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DEBORAH CASTILLO Y ÉRIKA ORDOSGOITTI: GENDERING PROTEST Y LA TOMA DE POSICIÓN

Ante cualquier situación conflictiva de naturaleza humana, toda certeza implica la toma de una posición determinada. Postura irremediablemente relativa que traerá consigo una exigencia del presente, y en muchos casos, la aspiración del futuro, como lábiles temporalidades de inevitable enfrentamiento. Por otra parte, para tomar posición es necesario involucrarse, “entrar, afrontar, ir al meollo, zanjar. También –porque zanjar lo implica– apartarse del conflicto” (Didi-Huberman, 2008). De esta manera, situarse ante el saber supone un desplazamiento entre distancias y tiempos de modo consciente, así como el asumir constante de la responsabilidad del movimiento.

Desde este lugar oblicuo a la separación y la cercanía, las artistas venezolanas Deborah Castillo y Érika Ordosgoitti reúnen un conjunto antológico de obras en Gendering Protest (Center for Women in the Arts and Humanities, 2020), muestra curada por Tatiana Flores en la que acción y verbo trazan los movimientos necesarios para la enunciación –sostenida y contestataria– del peso de sus planteamientos. A partir del discurso y el lenguaje como recursos, las artistas confrontan temas relacionados al poder y la ideología desde un contexto histórico particular: la crisis de la Venezuela contemporánea, asumida desde el cuerpo como posición objetiva e inherente a la existencia.

Érika Ordosgoitti, Las Américas, 2014

I – Cuerpo/Discurso

Es sabido que todo cuerpo “supone mortalidad, vulnerabilidad y praxis: la piel y la carne nos exponen a la mirada de los otros, pero también al contacto y a la violencia” (Butler, 2006). Sin embargo, es necesario recordar que también son cuerpos aquellos que nos someten al ejercicio tangible del poder, ya que, si su puesta en práctica es fundamentalmente física, esto se debe a que su objeto de aplicación se acentúa siempre en lo corpóreo, y con ello, en todo lo apuntado en espacios sociales de hegemonía.

Desde estos lugares, la obra de Érika Ordosgoitti (Caracas, 1980) emerge para retomar el siendo desde su cuestionamiento, devolviéndole su condición de centro de gravedad, así como su sentido reflexivo. En un diálogo constante con la ciudad, las imágenes de Ordosgoitti persiguen en cada una de sus acciones un espacio efímero de emancipación, inscrito (y de frente) a las tradiciones y dogmas que por siglos han dominado el pensamiento y la conciencia humana.

Entregado desde el comienzo al mundo de los otros, “el cuerpo lleva sus huellas, está formado en el crisol de la vida social y sólo más tarde puede reclamarse como propio” (Butler, 2006). No obstante, esta exigencia o toma de conciencia se ve subordinada ante el lenguaje, aspecto por muchos desapercibido y para todos irrevocable. Así, cualquier desarrollo de la razón irá de la mano con el perfeccionamiento de los sistemas de comunicación, pues es mediante palabras que ocurre dicho pensar. En otros términos, mediante signos que –como representativa convención humana– serán siempre aptos para convertirse en instrumentos de control.

Desde esta postura, la precisión gramatical de Érika Ordosgoitti se vale del verbo (y su posibilidad performática) como extensión del cuerpo, para recitar en clave poética y profundamente consciente los versos de un panorama histórico en decadencia. Territorio político e ideológico en el que la artista desarticula el orden discursivo, no solo para desvelar sus jerarquías, sino para exhibir sus falencias.

En plazas, monumentos y otros espacios urbanos, las acciones desafiantes de Ordosgoitti evidencian lo despótico de un ente ubicuo, que encuentra en el cuerpo el lugar preciso de articulación entre la existencia pública y privada, establecida según el medio y las condiciones en las que este se desarrolla. De allí que, para desplegar su capacidad de dominio, el poder se relacione a conceptos escritos en clave espacial (como arquitecturas y urbanismos) donde se manifiestan de manera tangible sus decisiones de tirana gobernabilidad, dando origen a los cuestionamientos poéticos de la artista sobre los límites entre la hegemonía y la libertad individual.

Deborah Castillo, Lamezuela (2012).

II – Discurso/Cuerpo

En una actualidad en la que el discurso es sinónimo de poder, tener el control de los modos de expresión es una forma de dominar la manera en que una sociedad concibe el mundo que la rodea. Respecto a esta idea, la artista Deborah Castillo (Caracas, 1971) desarrolla una precisa observación de las prácticas discursivas y su implicación política, entendidas como “aquello por lo que y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que se quiere uno adueñar” (Foucault, 1992).

Como campo de acción donde se asientan las construcciones derivadas del discurso, por mucho tiempo, el cuerpo ha sido visto como un medio de manifestación de las ostentaciones ideológicas, en las que el lenguaje se plantea como forma de intimidación y glorificación. Así, la revisión de la literatura revolucionaria en la obra de Castillo hace énfasis –en un primer acercamiento– en los gestos y movimientos corporales que acompañan al pensamiento escrito de los regímenes autoritarios a lo largo de los años.

A través de una dramaticidad que alude a “la verdad enfática del gesto en las grandes circunstancias de la vida” (Barthes, 1997), Castillo escenifica imágenes en las que la realidad “se hace tan pesada que requiere las formas mismas de la amplificación teatral” (ídem). Desde esta posición, la artista inscribe en sus acciones un metalenguaje formado por figuras que ponen en entredicho la tradición de los relatos de las rebeliones utópicas, para así interpelar heréticamente los paradigmas de una historia del pensamiento escrita desde la manipulación de discurso, tanto escrito como hablado.

