso comenzó la fiesta, y ver la fuerza y alegría conque las personas bailaban, sosteniendo sus manos al bailar, en círculos concéntricos y ondas, me hizo pensar en la fuerza de mi país, en cómo la población originaria del Perú que migra a la ciudad consigue con esa energía tener su ciudadanía –claro, que es legalmente dada, pero socialmente negada-, contra toda adversidad, en una ciudad como Lima, que ha conservado desde la colonia una deformación racista grave.

La población andina baila, así como la hemos visto batallar en las elecciones presidenciales recientes de mi país. Esta población, pienso yo, está esperando su momento para volver a unir todas sus partes, en empatía. No es solo un tema estético, es un tema de sobrevivencia.

Tania Bedriñana, Andes. Cortesía: Galería del Paseo, Lima

AV: La representación del cuerpo es el eje central de tu obra. Siendo la figuración y la exploración de la figura humana géneros de representación desde nuestra toma de conciencia en este mundo, ¿desde dónde te enfrentas a esto? ¿Qué buscas en la representación de lo humano, en tanto cuerpo?

TB: La representación del cuerpo –y, más precisamente, la del cuerpo de mujeres- es algo que existe en mi vida desde mi infancia. Las páginas (que aún conservo) de esa época están llenas de niñas y mujeres conversando, caminando, haciendo algo, pintadas en lápices de colores.

Sin embargo, yendo directo a tu pregunta, lo que busco es una intensidad que necesito para vivir.  Porque detrás hay un “reclamo”, algo así como el derecho a “un cuerpo”. Es un aspecto que me mencionó Miguel López, curador de la muestra, en una conversación.

Yo pienso que es sentir -sentirme- en varios cuerpos, míos y ajenos, moverme a través de ellos, salir de los bordes de mi propio cuerpo físico, porque quizás hay una tensión muy alta dentro mío, una cierta angustia o carga, que puede ser quizás algo violento, o algo que danza, o que se alegra de pronto, o que aparece sutilmente en las paredes, algo sublime, que no sabría denominar, pero es un devaneo casi, apenas perceptible, como un desaparecer. Tiene algo muy placentero poder ir y venir entre esas sensaciones y verlas en los cuerpos que pinto o que recorto, verlos desplazarse en las paredes o emerger en las telas.

Y luego, hay esta dialéctica entre cortar, separar y volver a juntar. Y en ese espacio vacío aparecen otras partes de otros cuerpos. Una cuestión mental, asociativa. Y a veces sucede que, en un momento, de pronto, se encuentran las partes; en un “sentir”, se miran, o me miran, se abrazan o se emancipan, se tocan con la punta de los dedos, o se tocan la cabeza, o los ojos. Creo que por esto un autor (Harm Lux) al escribir sobre mi trabajo tituló su texto Sobre islas y empatías. En este proceso de clavar, o engrapar en la pared mientras distribuyo las piezas de acuerdo a emociones, van quedando huellas visibles de los desplazamientos en la pared, se ven los huecos de los clavos, marcas de lápiz.

Tania Bedriñana, Pecas. Cortesía: Galería del Paseo, Lima

AV: El cuerpo es diseccionado, está presentado en partes que se doblan o flotan livianas en el espacio, teniendo la cabeza un innegable protagonismo. Cuando colocas esas frágiles pinturas sobre papel de cabezas recortadas en estos dispositivos de exhibición les otorgas un carácter escultural, casi como un busto -otro género de representación clásica. Es como dar corporeidad a esas cabezas de papeles. ¿Nos cuentas de esta decisión de presentación o display?

TB: Sí, creo que hay un sino en mi trabajo artístico con lo inconcluso, o más bien, visto de otro modo, con lo que es visible en el vacío, con la espacialidad. Lo que se dice y lo que no se dice. La relación con un busto clásico es una asociación también, pero en realidad yo asocio mi trabajo más con aquellas paredes en alto relieve de las culturas precolombinas, donde (me imagino) habrá sido la vida cotidiana, una donde las paredes nos rodeaban y “tocaban” por la espalda con sus partes salidas en alto relieve, o sus personajes nos miraban, nos contaban permanentemente algo.

La vida contemporánea nos otorga paredes lisas y la mirada occidental de la línea de horizonte, a diferencia de los antiguos peruanos, que tenían un sentido de espacialidad muy elevada, que dibujaban en áreas inmensas de terreno y geografía, como en Nazca por ejemplo, en dimensiones insospechadas para nosotros hoy en día.

