“Concisión de la lluvia, soberanía del

agua al caer en los árboles. Cuando

todo se ha vuelto un poco añil la lluvia

obliga al amanecer a prolongar su

grisura. Es grato mirar el mundo

cubierto por un velo que afirma su

continuidad, la perduración de una

vida en la que ya no estaremos”

José Emilio Pacheco, “Concisión,” La edad de las tinieblas, 2009

 

En el poema Concisión, que José Emilio Pacheco escribió hacia el final de su vida, la lluvia envuelve el mundo en añil. El poeta describe ese baño de azul como un velo que cubre los grises y las sombras que definen tantos aspectos de nuestra mortalidad. El color es lluvia y tranquilidad, una señal melancólica de que el mundo va a perdurar.

El azul está un poco de moda en occidente. Pantone anuncia que el color de 2020 será el “Azul Clásico”. Apuntan que este azul infunde tranquilidad, confianza, y conexión, ofreciendo un cimiento estable para el crecimiento. Durante años, poetas y ensayistas han batallado con las posibilidades sugestivas de este color. Maggie Nelson dedicó su libro Bluets a su obsesión con él; en su vida, se convirtió en un talismán que aparecía y volvía a aparecer constantemente, una forma de entender la pérdida y el duelo, un constante compañero en la transformación. Sin duda, la proximidad del azul y la tristeza está incrustada en el lenguaje y en la poesía, encarnada más completamente en la música del blues. Tal vez no sea tanto un color como un sentimiento, una manera de decir verdades.

Vista de la exposición "Las heridas también pueden teñirse de azul", de Sandra Monterroso, en el Centro Cultural de España en Guatemala, 2019. Cortesía de la artista

El azul Maya, que está al centro de las investigaciones de Sandra Monterroso, aparece en murales y cerámicas, en los rituales y en la tradición oral desde hace más de mil años, mucho antes de que llegaran a él los escritores occidentales. El pigmento tiene una resistencia extraordinaria, manteniéndose vivo y claro durante milenios, incluso bajo duras condiciones climáticas. Para crear este azul, los Mayas combinaron un tinte añil con una arcilla llamada paligorskita, conocida por sus propiedades curativas. El pigmento y la arcilla se funden a través de un proceso cociéndose con incienso sagrado, el copal. Es pues, incluso a nivel molecular, un color resistente y curativo, asociado tradicionalmente a Chaak, dios de la lluvia, y al elemento del agua.

En Las heridas también pueden teñirse de azul, las obras de Monterroso sobre papel, performance, instalación, y esculturas van unidas por el azul Maya. Su escultura Vida Azul es una colección de tocoyales que las mujeres del altiplano atan, históricamente, en sus cabellos. Estas pequeñas borlas decorativas de hilo portan en sí las energías de la experiencia de vida de las mujeres que las usan. Monterroso las ha colocado en un nido de telas abultadas teñidas de azul, convirtiéndose en coronas de un azul deshilachado y oscilante. En su instalación Puntos en resistencia azul, bultos azules del mismo tejido retorcido cuelgan de cuerdas suspendidas del techo.  Aquí se convierten en colecciones de nudos. La resistencia es una forma de negación, una ralentización que no permite que los nudos se desaten, una fuerte reticencia.

En sus recientes obras sobre papel, el azul mancha el plano con formas abstractas. Y, sin embargo, la mancha se resiste a crear bordes filosos en un gesto de asentimiento orgánico a la geometría a través de la cualidad ácuea del color. El agua es el color, es su representación, la metáfora, y el material mismo.

Vista de la exposición "Las heridas también pueden teñirse de azul", de Sandra Monterroso, en el Centro Cultural de España en Guatemala, 2019. Cortesía de la artista
Vista de la exposición "Las heridas también pueden teñirse de azul", de Sandra Monterroso, en el Centro Cultural de España en Guatemala, 2019. Cortesía de la artista

La pieza central de la exhibición es una instalación-performance que la artista ha titulado El agua se volvió oro, el río se volvió oro, el oro se volvió azul, que escenificó recientemente en Ex Teresa Arte Actual, en la Ciudad de México. Acostada al pie de un largo textil azul, que baja de la pared al suelo, la artista invoca al espíritu del agua, llamándolo de vuelta al río. El textil, construido de güipiles del estado de Alta Verapaz, de donde es originaria la artista, fluye en volutas delicadas, cubriéndole el cuerpo hasta que sólo se ve su cabeza.

Monterroso describe las industrias extractivas que destruyen las aguas de Guatemala y los métodos tradicionales de cuidarlas como “heridas”: “los ríos, los lagos, incluso los mares, están heridos”, escribe. Es significativo que se vuelva hacia las tejedoras –una tradición asociada a la colaboración entre mujeres—para invocar el río. El agua y la curación son espacios de lo femenino, lugares de fuerza, sabiduría, y magia de mujeres.

El azul es intangible y remoto, escribe Rebecca Solnit. Si imaginamos tocar el azul, podemos imaginar tocar la distancia: recordar que, en la pintura y el dibujo, los sistemas de perspectiva occidentales usan el azul para significar lo lejano. Es un color que describe dónde no puedes ir, dónde nunca estarás, dónde te imaginas, y dónde quieres estar. No es sólo un color, sino un espacio, apenas inalcanzable. Es decir, el azul también se relaciona con el acto de desear, a la escala del cuerpo.

El azul puede ser el pasado. Puede llevar tristeza, ofrecer sanación. Lo que propone Monterroso es que el azul es un color del sufrimiento, el color con el que se tiñe el dolor. Enquistado de conocimiento sagrado y ancestral, también es un color con historia, reticencia y poder, un color que rellena los huecos de dolor que llevamos dentro.

“Durante las noches azules piensas que nunca va a llegar el final del día… las noches azules son lo contrario de la muerte del resplandor, pero también son su advertencia”, escribió Joan Didion tras la muerte de su hija. “Apágate como se destiñen las noches azules, vete como se va la luz. Vuelve al azul”.

Vista de la exposición "Las heridas también pueden teñirse de azul", de Sandra Monterroso, en el Centro Cultural de España en Guatemala, 2019. Cortesía de la artista

Texto escrito para la exposición Las heridas también pueden teñirse de azul, de Sandra Monterroso, en el Centro Cultural de España en Guatemala (5 de noviembre al 5 de diciembre de 2019).

Traducción al español por Fernando Feliu-Moggi

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Laura August

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