Al comprender la escritura política como forma de acción, Castillo realiza un borramiento selectivo e intencional de sus pasajes, coincidente con un ejercicio propio de los regímenes dictatoriales: la coalición engañosa entre “el origen del hecho y su avatar más lejano, dando a la justificación del acto, la caución de su realidad” (ídem). Capacidad ambigua entre el ser y el parecer de la palabra que permite al poder construir lo que quisiera que se crea de él y difuminar lo que realmente es.

En su lógica antónima, la artista reescribe como palimpsesto el documento y soporte de todo planteamiento populista de masas. Teoría que ha sustentado por décadas los sucesos ilusorios de la liberación política y de su entrega a ‘la esfera de los asuntos generales del pueblo’. Ficciones que demuestran a lo largo de la historia que la crisis de la disolución de lo público no ha conducido –nunca– a una verdadera revolución social, sino, en la mayoría de los casos, a una recomposición de la hegemonía.

Ante esta certeza, las acciones de Castillo se presentan como metáforas contestatarias frente a un nuevo estado del poder, supremo, militar, armado y abusivo, constituido a partir de discursos tergiversados, retomados a través de diferentes períodos de la narración humana, pero comunes en el uso de fábulas independentistas y en la glorificación de figuras pastorales.

Finalmente, la toma de posición de Érika Ordosgoitti y Deborah Castillo es fijada a través de imágenes, en vista de que “sólo los ojos son capaces aún de dar un grito” (Didi-Huberman, 2008). Acciones referenciales a una Venezuela en crisis, que resignifican su valor y contundencia a través del tiempo y la distancia, extendidas en sus posibilidades de lectura de cara a un panorama dominado por los controles del cuerpo.

Ante estos, las obras expuestas en Gendering Protest se presentan como epigramas de dos escritoras en el exilio. Autoras que asumen la posición desterritorializada de la poesía en medio de la guerra, mientras sus acciones y palabras nos permiten vislumbrar la historia narrada desde la protesta, pero sobre todo, desde el cuestionamiento firme de nuestra toma de posición frente a la misma.

Deborah Castillo, Marx Palimpsest (2016)

Social progress may be measured by the social position of the feminine sexThe worker needs respect more than breadTrue socialism used to constitute, in this aspect, arms in the hands of governmentsWe want to suppress the miserable character, which forces the worker not to liveCommunism does not deprive anyone the power to appropriate social products; the only thing it does not admit is the power to usurp through this appropriation someone else’s workWorkers do not have anything to lose except their chainsThe state is the soul of a soulless world, because it is the spirit of the states of the soul that are lacking spirit. Religion is the opium of the masses. Of all social classes currently confronting the bourgeoisie, the proletariat is the only true revolutionary classThe regime of property has suffered constant changes, constant historical transformationsTherefore, what the worker appropriates through his activity is strictly what he needs to sustain his miserable existence and reproduce himselfThe dominant ideas of one era have never been more than the ideas of the class that dominatesAll of Marx’s conceptions are not a doctrinebut a methodThe history of all societies up to the present day has been exclusively the history of class strugglesThe modern bourgeoisieerected on the ruins of feudal society, has not abolished the antagonisms between classesThe modern government is nothing but an administrative committee for the business of the bourgeois class. Public power, strictly speaking, is the organized power of one class for the oppression of the restThe bourgeoise has ripped up the veil of sentimentality that used to cover up familial relationships and has reduced them to simple relationships of money. Industry has created the universal market, prepared by the discovery of AmericaDue to the rapid development of the instruments of production and the means of communication, the bourgeoise drags the current of civilization to the most barbarous nationsThe worker falls into misery, and poverty grows more rapidly than the population and wealthThe bourgeoise is currently confronting the bourgeoisie to impose currently supreme law. The immediate objective of communists is the domination of political power. The distinguishing characteristic of communism is not the abolition of property. The needs and the means of communication and the means of communication of man and the means of communication absolutely do not pertain to reality. The struggle against religion and the means of communication is religion. Capital is not a personal force; it is a social force.


Referencias bibliográficas

BARTHES, Roland (1997). El grado cero de la escritura. Siglo XXI Editores: Buenos Aires.
BUTLER, Judith (2006). Vida Precaria: El poder del duelo y la violencia. Paidós: Buenos Aires.
DIDI-HUBERMAN, George (2008). Cuando las imágenes toman posición. A.Machado: Madrid.
FOUCAULT, Michael (1992): El orden del discurso. Buenos Aires: Tusquets

Manuel Vásquez-Ortega

Manuel Vásquez-Ortega

Nace en Aragua, Venezuela, en 1994. Arquitecto por la Universidad de Los Andes (2018), en la que se desempeña actualmente como profesor del Dpto. de Materias Históricas y Humanísticas. Como investigador independiente de la ciudad venezolana contemporánea, sus procesos y dinámicas, ha desarrollado una serie de búsquedas en torno a lo social y lo político cuyos resultados han sido exhibidos en el I Salón "Arte y Sociedad" (Centro Cultural B.O.D. / Goethe Institute, 2018), 20º Salón Jóvenes con FIA (Maczul, 2017), 13º y 15º Salón Nacional de Jóvenes Artistas (Maczul, 2016-2018) y I Salón "Representación contemporánea de la imagen" (IV Festival Méridafoto, 2016). Así mismo, sus textos e inquietudes teóricas han sido publicadas en plataformas web como el Archivo de Fotografía Urbana, Prodavinci, Artishock, el Blog de La ONG, Tráfico Visual, entre otras revistas académicas internacionales. Desde 2017 se desempeña como Coordinador de Espacio Proyecto Libertad (@espacioplibertad)

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