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SO WHAT? LA DECOLONIALIDAD COMO PROCESO DIARIO, INDIVIDUAL Y COLECTIVO

“Any critical engagement with racism requires us to understand the tyranny of the universal. For most of our history the very category ‘human’ has not embraced black people and people of color. Its abstractness has been colored white and gendered male.”

Angela Davis

1.

“So what?” [i], nos decía un profesor inglés, mientras nos desafiaba con la mirada. Estaba terminado una clase sobre la historia de los estudios culturales y las investigaciones sobre contraculturas y espacios de resistencia. La pregunta apuntaba a si nuestras propias indagaciones tendrían implicaciones más allá del papel. ¿Cambiarían realmente algo? ¿Tendrían el potencial de ser significativas, de generar transformaciones más amplias? Es problemático, nos mostró, el celebrar la resistencia en sí misma, descontextualizarla, o despolitizarla.

Ese “so what?” provocativo se me reapareció el martes pasado, cuando la mano invisible (o una de las manos invisibles) del mundo de la tecnología decretó el #blackouttuesday. Los motivos eran variados: señal de reflexión, amplificar voces negras, mostrar solidaridad con las protestas. Casi inmediatamente comenzaron los dimes y diretes. Es activismo performativo, sentenciaron unos. Es algo por donde comenzar, respondieron otros. Claro: “so what”? ¿Cambia algo un cuadrado negro? ¿Es negativo en sí el activismo en redes sociales? Aunque es cierto que para algunos el gesto no pasó de ese ‘subirse al carro’ (por lo menos en ese momento) del antirracismo, también es cierto que muchos estaban, además, leyendo, nutriéndose, escuchando, buscando sus propios puntos ciegos.

Los símbolos, los gestos, tienen su peso. Bien lo sabemos: nos movemos entre la teoría y la imagen, entre el arte y el ritual. Sabemos ya lo potente que pueden ser unas cuantas letras blancas iluminando el costado de un edificio en medio de la noche. O kilómetros de cruces sobre el pavimento, capturadas en fotografías en blanco y negro. ¿Pueden algunos cuadrados negros cambiar algo? Sin duda fue impresionante amanecer ante una red social silenciosa, vacía. Especialmente dado que hoy por hoy es lo más cercano que tenemos a un espacio público. El negro tiene potentes connotaciones: luto, silencio, muerte, raza, vacío, ausencia, fuerza, seriedad. ¿Qué consecuencias tendría más allá de lo digital? Difícil decirlo.

2.

La muerte de George Floyd ha puesto en marcha una serie de acciones y reacciones. La más evidente es un amplio movimiento antirracista: un movimiento de indignación y rabia, de tristeza convertida en cánticos, en pies en el suelo, en exhortaciones, en exigencias. Es estar cansados de estar cansados, como decía la activista negra Fannie Lou Hamer hace casi 60 años. Inevitablemente evoca la consigna “hasta que la dignidad se haga costumbre”, que con tanto fervor repetimos una y otra vez en Chile desde octubre. El asesinato fue realizado con la ligereza de lo cotidiano: ante múltiples cámaras grabando, a plena luz del día, en la presencia de tres miembros de la policía, mientras Floyd insistía “no puedo respirar”. Al final de los casi 9 minutos, llamaba a su madre, bajo la indolencia de quienes juraron protegerlo. Difícilmente algo así podría dejarnos indiferentes, nos dijimos -pese a que sí lo fuimos, ante el asesinato de Ahmaud Arbery (escalofriantemente similar y también grabado a plena luz del día), de Breonna Taylor, de Camilo Catrillanca, de Joane Florvil, de Macarena Valdés. Sin embargo, esta vez algo se quebró, y la indiferencia no dio más. Se habla con ligereza de gotas que rebalsan el vaso. Pero no lo son; son vidas, vidas cobradas antes de tiempo, en nombre de confusas consignas como ley y orden, obediencia, autoridad y miedo.

