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NICOLÁS ASTORGA: YOU CAN STAY HERE AND BE PRETTY

“You can stay here and be pretty”. Son las últimas palabras que podría escuchar un animal antes de acabar instalado como pieza de taxidermia. También las últimas palabras que la diosa Atenea, esta vez en un inglés profesoral muy siglo XXI, podría haber hecho oír en la cabeza de Laocoonte, el sacerdote troyano célebremente taxidermizado en mármol junto a sus hijos, mientras dos serpientes que

a mordiscos cebándose en sus carnes
(…) Cógenle
y entre espirales ingentes le sojuzgan.
Ya dos vueltas los lomos escamosos
le dan al cuerpo, al cuello, y todavía
las engalladas fauces ponzoñosas
dominan su cabeza. Él en vano
lucha por soltar los torpes nudos
mientras se empapan las sagradas ínfulas
con baba inmunda y veneno negruzco.

(Virgilio, Eneida, II, 213-221)

En su Laocoonte, libro dedicado a esta figura y a las relaciones entre poesía y pintura (que hoy llamamos arte), decía Lessing comentando este pasaje que “en la poesía un manto nunca es un manto. No oculta nada. Nuestra imaginación penetra en cada parte. Haya estado el Laocoonte de Virgilio vestido o desnudo, la agonía en cada fibra de su cuerpo es igualmente visible”.

Uno de los tres mantos de esta exposición de Nicolás Astorga, otro “manto que nunca es un manto” también titulado You can stay here and be pretty, se muestra como la clave que aparentemente haría legibles, transparentes, el resto de las obras por medio de textos explicativos. Por ejemplo, como un comentario explícito a otras obras en la muestra: “my back. an homage to every man that has been inside of me without me knowing their faces” a la fotografía Prey (My back).

Nicolás Astorga, You can stay here and be pretty, 2020, bordado y pintura spray sobre algodón teñido a mano, 3 x 2 m. Foto: Nicolás Rupcich
Nicolás Astorga, Prey (My back), 2019-2020, fotografía análoga, 100 x 120 cm / Cock ring, 2020, acero, silicona, medidas variables. Foto: Nicolás Rupcich

También en el tono confesional de algunos pasajes:

“I’m not ready to be promiscous (sic) yet.”
“you are a liar but so am i…”
“I’m still HARD 4u”

O en la exhortación:

corta el drama y empieza a vivir tu vida real—you are no victim.”

O simplemente en la metáfora “verdades como puños” o el juego de palabras “treu [leal]– true”.

La exposición de la vida privada—la publicación de una conversación, por medio de ‘audios’ o pantallazos, sostenida entre amigos o amantes casuales o estables—se muestra hoy como una de las formas más directas para llegar a la verdad, al menos la verdad sobre alguien. Explicación, confesión, exhortación: estas son las variaciones de un discurso sobre la verdad que es reforzado, casi como un emblema propagandístico, por la escultura de una serpiente que yace flechada en la cabeza—Yahvé le anuncia a la serpiente, “la bestia más astuta” y la primera mentirosa, que el linaje de Eva le “aplastará la cabeza” (Gén. 3: 15).

Entre el Laocoonte y el Génesis se plantean visiones enfrentadas: la belleza horrorosa del cuerpo desmembrado, la fascinación estética, o el triunfo final sobre la serpiente, que es la derrota de la mitología y de toda posibilidad de encontrar sentido en nuestro mundo. La tensión se repite y amplifica una vez más cuando tenemos en cuenta la iconografía del escudo nacional mexicano: el águila despedazando a la serpiente, la fundación mítica del Estado de México-Tenochtitlán—que creo tener razón en mencionar a propósito de los años que pasó Nicolás en México.

Nicolás Astorga, Possible enemies, 2021, piel de pitón reutilizada y reensamblada, acero, concreto. Medidas: serpiente 3.5 m/flecha 1.5 m/almohada 40 x 40 x 10 cm. Foto: Nicolás Rupcich

En la pared opuesta hay otro manto (All I remember is the tattoo on his back), esta vez más manto y menos transparente, porque hay menos palabras. All I remember…, así también podría comenzar el relato de la serpiente, el recuerdo confuso del águila mexicana arrojándosele encima. Pienso en una víctima que no recuerda el aspecto de su victimario, pero sí tiene una imagen tatuada en la mente, que suele ser un detalle, como un lunar grande en el antebrazo, un par de dientes chuecos o una marca en el labio.

Frente al águila violenta que se abalanza en el bordado, se encuentra un cuervo (Cría cuervos [Breed crows]), esta vez de taxidermia, el que cuelga de una especie de árbol metálico (¿metalero?). Si bien se encuentran en roles distintos, ambos pájaros podrían compartir un mundo de sensibilidad romántica, poblado de animales sobrenaturales y alegóricos, de árboles retorcidos. Y a propósito del cuervo, digámoslo, se trata de un pájaro de pésima reputación, y de poco le sirvió ser el primero en ser nombrado en la Biblia (“abrió Noé la ventana (…) y, para ver cuánto habían menguado las aguas, soltó un cuervo”, Gén. 8: 6-7), e incluso estar al cuidado de Dios (“¿Quién prepara su alimento al cuervo cuando sus polluelos gritan a Dios y andan errantes por falta de comida?”, Job 38: 41).

Nicolás Astorga, Cría cuervos, 2020, taxidermia reutilizada, estructura de acero, hilo acrílico. Medidas variables. Foto: Nicolás Rupcich

El cuervo, nos dice el refrán al que alude el título de la escultura, pica los ojos y es traicionero. Las investigaciones de zoología contemporánea solo pueden reforzar esta impresión: afirman que se trata de un pájaro altamente inteligente que, por ejemplo, nota cuando lo observan, y entonces finge hacer un hoyo para guardar su comida, para así despistar y luego dejarla en otra parte.

