Como cada año, la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales (UDP) presenta la muestra Carácter, que reúne en el estacionamiento subterráneo de la Biblioteca Nicanor Parra de Santiago los trabajos de título de los últimos egresados de la carrera. Compartimos el texto escrito por el Director de la Escuela, Ramón Castillo, en el que adelanta lo que se podrá ver en esta nueva versión de Carácter, que estará abierta a partir del 8 de enero de 2019.

La exposición Carácter 2019 inaugura dos tipos de espacios: los físicos y también los mentales. En ambos se despliegan situaciones extraordinarias cuya consistencia y presencia puede ser tan efímera como atemporal. Las obras que se presentan aquí, en sus distintas materialidades y comportamientos en el tiempo y en el espacio, revelan una épica de quien transforma su presente a través de ejercicios micro-políticos. En ciertos casos estos pueden consistir en un pequeño dibujo, en la invención de un juego, mientras que, en otros casos, los podemos ver en los intersticios del espacio público mediante transgresiones físicas, así como en la evocación tardo romántica del paisaje.

Aquí, en este espacio trazado por paneles y columnas de concreto, reconocemos el contraste entre la memoria arquitectónica de un estacionamiento situado cinco pisos bajo el nivel de la calle, y las pinturas de Michelle Urrutia. Las capas de color, la figura, la contraforma y el fondo son la oportunidad para la construcción visual de historias discontinuas, con recortes cromáticos. El todo, si lo hubiere, llegó tarde. El contorno se desmenuza y se derrama, mientras que la imagen se va armando y a la vez se pierde. Por su parte, Esteban Pérez, construye narraciones visuales con la confianza de que lo dicho y lo visto se van juntando en alguna parte de nuestra memoria. En la historia de amor de los trisomitas que lograron resistir el Apocalipsis, reinventa el planeta Tierra a partir de una nueva sensibilidad, donde triunfa el amor y la resistencia. Crea, en cada escena de tinta o grafito, una mitología con nuevos protocolos para refundar la humanidad. 

Carrie Gálvez está situada en la función simbólica del lenguaje. Desde ahí atisba su propia historia de vida. Sus imágenes del interior óseo, digitalmente expandidas, escapan del campo forense o médico, e inauguran en blanco y negro la aventura visual de la columna vertebral: unen en un mismo cuerpo material la radiografía (ciencia) con la biografía (historia de la sensibilidad). La escala íntima de la mirada es lo que aborda Andrés Samaniego a través de los fragmentos de un pasado moderno e industrial que fue interrumpido y fosilizado en Chile. Lugares, como estaciones de ferrocarril y antiguos monumentos históricos, quedan recubiertos por un tiempo de aplastante abandono, que proyecta a la vez un ruinoso futuro.

El cuerpo como territorio emancipado y a la vez fragilizado es lo que enfrentan Francisca Correa y Daniela Gálvez. Francisca, a través de diversos medios artísticos experimenta desde el propio cuerpo la relación desigual con la naturaleza como fricción y frustración. Del paisaje romántico idealizado a la fragilidad de quien se aventura en el mar: una y otra vez contra la marea, al tiempo que es expulsada por las olas hacia la orilla. Las breves historias de esfuerzo y resistencia que se tornan dramáticas si comparamos el cuerpo en la frágil embarcación con el buque de guerra chileno que atraviesa el horizonte y luego se pierde. Daniela, por su parte, junto a varios objetos de una delicadeza extrema, presenta un video en blanco y negro de una escena que, luego de observarse atentamente, deja al descubierto la impostura de dos elementos: un árbol con sus raíces en el aire y la posición temblorosa de un cuerpo que se eleva una y otra vez para alzar los pies desafiando la ley de gravedad. La materia tiene una corporeidad que anuncia el desgaste del tiempo y un devenir casi de olvido de las piezas bidimensionales y los volúmenes, devolviéndonos a la condición frágil y transitoria de la vida.