En ese sentido, para muchos la muerte de Floyd y las reacciones a la misma resquebrajaron indiferencias ante los abusos, discriminaciones y asesinatos en los propios territorios. Así vimos a Inglaterra levantarse, rayando estatuas de Churchill y lanzando al río la escultura de un traficante de esclavos. En Bélgica está siendo retirada de las ciudades la imagen del Rey Leopoldo II, quien fue responsable de 10 millones de muertes en lo que es hoy Congo. Verdades incómodas se han visto expuestas en Francia, Australia, México. En Chile también ha habido una mirada reflexiva –pero ya llegaré a eso. Otros se han alegrado de que le llegara el momento a Estados Unidos, y de forma tan estrepitosa por lo demás. Años pontificando sobre los derechos humanos mientras guerreaban en Vietnam, en el Golfo Pérsico, en Afganistán. Condenando abusos, mientras torturaban a inocentes en Guantánamo. Vimos filtrarse fotos de soldados posando junto a cuerpos musulmanes desnudos casi sin pestañear. Estados Unidos predicaba la democracia pero obligaba al vasallaje a través de la diplomacia, la presión económica o militar. Un país a cargo de un abusador, racista, xenófobo e incapaz – sin duda un síntoma y no la enfermedad, pero uno que agrava fuertemente la situación de un país que ha sido duramente golpeado por la pandemia, y que hoy vive una crisis racial como no se veía hace más de 50 años. China y Rusia se estarán frotando las manos ante la oportunidad de poder encarar a Estados Unidos con su propia medicina, pero no hace falta ser el líder de un estado autocrático para sentir una cosquilla de satisfacción. Desaparecieron, al menos por un momento, los dobles estándar.

Otro efecto ha sido potenciar las narrativas de tantos otros levantamientos y estallidos. Hong Kong, Francia, Líbano, Chile, Ecuador, por nombrar algunos. Movimientos acéfalos en su mayoría, levantados contra la inhumanidad del neoliberalismo y la sordera de sus gobernantes. Ver a Estados Unidos “despertar” inyecta fuerza y refuerza una solidaridad transnacional, haciendo más evidente que nunca la necesidad de cambios profundos en nuestra forma de hacer sociedad.

3.

¿Qué pasa en Chile, y en América en general? Los estadounidenses tienen su herencia de esclavitud y guerra civil; nosotros, una pesada herencia colonial, una carga histórica que se filtra en cómo hablamos, cómo jerarquizamos, qué priorizamos, qué conocimiento consideramos válido y qué subjetividades universales. No podemos quedarnos tranquilos pensando que Estados Unidos está a miles de kilómetros de distancia, atribuyendo lo que pasó a una realidad ajena. Debemos hacernos cargo de nuestra propia y pesada carga; incómoda, sucia y fea. Presente en cada uno de nosotros, cualquiera sea nuestro color de piel. El racismo ha sido descrito como una niebla que opaca y distorsiona nuestra visión; una niebla adquirida por osmosis, a través de las películas que vemos, las noticias que leemos, los libros que se pueden comprar. En sus lenguajes, sus protagonistas, sus villanos, sus historias. Casi sin pensarlo hablamos de un “viernes negro” o una “cara de indio” como cosas negativas. Hacer esa introspección es incómoda pero necesaria, pues no solo nos confronta con nuestros puntos ciegos, sino que también con la forma en que nos hemos beneficiado de la jerarquización de cuerpos que opera en nuestra sociedad; ya sea por nuestro sexo, género, clase, raza o nacionalidad.

Tristemente, a sólo unos días de la muerte de Floyd, la historia se repite con la muerte de Alejandro Treuquil. Reaparecen los cuadrados negros, esta vez con la estrella de ocho puntas, o cubiertos con los nombres de quienes hemos perdido a la brutalidad policial. Rituales digitales de despedida, formas contemporáneas de honrar y hacer memoria, de llevar esas historias al espacio público ¿Pero qué más podemos hacer, desde nuestros espacios, nuestras prácticas?

4.

Existen ciertos conceptos que nos permiten estudiar las formas en que opera la exclusión y la normalización del racismo: colonización, decolonización, y decolonialidad, y que han sido ampliamente aplicados por artistas, teóricos, historiadores del arte, filósofos, museos, críticos y académicos. La colonización y decolonización fueron movimientos históricos. El proceso de colonización está íntimamente ligado a las experiencias de dominación de los pueblos indígenas, específicamente la toma de recursos nativos y la imposición de la ideología occidental. La decolonización corresponde a la retirada de la presencia extranjera de América Latina y de Asia y África, en los siglos XIX y XX respectivamente. En contraste, la decolonialidad es una epistemología, esto es, una forma de conocer y reconocer saberes. Implica un giro hacia formas de conocer el mundo ajenas al proyecto técnico, europeo y moderno: cosmovisiones indígenas, negras, locales. La decolonización no es una retórica, sino un conjunto de prácticas relacionadas a personas reales: tú, yo, nosotros. Implica reconocer y combatir jerarquías, posiciones de poder y desigualdades que hemos heredado; y examinar cómo ese pasado colonial se manifiesta en nuestra opinión sobre qué constituye el “buen gusto”, el “arte occidental”, y “lo objetivo”. Es desvincularse del proyecto universalizante y moderno que impuso el colonialismo, cuestionando divisiones binarias y artificiales entre razas, sexos, y cuerpos, y celebrando formas alternativas de describir y conocer el mundo.

