Pocas cosas recuerdo de los 90. La transición para mí, y posiblemente para muchos de la misma generación, fue un periodo de juego, series animadas, tardes viendo a Roberto Nicolini, mañanas a Cachureos, papás con bigote, mamás con chasquilla, cortes de pelela, las Spice Girls, los Backstreet Boys, Lou Bega a falta de repertorio tocando dos veces el Mambo N°5 en el Festival de Viña… Matrix aún estaba un poco lejos del horizonte de entendimiento, eso vendría un tiempo después. Recuerdo, un poco más grande -posiblemente con la aparición de Youtube-, el descubrimiento de otro producto de esa década: el humor político como primer acercamiento a una incipiente conciencia crítica sobre la dictadura y los años de la “transición”. Una conciencia que se cristalizaría para algunos en las protestas estudiantiles del 2006, para otros en las del 2011, para todos en las del 2019.

“Fue una época de increíbles avances, y también de increíbles retrocesos”, decía en uno de esos sketch un personaje que representaba el centro político. Con cara de demagogo y un poco pillín, movía los brazos como en un pedaleo que amortiguaba las atrocidades de la dictadura. De esta manera se exponía toda la retórica partidista de esa primera década, mal que mal, “el hombre de la transición -hasta el día de hoy- sigue transiciendo”. Así, la vuelta a la democracia prometía -o al menos suponía- un giro en los modos, por lo menos en la oratoria: el “soldado presidenteque se comprometía a estar en el cargo por dos años de Urano, equivalentes a 15 terrestres, en buena hora no corría más. Sin embargo, algunos modos se fueron quedado y al poder le gusta el poder: para jugar el juego no sólo hay que creer en sus reglas, también hay que perpetuar la desigualdad inherente a él.

Así, corría 1998, un año atravesado por la vorágine mundialera. Marcelo “Chino” Ríos se coronaba como el primer tenista iberoamericano número 1 en el ranking ATP; Florencia Romano se convertía en la primera mujer árbitro de Argentina; Pinochet era detenido en Inglaterra y los Backstreet Boys, en la cima del estrellato, causaban desmayos y ataques festivaleros en Viña. Ese mismo año, Francisco Brugnoli era nombrado Director del Museo de Arte Contemporáneo (MAC), con la misión de continuar un legado de larga data: “la reposición del museo en el contexto de la sociedad chilena y, además, en el contexto internacional… generar un museo de arte actual en la actualidad”.

Pues bien, de eso ya han pasado 21 años: al “Chino” Ríos lo sucedieron González y Massu, quienes fueron reemplazados por Jarry y Garín; la dupla Sa-Za dio lugar a la generación dorada; Pinochet murió con varias causas abiertas hasta el día de hoy; el mundial femenino de fútbol rompió récords de audiencias; y los Backstreet Boys dieron paso al K-pop y otros fenómenos musicales. Sin embargo, en el MAC todo sigue igual, como si el tiempo no hubiera mermado las energías, las vocaciones o las perspectivas. Frente a la fatiga de material, todos y cada uno de esos personajes que fueron íconos en su momento decidieron hacerse a un costado para dejar pasar a la siguiente generación, pero en el museo, la resistencia a abandonar el barco hace mella y los resultados son evidentes.

Los problemas del pasado, lejos de superarse, siguen siendo los mismos: presupuesto insuficiente, un depósito deficitario, precarización de los artistas, precarización de sus trabajadores, falta de seguridad, escasez de personal… ¡Un museo sin montajistas! Y una programación que depende en gran medida de proyectos externos financiados por FONDART. Así, el museo hace noticia casi exclusivamente por mínimos, como la apertura del pasillo que lo une con el Museo Nacional de Bellas Artes; que haya tomado 20 años despejar un corredor debería ser la noticia… es que la estupidez de darse la vuelta para ir a ver al vecino cuando viven en la misma casa es suprema. Entonces ¿cuándo nos empezamos a acomodar con tan poco? ¿Cómo el sandwich de mortadela nos empezó a parecer bien?

Y está bien, no es que la mortadela esté absolutamente mala, no, no se trata de eso, a veces no hay nada más y una marraqueta con mortadela indudablemente sabe bien (si le ponemos un poco de mayonesa mejor). ¿Quita el hambre? Sin duda ¿Es sabrosa? Totalmente ¿Se me antoja? Con dificultad ¿Nutre? ¡De ninguna manera! Es que el pan con mortadela es el desde, como decía una columna del diario El Mundo; es un sandwich que salva, pero nadie lo preferiría por sobre otras cosas. Sin embargo, si tuviéramos que elegir entre no comer nada y comer eso, pues bien, no habría duda.

En eso se ha transformado el MAC, en el lamentable desde, con una colección que se ha armado desde la buena voluntad de artistas y cultores, que con la vaga ilusión de que al ingresar en la colección del museo la plusvalía de sus obras suba -una medalla en el CV. En 20 años, la dirección no ha sido capaz de levantar fondos para devolverle el favor a los cientos de artistas que han depositado su confianza en él. Sumado a eso, la ausencia de un curador que dirija las adquisiciones y las muestras; el robo en 2013 de dos obras de la colección de Juan Yarur; en el 2018, de otro par de la muestra Dobles de proximidad -que nunca aparecieron y de las cuales el museo no se hizo responsable porque no tiene seguro-; y en el 2019 el retraso de las inauguraciones (el mismo día de la inauguración) por una falla generalizada del sistema eléctrico del museo, con el desastre del Museo Nacional de Brasil respirándole en la nuca a todos los museos del mundo. Estas y otras circunstancias dan cuenta de la ya gastada administración del museo. Dos guardias para 7.029 m2 es casi tan irrisorio como darse la vuelta a la casa para ir a ver a tu vecino que vive contigo.

