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UNA EXPOSICIÓN SIN PÚBLICO. LOCAL ARTE CONTEMPORÁNEO Y LAS PRÁCTICAS CLANDESTINAS DE LA PRESENCIA

En este último año de silencio aparente, Local Arte Contemporáneo generó un proyecto de larga duración en el que el trabajo de un grupo de artistas se fue sucediendo y traslapando dentro de nuestro espacio, cerrado al público. Esta experiencia podría describirse como una exposición invisible y relativamente aislada del sistema del arte, o como situaciones sensibles conducidas por artistas en confinamiento. La experiencia fue conducida por el equipo de Local en colaboración con el artista Rodrigo Araya, y contó con la participación de Sofía Balbontín, Natacha Cabellos, Ce Pams, Diego Contardo, Patricia Domínguez, Valentina Maldonado y Fernando Godoy.

Ante la situación material y espacial en la que nos instaló la pandemia, nos tuvimos que preguntar qué hacer con nuestro espacio y sus actividades. La crisis sanitaria generó un estado de cancelación de los lugares de encuentro en los que nuestros cuerpos se cruzaban; de pronto, se vieron habitados por una presencia virulenta e invisible que desplazó toda actividad humana.

Esta presencia de sustancialidad microscópica y dispersa (híper-presente pero imperceptible) se posó maligna y mortífera en las calles, las áreas sociales, en el aire y, en el peor de los casos, en nuestras pieles, cavidades y humedades, en nuestra salud y en nuestra vida. El aire se volvió sospechoso, la respiración de otros cuerpos potencialmente venenosa. Es natural que, ante la sospecha casi paranoica del espacio físico y la interacción, las prácticas de la creatividad humana se comenzaran a alojar en el ámbito de la virtualidad.

Internet se ofreció como un lugar disponible, libre de sustancias virales, sin biología, con corporalidad virtual y, por tanto, aparentemente libre de riesgo. Muchos espacios dieron continuidad a sus actividades en redes sociales y, por esta vía, siguieron siendo espacios de interacción.

Diego Contardo. Cortesía: Local Arte Contemporáneo

Nos volvimos estáticos, ambientales, de alcance territorial limitado, autistas, ensimismados, imperceptibles a las demandas de circulación y visibilidad impuestas por la economía cultural y su necesidad de demostrar actividad. Al parecer, hay una relación entre el movimiento y lo que consideramos vivo.


Local, por el contrario, se retrajo. Nuestro espacio siempre ha buscado generar exposiciones y actividades como si estas fuesen un fenómeno, como una instancia de lo presente en lo material, real y específico. En vez de disolvernos y multiplicarnos en la virtualidad, decidimos volvernos materiales, sonoros, espaciales. Esta decisión de insistir en “lo presente” nos obligó a operar de forma clandestina. Sé que esta actitud supone el riesgo de que nos reduzcamos, que nuestros esfuerzos y trabajo pierdan impacto.

Nos volvimos estáticos, ambientales, de alcance territorial limitado, autistas, ensimismados, imperceptibles a las demandas de circulación y visibilidad impuestas por la economía cultural y su necesidad de demostrar actividad. Al parecer, hay una relación entre el movimiento y lo que consideramos vivo. Pero un cuerpo inerte quizá sigue vivo si lo pensamos como un conjunto de sustancias que siguen vibrando. Por tanto, el hermetismo en que se sumió la galería también plantea la pregunta: ¿Es posible hacer una exposición sin público? O, más bien, ¿sin público humano?

Es por eso que escribo este texto: para comunicar a los que están lejos, a los que no se vieron afectados o alcanzados por nuestros simples gestos y señales que, incluso en estos tiempos, el esfuerzo por insistir en generar prácticas inscritas en lugares finitos, solitarios e infectos, tiene algún sentido.

Ce Pams. Cortesía: Local Arte Contemporáneo

Podríamos pensar que, ante la potencial ausencia de personas, las arañas, moscas o fantasmas que habitan Local, incluso desde antes que este fuese concebido como espacio de arte, constituían una presencia valiosa, algo así como una audiencia no humana que ofrecía su contacto, su misteriosa interacción.


