Si bien la producción de arte en Bolivia carece en gran medida de crítica artística, hay otros asuntos de fondo que también urgen ser tratados. Por esta razón, en vez de hacer una reseña de la última versión de la Bienal Internacional SIART 2018-2019 —como Artishock solicitó inicialmente—, opto por describir grosso modo el papel que esta bienal juega en la actualidad, y por especular en torno a la función que ésta podría desempeñar en la construcción y fortalecimiento de una escena boliviana del arte. Es decir, de una que corresponda, en la medida de lo posible, con la realidad de este contexto, resaltando sus fortalezas y respondiendo a sus necesidades, y con la cultura y la idiosincrasia de la sociedad boliviana, misma que es moderna y premoderna, y occidental y no-occidental, simultáneamente.

Para introducir el papel que el SIART —como le llamamos aquí debido a que nació como Salón Internacional de Arte— juega actualmente, es preciso mencionar que, como plataforma de exhibición y, en menor medida, como espacio de discusión académica o de intercambio reflexivo, éste acogió en sus primeras versiones a la multiplicidad de artes que se producen en este medio, es decir, arte tradicional, moderno, telúrico, plástico, popular, indigenista, colonial, andino, costumbrista, etc, destinando el concurso internacional y las últimas versiones, exclusivamente, al arte contemporáneo, en la acepción conceptual del término.

Ahora, muchas cosas pasaron y algunas cambiaron en el SIART desde que se inauguró en 1999. Y, recientemente en 2018, dos acontecimientos fundamentales de carácter histórico sucedieron. Primero, la bienal fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial por el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz, hecho que generó un giro de consciencia en el medio artístico. La colectividad de artistas y trabajadorxs bolivianxs del arte nos encontramos en proceso de reconocer y asumir que esta bienal nos pertenece, puesto que hemos aportado con obra y trabajo (no remunerado, excepto por los participantes ganadores del concurso) a la construcción de este significativo evento. Segundo, por primera vez se realizó un conversatorio público de intercambio abierto en torno al SIART mismo, propuesto y organizado por la coordinadora académica de la bienal, Denisse Aguilar, que contó con la presencia -como invitados- del curador general Joaquín Sánchez, del director de la Bienal, José Bedoya, la directora de la Fundación Visión Cultural, Norma Campos, y de un contingente de artistas bolivianxs comprometidxs con la causa e interesadxs en discutir asuntos referentes a la organización, a sus políticas laborales y procesos de contratación, contenidos, objetivos culturales, gestión y producción, y futuras versiones.

En consecuencia, esperaría que el destino del SIART, por lo menos por un tiempo, esté a cargo de dicha colectividad, buscando que ésta se convierta en una sólida comunidad o fraternidad, al clásico estilo boliviano. El objetivo artístico-cultural común consistiría, idealmente, en que la bienal operara como una estructura eje, comunitaria, encargada de diagnosticar el medio artístico, de llenar sus principales vacíos y de cubrir sus necesidades más apremiantes. La idea es reunir esfuerzos y converger acciones para facilitar la construcción de un sistema y de una escena del arte propios, saludables y coherentes con la realidad boliviana, que aporten, material y teóricamente, a la discusión de nuestras problemáticas culturales, sociales, tecnológicas, antropológicas, políticas, etc. Esta configuración tendría que estar basada en nuestro entendimiento o idea inherente de arte, o artes, dando la bienvenida a nuestras contradicciones, para gestar discursos artísticos, colectivos e individuales, propios.

Esto porque, hasta ahora, el SIART ha funcionado, principalmente, como una plataforma de exhibición y de producción de obras de arte y de eventos artísticos, como convencionalmente lo hacen otras bienales del globo, salvando diferencias. Cosa que resulta conflictiva porque en Bolivia se produce demasiado arte —que termina empolvado en el mejor de los casos o desaparecido en el peor de ellos— en proporción alarmantemente inferior al de la teorización, historización, construcción de memoria y al de la reflexión artística sistematizada. En consecuencia, las propuestas curatoriales que giran en torno a temáticas de tendencia en los circuitos internacionales corren el riesgo de devenir redundantes y pretenciosas en Bolivia, incluyendo aquellas que quedan, aparentemente, como anillo al dedo a nuestra sociedad pluricultural. Me refiero a ese interés actual del arte ¿internacional/mainstream? por el universo indígena[1]. Como acá nos encontramos digiriendo aún el proceso de descolonización, histórico, como programa Estatal, nos cuestionamos cualquier movimiento que pueda convertirse en colonialismo interno. Por esto, es necesario rescatar la aproximación a esta complejidad inevitable, con mirada descolonizadora, de las dos últimas versiones del SIART[2].