Decolonizar implica, por lo tanto, una mirada crítica sobre nosotros mismos y las instituciones y redes en que nos desenvolvemos. Para las instituciones, involucra una reflexión sobre sus procesos y prácticas. Decolonizar significa ceder poder, privilegio, y autoridad, lo cual es casi siempre difícil. Es aún más incómodo por ser necesariamente inalcanzable, indefinible. Los legados del colonialismo europeo son inmensamente profundos, de largo alcance y siempre mutantes, por lo que el trabajo y las resistencias decoloniales deben adoptar diferentes formas y métodos, evolucionando según el momento histórico.

5.

Los museos son agentes influyentes en la esfera cultural: como tales, son espacios disputados, donde circulan discursos sobre cómo una sociedad quiere ser vista y cómo ve a los demás. Citando a Carol Duncan, son «poderosas máquinas que definen la identidad». Quién está allí, y quién no, tiene un impacto tremendo en nuestras «comunidades imaginarias» (Anderson, 2006); a medida que las narrativas se adaptan, algunas diferencias se ocultan y otras se silencian. En ese sentido, palabras como ‘neutral’, ‘objetivo’, ‘normal’, ‘profesional’ y ‘de alta calidad’ son parte de un sistema de supremacía blanca que perpetúa el racismo, la injusticia y el colonialismo. Los museos nunca han sido espacios neutrales; ni respecto de la porción de la historia que cuentan, ni qué objetos deciden mostrar, o desde qué perspectivas los comparten, qué narrativas priorizan. Es fácil olvidarlo. Citando a Desmond Tutu: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor. Si un elefante tiene su pie en la cola de un ratón y usted dice que es neutral, el ratón no apreciará su neutralidad”.

En el extranjero, hay museos que han logrado hacerse parte de la lucha por sociedades más justas y equitativas. En el 2017, Donald Trump prohibió la entrada a Estados Unidos a los ciudadanos de siete países musulmanes. En protesta, el MoMA reemplazó obras que tenía en exhibición con obras de artistas de esos países. En el 2018, el Birmingham Museum and Art Gallery invitó a una red de trabajadores de minorías raciales a co-curar la exposición The Past is Now, decolonizando y exponiendo el pasado imperial de Inglaterra (ver Sandell y Janes, 2019). En Chile hay señales positivas: el Museo Mapuche de Cañete ha reconocido de forma radical la necesidad de la participación de la comunidad en sus procesos. El Museo de la Solidaridad Salvador Allende ha tejido redes con las personas del barrio República en un proceso que privilegia los tiempos de las confianzas por sobre los del museo, creando una comunidad afectiva en la cual el museo se convierte en laboratorio (ver García, 2019). El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos no sólo tuvo un rol activo durante el estallido social, articulando espacios de diálogo y reflexión, sino que también ha trabajado por incluir a las comunidades migrantes que ya son parte de la historia y memoria del barrio en que se encuentra. Sin embargo, aún queda mucho por hacer: muchas voces que se mantienen silenciosas, demasiadas narrativas por disputarse, e infinitud de comunidades esperando reconocimiento e inclusión.

6.

Para incluir esas voces, narrativas y comunidades, se hace imprescindible reevaluar críticamente la historia del arte. Cuando hablamos del canon, sabemos que nos referimos a autores principalmente hombres, blancos, europeos o norteamericanos. La autoridad de ese canon, cuidadosamente custodiado, ha devaluado conocimientos, producciones, prácticas y visiones no-occidentales. Disputar el canon de la historia del arte es cuestionar su capacidad para incluir diferentes voces o perspectivas. Significa plantear preguntas fundamentales sobre cómo se cuentan las historias, y a quién se le es permitido hablar. Es una mirada crítica que va más allá de la diversidad, pues ésta no es una meta en si misma, sino más bien un medio para crear culturas de trabajo que no solo respeten sino que honren y valoren una multiplicidad de ideas, formas de conocer y de hacer.