Fue en los inicios de la pandemia que tomamos la decisión de apegarnos físicamente a nuestro espacio. Invitamos al artista Rodrigo Araya, con quien pensamos cómo abordar este año extraño en la tozudez de generar prácticas de la presencia. Invitamos a los artistas Ce Pams, Diego Contardo, Valentina Maldonado, Natacha Cabellos, Patricia Domínguez, Sofía Balbontín y Fernando Godoy. Les ofrecimos espacio, un lugar. Lo que no podíamos ofrecer era una cercanía de este lugar con los cuerpos de otros; no podíamos garantizar una audiencia. Ante esta carencia (la de espectadores), nos pareció que tal vez la soledad misma podía ser un valor. Esta era una exposición que, probablemente, iba a convivir con pocos humanos; los gestos artísticos iban a quedar encerrados, solos en la casa (Local), interactuando entre ellos y con el espacio en sí.

Podríamos pensar que, ante la potencial ausencia de personas, las arañas, moscas o fantasmas que habitan Local, incluso desde antes que este fuese concebido como espacio de arte, constituían una presencia valiosa, algo así como una audiencia no humana que ofrecía su contacto, su misteriosa interacción. Nuestra audiencia no es humana, nuestra audiencia no existe. Por tanto, nuestra exposición probablemente no es una exposición: es más bien una situación material encerrada en una casa, el secreto encuentro de unas cosas solas.


Esta es una exposición que encuentra su fundamento en existir, ser algo, independientemente que de esto no haya testimonio público. La práctica del arte como la práctica de la existencia.


Hay momentos en los que he pensado que el arte es un dispositivo para una especie de comunicación, a veces perceptual, a veces simbólica, pero en este caso se trata de una exposición que carece incluso de eso. Esta no es una exposición basada en las prácticas de la representación o la comunicación de algún mensaje o consigna: esta es una exposición que encuentra su fundamento en existir, ser algo, independientemente que de esto no haya testimonio público. La práctica del arte como la práctica de la existencia.

Me parecía que esta radicalidad de existir en el anonimato encuentra un paralelo con las prácticas de la vida humana en el estado de pandemia. De alguna manera, esta es una exposición que diseña su vitalidad como lo hace la secreta intimidad que “performan” nuestros cuerpos distanciados de otros cuerpos, encerrados en espacios limitados como los contornos y límites mismos de nuestras actividades vitales, de nuestra existencia. Esta existencia es, ahora, una que tiene un mayor porcentaje de instancias de la intimidad, porque nos queda poco espacio público.

Sofía Balbontín. Cortesía: Local Arte Contemporáneo

Hubo propuestas que sucedieron como situaciones anónimas y que son difíciles de transmitir. El artista Diego Contardo se alojó en la galería, adoptándola como su espacio de vida y trabajo. En ella generó una serie de experiencias y situaciones, pero principalmente se centró en modificar el patio de la casa haciendo hoyos y montículos, además de regar la tierra, traer plantas y semillas, esperando ver que podría brotar de esa interacción. Su trabajo inicia una serie de procesos en la intimidad biológica y anatómica de un pequeño jardín que dictarán los sucesivos procesos de este como sistema/ecosistema, como espacio orgánico.

Ce Pams generó una serie de performances que involucraban improvisaciones musicales en interacción con sonidos generados por una gran bola de hielo que colgó del techo de la galería. Una serie de teteras hirviendo emanaba un vapor que derretía la bola, cuyo goteo fue amplificado de manera sonora, además de generar una secuencia lumínica. El agua chorreó por toda la sala dejando una gran marca que se fue evaporando con el pasar los días. Estas acciones fueron presenciadas por algunas pocas personas, pero sus marcas y reacciones quedaron inscritas en Local, habitándolo e interactuando durante semanas con muchos otros fenómenos propios del espacio.

También sucedió que algunos trabajos sí manifestaron un deseo de conectarse con otras cosas, superar a la casa como hábitat. Natacha Cabellos, por ejemplo, propuso una pieza material como un territorio de encuentro con los insectos que, ajenos a la emergencia sanitaria, transitan el espacio tal y como lo hacían antes de esta situación. Una pieza muy simple que con el uso de una potente luz convocó a insectos nocturnos.