La mala reputación del cuervo se extiende al arte: pienso en la pintura oscura de los cuervos de van Gogh, un artista al que la mirada de la crítica se ha habituado a pasar por alto, tan inimitable que cualquiera que se planteara seguir su camino hoy sólo podría ser considerado un idiota. Pintar los cuervos sería caer en la trampa de los cuervos que disimulan saber que son observados. Esta sensibilidad, que a veces es llamada expresionista, tanto en su derivada clásica como neo-, debe ser, entonces, resistida: envejece mal, es romántica o subjetivista o machista, y esas palabras casi nunca tienen sentido elogioso. No nos olvidemos tampoco del árbol de metal y su metal, género dark y gutural, objeto de idénticas acusaciones, a la que se le suma que tiene algunas inclinaciones ultra-derechistas.

Nicolás Astorga, My husband’s tattoos, 2020, bordado sobre algodón teñido a mano, 3 x 2 m. Foto: Nicolás Rupcich

Contra lo que llamaremos la ideología anti-cuervo—que no es otra cosa que el rechazo a la inteligencia del pájaro, su oscuridad fundamental y sus cantos difíciles de apreciar—, en el tercer manto de la muestra Nicolás Astorga insistirá en la sensibilidad córvida: se encuentran bordadas una serie de figuras, My husband’s tattoos, esta vez no el impacto traumático del águila, sino imágenes que el título sugiere familiares, que han sido vistas más de una vez, quizás incluso estudiadas. A la manera del cuervo—el cuervo es una escuela estética—, las figuras del tatuaje-bordado recuerdan la ilustración expresiva, expresionista, subjetiva, emocional, adolescente y popular que cultiva gran parte de la juventud en edad escolar.

Acaso un statement críptico, menos en la tradición de la serpiente pisoteada del primer bordado, y más en la de la serpiente en círculo mordiéndose la cola—supongamos que con un cuervo al centro del emblema, para darle más dramatismo. Más tenebrismo aún si pensamos estos mantos que, en tanto repositorios de tatuajes, son como pieles recreadas, tapices y alfombras de cuero escala 1:1. Como escritas en un pergamino, las imágenes invitan su desciframiento, aún a riesgo de equivocarse—esto es lo que podría llamarse ‘el impulso Rosetta’, que es cuando jeroglíficos y palabras reconocibles conviven en la misma superficie.

Figuras de peces y reptiles, y la imagen de un tridente que señala su filiación acuática—como me dijo un amigo, el océano es el recordatorio a la humanidad sobre cómo el mundo podría ser si ella jamás hubiese existido. En el margen superior de este último manto se encuentra bordado un yunque, que acaso sea el yunque de la mente al que le caerán los primeros martillazos-dogmas de la escuela modernista del arte, la escuela del celebrado des-aprendizaje:

A la izquierda, la palabra Illusion—precisamente contra lo que el arte lucha, y lo que el arte no es.

Al centro, un dragón—que no existe, y por lo tanto, no es.

Entre ambos, un tridente—contra lo que el arte lucha, las mitologías.

Las palabras tru luv y, en otra caligrafía, love—para qué repetir, para qué insistir, con una vez es suficiente.

Un pórtico shinto y un shuriken—extirpar las desviaciones del manga y el animé en sus estudiantes, acaso la principal y más común tarea del docente en la escuela de arte.

Nicolás Astorga, Trophy husbands (I, II and III), 2019-2020, fotografía análoga, 90 x 60 c/u. Foto: Nicolás Rupcich
Nicolás Astorga, Hunter, 2019, fotografía polaroid ampliada, 100 x 120 cm. Foto: Nicolás Rupcich

Estas imágenes, sin embargo, no pueden ser extirpadas, tal como nuestros recuerdos olvidados a propósito vuelven a emerger en memoria suplementaria que son los celulares. El semen derramado es un fluido que insiste en crear, aunque sea cualquier cosa, y por eso se seca en un short para dar cuerpo a otra cosa. Las imágenes persisten como en el cuerpo tensado de la fotografía Hunter, el cuerpo de un nuevo Laocoonte que ha logrado dominar a la serpiente, o quizás simplemente comprenderla, y juega con ella: permanece pretty sin ser devorado ni matarla.

Esa es la esperanza de la anguila de la muestra (Dream of eels), la genuina protagonista de la escena—ese arquetipo del melodrama latinoamericano, la belleza ingenua que aún no se revela, y por eso injustamente despreciada. La anguila no es sino la iteración rechoncha y simpática de la serpiente que esta vez se ha ido a ocultar entre las rocas marinas, mientras mira ilusa, soñadora, a la otra serpiente enfrente suyo, alada y decapitada (Quetzalcóatl), que anuncia una reconciliación posible.

Nicolás Astorga, Dream of eels, 2021, taxidermia reutilizada, colchones de bebé, hilo de algodón. Medidas variables. Foto: Nicolás Rupcich
Nicolás Astorga, Quetzalcóatl, 2019, taxidermia reutilizada, piel de serpiente reensamblada, hilo de algodón, acero. Medidas variables. Foto: Nicolás Rupcich

NICOLÁS ASTORGA: YOU CAN STAY HERE AND BE PRETTY

Kunstraum Ortloff, Jahnallee 73, 04177, Leipzig, Alemania

Del 19 de marzo al 3 de abril de 2021

Domingo Martínez

MFA en Pintura, HFBK Hamburgo (Alemania) y Licenciado en Arte por la Universidad Católica de Chile. Creador de la revista brazsil.org

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