Frente a este desgaste, su director decía en 2013: “Yo ya no me planteo desafíos, estoy en plan retirada… No tengo fecha precisa, pero yo creo que en dos años”. En 2015, en una entrevista en Revista Capital decía sobre su futuro y la posible salida del museo: “No inmediatamente, pero ya tengo proyectos pensados para un tiempo más. Es una incongruencia que un caballero de tanta edad dirija un museo para gente joven”. En 2017, un titular de La Tercera decía: “Este es el año en que dejo la dirección del Museo”. En 2018, en el mismo medio, anunciaba por cuarta vez: “En julio comienzo mi retiro; el MAC es hoy muy distinto a cuando llegué”. ¿Se habrá estado refiriendo a años de Urano también?

Han pasado ya seis años desde que Brugnoli anunciaba por primera vez su retiro, que, lejos de ser real, todo indica que a la dirección aún le queda un tiempo de transición hacia otro lugar en las inmediaciones del GAM. Sin embargo, para la gran mayoría de los artistas o gestores que pasan por esas salas, la experiencia es de angustia: lo que inicia como algo positivo termina en llantos y estrés. Y es que en 20 años se ha logrado capitalizar poco: sin capacidad de levantamiento de fondos -una, si no la más importante, tarea de cualquier director de un museo- los blue chips contemporáneos se han ido a otros espacios como CorpArtes o Centro Cultural La Moneda. Esa misma incapacidad ha hecho que las mismas condiciones laborales sean sean tan frágiles como un FONDART, al cual ya no pueden postular.

Su programación está absolutamente amarrada a los designios de la dedocracia y la voluntad de los jurados del Ministerio de las Culturas: básicamente, se hace lo que se puede. Pero si la Corporación Cultural de Las Condes fue capaz de levantar 720 millones para hacerle una escultura a un joven Antonio Vodanovic, y Antenna más de 100 millones para apoyar la participación de Voluspa Jarpa en el Pabellón de Chile en la Bienal de Venecia, me cuesta entender que en 20 años el director del museo no haya podido ser capaz de levantar fondos para tener un par de montajistas y una cajita de clavos para hacer la cosa un poco más llevadera.

Es que hoy el museo, a falta de desafío, hace los mínimos: abre las puertas todos los días, exhibe arte actual -¿contemporáneo?. Esa es otra cosa: llena una programación con varias muestra simultáneas y entrega un appetizer que quita el hambre. ¿Es por eso contemporáneo? No. Como dice Agamben, es contemporáneo “aquel que no coincide perfectamente con él (su tiempo) ni se adapta a sus pretensiones, y es por ello, en este sentido, no actual”. A renglón seguido, dice: “Aquellos que coinciden completamente con la época, que concuerdan en cualquier punto con ella, no son contemporáneos pues, justamente por ello, no logran verla, no pueden mantener fija la mirada sobre ella”. Pues bien, es justamente esa relación singular con el tiempo la que hace de la dirección del MAC algo irrelevante. Alguien con más perspectiva entendería que entre esos casi 650 profesionales que salen a formarse en áreas como historia del arte, arquitectura o gestión cultural todos los años hay alguien idóneo para asumir de manera más prolija la dirección del museo, no porque la decisión dependa de su director, en ningún caso, pero sí para dar un paso al costado y abrir la negociación; es el ciclo de la vida, como el que nos enseñó Mufasa allá en los 90: hay que entender el equilibrio.

Entonces, en el contexto de hoy, ¿qué decimos de nuestras instituciones, al menos la más próximas? ¿Qué le exigimos a nuestros espacios expositivos, que a la fecha, sin duda, están al debe? Porque ser el pan con mortadela es fácil, conveniente, se arriesga poco y se gana mucho: un sueldo bueno, horarios flexibles para irse a Olmué entre semanas, el spotlight de la entrevista y las charlas -nunca viene mal unos golpecitos en la espalda-; sólo se tiene que ser así, y se tiene que querer seguir siéndolo, no requiere gran esfuerzo, es cosa de mantener la máquina andando mientras todo “funciona”, porque hay unos otros precarizados que lo hacen andar. Pero, a veces, que funcione no es suficiente: para ser el pichichi no se requiere sólo saber jugar a la pelota, se requiere ser extraordinario jugando fútbol.

Esto no significa que el museo o su dirección sean peor que antes, ¡NO! Posiblemente son igual. Sin embargo, hoy hay una masa crítica más atenta e informada. Basta ver lo que pasa con temas como la ecología, la educación o la política. Hoy, más que nunca, es imprescindible revisar nuestras instituciones expositivas, porque basta un parpadeo para que los honorables amigos de la Universidad de Chile le hinquen el diente a un museo que dice basta; no sería raro ver en un tiempo más al chevalier Gonzalo Díaz o a monseigneur Enrique Matthey disputándose la terna por el trono antes de jubilar… Por este motivo, para no convertirse en eso contra lo que se luchó, repartamos el queso amigos, que la gente tiene hambre y el tiempo se acabó.

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José Tomás Fontecilla

Nace en Santiago de Chile. Es Licenciado en Historia y Teoría del Arte por la Universidad de Chile. Como investigador ha desarrollado indagaciones en torno al patrimonio desde el CEPA de la Universidad Adolfo Ibáñez. Ha trabajado en la Bienal de Artes Mediales, el Museo de Arte Contemporáneo y en galerías en Santiago desde el año 2015. Ha publicado en las revistas Tonic, Arte al Límite, The Living Form, entre otras. En 2018 fue becado por el Patronato de Arte Contemporáneo (PAC) y Proyecto Siqueiros/Sala de Arte Público para participar en la Escuela de Crítica de Arte de La Tallera.