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ARTISTA, DEMASIADO ARTISTA*

Por Patrick Hamilton

“Todo lo que es profundo ama la máscara”.
Friedrich Nietzsche

“El profe”

Uno de los tantos ejemplos de las neurosis que compartíamos con Machuca era la puntualidad. Machuca solía llegar veinte o treinta minutos antes a la sala de clases para “organizarla”. Lo recuerdo perfectamente cuando fui su alumno en el curso de Historia del Arte en la Universidad ARCIS, en el año 1994. A la emblemática sede de Huérfanos 1710, pintada en dos tonos de lila y a pocos metros de la Basílica del Salvador, Machuca siempre llegaba temprano. Se lo solía ver en la oficina de Fernando Undurraga, en la casona de la entrada, o paseando con un café por los patios brutalistas del edificio adjunto diseñado por Fernando Castillo Velasco. Machuca era parte de esa fauna del ARCIS de mediados de los noventa que a mí se me hacía parecida a la del ambiente under e intelectual de Berlín, aunque por ese entonces yo nunca había estado en Berlín. En ese espacio universitario había una mezcla muy potente de new waves, punks, postpunks, artesas y metaleros que se paseaban con el clásico libro de Hegel, Benjamin o Derrida bajo el brazo. Mucho tatuaje, mucho pelo de colores, mucho piercing, mucho retornado del exilio que acarreaba un tufillo a izquierda europeizante que coexistía con los restos de un hipismo de morral en el que se entremezclaban lecturas del tipo Eduardo Galeano con la Escuela de Frankfurt. Machuca era más bien del estilo new wave intelectual: camisa abotonada hasta arriba, gafas redondas, bototos negros, maletín de cuero. Su postura corporal era siempre calculada, siempre construida, nada de improvisaciones.

–¿Qué haces aquí tan temprano?, me preguntó.
–No, es que me carga andar corriendo. ¿Y usted, profesor?
–No me trates de usted –respondió–. Es que hay que organizar la sala.

“Organizar la sala” consistía en ordenar de forma reticular las sillas con mesas y, por sobre todo, poner las diapositivas en el carrusel de la clásica proyectora marca Kodak de la época. Allí, una a una, Machuca iba metiendo meticulosamente las imágenes extraídas de su maletín. Iban desde las cavernas de Lascoaux, la Victoria Samotracia, los foros romanos, el Jardín de las Delicias de El Bosco, el Éxtasis de Santa Teresa de Bernini y El origen del mundo, de Courbet, hasta el Picasso del cubismo analítico y sintético. Comenzaba la clase y Machuca siempre rompía el hielo haciendo un comentario sobre algún tema que estuviera en la palestra –política, fútbol, farándula– o lanzaba alguna advertencia con un dejo de sorna, escudándose en algún autor: “Como decía Navokov: quédense en silencio, tomen apuntes y si van a preguntar, por favor háganlo sin hacer alarde de vuestra ignorancia”.

Machuca era un performer, sus clases eran como una actuación perfectamente calculada y controlada. Su relación con la máquina de diapositivas era como una coreografía de sonidos: al disparo del carrusel le seguía una ráfaga de palabras, conceptos y anécdotas que eran la forma que él tenía, entre fonética y conceptual, de explicar cada imagen, cada obra y cada capítulo de la Historia del Arte.

Como decía, en esa época Machuca enseñaba TODA la Historia del Arte. Algo que con los años me ha parecido una perfecta locura, pero que en ese momento lo veía como normal. Desde las pinturas rupestres hasta la Transvanguardia italiana en cuatro semestres y por el mismo profesor. Heinrich Wölfflin, Arnold Hauser, Wilhelm Worringer, Pierre Francastel, Guido Carlo Argán, Erwin Panofski, Ernst Gombrich, Ernst Fischer, Nikos Stangos, Mario de Michelli, Simón Marchan Fiz, Clement Greenberg, Pierre Restany, Rosalind Krause, Hal Foster, eran los autores de base para estos cursos, matizados con obras literarias, escenas de películas, frases atribuidas a Nietzsche, Bataille, Artaud, Barthes o Couve, más otras de su propia cosecha.

