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JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ-DIEZ: NO TEMERÉ MAL ALGUNO

José Antonio Hernández-Diez (Caracas, Venezuela, 1964. Vive y trabaja en Barcelona) crea obras de doble lectura: la metafísica combinada con un humor adolescente, producciones de lujo junto a materiales pobres poco convencionales, lo común convertido en extraordinario mediante la ampliación de escala y otras operaciones objetuales. El artista, uno de los mejores representantes de la escena del arte de los años 90 en Venezuela, despunta a escala internacional cuando empieza a arraigar la idea del arte contemporáneo como un lenguaje global y se cuestiona el dominio de los artistas europeos y estadounidenses. En los 90 participa en importantes muestras como Aperto ’93: Emergency/Emergenza en la 45 Bienal de Venecia (1993), Beyond Borders, la primera Bienal de Gwangju (1995), y Cocido y crudo en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid (1994).

No temeré mal alguno, una muestra que lo trae de vuelta al ruedo institucional a partir del 18 de marzo en el Convent dels Àngels de Barcelona del MACBA, tiene una dimensión retrospectiva al poner el acento en las primeras obras videográficas experimentales que el artista realizó a finales de los años ochenta y principios de los noventa y en algunas de las icónicas obras con vitrinas de sus inicios, además de un nuevo proyecto realizado para la ocasión.

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Vista de la exposición No temeré mal alguno, de José Antonio Hernández-Díez, MACBA, Barcelona. Foto: Miquel Coll, MACBA Vista de la exposición No temeré mal alguno, de José Antonio Hernández-Díez, MACBA, Barcelona. Foto: Miquel Coll, MACBA

Dos obras de la muestra –San Guinefort (1991) y El resplandor de la Santa Conjunción aleja a los demonios (1991)- se presentaron originalmente en la primera gran exposición monográfica de Hernández‑Díez, que tuvo lugar en la Sala RG de la Casa Rómulo Gallegos, Caracas, en 1991, y cuyo título era San Guinefort y otras devociones. Está incluido también aquí su Sagrado corazón activo (1991), expuesto por primera vez algunos meses después. Fue el preludio de lo que el artista denominó «nueva iconografía cristiana», que ofrecía, en palabras de su colega artista Meyer Vaisman, «una visión tecnopop de los símbolos más venerados del catolicismo».

Este inquietante y seductor conjunto de obras trata de la aplicación de las tecnologías médicas y de comunicación y de su entrecruzamiento con sistemas de creencias paranormales, primordialmente la teología cristiana. Con una función semejante a la fantología, estas obras residen en una especie de dislocación temporal, como si fuesen reliquias futuras. La variedad particularmente barroca del catolicismo latinoamericano, configurada a través de la recepción de unos relatos coloniales europeos que despojaron por la fuerza a los pueblos nativos de su historia y sus creencias, retorna como un fantasma al arte de Hernández‑Díez como un fenómeno completamente nuevo. De ahí que sus obras afronten la ejecución del arte como una práctica cargada de opacidad, veneración y mortalidad en igual medida en que están comprometidas con una cultura viva y permanentemente revitalizada.

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Vista de la exposición No temeré mal alguno, de José Antonio Hernández-Díez, MACBA, Barcelona. Foto: Miquel Coll, MACBA

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Vista de la exposición No temeré mal alguno, de José Antonio Hernández-Díez, MACBA, Barcelona. Foto: Miquel Coll, MACBA

Sin ser irónica ni irreverente, la noción de una nueva iconografía cristiana ha llevado a Hernández‑Díez a crear una serie de macabros trabajos articulados en torno a la muerte, la conciencia y la resurrección. Adoptando la forma de objetos devocionales o de apariciones tecnológicas, las obras se asemejan a la vez a los hallazgos arqueológicos de algún tipo de clínica electro-espiritual, a propuestas positivistas de ciencia ficción para una religión futura o a figuras de atrezo salidas de un número de ilusionismo. Ofrecen tesis implícitas sobre el sentido e importancia de aquello en lo que antaño se creyó y sobre las expectativas de aquello en lo que más adelante se creerá, como si funcionasen haciendo de interfaces recargadas y piadosas entre los prodigios del mundo material racional y la fe inquebrantable en los relatos espirituales que parecen sustraerse a él.

