Mi nuevo libro Social Forms: A Short History of Political Art emplea el formato de otro libro, Great Works: 50 Paintings Explored (Grandes Obras de Arte: La Exploración de 50 Pinturas), de Tom Lubbock, publicado en el 2011. Lubbock fue un crítico de arte increíble que contribuía columnas semanales para el Independent de Londres, dedicada cada una a una obra de arte en particular, en general a pinturas. Lubbock murió trágicamente de cáncer al cerebro el mismo año en el que se publicó Great Works. En su libro, sus mini-ensayos buscan ser accesibles y, si me permito usar el término, educacionales, tanto para lectores entendidos como también para aficionados. Me encantaría que éste fuese el caso con mi propio libro. Pero también me gustaría que los ensayos sirvan como breves meditaciones o monólogos sobre obras que me parecen no solo importantes, sino que especialmente relevantes en este momento enturbiado, jodido y anti-racional en el que vivimos tan inmersos hoy en día.

Al escribir este libro, quise despojarme en la mayor medida posible de cierta jerga profesional pero también de la teoría crítica que es tan dominante en ciertos círculos del mundo del arte internacional. En parte, esto responde a mi interés de que el libro sea accesible, pero también porque creo que esta misma tradición crítica ha demostrado servir tanto para el esclarecimiento como para la confusión. Creo, por ende, que es importante distinguir entre dos tradiciones de escritura del arte que son diferentes y a menudo no se complementan para nada: la crítica y la criticalidad. Cito aquí al crítico del New Yorker Peter Schjeldahl: “Creo que el arte es cien por ciento placer. Ser crítico es una profesión bastarda, pero la idea fundamental es escribir una prosa que tanto tú como otros sientan placer al leerla”.

Hace un año, mi colega Nato Thompson, quien fue hace poco el curador en jefe de Creative Time y ahora dirige otra organización muy interesante que se llama Philadelphia Contemporary, publicó un libro titulado Culture as Weapon (La cultura como un arma). En él, Thompson explora las maneras en que las herramientas de la cultura han sido desplegadas para hacer de todo: desde vender iPhones (o los globos con forma de perro de Jeff Koons por 58 millones de dólares) hasta servir para fines bélicos. La bajada del título del libro es The Art of Influence in Everyday Life: el arte de la influencia en el día a día. Parte de la idea de su libro es no solo proveer una breve historia sobre cómo se han usado los símbolos visuales de forma política y social, sino también mostrar cómo la cultura, y particularmente las artes visuales, puede ser usada como una poderosa herramienta social.

Una de las características del arte, desde siempre, es su capacidad de apelar a las emociones y sobrepasar la racionalidad. Pero hoy, citando a Nato, “el miedo motiva más que la esperanza”. Creo que esta idea, articulada por Nato inmediatamente después de la elección ilegítima de Donald Trump, sirve de base para una serie de discusiones actuales. También sirve la observación a veces olvidada de Walter Lippman: “La democracia es un proyecto falible que depende retóricamente de un sujeto racional que, con toda honestidad, no existe”.

La idea del actor racional sobre el que la tradición de la Ilustración ha proyectado sus esperanzas ha migrado de forma histórica. Si nos referimos a este actor como homo economicus durante los siglos XIX y XX -un agente consistentemente racional e interesado en su propio beneficio-, más recientemente psicólogos, cientistas sociales y estadísticos como Nate Silver se han referido a este mismo agente como homo statisticus: un ser humano que opera como estadístico intuitivo, un personaje tan bueno para interpretar información como para juzgar probabilidades. Hoy, ese actor racional, que los artistas por larga data han sabido que pueden manipular por medio de su obra, se encuentra tan confundido que su juicio se ha puesto seriamente en entredicho. Como dijo Marshall McLuhan 26 años antes de la invención del internet (1990), “cuando le das demasiada información a las personas, recurren al reconocimiento de patrones conocidos”. (sesgo de confirmación)

Parte de la idea tanto de este libro como de la tradición cultural que defiendo es el énfasis que cierta obra pone en estrategias culturales concretas: entre ellas, la observación social, la oposición cultural y el hacer de testigo; aquello que la artista cubana Tania Bruguera -de quien escribo en el libro-, llama “el acto del artista de re-pensar y re-imaginar la vida que a veces puede cambiar el sentido de las cosas”.

Aparte de las ideas de Nato, han florecido varias otras contrahistorias culturales. Tenemos el documental del 2016 de Adam Curtis, Hypernormalisation (Hiper-normalización), que establece un hilo narrativo que pasa desde los setenta hasta la actualidad, incluyendo fenómenos tan variados como la bancarrota de Nueva York, la movilización de terroristas suicidas como arma contra Israel por el gobierno de Siria, los OVNIs en Nuevo México y los videos de ejercicio de Jane Fonda. Otro ejemplo es el libro que escribió Michael Lewis y que fue publicado en el 2016, The Undoing Project (El Proyecto del deshacer), donde aborda la amistad entre Amos Tversky y Daniel Kahneman, dos psicólogos que al exponer la equivocada creencia en la que caen la mayoría de los economistas -que la mente humana es inconscientemente racional- revolucionaron un número de campos de pensamiento y especialmente el de la economía (lo que ellos “inventaron” fue la economía de la conducta o del comportamiento). Una cita increíble de Daniel Kahneman nos ofrece una especie de moraleja: “Nunca nadie ha tomado una decisión basada en un número”, Kahneman le dijo a Lewis. “Se necesita una historia”. No hay mejores contadores de historias, por supuesto, que los artistas: lo hacen de modo profesional.

