Juan Hidalgo (España, 1927-2018) es, sin duda, una de las figuras decisivas del arte español contemporáneo. Formado como músico y, a partir del contacto con John Cage, impulsado hacia una lógica expandida de la acción musical, este creador canario fue fundador a mediados de los años sesenta del grupo ZAJ que, en vecindad al espíritu neodadaísta de Fluxus, tuvo una importante proyección internacional.

Considerado como uno de los pioneros en España del arte conceptual y del arte de acción, Juan Hidalgo no quiso, en ningún momento, generar un arte dogmático; al contrario, su planteamiento estético asume lo azaroso (en clave duchampiana), revela un talante libertario y está impulsado por la meditación oriental. El artista realizó tanto obras estrictamente musicales como performances, piezas fotográficas, instalaciones y obras gráficas sin dejar de ser, en todo momento, un poeta que asumía gozosamente lo “raro”.

“Toda frontera -también las del arte y, por tanto, las de la música- es simplemente una línea que nos separa del terror. Precisamente por esto, toda frontera debe ser atravesada. Hay que practicar primero el arte como vida, y segundo la vida como arte”, dijo en una ocasión.

Tabacalera, en Madrid, presenta por estos días una gran retrospectiva de Juan Hidalgo, con más de un centenar de obras suyas, desde piezas históricas hasta el último “piano diferente” que concibió. La exhibición, curada por Fernando Castro Flórez, rinde homenaje a un artista lúdico y lúcido, tristemente desaparecido a comienzos del año 2018, y que ha dejado como legado el espíritu generoso de su obra, ese “algo” que tiene el carácter de un regalo o una propina. Una exposición que no cierra nada, sino que se abre con la ambigüedad poética del “etcétera”.

Vista de la retrospectiva de Juan Hidalgo en Tabacalera, Madrid, 2018. Cortesía: Tabacalera
Vista de la retrospectiva de Juan Hidalgo en Tabacalera, Madrid, 2018. Cortesía: Tabacalera

JUAN HIDALGO. NOTAS AUTOBIOGRÁFICAS

 

En mi primera infancia me interesaron ciertas cosas a las que fui y he seguido siempre siendo adicto por placer. Lavar trapos con agua fresca y jabón, trocear verduras en cuadraditos muy pequeños para hacer hipotéticas comiditas, organizar procesiones con santos que me compraba mi madre y mi niñera, haciendo altares en el cajón bajo de unas antiguas mesitas de noche con ellos y muchas velitas, corriendo el riesgo de chamuscar todo sin el control de mi paciente niñera.

Más tarde empezó la primera estética. Tres actividades fueron primordiales para mí.

Teatros recortables grandes con casi todos los ingenios de la escena a los que se les añadía iluminación con micro bombillas y en los que se emplazaban personajes diversos también recortables.

Visitar la central telefónica de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria en la calle Domingo J. Navarro y pasar horas observando cómo las telefonistas usaban las clavijas que sorprendentemente encendían y apagaban bombillitas de color rojo, verde y maravilloso azul-violeta afónico.

Sentarme en el centro de mi cuarto de juegos en el que a petición mía se colocaban dos o más bombillas grandes en las esquinas de la habitación recubiertas por hojas arrugadas de papel de seda de muchos colores que iba yo cambiando de vez en cuando y que observaba absorto por un buen rato. Este fue seguramente mi primer mandala.

Llegó luego la hora del bachillerato y las clases de dibujo. Aprendí a pintar mariposas multicolores con Nicolás Massieu y Matos en el instituto de Las Palmas. Estudié también en el colegio Viera y Clavijo y siguió el dibujo con Alberto Manrique con el que pinté orejas, narices, caras y demás.

Luego dos ciencias ocuparon un lugar privilegiado en mis deseos: la química y la música. Ganó la música, y ésta junto con las llamadas artes plásticas y la poesía son desde entonces mis lenguajes.

Vista de la retrospectiva de Juan Hidalgo en Tabacalera, Madrid, 2018. Cortesía: Tabacalera
Vista de la retrospectiva de Juan Hidalgo en Tabacalera, Madrid, 2018. Cortesía: Tabacalera
Vista de la retrospectiva de Juan Hidalgo en Tabacalera, Madrid, 2018. Cortesía: Tabacalera

El arte es como estar en casa un domingo por la mañana en sandalias, camiseta y calzoncillos.

Juan Hidalgo