Alguna vez le pregunté de manera capciosa si había visto en vivo Las meninas de Velázquez o Los embajadores de Holbein, u otra de las centenares de obras maestras de las que hablaba y nos daba cátedra. Me dijo: “Paaatrick, tú siempre con el afuera. ¿Qué importa, viejo?” Años después, si mal no recuerdo por el 97 o 98, fue invitado a París en reemplazo de Francisco Brugnoli, como parte de las gestiones para traer la colección del Museo de Rochechouart al Museo de Arte Contemporáneo. Cuando regresó le pregunté cómo le había ido.

–Espectacularrr, me pusieron una traductora simpática, fuimos al Louvre y tanto a ella como a la guía las dejé con la boca abierta.

 –Ah sí, ¿por qué?, le pregunté.

–Porque entramos al museo y no podían creer que yo conociera todas las obras; sabía más que las dos, ¡así que el tour por la colección lo di yo!

Machuca era ante todo un narrador, le gustaba la historia por lo mismo: por su gran capacidad de memoria y su facilidad para ficcionar e inventar, para poner en tensión siempre la relación entre lo que era un hecho, un dato, un documento y su interpretación. Machuca veía la historia al modo borgiano, como un género literario, y además rehuía la “verdad”, las categorías establecidas, el relato unitario y lineal, el sentido único, por lo tanto estaba siempre abierto al fragmento, la anécdota, a lo obtuso, lo anómalo y heterodoxo.

Esta, que era su forma de hacer clases, pronto la trasladó a la escritura. Pasó, eso sí, por un periodo de “oscurantismo” post estructuralista donde prácticamente no se entendía ni él mismo. Luego llegó a una forma de enfrentar la escritura donde buscaba más transparencia y ser más ameno, sin caer en la banalidad. Este giro me lo contó muchas veces, también el porqué de la adopción de una escritura pseudo aforística o de parágrafos, muy influenciada, evidentemente, por Nietzsche, sin duda su autor favorito, cuyo pensamiento y escritura se transformaron en una suerte de ethos para él. Yo le decía: “Huevón, te da lata escribir un texto de corrido, un ensayo largo”, y él me respondía: “Es que vos no cachai, viejo, el aforismo responde a un pensamiento condensado, más puntudo y más poético”. Escribió, desde entonces, una gran cantidad de textos utilizando el sistema de párrafos separados con números romanos y que en los últimos años fue exacerbando, desde mi punto de vista, hacia giros metafóricos y el uso de imágenes rayanas en lo alucinatorio.

Al profesor Machuca le cargaba que le dijeran “profe”. Sencillamente no lo soportaba, el diminutivo lo irritaba y aunque tenía muy buen sentido del humor, si algo le cargaba era esa cosa media blanda, distensa y pajera que caracteriza a un número importante de estudiantes de Arte. De hecho, siempre decía que cuando hacía clases en Ingeniería o Derecho los alumnos eran infinitamente mejores; que tomaban apuntes, que hacían preguntas con sentido, muchas veces puntudas. En cambio la gallada de las escuelas de Arte oscilaba entre “los lechuguinos”, “los orcos” y “las excepciones”, que finalmente eran las y los estudiantes con los que establecía relaciones. Relaciones, hay que decir, en las que Machuca se mostraba de forma totalmente horizontal, siempre llevando el temario y la conversación, pero jamás siendo soberbio ni tampoco estableciendo una jerarquía desagradable. Todo esto sucedía en los extrarradios de la universidad. Machuca desde siempre, y esto también me consta, hizo de restoranes y bares una extensión del aula. Con la misma convicción que no creía realmente posible enseñar a alguien a ser artista y que sacar un título universitario en estas cuestiones era parte de un engaño cómplice y compartido, así despreciaba profundamente la solemnidad de la academia y sus entramados de poder y burocracias.