Aparte de eso, ahora con el paso del tiempo aprecio en mi trabajo cierta rebelión, de forma inconsciente, a todo lo “fijo” o “terminado”. Siempre, aún en los lienzos, aparece una efimeralidad o ese algo “que se escapa”. Es el título que Miguel López le puso al texto que acompaña la muestra, y que es el resultado de varias conversaciones extensas: Escapar de la captura.  En las conversaciones con él, la palabra “fuga” ha estado presente desde un inicio, hasta llegar a aspectos más profundos como los bordes sicológicos, la normalidad, las líneas delgadas y movedizas de las condiciones humanas, el estigma o lo personal.

Buscando escritos, encontré una frase de Lyotard que anoté hace algún tiempo, sobre la fragmentación como criticismo, acto de subversiva fragilidad, contra todo clamor ante lo totalitario. Y pienso que sí, que ese espíritu ha estado siempre presente en mi trabajo, desde que estudiaba pintura en los 90 en Lima, en un medio tan conservador con estéticas modernistas que se impartían como método y criterio de valoración, y en medio de convenciones sociales como las que persisten hoy día. Eso es algo a lo que no me podía afiliar y a lo que de alguna manera nunca me adapté. Y probablemente por eso me fui.

Quizás eso mío no adaptativo marcó también ese “intento” que menciona Miguel en su texto, y que no ha estado nunca antes en textos de ningún otro autor: “Antes que un síntoma de padecimientos o malestares, su obra es una operación de desencaje de las rígidas normas que dicen interpretar ciertas formas y conductas como averiadas. Bedriñana parece intentar enseñarnos a sentir cuerpos-bordes en un mundo que castiga la desviación y en una sociedad obsesionada por medir constantemente nuestros índices de ‘normalidad’ a través de pequeñas palabras o gestos cotidianos”.

Tania Bedriñana, Still (silencio). Cortesía: Galería del Paseo

AV: Hay una indefinición en tus representaciones que intrigan. Desde una fisonomía austera, rasgos biológicos vagos o inexistentes, que hace del sujeto indescifrable, hasta las mismas cuencas de los ojos en esos rostros o las manchas que los sugieren, que a ratos delimitan, pero no sentencian ni nombran. ¿De dónde viene tu interés por ese sujeto anónimo?

TB: No sé si los llamaría anónimos, porque creo que yo si los conozco bien. Algunas veces reconozco rasgos de mi familia en los rostros, o a otras personas. Quizás son existencias que representan una condición, más que rasgos de personas específicas. Aunque algunas son cabezas de mis hermanos, por ejemplo.

Hay algo también personal, y es que tengo una familia numerosa y mi abuela materna y mi mamá tenían una forma de narrar lo que les acontecía y recordar a las personas de su vida, algunas que habían dejado atrás, en la provincia, de forma tan vívida que hasta me parece haberlas conocido. Como con mi tía abuela que falleció muy joven, de asfixia. Las mujeres de aquella casa en Huamachuco (sierra Norte del Perú) encontraron -decía mi abuela- dos muñecas escondidas con retazos de su ropa y una hierba espinosa enredada en el cuello con el retrato de mi tía. Por querer salvarla se equivocaron y, en lugar de desenredar la hierba, incendiaron las muñecas pensando anular el hechizo, y mi tía murió.

La historia, cruda y real, de lo que le aconteció la he ido escuchando por pedazos. Hasta hace poco terminé de hilarla. Casualmente, fue un hombre de la familia quien me lo contó. Aquello fue (además del hechizo, por supuesto) algo que les sucede a tantas mujeres adolescentes en el Perú. Una de las violencias más antiguas y que las mujeres en el Perú respiramos ya en la infancia; está en el aire. Y no será solo por eso, pero muchos de los rostros son de niñas y adolescentes, a las que les ha pasado algo, pero no se olvidan y te miran de frente.

A la izq.: N.N; a la der: Adios. Vista de la exposición “Hablo un borde extraño”, de Tania Bedriñana, en Galería del Paseo, Lima, 2021. Foto: Juan Pablo Murrugarra

En la instalación de cabezas en Hablo un borde extraño, en realidad son cabezas que provienen originalmente de otros grupos de trabajo. Algunas tenían al inicio sus cuerpos, o eran parte central de todo un ensamblaje, pero su estadía “final”, con el paso del tiempo, ha sido este tipo de presentación, como testigos de cosas que han pasado.

Así también está N.N, que es un rostro de una mujer quemado, por un lado, y pintado también por el envés.  Es alguien de color percudido, con manchas que parecen oxido, como el paso del tiempo.

