A Natalia Babarovic la conocí en 1985, en la Escuela de Artes de la Universidad de Chile. Yo estudiaba Teoría e Historia del Arte. Estaba en tercer año. Natalia recién había entrado. Recuerdo una tarde de invierno, que venía acompañada del escritor Roberto Merino. Ella parecía una ninfa extraída de alguna escena prerrafaelista y Merino de un almanaque añoso compuesto por semblanzas de rostros huesudos, barbas tolstoyanas, maletines de cueros escolares desgastados, abrigos inmensos de origen siberiano, y un tono de voz afable y distante a la vez.

Había en ambos algo de rancio, mezclado con un humor liberado de distinciones culturales; aquí la alta cultura se conjugaba con la cultura popular o de masas (recuerdo haber escuchado con ambos desde Bach y Mozart hasta Led Zeppelin, Pink Floyd, Los Clash, Los Prisioneros o Los Parkinson. También recuerdo noches enteras en la mítica fuente de soda El Jaque Mate, en Alameda llegando a Vicuña Mackenna).

También había mucha experiencia cinematográfica, televisiva y radial: el cine alemán, las teleseries y los partidos de fútbol, las emisiones de Radio Cooperativa (que a Merino le provocaban una cierta urticaria en la mañana, todo por culpa de la famosa cortina tamboril coronada con la voz entusiasta del periodista Santiago Campos).

Eran momentos en que la oscuridad de la dictadura se encendía momentáneamente con los fulgores de noches dedicadas a las caminatas por la ciudad, de ir a recitales de música alternativos, de sentarse en alguna plaza a conversar o consumir algo excitante para seguir deambulando cuadras y cuadras hasta nuestros hogares. Había harta calle; ahora muchos artistas jóvenes no ven el cielo; miran con la cabeza gacha sus celulares. Son como zombies. Están siempre huyendo de sí mismos.

En 1991, Natalia y Merino me invitaron a arrendar un departamento juntos, que incluía también al artista Carlos Altamirano, en la calle Carlos Porter, a cuadras de la Plaza Italia (había en ese departamento una editorial del mismo nombre de la calle, que editó libros de autores como Bruno Vidal y Claudio Bertoni).

En Carlos Porter se hicieron fiestas míticas y regadas, llegaban artistas y escritores de diversa índole, y pude ver, junto a Merino, la final de la Libertadores entre Colo-Colo y Olimpia, en pleno invierno. Después hubo que encerrarse a candado en el departamento para resistir la celebración de la hinchada del cacique en Plaza Italia. La Plaza Italia se llenó de orcos, mutantes y papiones; algo que ahora se ha ido extendiendo a todos los centros deportivos del país.

En aquellos años Natalia y Merino me parecían demasiado “literarios”. Ambos no soportaban mi personalidad frugal, poco dado a los asuntos hogareños. Para ellos, yo no aportaba nada al departamento. Era demasiado desolador. ¿Las consecuencias? Me echaron al tercer mes de convivencia.

Es posible que hayan tenido razón. Nunca he podido ser un sujeto hogareño, doméstico. Unos meses después, me encontré de sopetón con Merino en el puente Pío Nono; se me acercó y lo perdoné de inmediato (es una broma).

Por otro lado, Natalia había comenzado una obra consistente en términos pictóricos: autorretratos de cuerpo entero, paisajes, referencias fotográficas y una que otra instalación. Pero lo más relevante ha tenido que ver –en mi opinión– con una afición de Natalia por la escritura, en particular la relativa a los temas del arte (destaco su tesis universitaria El hombre de los ojos glaucos).

Siempre he pensado en la necesidad que las artes visuales se comuniquen con la literatura (cuestión que en estos días va en retirada). En el presente libro de Natalia (Nadie se conoce, Ed. Saposcat, 2018) destaca gente del campo literario: Matías Rivas, Roberto Merino y Marcela Fuentealba. Creo que los textos de Natalia se equiparan a la pluma desarrollada por sus pares escritores. Son textos que yo, que me considero un escritor amateur, con algunos ripios idiomáticos pero de ideas brillantes (otra broma), me costaría harto producir.

Para finalizar, este libro constituye una poética en el sentido esencial del término. Remite a los comienzos del arte moderno cuando los artistas debían recurrir a gente del campo literario para poder tener una lectura actualizada de sus obras. Muchos escritores han hecho piezas visuales, y muchos artistas han escrito desde ensayos hasta ficciones.

Es cierto: la imagen y la palabra nunca podrán encontrarse de manera continua, pero en esa diferencia el relámpago poético surge, siguiendo a Nietzsche, «como el resplandor resultante del choque entre dos espadas».

Nadie se conoce, libro sobre la obra de Natalia Babarovic. Editorial Saposcat

Nadie se conoce. Natalia Babarovic

Textos de la autora, Roberto Merino, Matías Rivas, Marcela Fuentealba y Francisco Morales

Versión en inglés (libro aparte) de Neil Davidson

Edición rústica, 23 x 27 cm alto

220 páginas

ISBN: 978-956-9866-06-7

$36.000

saposcatlibros@gmail.com

*Presentación de Nadie se conoce de Natalia Babarovic, 13 de diciembre de 2018, galería D21, Santiago de Chile

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Guillermo Machuca

Nace en Chile en 1961. Es Licenciado en Arte con mención en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile. Se desempeña como docente en la Universidad de Chile, la Universidad Diego Portales y la Universidad Arcis. Es investigador y coordinador del área de Teoría e Historia del Arte de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales. Ha publicado más de cien textos críticos, tanto en catálogos como en revistas especializadas de arte. Simultáneamente, ha realizado diversas curadurías de arte tanto en Chile como a nivel internacional. Ha escrito los libros “Después de Duchamp” (Editorial Blanca Montaña, Magíster, Universidad de Chile, 2004), “Remeciendo al Papa” (Editorial Rabo del Ojo, Universidad Arcis, 2006), “Alas de Plomo” (Editorial Metales Pesados, 2008) y “El traje del emperador” (Editorial Metales Pesados, 2011).

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