Como artistas, críticos, teóricos o académicos, también debemos aprender a respetar las narrativas de otras comunidades; saber reconocer cuándo una historia no es propia, y buscar formas colaborativas de trabajar. Ser consciente de “tener privilegios” generalmente significa reconocer que se «tiene un poder». Si es así, como decía Toni Morrison, nuestro trabajo es empoderar a alguien más. Necesitamos más artistas, modelos, teóricos o críticos de color, y es hora de darles el espacio que se merecen a las voces negras e indígenas que ya están entre nosotros. Sebastián Calfuqueo, Astrid González, Loreto Millalén, Paula Pailamilla, Bernardo Oyarzún, Francisco Huichaqueo, Rodrigo Castro, son sólo algunos de una larga lista.

Por último, las preferencias y temores de nuestra herencia colonial y europea moldean de forma explícita pero sutil cómo organizamos nuestro trabajo e instituciones, cómo nos vemos a nosotros mismos y a los demás, cómo interactuamos entre nosotros y con el tiempo, y cómo tomamos decisiones. Por eso es importante buscar nuevas formas de trabajar: privilegiar las relaciones basadas en confianza, en el cuidado, buscando conexión crítica por sobre masa crítica, con un compromiso serio de compartir el poder, para que quienes se ven afectados por una decisión sean parte integral del proceso. Debemos repensar prácticas coloniales, que se caracterizan por un sentido de urgencia, actitudes defensivas, un enfoque en cantidades y objetivos medibles, en la incomodidad hacia las emociones, el paternalismo en la toma de decisiones y el miedo al conflicto, por nombrar sólo algunos (ver Murawski, 2019).

7.

¿Cuánto importan los símbolos? ¿Puede el gesto de cubrir espacios con un color cambiar algo? Son preguntas que nuevamente traen ecos del estallido, cuando se cubrieron con toscos brochazos las paredes del GAM y el Teatro UC. Me traen ecos de esa pintatón espontánea con que rápidamente se respondió, una pluralidad de voces desplegando una narrativa propia sobre los muros de instituciones culturales que son de todos. Quienes trabajamos en el mundo del arte sabemos ya que los símbolos están cargados de significados, y las maneras profundas en que nos posicionan, nos movilizan, nos condicionan. Sin embargo, esta vez debemos hacernos cargo también de ese “So what?”. Usemos los recursos que ya existen para educarnos y tomar acción afirmativa. No sólo desde nuestra individualidad e intimidad, sino que generando cambios en nuestras prácticas laborales, en los espacios que diseñamos, el lenguaje que usamos y la mirada que tenemos del mundo. El trabajo decolonial es un trabajo diario; un proceso, más que una meta; debemos seguir trabajando, entablando una conversación mucho más inclusiva sobre qué queremos para nuestros espacios culturales y cívicos.


Anderson, B. (2006). Imagined communities: reflections on the origin and spread of nationalism. London; Verso.

Duncan, C. (1991). “Art museums and the ritual of citizenship” in Karp, I. and Lavine, S. Exhibiting Cultures. The Poetics and Politics of Museum Display. Washington: Smithsonian Books, pp. 88-103.

García, S. (2019). Casa de experimentos: preguntas y transformaciones recientes del Museo de la Solidaridad Salvador Allende y su integración a la comunidad del Barrio República. Poiésis, Niterói, v. 20, n. 33, pp.257-276.

Janes, R., y Sandell, R., eds (2019). Museum Activism. New York: Routledge.

Murawski, M. (2019) Interrupting White Dominant Culture In Museums. Art Museum Teaching.


[i] Nunca he encontrado una traducción suficientemente exacta. “¿Y qué?” podría ser una. “¿Y qué más da?” es más exacta. Todas pierden esa rapidez punzante, por lo que me perdonarán el anglicismo en un artículo que, irónicamente, se refiere a la decolonialidad.

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María Victoria Guzmán

Investigadora especializada en memoria cultural, identidad y representación. Es abogada con estudios de posgrado en Filosofía y Estética, y un MA en Industrias Culturales y Creativas de King’s College de Londres, Reino Unido, en el cual fue reconocida con el premio a la mejor tesis de su generación. Actualmente se dedica a la investigación, la crítica cultural y la academia. Es fundadora del blog El Gocerío, dedicado a la crítica de arte en Santiago

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