Los Chinos Gay

–Aló, aló (tos), ¿Paaatrickkk?
–Hola Machuca, ¿cómo estás?
–Bien. Eeeh, te llamo porque ando cerca de tu taller y te quiero mostrar unos textos que estoy escribiendo.
–Dale, ¿dónde vas a almorzar?
–No sé, ¿dónde la “hermana de Mellado”, en el Torremolinos? ¿O en los Chinos Gay?
–Dale, juntémonos en los Chinos Gay a las 2:00.
–Igual más temprano, estoy libre, ya que tenía un examen en la universidad y dejé al ayudante.
–Ok, 1:30 estoy allí. Nos vemos.

A la una y media en punto subí por la escalera de los Chinos Gay y Machuca estaba sentado en la mesa de siempre, donde desde mediados de los años noventa solíamos almorzar o cenar cada tanto. El apodo de este clásico restaurante de comida china del Parque Forestal lo había popularizado Pedro Lemebel en una crónica del año 2003 titulada “Asalto en los Chinos Gay”, publicado en The Clinic. De comida regular y precios bajos, este rincón se transformó desde fines de los años ochenta en un sitio frecuentado por la comunidad gay del barrio en tanto era un lugar tranquilo, oscuro y barato, que con los años, y producto de la gentrificación del sector, se fue transformando en un espacio por donde circulaban escritores, actores, activistas, miembros de la comunidad LGTBI, feministas, artistas, intelectuales y uno que otro hipster abajista, como le gustaba decir a Machuca.

Sobre la mesa, Machuca había desplegado una serie de diarios y recortes, ya iba por su segundo vodka tónica y redactaba unas notas sobre un block de apuntes con hojas color amarillo. Aparte del The Clinic de turno, estaba allí alguna revista sobre razas de perros y el periódico Las Ultimas Noticias, pues era fan de la sección de columnas donde escribían Roberto Merino, Leonardo Sanhueza, Marcelo Mellado, Neil Davidson, Antonio Gil, así como también de las páginas de farándula, donde aparecían personajes como la “Porotito verde”, de quién decía había sido su profesor.

 “Lee aquí”, me dijo, haciendo una gesto con el dedo y mirándome con las gafas a punto de caer de la nariz en un intento por esquivar la miopía. Me puso en frente una columna de no recuerdo quién y me empezó a explicar las bondades de la crónica y otros géneros considerados menores dentro de la literatura, como los aforismos, las semblanzas y los epitafios. Sin darme cuenta, Machuca me estaba dando clases entre wantanes, pollos chitén y vodka tónica.

Aunque Machuca se ganó la vida como profesor universitario durante treinta años, no había nada que le disgustara más que el ambiente académico y sus ritos. Odiaba la carrera académica, se reía de la supuesta autoridad de los posgrados como certificación de conocimiento y era totalmente refractario al sistema de puntaciones de la revistas indexadas, los papers y la producción de escritura asociada. Por el contrario, Machuca hasta el final circuló por los márgenes de la academia y de la universidad. Fue un personaje incomprendido y atacado por lo mismo. Las instituciones académicas absolutamente mercantilizadas han ido creando unos protocolos que para un sujeto desapegado como Machuca eran “demasiado”. Su escritura y su humor eran en parte la manera que tenía de “rebajar” esa solemnidad y seriedad de la academia al uso, y de allí provenía su infatigable labor como pelador, sarcástico, chismoso y de prolífico ponedor de sobrenombres. Pero, aunque más de alguien se enojó con Machuca y le dejó de hablar por años, hay que decir que en sus “análisis” no había resentimiento ni envidia y que la “maldad” que emanaban se relacionaba más bien con los efectos de su humor negro y su fascinación por los escritores malditos y espíritus provocadores. Nada más alejado de Machuca que la lucha por el poder, cosa que muchos pelotudos, “espíritus miserables”, como los llamaba, nunca entendieron. Como decía, Machuca andaba siempre con un block de apuntes, ya que escribía en cualquier sitio, en especial, cafés, schoperías y restaurantes como el chino antes mencionado.

–Deja que te lea algo.
–¿Qué estás escribiendo?
–Nooo, unos epitafios.
–¿Se murió alguien?
–No huevón, estoy experimentado, ¿no sabes que es una tradición que viene de Grecia y Roma?

