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A MANERA DE RECADO DESDE EL JARDÍN DE PROA (APUNTES PARA UNA PERFORMANCE AMAZÓNICA)

“Hemos decidido romper el insoportable secreto que el poder hace caer sobre todo cuando toca al funcionamiento real de las prácticas sensuales, sexuales y afectivas, así como lo hace caer sobre el funcionamiento real de toda práctica social que produce o reproduce las formas de la opresión”

Félix Guattari, Para acabar con la masacre del cuerpo

 

La re/lectura de poéticas en trabajos políticos en las artes visuales latinoamericanas y su exploración en la performance del cuerpo/territorio y lo exuberante selvático, nos hizo a Julio Urbina y a mí explorar a la manera de cartógrafos deseantes las metáforas eco/sexuales a partir de nuestros propios fragmentos amorosos y psicopatías en fuga a las que nos somete el sistema y su orden de colonización. Pienso en políticas en fuga de sujetos no garantizados y expuestos.

Julio y yo emprendemos un viaje romántico y nómada a la manera de curadores de nosotros mismos, un viaje que de alguna manera emula el barroco de Alejo Carpentier en su novela Los pasos perdidos. Recorrimos de esta forma parte de la Amazonía peruana en busca de instrumentos, de vestigios de seres divinos y secretos camuflados en la jungla, pero a la vez en busca de nosotros mismos y nuestra tormentosa relación de des/amor, en tiempos de odio.

La devastación de nuestro ecosistema corporal enfermo enfrentado a la naturaleza amazónica y su paisaje de calamidad que se extingue y pareciera morir por las epidemias, por la codicia del empresariado planetario sumado en todas sus posibilidades a la imposición a fuego de credos y costumbres foráneas, y en el resplandor de su antónimo a la resistencia étnica en la desnudez de los no contactados bajo la postal discriminatoria de lo exótico.

Nos impusimos el devenir, la ofrenda y el rito ancestral, la reinterpretación de la invocación de rituales chamánicos de pueblos originarios sobrevivientes en la salvaje foresta amazónica. Insistimos en la sanación, en el oráculo, en el trance místico de la ayahuasca para vernos nosotros mismos reflejados a perplejidad en sus antiguas divinidades que viven en el cauce del Marañón, del Ullagali, del Nany, en todos los afluentes madre del Amazonas donde gobierna el Yakuruna.

Pancho Casas y Julio Urbina, performance en Proa 21, Buenos Aires, 2019. Foto cortesía de Pancho Casas

Hicimos el amor dentro de la tumba que nosotros mismos cavamos en el jardín de Proa frente al Riachuelo de La Boca en Buenos Aires, algo así como desenterrar huacos eróticos y perplejos de viejos cementerios mochicas; en el hueco hicimos el amor como lo realizan los miles de insectos bajo los fanales de luz del carguero que zarpa de Yurimaguas, como si lo hiciéramos sobre un cadáver que se descompone desde milenios, y tratáramos de alimentarnos de él, de sus gusanos, tal como si le quisiéramos devolver la vida a un olvidado, un desaparecido, como si quisiéramos enterrarnos nosotros mismos en ese fuego fatuo y dormir en alianza junto a ellos en la sepultura.

Herimos el jardín de muerte. Cada uno, pala en mano, excavamos a ciegas, a veces con las manos, sin dimensiones de profundidad hacia el inframundo.

Sacar el césped que cubría la superficie fue como desmalezar un jardín burgués que esconde algo, algo esconde, un campo santo tal vez, los sueños enterrados, y desenterrados, la sangre fósil; ahí, pensé, todo el poco amor que me tuviste, ¿acaso el insuficiente amor de los muertos olvidados?

La primavera de octubre apenas relampaguea entre los últimos nubarrones que cubren el cielo de la Plaza de Mayo en Buenos Aires. Te digo bajito, ponte el pañuelo blanco en la cabeza y demos la vuelta a la plaza como esas madres, como esos hijos, hijas que somos, como si recién nos acabaran de sacar de una fosa clandestina, aún olientes a nuestro sexo expuesto y abandonado a la intemperie de La Boca, a muchos los arrojaron amordazados, atados de pies y manos a ese río, te digo.

Pancho Casas y Julio Urbina, performance en Proa 21, Buenos Aires, 2019. Foto cortesía de Pancho Casas

Mi amor, mi odio, tú y yo nos quedamos enterrados para siempre en ese jardín solitario junto al Riachuelo, junto a los obreros de este barrio tanguero con sus viejas usinas abandonadas, junto a los fantasmas de las greñas que salen a hacer la noche del Barrio de La Boca.

Mientras recorría tu cuerpo sentí el sabor de la tierra roja con que antes nos pintamos, el pigmento impregnado a tu pellejo joven y moreno; te recorrí como si mi tacto quisiera ocultar los mil nombres tatuados desde siglos en tu piel, todos tus ancestros indígenas vivos y muertos en cada poro, y ocultarlos, enterrarlos junto con nosotras de la mirada de esa gente que nos observa y nos devora como nebulosa de insectos, el silencio, ellos apenas respiraban de nuestra respiración ardida.

Sentí tu sexo calmado ungir desesperado y con miedo, vi a los espectadores, ahí estaban, callados estaban, observaban llenos del deseo de Tánatos que nosotros provocamos en nuestra singular alianza de panteoneros.

En qué piensas, pensé. Tenías los ojos abiertos y a veces mirabas al cielo mientras me clavabas inútilmente con tu sexo blando, como si quisieras enterrar también dentro de mí el odio salvaje que me tienes, ese poco amor del que te hablé, toda la censura que implica el silencio, el silencio de los seres que nos miran, de los que nos observan desde hace siglos y nos excluye y nos obligan a cavar nuestra tumba una y otra vez; te amo, te dije, para seguir escarbando, para sentir tu miedo a la muerte dentro mío en esta tierra que nos pertenece.

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