Abraham Beltrán, Acacia, 2018, madera y fierro, 325 x 235 x 230 cm. Cortesía del artista y Escuela de Arte UDP
Ana Carolina Tapia, Hormigón no habitable, instalación, 2018, esculturas de hormigón y cartón, papel mural, impresión en serigrafía. Dimensiones variables. Cortesía de la artista y Escuela de Arte UDP

Los protocolos institucionales y personales construyen las relaciones, acciones y vínculos con el mundo. Una vez observados, también son objetos de reflexión crítica y transformación. Al menos eso es lo que ocurre con Sebastián Landa y Antoine Bernal. Para el primero, el mundo del arte le ha servido para regresar a la tensión que producen los protocolos de un guion inventado en torno a un juego que construye manualmente, como un prototipo contra lo repetitivo y la serie. Este anacronismo metodológico pone en tensión las definiciones tanto de arte como de juego, devolviendo al espectador al paraíso perdido de la infancia mientras sigue las instrucciones. Ese mismo control y manipulación de la narrativa visual es lo que se evidencia en las secuencias fílmicas y escénicas de Antoine Bernal a partir de 16 instrucciones arbitrarias para el movimiento de un maniquí vivo. Los movimientos se repiten como acciones iterativas sin sentido. El sujeto, reducido mecánicamente a un maniquí, es sometido a un guion incansable que derruye la racionalidad de las propias instrucciones, convirtiéndose en una ilegible escritura audiovisual.

Desde la distancia topográfica de quien domina el territorio en planta, Ana Carolina Tapia escenifica dos ángulos de mirada sobre un paisaje de volúmenes y espacios que se elevan y hunden, que parecen anclados al suelo por su materialidad, o bien se recortan como elevación geométrica formando proto-ciudades de hormigón armado y desarmado. Se trata de un ejercicio de reinvención de la ciudad como experiencia subjetiva, que nos habita, permitiendo a quien observa reconocerse y, a la vez, perderse en la deriva.

Otra manera de revitalizar el espacio que acontece entre lo privado y lo público, ocurre a través de las acciones materiales e inmateriales del Colectivo Cuneta. Este realiza una suerte de saneamiento o de purificación casi ritual de los lugares. Sus acciones se insertan de forma intersticial en lugares habitados y deshabitados temporalmente. Es decir, con sus obras intervienen un lugar para sacarlo de la maldición que implica la indiferencia e indeterminación urbanística. Un ejemplo de esta tensión entre lo protegido y desprotegido, es la intervención que realiza el colectivo en el sitio perteneciente a la UDP, cuya dirección es Vergara 312, al costado de la Biblioteca Nicanor Parra. Las propuestas en este lugar, y las del nivel -5 son piezas individuales que funcionan como conjunto en diálogo.

Daniela Gálvez, Sin título, 2018, video performance, 6'24''. Cortesía de la artista y Escuela de Arte UDP

La mano del artista señala el lugar: ese es el gesto inicial de Abraham Beltrán cuando nombra el abandono a través de acciones de prótesis y recomposición de materias y materiales abandonados, los que son descontextualizados y recompuestos para formar un tercer cuerpo material. En el mismo sitio en transición, Fernando Peñaloza presenta, por una parte, estructuras o pilares de sustentación, convertidos en un ejercicio lineal al haberlos arrancado de su origen: ahora no sostienen, más bien son sostenidos. Y, por otra parte, en el sito de la calle Vergara, recorta con pintura una zona que parecía ruina, gesto mínimo que tiene la fuerza de limpiar y seleccionar en negro la superficie arquitectónica de aquella modernidad estética que representa el barrio República, que ahora en tanto memoria se convierte en un archivo de materiales y rasgos arquitectónicos de suelo y muro.

La oportunidad de construir estructuras habitables surge con Diego Díaz, quien realiza un museo situacional de materiales encontrados, catalogados por color, forma y sentido, como si fueran estructuras autovalentes que desafían la lógica de la obsolescencia. Aquí los objetos arrancados de su abandono regresan generosamente a la ciudad bajo otra apariencia. Fernanda Albornoz, por último, delimita el espacio y el tiempo a través de marcas materiales que terminan por transformar las superficies donde estas acontecen. Es la huella del metal y la memoria residual de las empaquetaduras inmobiliarias que ahora, en vez de construir singularidades, dan sentido a operaciones territoriales comunes que rompen el cotidiano. Las diversas identidades en convivencia del Colectivo Cuneta son un ejemplo de resistencia política y también poética del arte.

Esta generación de artistas que exhibe sus trabajos hoy parece atenta a una diversidad de tiempos y espacios como si fueran cronistas y poetas atentos a lo común y a lo diverso. Una generación poseedora de una sensibilidad estética que se resiste a desaparecer en medio del resplandor de lo digital y las realidades virtuales, como si se tratara de una oportunidad para reivindicar lo público, de fundar una ciudadanía a partir de resonancias simbólicas que se activan a medida que cada persona recorre el nivel -5 de la Biblioteca Nicanor Parra.

 


Imagen destacada: Antoine Bernal, 16 instrucciones arbitrarias para el movimiento de un maniquí vivo, 2018, video. Cortesía del artista y Escuela de Arte UDP