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FELICIANO CENTURIÓN. ATRAVESADO POR EL AFECTO Y UNA PANDEMIA

La obra de Feliciano Centurión (Paraguay, 1962 – Argentina, 1996) ha sido pasada por alto en gran medida desde su fallecimiento y solo recientemente ha sido reconocida, como fue el caso de la presentación de una serie de sus textiles en la Bienal de São Paulo de 2018, curada por Gabriel Pérez-Barreiro. Al igual que ha pasado con muchos otros artistas de América Latina, su obra no fue ampliamente exhibida o coleccionada en vida.

Americas Society presenta desde el 13 de febrero y hasta el 16 de mayo Abrigo, una exposición que ofrece la oportunidad de recorrer la corta pero significativa carrera de Feliciano Centurión, un artista que a través de sus bordados y pinturas sobre mantas y otros artículos domésticos entabló una potente relación entre el arte folclórico y la estética queer en la Sudamérica de los años 90.

A través de su obra, Centurión hizo lecturas poéticas de su juventud en el trópico y sus experiencias amorosas en la metrópolis, así como reflexiones espirituales antes de su muerte prematura debido a enfermedades relacionadas con el SIDA. “El modo de activismo y resistencia de Centurión fue íntimo y afectivo, enfocado en el amor, la espiritualidad, y el humor –el refugio, o abrigo, aquellos que el arte puede proporcionar en un mundo hostil,” dice Gabriel Pérez-Barreiro, curador de esta muestra, la primera a nivel institucional del artista paraguayo fuera de América Latina, y que hoy, en medio de una pandemia, cobra aún más relevancia. 

Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com
Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com
Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com
Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com

ABRIGO

Por Gabriel Pérez-Barreiro

Feliciano está sentado en la mesa de uno de los glamorosos hoteles o cafés del viejo Buenos Aires. Mira directamente hacia la cámara con una expresión tanto dramática como seductora; sus dedos adornados con anillos se aferran a su torso en un contrapposto operístico que podría ser –o no- completamente serio. La icónica fotografía capturada por Alberto Goldenstein retrata al artista en la plenitud de una vida trágicamente corta: se le ve confiado, apuesto, realizado. Tres años después Feliciano Centurión estaría muerto, convirtiéndose en una de las innumerables víctimas de la epidemia de VIH/SIDA que diezmó una generación completa.

PARAGUAY: LA SELVA SUBTROPICAL

Feliciano Centurión nació en San Ignacio, una localidad ubicada al sur de Paraguay, cercana a la frontera argentina, uno de los asentamientos fundados por los jesuitas en los siglos diecisiete y dieciocho. A menudo, las misiones jesuitas han sido caracterizadas o romantizadas como la cara más amable de la colonización, con las tradiciones guaraníes y católicas viviendo en relativa armonía. Independientemente del grado de verosimilitud que respalda esta visión posiblemente idealista, sin duda los jesuitas trajeron el barroco europeo a esta localidad, y construyeron muchas iglesias profusamente ornamentadas con elementos híbridos entre lo indígena y lo católico. La coexistencia de las culturas guaraní y católica forjó una cultura única en Paraguay, un país que emergió como una superpotencia hasta la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), en la cual sus vecinos, Brasil, Argentina y Uruguay, lo destrozaron apoyados por potencias europeas, matando al 90 por ciento de la población masculina. Después de esta guerra, Paraguay nunca se recuperó y se convirtió en una especie de restaño regional, una república sin litoral que, en la imaginación popular, estaba plagada de narcotraficantes, criminales de guerra nazis y terroristas islámicos, bajo la gigantesca sombra de los treinta y cinco años de dictadura de Alfredo Stroessner. Sin embargo, en la otra cara de la moneda, Paraguay es el país con la población más étnicamente diversa en América, uno de los pocos países donde una lengua indígena, el guaraní, es la lengua oficial, hablada por el 90 por ciento de la población, y con una herencia cultural singularmente distinta a la de las civilizaciones más conocidas que habitaban Los Andes o Mesoamérica.

