Desde hace más de quince años, la obra de Magdalena Fernández (Caracas, 1964) se ha caracterizado por emplear el lenguaje abstracto de las vanguardias geométricas de la primera mitad del siglo XX, sean de su natal Venezuela o internacionales, como repertorio visual; éste, a la vez, lo emplea para actualizar las búsquedas que originaron a estos movimientos artísticos. Calificar a la práctica de esta artista como un ejercicio de apropiación sería reducirla a lo obvio: si bien copia, readapta, renueva y toma inspiración de los motivos y patrones creados por los pintores y escultores –hombres, en su enorme mayoría– que se han convertido en el referente de dichas corrientes pictóricas, el propósito parece ser, por el contrario, abrir espacios de posibilidad para comprender al arte como un proceso dialógico constante. Así, su producción da cuenta de que las inquietudes de cualquier período artístico difícilmente quedan agotadas o superadas.

Ecos, muestra individual que se presenta actualmente en el Museo de Arte Carrillo Gil de la Ciudad de México, reúne una serie de obras producidas por la artista venezolana a lo largo de la última década. Bajo la curaduría de Anel Jiménez y Carlos Palacios, la exposición presenta esculturas, videoinstalaciones, videos y obra gráfica en los que se citan, y distorsionan ocasionalmente, los elementos de la abstracción geométrica –cuyo carácter histórico pareciera haberlos congelado en el tiempo– y los dotan de movimiento, sonido e intimidad. Innovaciones tecnológicas como el video, al igual que las posibilidades derivadas de proyectar y manipular sus imágenes, facilitan la búsqueda emprendida por la artista.

Magdalena Fernández, 1iHO008. Homenaje a Hélio Oiticica. 2010. Vista de la instalación en el Museo de Arte Carrillo Gil. Cortesía Museo Amparo, Puebla, y Museo de Arte Carrillo Gil, Ciudad de México. Foto: Arturo Díaz.

La obra que da la bienvenida a la muestra es 1iS019. Homenaje a Jesús Soto, 2019, una instalación de gran formato creada con tubos de aluminio adonizado suspendidos. La pieza recuerda a las esculturas penetrables de Jesús Rafael Soto, uno de los estandartes del arte venezolano del siglo pasado, pero Fernández sustituye el material de elección (el plástico flexible muta en metal) y da forma a una pieza que no sólo crea vibraciones en el ojo de quienes la miran –permaneciendo fiel al ethos del arte cinético– sino que genera igualmente vibraciones sonoras al interactuar con ella.

A través de la selección de obra, la exposición enfatiza reiteradamente la relación entre el sonido y la visualidad, a partir de la cual se va construyendo una tensión que se teje a lo largo de toda la muestra. La serie Pinturas móviles, de la cual se incluyen varias obras, parece ejemplificar a la perfección tal oposición productiva. En 1pmS011, 2011, el sonido desestabiliza a la imagen a la par que funge como motor de su movimiento. La integridad del monocromo negro proyectado sobre la pantalla es violentada por la aparición de puntos –el elemento geométrico más básico– de color blanco. Acomodados meticulosamente en retículas, éstos tintinean al ritmo del canto de grillos, tucanes, guacamayas, gallos y demás animales pertenecientes a zonas de clima tropical y subtropical; mientras que se extienden casi hasta convertirse en líneas rectas como respuesta a la intensidad de cada chillido. Por el traslape cambiante de las retículas que se sobreponen entre sí, surgen distintas imágenes abstractas, de naturaleza fugaz, que saturan la pantalla conforme continúan encimándose y la convierten casi en un monocromo blanco.

En su celebrado ensayo Grids, Rosalind Krauss señalaba que la retícula, ese elemento de racionalidad deliberada que emergió en la pintura previa a las guerras mundiales, anuncia la voluntad del arte moderno para silenciar cualquier tipo de discurso, así como su hostilidad hacia el mismo. El modernismo, de la mano del ideal del arte por el arte, buscó eliminar toda manifestación del contexto del cual se originaba para establecer sus presupuestos como unos de validez universal. Al infiltrar con el sonido de su estudio caraqueño a la aséptica imagen geométrica, Magdalena Fernández destroza, con delicadeza, uno de los pilares del modernismo y dota a sus obras de un contundente aquí.