Lector atento del libro de Caracteres de Teofrasto, los fragmentos que siguen contienen ese análisis de la moralidad y los vicios de las conductas en las que a Machuca tanto le gustaba escudriñar.

–Además, hay una serie de sujetos que se merecen uno, pero en buena, son huevones que me inspiran, artistas ONG, tránsfugas, curadores notarios. Escucha:

Armando Lagos

“Artista aspirante a tenerlo todo, te quedaste sin nada; tu avidez y cobardía son equivalentes a tu caída, Armando, artista de saldos y rebajas, te recordaremos como lo que fuiste: un fariseo sin complejos, un orgulloso miserable”.

Calixto Núñez

“Tu ambición desmedida excedía tu tamaño corporal de reptil sobreviviente de una glaciación lejana. Calixto, hiciste de tu falta total de talento tu mejor arma; un arma cargada de envidia y traición. Ni artista, ni curador, ni profesor, ni gestor, ni político, te recordaremos a ti, pusilánime adulador, como el más grande felador del arte chileno. Tus amigos ríen frente a tu tumba por última vez”.

Ricardo Palacios

“Historiador de poca monta, curador de poca monta, profesor de poca monta, tu silueta de Míster Músculo de circo de provincia te dejó inexorablemente indefenso frente al mundo. Ricardo, nunca superaste tu mediocridad, tu chatura. Candidato a buena gente, terminaste como un servil enfermero de artistas y poetas mayores, colgándote impúdicamente de sus sillas de ruedas. Te recordaremos como lo que fuiste, un majadero. Tus amigos te perdonamos de antemano”.

Hernando Plaza

“Artista ONG por antonomasia, tu ramplonería y superficialidad son solo superadas por tu oportunismo; en mala, te digo, hijo ilustre de la banalidad y el buenismo, Hernando el descafeinado, serás recordado como lo que fuiste: un farsante, un hipócrita y un repugnante mediocre”.

Ni pensador ni artista

A Machuca le encantaba ir a inauguraciones. Eran situaciones en las que normalmente había mucha gente y él podía sumergirse en la masa y observar impunemente a su alrededor, acompañado de su maletín, una copa en la mano más el o la ayudante, alumno o amiga de turno. Era un gran conversador, un observador muy agudo que tenía sus protocolos para dichos eventos. Por ejemplo, no opinaba sobre lo expuesto; las inauguraciones eran para ver gente, no arte, y además decía que para hacer un comentario o emitir un juicio con sentido y coherencia se necesitaba tiempo. Esto de la rapidez, la opinión en la punta de la lengua, el prejuicio a flor de piel, tan frecuentes en el medio del arte chileno, eran actitudes que no soportaba. Machuca era más bien de los que rumiaba y te iba soltando, cuando él estimaba, algún juicio, pero nada de presiones.

Machuca era un tímido sociable. La inauguración y las mesas en restaurantes post inauguración eran los espacios donde desplegaba esa forma que tenía de ir enredando en un tema al que estaba al lado y alargar la noche entre copas, anécdotas y pelambres. La inauguración podía ser de Gonzalo Díaz, por ejemplo, pero en vez de hablar y analizar lo expuesto, algo que era costumbre en dichas escenas, el estaba obsesionado hablando de Bielsa, de sus tácticas futbolísticas, de su forma de entrenar, de su forma de hablar y de cómo se necesitaban “Bielsas” en el arte chileno. Es decir, estaba constantemente desviando el foco, haciendo fintas, piruetas, a la vez que alegorías y comparaciones con el medio del arte. Al mismo tiempo, ponía y dejaba escapar algún sobrenombre, como una forma también de desdramatizar la escena de la inauguración, muchas veces solemne, donde abundan rictus de comprensión, decodificación y pensamiento profundo frente a la obra expuesta. No digo con esto que Machuca no se tomara en serio la producción artística, por el contrario, se la tomaba tan en serio que tenía por costumbre rebajar y desacralizar los rituales sociales asociados para luego tener un encuentro quizás más íntimo, si me permiten la cursilería, con la obra.