La obra de Hernández-Diez parece secundar y al mismo tiempo someter a un cuestionamiento perpetuo la idea de que, en América Latina, el impulso racionalista y científico de la Ilustración no supuso una ruptura en el progreso del Barroco hacia la modernidad. A lo largo de los últimos treinta años, vemos como su arte sincrético forcejea con la superstición, la moralidad y la religión, mientras se muestra fascinado por la ética y la tecnología. Sus trabajos tratan tanto de la desigualdad social, la violencia y la agitación como de la cosmética y los bienes de consumo, e incluyen objetos domésticos y cotidianos junto a otros procedentes de la cultura urbana o del campo de los deportes.

Hernández-Diez parece confirmar con su obra la teoría de que la discontinuidad es más probable que la continuidad. En vez de una ortodoxia intrínseca, descubrimos en ella una interminable secuencia de invenciones visuales e iconográficas, como si cada pieza estuviera diseñada para articular unas circunstancias culturales, personales e históricas específicas. Sus obras negocian con la creación artística como una práctica cargada con el peso de la opacidad, la veneración y la mortalidad, pero también apuestan por una cultura viva que se reanima continuamente.

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Vista de la exposición No temeré mal alguno, de José Antonio Hernández-Díez, MACBA, Barcelona. Foto: Miquel Coll, MACBA Vista de la exposición No temeré mal alguno, de José Antonio Hernández-Díez, MACBA, Barcelona. Foto: Miquel Coll, MACBA

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Vista de la exposición No temeré mal alguno, de José Antonio Hernández-Díez, MACBA, Barcelona. Foto: Miquel Coll, MACBA Vista de la exposición No temeré mal alguno, de José Antonio Hernández-Díez, MACBA, Barcelona. Foto: Miquel Coll, MACBA

Además del reto de devolver a la vida estas obras históricas, No temeré mal alguno presenta un nuevo proyecto de Hernández-Diez que hay que entender como un eco conceptual. Esta nueva serie comprende un estudio iconográfico de filamentos de bombillas, no sólo como una extensión del tema de la revelación eléctrica y la visibilidad que tratan sus obras anteriores, sino también como un desafío para averiguar qué late bajo las grandes metáforas de la luz.

Reminiscencia de las placas de las linternas mágicas o de los iconos devocionales, el nuevo trabajo, Filamentos (2016), se compone de paneles de cobre que llevan grabadas unas composiciones esquemáticas basadas en diferentes diseños geométricos de filamentos de lámparas incandescentes: las espirales candentes que son el corazón de la bombilla eléctrica. Estos emblemas recuerdan a postes eléctricos o símbolos ocultistas. Hernández‑Díez da protagonismo a la invención de la luz eléctrica como supersímbolo de la ciencia moderna y de la experiencia civilizadora; en definitiva, de la misma Ilustración y de sus repercusiones coloniales en las Américas. Metáforas de la oscuridad enfrentada a la luz -como energía acumulada, inspiración o iluminación lúcida, por ejemplo- se confunden con las de la razón tecnológica y la fe religiosa.

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Vista de la exposición No temeré mal alguno, de José Antonio Hernández-Díez, MACBA, Barcelona. Foto: Miquel Coll, MACBA Vista de la exposición No temeré mal alguno, de José Antonio Hernández-Díez, MACBA, Barcelona. Foto: Miquel Coll, MACBA

Más sobre la muestra, en la publicación de los curadores.

José Antonio Hernández-Diez: No temeré mal alguno

Curadores: Latitudes (Max Andrews & Mariana Cánepa Luna)

Sala de exposiciones del Convent dels Àngels, MACBA, Barcelona

Del 18 de marzo al 26 de junio de 2016

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