Una nueva manera de concebir o re-concebir las diferentes capacidades que tiene el arte (y la crítica de arte) es invocando lo que el artista y escritor Dave Beech, en su revolucionario libro del 2015, Art and Value: Art’s Exceptionalism in Classical, Neoclassical, and Marxist Economics (Arte y valor: el excepcionalismo del arte en la economía clásica, neoclásica y marxista), ha llamado el “excepcionalismo económico” del arte. En su libro, Beech sostiene que, por el contrario de lo que mucha teoría marxista del siglo XX ha defendido, el arte no es simplemente otra mercancía, sino que, mediante un análisis exhaustivo de la economía clásica, neoclásica y marxista, ha concluido que “el modo de producción del arte se ha mantenido casi desafectado por la industrialización y la transformación de la artesanía en trabajo asalariado, que fueron los cimientos de la producción capitalista de mercancías”.

En breve: Beech argumenta que el arte es “excepcional” en el sentido de que su producción, circulación y consumo sigue patrones que son aberrantes o inútiles -éste siendo mi propio término- dentro de la perspectiva de la acumulación de capital. Las obras de arte no son producidas como resultado del gasto de capital; los artistas no son trabajadores asalariados; y el precio al que se intercambian las mercancías de arte no es establecido mediante la competencia, como sí sucede con otras mercancías. Permítanme decir que si el arte es, en efecto, excepcional, entonces tal vez la crítica de arte comparta con él algo de ese excepcionalismo.

Sin ahondar demasiado en la densa terminología del argumento de Beech, les daré el resumen que el autor incluye en su introducción: el sostiene que pese a que los artistas y las obras de arte dialogan con el dinero en sus diferentes formas, el capital, en el sentido más estricto, juega un rol más bien limitado en la producción y circulación del arte. Además, dice Beech, el proceso de comodificación del arte, “anómalo e incompleto”, a su vez explica la “autonomía crítica del arte—el potencial del arte para criticar la sociedad mercantil”. Un artista que estaría de acuerdo con Beech es, irónicamente, Damien Hirst. El mismo ha admitido que el arte no siempre se somete a lo que él llama “las reglas” del mercado: “el arte es jodidamente inusual”, le dijo alguna vez a un periodista. “Es, simplemente, jodidamente inusual”.

Otros artistas cuyas prácticas son contemporáneas a la investigación de Beech -o que incluso se adelantan a ella- son las pioneros del arte de práctica social, un movimiento relativamente nuevo con raíces en el arte conceptual que ha logrado entender cómo usar el dinero y el poder político y simbólico para crear arte crítico, sostenible, y fundamental e institucionalmente opositor. Aquí me refiero al trabajo de varios artistas incluidos en el libro: Paul Chan, Tania Bruguera, Ai Weiwei, Superflex, Theaster Gates, Thomas Hirschhorn, Pussy Riot, Rick Lowe y Joseph Beuys. El último es, de alguna manera, el bisabuelo de lo que hoy conocemos como práctica social. Él mismo llamó lo que hacía “escultura social”.

La pregunta que planea sobre este libro es, a la vez, compleja y básica: ¿puede el arte cambiar el mundo? Mi respuesta es que sí. El arte político generalmente se puede dividir en dos campos: en objetos estéticos Kantianos, obras simbólicas que representan tanto posibilidades de cambio político como de resistencia, y obras de arte post-Kantianas enfocadas en lo procesal, es decir, obras de orientación social de una vanguardia generalmente más nueva que buscan producir resistencia y cambio social como tal. Lo que está claro para mi es que las grandes obras de arte de ambos tipos son capaces de establecer las conexiones asociativas que están tan en boga hoy. Estas obras pueden convertirse en gritos de batalla que apelan tanto a la emoción como a la racionalidad. Ese es el tipo de trabajo que apoyo tanto en este libro como en mi escritura y curaduría en general, y creo que ello responde a una elección profundamente moral.

 

*Texto escrito por el autor para la presentación de su libro en el marco de los conversatorios de la Feria Ch.ACO 2018, Santiago de Chile


Social Forms: A Short History of Political Art

Editado por David Zwirner Books

2018

Tapa blanda | 20.3 × 26.7 cm | 128 páginas | 50 reproducciones a color

ISBN: 978-1-941701-90-4

$29.95

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Christian Viveros-Fauné

Escritor y curador chileno afincado en Nueva York. Ha sido marchante de arte y director de feria de arte. Fue galardonado con la Beca Creative Capital/Warhol Foundation en 2010, nombrado crítico en residencia en el Museo del Bronx (Nueva York) en 2011 y ha sido profesor en la Universidad de Yale, Pratt University y la Academia Gerrit Rietveld de Holanda. Es colaborador habitual en The Village Voice, ArtReview y Sotheby's, y ha organizado exposiciones en galerías y museos de todo el mundo.

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