Ese “volver a aparecer” y combinarse con otro grupo de trabajos, en otro contexto, en otra temporalidad incluso, es algo que sucedió claramente en mi muestra en el Museo de San Marcos (2019-2020), donde presenté cerca de 12 grupos de trabajos instalativos hechos entre 2002 y 2008 en Berlín, y unos recientes de 2019.

Lo de colocar pupilas o no, depende de algo que ni yo misma se; yo miro mucho a mis personajes cuando pinto, y viceversa. Hay personajes femeninos míos que son volátiles, o expresan alguna rabia, o que te van a susurrar algo al oído; algunas tienen tajos en lugar de ojos, o ningún ojo, y a pesar de ello miran.

Tania Bedriñana, Piedras y flores. Cortesía: Galería del Paseo, Lima

AV: Toda tu obra está atravesada por una suerte de existencialismo. Y cada vez más, este se manifiesta en composiciones muy simples –estéticamente hablando-, hasta el punto que has dejado a la mancha, al trazo, “ser”. Ser en sí mismo como gesto pictórico. Me refiero a esto a propósito de trabajos donde ya solo se sugiere la pincelada para construir un paisaje, o la sombra y el contorno en el caso de los rostros.

TB: Las presencias a veces aparecen al empezar a pintar, como una mancha que ya es alguien. Hasta hace no mucho, cuando pintaba al óleo sobre lienzo (eso no me ocurre con el papel), lo hacía siempre con una vehemencia, en un ir y venir donde espacio y figuración se fusionaban, o sus bordes y contornos quedaban casi imperceptibles, o al revés, el espacio se cargaba de pasta y oscurecía quedando la luz detrás solo en la figura, completamente aislada, casi hasta la aniquilación. O se separaban definitivamente, físicamente, llegando a cortar la tela. A veces, en un acto restaurativo, los volvía a pegar en otra tela, o tapizaba con ellas las paredes, para seguir pintando. Era un proceso de tensión y de conflicto también. Sé que había algo insoportable ahí para mí que se manifestaba, pero al final ver las huellas de ese proceso en el trabajo sí me gustaba mucho; tenía muchísimas capas. Es quizás eso que se subleva y que lleva también a algo destructivo, que se transforma en materia.

En esta última fase de trabajos pintados con emulsiones y pigmentos sucede que van más directo al lugar del origen, a la mancha pictórica misma, y desde una liviandad, además de la luz del color. Algunas personas han mencionado al visitar la muestra la sensación de “sanación”.

Hay un sentir, sí, que sí es existencial. Como que el conflicto, así como lo conocía, digamos, si fuera una piedra, es una que de pronto se quebró, y creo que fue en este último viaje al Perú. Siento que descubrí algo, como cuando dicen que se puede cortar una piedra con un hilo de agua… algo así. Y hay cierta fascinación con eso, también en pintar con un pedazo de tiza simplemente sobre la tela cruda, con el fluido más antiguo, la cola de conejo caliente.

Lo que permanece es el momento de ver y contemplar las manchas o trazos en las telas y el reconocer qué es, o quién es. Es este fenómeno, que también ha sido tematizado por otra autora, Marie Christine Jadi, el momento en que la imagen emerge de la superficie y sustancia pictórica, y que no es resultado de estrategia ni conceptos. También se relaciona a algo similar al abandonarse y perderse, como la inmersión a la que tienen acceso los niños en el juego infantil (lo cual es algo muy serio y, en su momento, el juego es una verdad).

Con las dos cosas se trabaja, con lo excesivo, con lo liviano. Hay por eso en la muestra un cuadro de esa época, Piedras y flores, con esa carga cuya luz sale más de lo descascarado que de lo pintado.

Tania Bedriñana, Sin título. Cortesía: Galería del Paseo, Lima

AV: Intuyo que sobre tu mesa de trabajo y sobre el piso hay un desorden de papeles pintados, que vas trabajando casi en simultáneo, unos medios acabados, o vas reciclando cosas viejas para trabajar sobre ellas o tomar nuevos aires a partir de ellas. ¿Cómo es la vida en el taller?

TB: El espacio arquitectónico influye mucho en mi trabajo. Por más de siete años trabajé en un estudio poligonal en Berlín. Por mi ventana se salía al techo. Había sido una fábrica de autos en el límite entre Este y Oeste de Berlín, convertida en un centro de talleres de arte contemporáneo (Flutgraben e.V). En ese espacio, con tanta pared alrededor, huellas y luz directa, desarrollé muchos de mis trabajos en papel. Podía escarbar en la pared, ya que era una pared blanda, un espacio derruido y en mucha soledad.