O el caso de Sofía Balbontín, quién realizó una serie de intervenciones sonoras que escapaban a los límites materiales que impone la arquitectura de Local, generando señales perceptibles desde el exterior de la galería en horarios específicos.

Diego Contardo. Cortesía: Local Arte Contemporáneo

Las paredes se comportaron más como una piel porosa, permeable, que como un límite sordo. La actividad de los artistas comenzó a generar señales de vida: desde el interior de la casa vibraban hacia el exterior. De pronto, la casa existía como un gran animal dormido, sudando, sonando, vibrando, incapaz de neutralizar los rastros de una actividad constante.


De alguna manera, la casa se comenzó a convertir en una especie de entidad, una casa que despedía emanaciones, asimilándose entonces un poco a lo que está vivo. Las paredes se comportaron más como una piel porosa, permeable, que como un límite sordo. La actividad de los artistas comenzó a generar señales de vida: desde el interior de la casa vibraban hacia el exterior. De pronto, la casa existía como un gran animal dormido, sudando, sonando, vibrando, incapaz de neutralizar los rastros de una actividad constante.

Considerando las características de esta experiencia, me gustaría mantener en reserva los detalles de nuestras actividades durante este tiempo. Así como también espero que este texto no se acompañe de imágenes que den cuenta de lo que pasó. Pero sí me gustaría ahora hacer un relato que creo se vincula de buena manera con la experiencia que generamos.

Una noche tuve un frustrante episodio de insomnio. Siendo las 4 de la mañana, y luego de largas horas de intentar dormir, decidí ducharme y salir a la calle. En ese tiempo yo estudiaba arte en la Universidad ARCIS, hasta donde me propuse llegar caminando (estimé que si lo hacía de manera constante tal vez llegaría a tiempo a mi primera clase a las 11 am). Salí a una ciudad que parecía nocturna pero que se sentía matutina. Los sonidos no correspondían a los ecos de la fiesta: ya habían sido reemplazados por pájaros que cantan y el ruido de los camiones de la basura. Hacía frío, había infinitas partículas de humedad suspendidas en el espacio que yo transitaba (estaba como entre nadando y caminando). Había oscuridad y se podían percibir los zumbidos que en la ciudad ruidosa son imperceptibles: vibraciones leves, flujos distantes, las cosas que se sacuden en su interacción con leves vientos, los líquidos que avanzan subterráneos, algunas máquinas que no cesan de funcionar al interior de negocios y tiendas cerradas. La madrugada inundó los barrios que frecuento devolviéndomelos como un ambiente distinto al familiar.

No mucho después de haber salido de mi casa me paré frente a un semáforo (deben haber sido las 5 de la mañana, todavía de noche). Me pareció que se veía muy solo. Noté que la secuencia de un semáforo está diseñada solo considerando criterios funcionales, no éticos o sensibles. Durante el día, el semáforo es parte de una situación, participa del mundo de manera activa, administra, regula, es una especie de robot simple, un robot tonto y repetitivo, sin embargo, con autoridad. Una máquina que se comunica con los humanos y regula nuestro transitar por medio de la alternancia de un simple y breve ciclo de luces de colores. El semáforo a las 5 de la mañana hace lo mismo que a las 3 de la tarde, no sabe adaptarse o reaccionar a ninguna contingencia, no está programado para descansar. Me dio una extraña lástima, sentí una pena blanda por él (blanda como la que se siente por un niño o un gato, no dura como sospecho podría ser una pena que se ocupa de percibir a una máquina).

El semáforo se me humanizó en su automatización autista y solita. De día es un protagonista con autoridad, de noche es un enfermo. Me acuerdo haber estado parado mirándolo algunos minutos, viendo como sus luces de colores teñían la espesa humedad suspendida alrededor de sí, atrayendo polillas, moscas y otros torpes insectos. Verlo en estas condiciones me hizo pensar que el objeto se volvía insomne y decadente todas las noches para luego renacer con gloria en su encuentro con los primeros flujos humanos temprano por la mañana. Recuerdo la extraña experiencia de estar parado ante un asunto que yo percibía como un elemento del mobiliario público, pero al mismo tiempo como el cuerpo flaco de un viejo loco y solo.