Debido a la inexistencia total en la educación universitaria boliviana de facultades o carreras de Historia, Teoría y Crítica del Arte, o de un instituto de investigación de las artes, el arte “boliviano” pide a gritos que pensemos en lo que producimos, que pensemos en lo que pensamos y que no olvidemos lo que producimos. Siguiendo esta idea, la bienal también podría facilitar la creación de una academia del/para el arte en Bolivia, entendida ésta como una sociedad o comunidad pensante, que reúna a artistas, intelectuales e investigadorxs de diferentes campos (humanidades, letras, ciencias y por qué no espiritualidad), comprometida a estudiar, investigar, producir conocimiento, luego publicarlo, y a generar discusión en torno a la producción artística boliviana.

Otras áreas que desde hace décadas requieren de atención inmediata, y que la bienal ayudaría a cubrir gradualmente son la educación y formación artística; la creación e implementación de leyes y derechos laborales para artistas y trabajadorxs del arte (incluso adhesión al sistema de salud); fomento, visibilización y difusión del trabajo del artista y de las prácticas artísticas contemporáneas (publicaciones, libros, etc.); mediación y formación de públicos. No tenemos realmente un mercado del arte, ni local ni internacional, pero temo añadir este campo, por estar fundado en el sistema capitalista imperante.

Así, para que la formación de una comunidad operante, artística, sea efectiva y real, hay que recordar que ese abigarramiento de expresiones artísticas, de diferentes épocas e ideologías, que se superponen en una misma temporalidad —mencionado anteriormente— continúa siendo representativo de la forma de ser del arte, en general o contemporáneo (en sentido cronológico; referido a la actualidad), que se produce en Bolivia. Habrá que aceptar y asumir que, pese a todos los esfuerzos e intentos de visibilizar y “popularizar” el arte contemporáneo llevados a cabo por instituciones culturales, artísticas, públicas o privadas, y sobre todo por lxs artistas contemporánexs bolivianos, en los últimos veinte años este arte no genera mucho interés, ni respuesta en el público general, como tampoco tiene el impacto que se esperaría que tenga no sólo en la sociedad boliviana, sino en el medio cultural y en el ámbito intelectual del país. La mayor parte de lxs artistas bolivianxs —llamados tradicionales— no se adscriben a él tampoco, debido a que la educación artística impartida en las Academias de Bellas Artes del país (dependientes del Ministerio de Educación) y en las Carreras de Arte (dependientes del Sistema Universitario Boliviano, autónomo y gratuito) no lo incorpora en sus mallas curriculares. Dichas instituciones (incluyendo profesorxs, estudiantes y egresadxs) permanecen fieles a la filosofía de las academias francesas del siglo XIX, paradójicamente, desde que fueron creadas en las primeras décadas del siglo XX.

Lo cierto es que este fenómeno ha generado una pugna en el medio artístico boliviano entre dos facciones que se identifican con dos nociones distintas de arte: arte contemporáneo (cronológico) y arte contemporáneo (conceptual). Dichas diferencias se originan en aspectos de orden social, económico, cultural, laboral y también político, además del ideológico-artístico. Por esto, una bienal boliviana con características comunitarias tendría que continuar acogiendo a todas las expresiones y formas artísticas que se producen en el país, incluidas las manifestaciones populares, autóctonas, folklóricas, rituales, tradicionales, etc. que son vitales en la cultura boliviana y que hacen parte de la cotidianidad de los que habitamos este territorio. Ahora, es verdad que muchas de estas manifestaciones no necesitan entrar al museo, afortunadamente. La cultura y la tradición en Bolivia están vivas y gozan de una salud envidiable. Es el arte contemporáneo —claramente heredado del pensamiento occidental— el que siempre ha estado en crisis, en un país que se encuentra en un estado constante de crisis, no obstante, interrumpido invariablemente por grandes fiestas, feriados, celebraciones pagano-religiosas y rituales, en las ciudades y en el campo, indistintamente. La vida aquí continúa porque la fiesta siempre continúa… para bien o para mal.

Entonces, con el objetivo de evitar entrar en lógicas de exclusión o de posible colonialismo interno, y de poner fin a la innecesaria pugna que no lleva a ningún lado, lo ideal sería aceptar que ambos “artes contemporáneos” y sus correspondientes escenas, y las manifestaciones culturales tradicionales, sean complementarios y vinculantes. Podrían operar como espejos, el uno del otro. Así, el SIART no tendría que regirse, por convención, a esa especie de contemporaneidad occidental, teniendo que abogar así por el arte contemporáneo y sus tendencias curatoriales. De esta suerte, el público general, y en particular el especialista en arte, quedaría ampliamente beneficiado.