Centurión creció en este contexto, en un hogar dominado por mujeres, donde aprendió a coser y a bordar a crochet. Como parte de su compleja composición cultural, Paraguay es justamente famoso por sus artesanías, especialmente el ñandutí, un elaborado encaje hecho a mano inspirado en modelos importados de las Islas Canarias durante la colonización y bautizado con la palabra guaraní para «telaraña». Cuando era tan solo un niño, Centurión se sentía igualmente atraído por las artesanías asociadas tradicionalmente a las mujeres e incómodo por no seguir intereses convencionalmente masculinos. Cuando la familia se mudó a la localidad fronteriza de Alberdi, asistió a la escuela de arte en Formosa, al otro lado del río Paraguay, en Argentina. Como estudiante, Feliciano hizo naturalezas muertas y paisajes bastante convencionales, aunque con cierta intensidad temperamental, y fue su profesor quien lo animó a perseguir sus sueños y continuar su carrera artística en una ciudad más grande.

BUENOS AIRES: LA SELVA URBANA

En el año 1980, Centurión se mudó a Buenos Aires para estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Pero más que la formación –la cual era bastante tradicional— fue el vibrante entorno cultural el que lo llevó a encontrarse a sí mismo. A mediados de los ochenta, Argentina emergía de una brutal dictadura, de manera que los artistas e intelectuales de la época comenzaban a disfrutar de nuevas libertades y posibilidades de expresión. La generación previa estuvo muy marcada por su oposición al régimen militar y este trasfondo ampliamente social moldeó la escena artística, desde la torturada figuración expresiva hasta el conceptualismo codificado intelectualmente. En una sociedad recientemente democrática, el foco político cambió de lo general a lo específico, de lo sociológico a lo íntimo. El artista Marcelo Pombo, amigo de Centurión, se hizo famoso en ese momento por definir la política como el metro cuadrado que rodea de cerca a los artistas: amigos, familia y vecinos. Era aquí donde la política se manifestaba y sería efectiva.

Centurión se sintió liberado no solo por este nuevo espíritu artístico, sino también por la posibilidad de abrir su sexualidad. Estos temas se encontraban estrechamente relacionados:  como la expresión de la subjetividad individual, la sexualidad en si misma se convirtió en un terreno disputado, tal como se evidencia en la frase “lo personal es político”. Después de todo, ¿cuál era el propósito de la libertad política si esta no podía ser expresada en el plano más personal y cotidiano posible?

A fines de los años ochenta, un pequeño y sencillo centro cultural universitario, el Centro Cultural Ricardo Rojas (El Rojas), se convirtió en el epicentro de una revolución inesperada en el área de las artes visuales. Bajo la dirección del artista Jorge Gumier Maier, El Rojas promovió una nueva generación de artistas cuyos intereses en común incluían lo cotidiano, la autoexpresión, el interés por lo kitsch y una estética exuberante, casi barroca. Centurión se convirtió en un miembro clave de este grupo de artistas, exponiendo varias veces en El Rojas e ilustrando de diversas maneras las elecciones estéticas de esa generación. Durante esos años, Feliciano dejó de producir pinturas figurativas expresivas (muchas con tintes homoeróticos) y comenzó a interesarse por las telas, los crochets y los bordados, por lo que a menudo iba a buscar paños y manteles kitsch a Once, el popular barrio de telas de Buenos Aires, donde se deleitaba con los colores brillantes y el sentimentalismo de los decorados.

A principio de los noventa, Centurión comenzó a pintar animales exóticos sobre mantas grandes, sintéticas y baratas utilizadas para embalaje doméstico y como abrigo por los sin techo. El contraste entre la pobreza del material y la exuberancia de los animales audaces y expresivos son indicios de una seguridad y originalidad notables para un artista tan joven. Algunos de los animales representados se relacionan directamente con los orígenes subtropicales de Centurión: yacarés, lagartos y surubíes (peces grandes de río, nativos de la zona). Otros son indudablemente más fantásticos, como pulpos, medusas y anémonas. En obras similares, Centurión compró mantas cuyos diseños representaban escenas exóticas de tigres, venados y otros animales, y pintó sobre los patrones preexistentes para exagerar aún más la excesiva ternura de su atractivo para el gusto de los consumidores. En ambas series de obras, Centurión unió dos universos aparentemente opuestos: lo natural y lo urbano, lo orgánico y lo sintético.

Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com
Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com
Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com
Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com
Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com
Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com

LA POÉTICA DEL AFECTO

A medida que continuaba explorando las tradiciones folclóricas y las telas populares,  Centurión comenzó a involucrarse cada vez más con el bordado y el crochet. En muchas obras, tomaría una funda de almohada, un posavasos, un delantal o un mantel ya utilizados, y agregaba una conmovedora frase cosida a mano. Estas frases o aforismos suelen referirse al amor, con declaraciones como “Te quiero” y “Descansa tu cabeza en mis brazos”. Otros trabajos evocan estados más abstractos como “Añoranza” y “Ensueño”, y otro subconjunto usa referencias religiosas tales como “El cielo es mi protección” y “Tu presencia se confirma en nosotros”. En todos estos trabajos existe el delicado deseo de exponer las emociones íntimas de manera directa mediante el bordado, un recurso tradicionalmente femenino. El compromiso de Centurión con la estética popular es otro elemento que también descoloca al espectador, ya que muchos de nosotros conservamos recuerdos precisamente de este tipo de tejidos a crochet o bordados en las casas de nuestros abuelos o familiares. Sin embargo, no es común encontrar estos elementos en el arte contemporáneo.

Al colocar el afecto y el amor en la centralidad de su práctica, Centurión estaba haciendo una contundente declaración política, pero basada en las políticas del afecto, las relaciones y la intimidad. Objetos desechados u olvidados por otros fueron rescatados y se les dio un nuevo significado al entregar mensajes sinceros, en una serie de pequeños actos con consecuencias potencialmente grandes.

Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com
Vista de la exposición “Feliciano Centurión: Abrigo”, en Americas Society, Nueva York, 2020. Foto: OnWhiteWall.com

SIDA Y LA POÉTICA DE LA DESPEDIDA

Después de que Centurión fuese diagnosticado con VIH en una época donde no había un tratamiento accesible, comenzó a referirse a su enfermedad por medio de sus obras. Al igual que Félix González-Torres, ACT UP, José Leonilson y General Idea, Centurión se valió del arte para registrar el paso de la enfermedad por su cuerpo, así como para ofrecer una contra-narrativa a la histeria de la «peste gay» presentada por los medios de comunicación.

Desde ese entonces tanto la muerte como la religión comenzaron a aparecer de manera regular en las frases que Centurión utilizaba en sus obras. Su fe cristiana parece haberse vuelto más pronunciada –o al menos más visible— a través del uso frecuente de la cruz o, incluso, en una obra, un cordero sacrificado (una típica metáfora de la tradición católica). En las últimas obras compuestas por almohadas que Feliciano hizo mientras estaba hospitalizado, agregó la frase «Luz divina del alma», como si buscara recuperar la belleza del alma humana mientras su cuerpo físico se desintegraba.

Posterior a su llegada a Buenos Aires, al sur de su Paraguay natal, Centurión sufrió los fríos inviernos en el estuario del Río de la Plata. Su búsqueda de calidez —tanto física como emocional— caracterizó su corta, pero brillante carrera. En una serie de obras particularmente humorísticas, Centurión vistió no solo muñecas con prendas tejidas a crochet, sino también dinosaurios, neutralizando de este modo sus posturas y expresiones feroces, al mismo tiempo que los afeminaba y los domesticaba. En una carrera caracterizada por la marginación en diversas formas, desde sus orígenes en Paraguay hasta su sexualidad y su interés en las tradiciones populares y folclóricas, el modo de activismo y resistencia de Centurión fue íntimo y afectivo, centrado en el amor, la espiritualidad y el humor, el refugio –o abrigo— que el arte puede brindar en medio de un mundo hostil.

Traducido por Sofía Ramírez


Esta exposición viene acompañada de un libro de bolsillo completamente ilustrado. Americas Society también publicará una monografía completa de la obra del artista, con el apoyo del Instituto Para Estudios Latinoamericanos (ISLAA), incluyendo textos de autores entre los cuales están Bill Arning, Ticio Escobar, Jimena Ferreiro, y Francisco Lemus. La monografía será publicada en mayo del 2020.

La presentación de Feliciano Centurión: Abrigo es posible por el generoso apoyo de waldengallery, Galería Millan, y Cecilia Brunson Projects. La exposición está subvencionada, en parte, por recursos gubernamentales del Departamento de Asuntos Culturales de la Ciudad de Nueva York, en asociación con el Consejo de la Ciudad, y el apoyo adicional de Sharon Schultz.

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