Luego de caminar otro poco, me vi ante un supermercado cerrado. Sus muros, que también eran ventanales, me permitían ver su interior dispuesto, impecable, iluminado, limpio, lleno de objetos ordenados con precisión, pero padeciendo la ausencia total de vida humana. Esta ausencia (la del cuerpo humano) parecía transformar el supermercado en un supermercado falso, una especie de holograma o espejismo, un fantasma con vocación de sala de exhibición de productos moderna, un espacio pop, una plataforma para el despliegue de objetos diseñados. Pero por muy luminoso, colorido o brillante, esta caja translucida también se veía triste, falta de algo fundamental.

Diego Contardo. Cortesía: Local Arte Contemporáneo

Mientras los espacios públicos se vaciaron de interacciones humanas, las casas y departamentos se llenaron de cuerpos ansiosos. Las casas encierran secretamente las formas de una cotidianidad extendida y forzada.


La ciudad casi en su totalidad es un espacio diseñado para la interacción humana. Cada una de sus partes construidas son un dispositivo para la administración de cuerpos humanos y sus actividades. Todas las piezas de luminaria, cada señalética o cartel publicitario le deben su forma, sus maneras, incluso su existencia a la esperanza de la interacción con algún cuerpo humano. La ciudad de la pandemia es, muchas veces, un campo en el que los humanos abandonamos a estos elementos que nos deben su existir. Esta es entonces una ciudad de dispositivos que extrañan lo que los humanos generamos cuando circulamos, una ciudad inconclusa: quedan las cosas, faltan los cuerpos.

La ciudad se desorienta porque solo queda de ella sus partes estáticas estables (más allá de las esporádicas vidas animales o vegetales, las presencias espirituales y los fenómenos del clima), diseñadas para una interacción que de pronto se hizo ausente. De alguna manera la sustracción de actividad humana que sufre la ciudad en periodo de pandemia hace que el espacio público se transforme en una especie de noche iluminada. Mientras los espacios públicos se vaciaron de interacciones humanas, las casas y departamentos se llenaron de cuerpos ansiosos. Las casas encierran secretamente las formas de una cotidianidad extendida y forzada. Local (como espacio), durante un año, cauteló unas interacciones humanas y artísticas. Artistas generaron gestos y situaciones abstractas, ruidosas, calurosas, imprecisas. Creo que esta actividad dotó de corporalidad a la casa, como si esta fuese un órgano vivo entre los otros edificios con los que convive. Un espacio que se contagió de actividad, convirtiéndose en una estructura, una membrana vibrante, viva como un oso hibernando, como un semáforo a las 5 de la mañana.

Javier González Pesce

Artista visual. Es licenciado por la Universidad ARCIS (Chile, 2008) y Máster en Arte en la Esfera Pública por ECAV (Suiza, 2017). Ha participado en exposiciones colectivas en Chile, Uruguay, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Canadá, España, Suiza, Grecia y China. Entre sus exposiciones individuales destacan "Esta Tierra es tal, que para vivir en ella y perpetuarse no hay mejor", en la Galería Gabriela Mistral (Chile, 2017), "Ciels", en el Musée de Art de Sion (Suiza, 2017), y "El ser tan bella no te da derecho a destruir", en el Museo de Artes Visuales (Chile, 2014). Ha ganado el premio de arte joven del MAVI (Chile, 2012), el premio para curadores del Consejo de la Cultura (Chile, 2013), y la Residencia de las Américas del Consejo de las Artes de Montreal (Canadá, 2014).
Desde 2011 co-dirige el espacio de arte Local Arte Contemporáneo (Santiago, Chile), en el que han exhibido artistas como Gonzalo Díaz o Tris Vonna-Michell, y ha generado proyectos curatoriales, organizado exposiciones y escrito numerosos textos. Local ha participado de ferias de arte internacional en Chile, Estados Unidos y España.

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