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POR UNA ÉTICA DE LA ACCIÓN

No es un sueño, algo está cambiando. Por las noches, en algunas esquinas los neumáticos arden, la gente se acerca a sus ventanas y hace chocar el metal frío de las cacerolas con el cielo. En esa densa oscuridad sin estrellas, las calles se escriben y se reescriben con el deseo, el hambre y el dolor de un país llamado Chile. Esas noches no pueden ser reducidas al white cube, ni a la narrativa estéril de los periódicos, ni a la teoría como simple método de transmisión de conocimientos.

Un país en que nuestra historia arrasada por el capitalismo logró crear, como decía Pedro Lemebel, una subjetividad triste como un eterno sexo, pero sin orgasmo. La respuesta ante los problemas del otro y, de alguna manera, de todos, siempre fue dar vuelta la cara, el silencio. Cuando nos preguntábamos qué hacer ya nos habíamos dado por vencidos antes de cualquier batalla. Viviendo una eterna melancolía artística y curatorial nos anclamos en la neutralidad. Sin embargo, hoy el silencio y la neutralidad son tan graves como ser cómplices de un crimen.

Entonces, ante esto, ¿cuáles son las formas estéticas que deberían generar el arte y la literatura en relación con las demandas de los movimientos reales de personas? ¿Qué debería cambiar en nuestras formulaciones para pensar el arte, aunque sean tímidas, y que esto sirva para un cambio social? Contrariamente a la alegre estetización de la protesta, deberíamos empezar a pensar nosotros como comunidad.

No hace mucho en nuestro país los artistas y escritores estábamos obligados a convivir con un paciente en estado de coma. Hoy, ese mismo paciente empieza a respirar, parece distinguir palabras y muestra sus primeros signos de vida. El largo periodo de apatía pública parece estar llegando a su fin; esto nos dice que el estado de shock en el que estamos también está de alguna forma desapareciendo ante el sonido incesante del hambre y las protestas que asolan las calles. Ahora, ante este nuevo escenario, es necesario volver a aprender a hablar todos juntos.

La violencia revolucionaria por sí sola no es suficiente, así como una lucha exclusivamente cultural por la hegemonía tampoco es suficiente. Tenemos que revisar todos los métodos y prácticas posibles, tenemos que generar que la incapacidad de los movimientos de izquierda se convierta en una necesidad de construir iniciativas de base democráticas, y quizás todas estas bases necesitan ser pensadas casi desde cero. Partir desde cero es urgente y necesario para el arte, muchas veces.

Nosotros que nos dedicamos al arte y la cultura deberíamos salir igualmente de nuestras casas de cristal, células, para encontrarnos con la inmanencia de la vida, y ser parte de esos millones que reclaman un cambio de paradigma. Salir de nuestra idea de artista solitario o de colectivo sectario para ser reemplazados por la nueva comunidad por venir.

«La renuencia a admitir la culpa surge del sentimiento de que es necesario reinventar la dimensión ética. Este sentimiento es causado por el hecho de que la gente ya no está lista para creer en el dogma moralizante y políticamente correcto de la política de simulación de la década de los 2000″.

Jacques Rancière, en el libro El giro de la estética y de la política, registra los factores que contribuyeron a la formación del llamado giro ético en el arte de los años 90 y 2000. Rancière escribe que la razón de este giro fue la desaparición de la esperanza de una verdadera revolución política en el futuro. Esto, a su vez, condujo a la fijación de los acontecimientos del pasado y a la sustitución de la política y la estética por una ética consensuada. Sin embargo, según Ranciere, no es el consenso, sino el «disenso», la expresión de contradicción, conflicto entre política, ética y estética, la que fue el motor del arte progresista del pasado, y un estado dinámico e inacabado de lucha por la igualdad era una propiedad fundamental del desarrollo de una sociedad democrática.

En el mundo después del «fin de la historia», el disenso en política y arte contemporáneo es reemplazado por la ética del consenso, convirtiéndose en una ofensiva masiva de la política neoliberal, y una ética del desastre lamentando las oportunidades perdidas de la humanidad. Este estado reduce la perspectiva del arte a un dilema insoluble entre la moralización, que excluye la creencia en la posibilidad de un cambio social serio, y la búsqueda de la autonomía estética adorniana, que inevitablemente conduce a una lucha desigual contra las fuerzas inmensamente superiores de la coyuntura del mercado.