Finalmente, la sociedad boliviana es pluricultural o plurinacional, tradicionalista, bastante conservadora, pero también está globalizada, y por el hecho de que resistió, a su manera, durante largo tiempo a la modernidad, también tiene rasgos posmodernistas. Por tanto, es una sociedad abigarrada, compleja, conflictiva, contradictoria —muchas veces absurda o ilógica para el pensamiento occidental—, pero enmarcada en lo comunitario, ritual y festivo que se inscribe en la premodernidad.

Por todo esto, el carácter internacional de la bienal SIART tendría que ser reconsiderado o replanteado. Está probado empíricamente que no contamos con los recursos económicos suficientes, la infraestructura necesaria, ni la capacidad logística para organizar una bienal propiamente internacional. Además, muchos premios en dinero han sido recibidos por artistas extranjeros en considerables oportunidades (con todo derecho, seguramente), cosa que resulta paradójica puesto que el medio artístico carece de políticas estatales y de fondos o programas para subvencionar la práctica artística. Casi ninguna institución paga honorarios al artista. El chileno Justo Pastor Mellado, quien fuera curador general de la bienal en 2011, dijo algo que lxs artistxs bolis pensábamos a propósito de esto: que “uno tiene política exterior sólo cuando se tiene una ficción interior”[3]. Con toda razón, el SIART debería ser un evento nacional, por lo menos hasta que hayamos cubierto un par de sectores en falta y trazado un derrotero propio y común, fundado en la realidad de este contexto. Subrayo realidad porque somos testigos de que una ficción político instrumental —además esteticista— está siendo creada ahora mismo por el Estado Plurinacional. Y las ficciones distraen. ¿Una meta-ficción sería interesante?

La bienal podría ser bolivianista, inclusive. Es decir, abierta a recibir input, feedback y presencia internacional. Esto comulgaría con una particularidad del artista boliviano, que es esa especie de resistencia, aparentemente contradictoria, a los fenómenos de internacionalización: queremos y no queremos ser internacionales, al mismo tiempo. Algo en nuestra forma de ser nos detiene de participar en la lógica occidental de la visibilidad. Nos gusta pertenecer a un territorio misterioso, aislado, un poco impenetrable, y culturalmente situado entre lo moderno y lo premoderno. De esta manera, nos desmarcamos de esa identidad periférica, impuesta por el mundo internacional del arte. Imagino, por ejemplo, una versión bolivianista cuyo eje central, para las artes contemporáneas, fuera la institucionalización de la fiesta con fines productivo-teóricos, pedagógicos y, por supuesto, festivos.

Estas son algunas ideas de lo que una bienal SIART podría hacer por las artes del país, sin olvidar el aporte efectuado previamente porque, como muchas bienales del planeta, ésta se creó con el fin de dotar al medio de un formato y de una plataforma expositiva de gran envergadura y de corte internacional o internacionalista. Sin duda, ha provisto de importantes y necesarios espacios para visibilizar la producción artística y conformar lo que es la actual escena del arte contemporáneo en Bolivia.

 


[1] Por ejemplo la conferencia Why the Indigenous Today? presentada en el MoMA (2019), y la reciente exposición PachaLlaqtaWasichay: Indigenous Space, Modern Architecture, New Art en el Whitney Museum of Art (2018).

[2] Mirar con los Oídos (2016) y Los orígenes de la Noche (2018), curadas por Joaquín Sánchez.

[3] Luna Ortuño, Jorge. “Paseando con Justo Pastor Mellado por el SIART.” Contraseñas, 23 de febrero, 2012, zorbaenfuga.blogspot.com/2012/02/paseando-con-justo-pastor-mellado-por.html.

Imagen destacada: Aruma/Sandra De Berduccy, QR Aqllawasi, 2016, tapiz kelim (puede ser leído con un Smartphone), 1,50 x 150. Cortesía de la artista.

El código QR (Quick Response) es un recurso comúnmente utilizado para almacenar información en una matriz basada en el cuadrado. Existe un paralelo entre este código y la técnica textil precolombina llamada tapiz kelim, utilizada cientos de años atrás por la cultura Huari-Tiawanaku. Este tapiz emplea la fibra de alpaca, la técnica textil y la estructura original de los tejidos prehispánicos realizados por los antiguos maestros, logrando desarrollar códigos QR que, al ser decodificados con aplicaciones instaladas en Smartphone o tablet, permiten descubrir información encriptada en las obras.

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Narda Alvarado

Es artista boliviana, investigadora y estudiante de filosofía.

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