Magdalena Fernández, Homenaje a Jesús Soto. 2019. Vista de la instalación en el Museo de Arte Carrillo Gil. Cortesía Museo Amparo, Puebla, y Museo de Arte Carrillo Gil, Ciudad de México. Foto: Arturo Díaz.
Magdalena Fernández, Homenaje a Jesús Soto. 2019. Vista de la instalación en el Museo de Arte Carrillo Gil. Cortesía Museo Amparo, Puebla, y Museo de Arte Carrillo Gil, Ciudad de México. Foto: Arturo Díaz.

De manera similar 1pm006, Ara Ararauna, 2006, perteneciente a la misma serie, muestra una composición de azul, amarillo y verde que recuerda a las composiciones creadas más de ochenta años atrás por Piet Mondrian a partir de bloques de color sólido divididos por líneas negras. Además de cambiar los colores, la diferencia aquí radica en que la obra no refiere a los colores puros, a investigar la interacción de los mismos al llegar al ojo, ni al concepto mismo de color sino a un ave concreta: la guacamaya azulamarilla, especie oriunda de América del Sur. El título de la pieza incluye el nombre científico del ave y el movimiento de los bloques de color imita su movimiento al cantar. Conforme Mondrian se alejaba de todo referente, Fernández dota a su obra de una cotidianidad difícilmente asociada con el modernismo geométrico, y se aleja del interés de sus compatriotas por «universalizar» su trabajo.

Pinturas móviles también comprende videoinstalaciones: 1iHO008. Homenaje a Helio Oiticica, 2018, sumerge de lleno a las visitantes en un Metaesquema azul del mencionado artista brasileño. Si este último buscaba propiciar experiencias sensoriales que sobrepasaran el carácter contemplativo de la pintura, Fernández satisface sus deseos al llevar los rectángulos del Metaesquema a un espectáculo lumínico verdaderamente envolvente, donde se desplazan lentamente alrededor de las espectadoras gracias a seis proyectores que emiten la imagen. Si la pintura y la escultura de corte geométrico generaban la ilusión de movimiento a través de efectos ópticos y perceptivos, los homenajes creados por la artista en video le aportan a estas obras un nuevo aire: el movimiento real.

Los denominados «homenajes» de Magdalena Fernández nacen de la admiración y dan cuenta del deseo de la artista por continuar con la experimentación artística de quienes la precedieron. No obstante, ella no se posiciona desde una cierta inferioridad –como lo implicaría hablar de influencias– sino que, a la par de actualizar los lenguajes artísticos, aporta una reflexión capital: Fernández dinamiza el sistema autoral al concebir los lenguajes artísticos como un campo abierto donde se halla un patrimonio común a la espera de que se establezcan diálogos con él. Por ello, dentro de la lógica serial de la artista se formulan respuestas ante provocaciones lanzadas por alguien más. Concebir a las obras de arte como acontecimientos que se crean y se concluyen posteriormente, en momentos específicos e identificables, es participar dentro de una historia lineal sostenida sobre el mito de la originalidad. ¿Cómo puede quebrarse este principio de autoridad ideado con la modernidad?

El eco, desde una perspectiva acústica, es la reflexión de un sonido específico que llega a alguien posterior a la emisión del sonido original; su retraso es directamente proporcional a la distancia de la superficie reflejante entre fuente y persona receptora. Esta exposición puede pensarse como una caja sonora que contiene los ecos escuchados por Magdalena Fernández, reverberaciones provenientes de voces disímiles que se funden con la propia.

Magdalena Fernández, 2iPM009. 2009. Vista de la instalación en el Museo de Arte Carrillo Gil. Cortesía Museo Amparo, Puebla, y Museo de Arte Carrillo Gil, Ciudad de México. Foto: Carlos Varillas.
Magdalena Fernández, 2iPM009. 2009. Vista de la instalación en el Museo de Arte Carrillo Gil. Cortesía Museo Amparo, Puebla, y Museo de Arte Carrillo Gil, Ciudad de México. Foto: Carlos Varillas.
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Fabiola Iza

Nace en Ciudad de México, en 1986. Curadora e historiadora del arte. Su trabajo cuestiona la institución y la manipulación de archivos dentro de la práctica curatorial y busca herramientas, estrategias y metodologías que pueden socavar las narraciones hegemónicas retenidas en las exposiciones. Iza se desempeñó como curadora en Casa del Lago-UNAM (2011-13) y desde 2014 es directora de TEEORIA, una colección de libros sobre teoría cultural publicados por Taller de Ediciones Económicas. Posee una licenciatura en Teoría del Arte y una maestría en Artes Visuales, con especialización en Teoría del Arte Contemporáneo, de Goldsmiths, Universidad de Londres.

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