Claire Bishop, desde el arte, sugirió una posible salida del callejón sin salida descrito por Rancière. Bishop instó a no abandonar las prácticas socialmente comprometidas, sino a traducir su evaluación en la esfera estética. De hecho, estamos hablando de la aplicación al arte participativo del concepto formalista de Clement Greenberg, que reduce el valor de una obra para el desarrollo de las cualidades autónomas de su medio fuera de cualquier legitimación ética o social.

En una situación donde el arte fue instrumentalizado por las autoridades a través de la mercadotecnia, publicidad, fondos concursables despolitizados, por el uso de sus propiedades anestésicas para reducir la tensión en comunidades vulnerables, o por la nueva «burocracia moralizante» artística, este enfoque resultó ser más que efectivo durante años. Sin embargo, fue la posibilidad de un desarrollo antiestético de la acción lo que provocó que en octubre miles de estudiante decidieran ya no pagar el metro y elevar la consigna “evadir”. Fue la violencia sistemática y la falta de oportunidad de participación real lo que obligó a salir a millones de mujeres a la calle y decir “basta”. Es el engaño ético del sistema político actual lo que ha provocado que todos queramos desde octubre del año pasado ser parte de una disidencia.

Este estado de cosas hace pensar en otra posibilidad de superar el impase ético. La ética del consenso en tiempos de estabilidad puede ser reemplazada por una ética de nuevas esperanzas de cambio social. Y si la decisión estética se justificó desde el punto de vista de la génesis del arte modernista, entonces el utilitarismo ya es algo inmoral desde la misma posición. Todavía es demasiado pronto para decir que después de cuarenta años de desesperación, finalmente tenemos una alternativa tangible. Sin embargo, el hecho de que el período de retroceso y consenso está llegando a su fin puede considerarse innegable.

Si pasamos a las manifestaciones masivas del octubre pasado en Chile, entonces también se puede encontrar una dimensión ética en ellos. La demanda de democracia directa es un testimonio elocuente de la falta de confianza en el sistema político y la falta de voluntad de las personas para admitir la extravagancia que se les imputa. “El chileno es flojo, no quiere trabajar, quiere todo gratis». Algo como esto suena como el principal reproche de los políticos neoliberales, y este reproche va acompañado de un castigo en forma de fuertes recortes en los fondos estatales para la cultura, la educación y los programas sociales.

La renuencia a admitir la culpa surge del sentimiento de que es necesario reinventar la dimensión ética. Este sentimiento es causado por el hecho de que la gente ya no está lista para creer en el dogma moralizante y políticamente correcto de la política de simulación de la década de los 2000. La negativa a someterse a la manipulación ética por parte de las autoridades viola la creencia general en el capitalismo como el único orden natural posible de las cosas y abre la posibilidad de un futuro diferente.

Vale la pena recordar que hasta hace poco el imperativo ético de la sociedad del capitalismo tardío, capturado con precisión por Slavoj Zižek, era la exigencia «¡Disfruta!» Y fue seguido por un rastro de compromisos con la corrección política y otros rituales morales que proporcionan una justificación narcisista para el clasismo cultural. En el caso chileno, consistió en el hecho de que la mayoría de la población no interfirió en cuestiones políticas, y a cambio de esto recibió la oportunidad de tener una relativa libertad de consumo y expresión en una esfera privada. Sin embargo, en algún momento, los acuerdos mutuos dejaron de funcionar y la estética, que hasta ese momento era bastante condicional a este mercado, empezó a evidenciar su ruptura con el contrato social ético.

«Cuando no hay una alternativa articulada al sistema existente, solo podemos ejercer hasta el infinito la habilidad de demostrar gestos revolucionarios. Pero, ¿no significa esto una necesidad esencial de crear condiciones bajo las cuales un acto real, un acto que restaura la verdadera dimensión ética, pueda convertirse en una guía para que el artista actúe?»