En su texto “Ni pensador ni artista”, Machuca expone justamente varias de estas cuestiones. El texto parte con un chiste inventado por él, que refiere a una escena en una inauguración, con sus ritos y solemnidades, donde la obra exhibida carece de toda gracia: es pobre visual y conceptualmente. Ni buena factura, ni buena fundamentación teórica, mientras el artista balbucea frente a las preguntas de un espectador curioso. Lo expuesto en este breve texto –una suerte de constante en la producción de arte chileno contemporáneo, donde muchas veces hay un exceso de discurso supuestamente inteligente y a la vez una carencia enorme de consistencia en la formalización– fue una suerte de obsesión para Machuca. Lo veía claramente en la enseñanza universitaria del arte, donde la impostura de una suerte de tradición local de arte conceptual chocaba de frente con la pobre enseñanza de los oficios, de las artes plásticas en el sentido más literal del término. Existía, para Machuca, una sobre teorización de las obras, muchas veces arropada con textos de carácter filosófico, frente a objetos que estaban lejos de conmover, mal hechos y sobrecargados de referencias locales e internacionales.

Todo esto en un sector específico de la producción local de arte y escritura. Tal como comentábamos, a Machuca se le daba muy bien inventar categorías y poner nombres sarcásticos para referirse a grupos humanos o personas en particular. Identificaba varios sectores dentro del arte chileno, así como subcategorías de producción artística. Según él, en el ecosistema de las artes visuales en Santiago existen tres tipos principales de circuitos artísticos que definen prácticas y actitudes frente a la producción, así como, frente a la sociedad y la vida, por así decir.

En primer lugar están los artistas “neo conceptuales”, vinculados en su gran mayoría a la academia. Son artistas-profesores que postulan al Fondart y que oscilan entre algunas galerías de Vitacura y el circuito institucional de museos, centros de arte y galerías del centro. Luego están los que él denominaba artistas “alternativos”, que son en su mayoría pintores, más relajados, reventados, descreídos y vinculados al mundo de la música y la moda. Por último está el sector que denominaba como “artistas cuicos”, que son los pintores y escultores más tradicionales del sector Alonso de Córdova, vinculados a la clase política y empresarial, tienen sendas casas en la playa y jamás han pedido un Fondart. Dentro de estos grupos, Machuca identificaba a “La hermandad del sobaco”, “Los cuicos resentidos”, “Los lechuguinos”, “Mazapánicos”, “Mapuchólogos” y un largo etcétera que daría para un glosario.

Machuca circulaba y oscilaba por todos estos sectores y circuitos, en este sentido era un sujeto rayano en la ubicuidad. Le gustaba ir a regiones a dictar cursos y conferencias -“son más atentos y agradecidos”, decía. Se relacionaba con todo tipo de artistas, de viejos a jóvenes, desde consagrados hasta estudiantes que lo acompañaban y lo invitaban a pasar la tarde a su taller. Tenía una experiencia en terreno sin igual, sin parangón en el arte chileno, me atrevo a decir. Machuca tenía mucha calle y le gustaba el contacto personal, directo y con tiempo, con mucho tiempo. Todo esto en un época en que la maldita digitalización iba ganando terreno en las relaciones interpersonales, lo que se ha acrecentado con la pandemia, y ha terminado por triturar el modo machuquiano de relacionarse con el arte y con la vida. Época, la nuestra, en que la gente se dice las cosas por Facebook y otras redes sociales y donde la moralina, los esencialismos y fundamentalismos campean sin contrapeso. Redes llenas de “convencidos” y de “esclavos de la consigna”, como dice otro amigo.

–¿Sabes qué es lo propio de la actitud trágica, según Nietzsche? –me preguntó–. No buscar consuelo ni ninguna seguridad frente al sin sentido del mundo.

Machuca murió, creo yo, reivindicando, entre otras, esa actitud.


*Este texto fue escrito para formar parte del libro homenaje a Guillermo Machuca que será publicado próximamente por el Departamento de Teoría de las Artes de la Universidad de Chile.

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