Toda la pared estaba cubierta permanentemente con la obra, del piso al techo, creando narrativas, ensamblajes. Buscaba lugares similares para exponer, a veces lejos del centro de la ciudad, ahí donde aún no había circulación de la escena artística. Muchos de esos trabajos se pudieron ver en la muestra del Museo de San Marcos (Cortar el aire / Recorte contemporáneo, 2019).

Al pasar a otro taller, en el Centro Cultural Bethanien de Berlín, un espacio muy grande, de pronto desapareció el uso de las esquinas, ya que no las podía alcanzar fácilmente en mi dimensión.

Ahí tengo una pared muy larga y techos muy altos, de casi cinco metros, así que bueno, es otra sensación. El espacio vacío, el volumen del taller se volvió importante. Creo que por eso, por ejemplo, empecé a hacer esculturas en cerámica que son muy pequeñas en dimensión, pero que irradian algo que requieren mucho espacio alrededor. Como si la mitad del taller lejos de los ventanales fuera una sombra que acompaña al lado, algo inquietante… así lo siento.

Ahora cuelgo todos mis cuadros a la vez y los trabajo de forma simultánea, colgados en la pared larga, como si fueran un gran textil que se hubiera desdoblado. A veces, claro, saco todo y dejo vacío para ver piezas aisladas del resto. O saco todo al pasadizo también, para cambiar mi percepción.

Tania Bedriñana, Siéndose Agua. Vista de la exposición “Hablo un borde extraño”, Galería del Paseo, Lima, 2021. Foto: Juan Pablo Murrugarra

Hay una cualidad también de mis trabajos, sobre todo en papel, de que cada elemento tiene, por su forma de estar pintado, una propia autonomía, una carga emotiva y pictórica en cada elemento que hace que se sostengan solos, y hay, al mismo tiempo, algo que hace que tengan la posibilidad de asociarse a otros perfectamente, como si algo fluyera, algo efímero, que se desplaza y salta de uno a otro… La liviandad quizás, y los une el blanco de la pared.

Sobre mis días de taller, suelo necesitar mucho silencio, muchísimas horas. Hay días de decisiones y velocidad, y hay días donde me inunda todo y quizás apenas alcanzo a dar dos veladuras de color, o a ordenar, reformular. Cambio seguido las cosas de lugar. Ahora últimamente siento la necesidad de una mesa rodante que tenga todo el material de pintura en cajones, para poder desplazarme en círculo… eso vengo pensando. O un sistema para colgar, para poder trabajar más fácilmente mis recortes que van en el aire, como el de la muestra. También pienso que me gustaría ir por un tiempo a pintar en otro sitio, con otra luz.

Sobre reciclar, en realidad no intervengo piezas anteriores, que ya tienen una carga, una identidad; los recortes los reorganizo, pero no los repinto. Aunque con los lienzos sí me pasa eso; es un poco peligroso dejarlos en el taller a la vista, más si hay un personaje dentro. La percepción cambia muy rápido y en una de esas una quiere darle un ligero cambio y todo se mueve, o es un poco insoportable verlos ahí. Eso es un misterio: por qué se cierra un cuadro, o cuándo se abre de nuevo para seguir. Creo que les pasa a muchos pintores. Incluso, a veces, tenso y destenso telas para aumentar algo, o pegarles soporte por detrás, algo duro para poder seguir pintando si se ha soltado un poco la tela, en fin… es una relación con el soporte y es algo completamente corporal. Se trata de esa tensión entre lo tridimensional, lo que se puede tocar y tener entre las manos, y lo bidimensional, que no se puede agarrar, solo tocar con la mirada para ingresar al cuerpo de otra manera.

Vista de la exposición “Hablo un borde extraño”, de Tania Bedriñana, en Galería del Paseo, Lima, 2021. Foto: Juan Pablo Murrugarra
Tania Bedriñana, Parque. Cortesía: Galería del Paseo, Lima

Hablo un borde extraño, de Tania Bedriñana, se presenta desde el 22 de septiembre al 30 de octubre en Galería del Paseo Lima, Calle General Borgoño 770, Miraflores. Curaduría: Miguel A. López

Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es Directora y Fundadora de Artishock. Licenciada en Comunicación Social, mención audiovisual, por la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela, 1994), con formación libre en arte contemporáneo (teoría y práctica) en escuelas de Nueva York (1997-2007). En Nueva York trabajó como corresponsal sénior para la revista Arte al Día International (2004-2007) y como corresponsal de Cultura de la agencia española de noticias EFE (2002-2007). En Chile fue encargada de prensa y difusión para el Museo de Artes Visuales (MAVI), Galería Gabriela Mistral, Galería Moro y la Bienal de Video y Artes Mediales.

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