En uno de los artículos de Volverse público, Boris Groys analiza un mundo post o meta-histórico sin futuro, pero con un pasado reescrito infinitamente. Groys distingue dos actitudes hacia la realidad después del final de la historia. En un mundo donde la típica lucha humana por el reconocimiento, el deseo de convertirse en el objeto del deseo de otro desaparece, la sociedad inevitablemente se desliza hacia el estilo de vida «estadounidense», es decir, hacia el consumo que no distingue a una persona de un animal, o hacia una existencia artística «japonesa», que presupone el sacrificio por el bien de la forma pura sin esperanza para el futuro. Según Groys, el espacio del arte contemporáneo, y más en general nuestra modernidad en su conjunto, se está desarrollando precisamente de acuerdo con el escenario «japonés», donde el futuro se sacrifica por el presente estético.

También cabe resaltar que la estetización de la protesta comienza a sufrir los mismos problemas que el arte autónomo. En una sociedad poshistórica, el formalismo revolucionario puede lograr un gran éxito en el asunto del sacrificio narcisista, pero no es capaz de preparar el surgimiento de otra sociedad. Cuando no hay una alternativa articulada al sistema existente, solo podemos ejercer hasta el infinito la habilidad de demostrar gestos revolucionarios. Pero, ¿no significa esto una necesidad esencial de crear condiciones bajo las cuales un acto real, un acto que restaura la verdadera dimensión ética, pueda convertirse en una guía para que el artista actúe? La ética de las acciones reales, que no están cubiertas por su artificialidad, se convertirá en nuestra estética futura, y no en nuestras «imperfecciones» estéticas: la futura ética ficticia de la vida. La ética del acto democrático inclusivo comienza a oponerse a la estética elitista de culto en masa del héroe solitario. Una vez cumplido su papel, el arte de los artistas solitarios da paso a la creatividad colectiva dirigida a crear escuelas abiertas de libertad, donde las personas puedan aprender a organizarse y defender sus derechos.

En el arte del siglo XX, algo similar ya ha sucedido. Basta con recordar a los artistas de vanguardia que abandonaron el arte del caballete en favor de la construcción de la vida y la batalla por la realidad. No todo en la historia del arte es gris como lo vemos hoy: existe un tiempo anterior al mercado, las galerías y sus instituciones represivas. Y aunque no exista entre nosotros una creencia compartida de ideales comunes, de hecho, tampoco tenemos una ética, ni las fuerzas productivas, excepto el rechazo del falso sistema de valores impuesto, no tenemos que volver al coma, y esto es lo que hace necesario que volvamos a aprender a hablar: esta es la tarea de la comunidad artística y de aquellas personas que, al no ser artistas, dan vida a la utopía del arte. Todavía es necesario estar a la altura de los nuevos tiempos.

Esto no significa que los artistas deben salir a las calles a armar barricadas o prepararse para una guerrilla urbana -es mucho más complejo-, sino a repensarnos y decirnos a nosotros mismos que la lucha por la hegemonía cultural ya no es suficiente. Un artista del futuro no puede limitarse a estar simplemente «en contra». El precio de tan poco entusiasta acto puede ser demasiado caro. Debemos ir más allá y buscar solidaridad con la verdadera fuerza política que está naciendo en este mismo momento en que las cacerolas suenan. Entonces tendremos la oportunidad no solo de un nuevo futuro, sino también de un nuevo pasado entre todos.

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Víctor López Zumelzu

Curacaví, Chile 1982. Poeta, crítico y curador. Ha sido parte del programa Artistas y Críticos de la UTDT, así como también del equipo de Fundación Proa. Ha publicado “Los surfistas” (VOX, 2006); “Anleitung, um sich in der Stadt zu vertieren” (Lanzallamas/Latinale, 2009); “Guía para perderse en la ciudad” (Ripio, 2010; VOX, 2012; Liliputienses, 2014; Premio Municipal de Poesía 2011); “Erosión” (Alquimia, 2014); “Mi hermano” (Vox, 2015); “La forma de tu mano” (Cuadro de Tiza, 2015); “Bocetos de plantas y animales” (Liliputienses, 2017); “Los surfistas y otros poemas” (Editorial Aparte, 2018), entre muchos otros textos. En el año 2006 fue becario de la Fundación Pablo Neruda. Sus textos han sido traducidos al portugués (Marília Garcia), al inglés (Brandon Holmquest), al alemán (Rike Bolte) y recientemente al francés (Elise Person).

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