Por Sofía Hurtado

 

Iconoclasistas es un dúo argentino formado por Julia Risler y Pablo Ares. En sus trabajos desarrollan proyectos de mapeo colectivo y código abierto, combinando el arte gráfico y la investigación colectiva. Mediante la activación de dispositivos gráficos y el diseño de un reservorio de herramientas, estimulan la reflexión conjunta para impulsar nuevas prácticas, discursos y subjetividades.

 

Conversamos con ellos a propósito de su participación en la exposición Haciendo Barrio, que se exhibe hasta el 3 de febrero de 2019 en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende (MSSA). En esta muestra se reúne el resultado de diversos trabajos desarrollados a lo largo de dos años en una serie de espacios de reflexión y creación participativa, en una colaboración entre el museo y la comunidad del barrio República de Santiago. Con una inédita co-curaduría entre los vecinos y vecinas barrio República y el Área Programas Públicos del MSSA, la muestra rescata la mirada y relatos de los habitantes de este histórico vecindario.

 

Iconoclasistas. Acción en el Barrio República de Santiago, como parte de la muestra "Haciendo Barrio", MSSA, Santiago de Chile, 2018. Foto: Lorna Remmele/ MSSA

Sofía Hurtado: Entiendo que sus prácticas están fundadas en la conjunción entre las artes gráficas y las ciencias sociales ¿Cómo han desarrollado esta herramienta que transita entre ambas disciplinas?

Iconoclasistas: Primero parte de la formación de cada uno, del lugar de donde veníamos. Nos conocimos en el 2004; Pablo venía del grupo de arte callejero, la animación, de la gráfica, del cómic, del diseño. Entonces su práctica era más callejera, más política. Por otro lado, yo venía de las ciencias sociales, de la universidad, de la docencia, de la investigación. Fue en esa coyuntura especial en la que pensamos qué podíamos hacer a partir de la idea de trabajar desde la comunicación. Eso fue lo primero que nos unió. A pesar de venir de distintas disciplinas, ambos tenemos una mirada comunicacional. La entendemos como la fórmula que permite encontrar el mejor relato gráfico-visual para poder comunicar determinadas temáticas y problemáticas hacia la ciudadanía, hacia movimientos sociales, comunidades y demás.

Los primeros años fueron de experimentación y comunicación política, de armar afiches con investigaciones, siempre acentuando la parte visual pero con un trabajo de fondo. Trabajamos la síntesis entre gráfica y comunicación política con una decidida orientación popular, en el sentido que pudiera ser, primero, de libre circulación, y que a la vez pudiera ser apropiada por el que así lo necesitara y, segundo, que funcionara con mensajes claros y directos. En este camino trabajamos utilizando los mapas y las cartografías como medio de comunicación y como soporte.

SH: Me interesa específicamente el uso de dispositivos gráficos y artísticos en la herramienta del mapeo colectivo ¿Cómo leen ustedes el potencial crítico y político de estas imágenes?

I: En un principio, cuando empezamos a trabajar con estas herramientas, rápidamente nos dimos cuenta que no nos sentíamos bien comunicando solamente desde nuestra óptica. Nos dimos cuenta que necesitábamos un dispositivo para trabajar con otros y, como ya veníamos trabajando con mapas, empezamos a explorar allí. Comenzamos a trabajar con grupos de estudiantes, que eran los más abiertos a una dinámica nueva. En ese tiempo nadie sabía lo que era el mapeo colectivo. Antes existían las cartografías sociales, que operan desde otro ritmo y tipo de trabajo. El mapeo era más rápido, pensado desde la conversación y más para la población urbana.

Con el tiempo empezamos a trabajar con estudiantes de distintas especialidades, siempre en esa mezcla permanente de disciplinas. Desarrollamos una iconografía de problemáticas, pero los trabajos salían un poco depresivos, no se veían alternativas. Fue entonces cuando incluimos otro tipo de herramientas y recursos en el marco de la cartografía, como los multiplanos, es decir, usar varios planos cartográficos a los que agregamos propuestas e ideas que salían de los mismos territorios. Después conectamos los trabajos con una línea histórica muy simple de los últimos años que abrió nuevos diálogos y posibilidades. En el último tiempo hemos ampliado las herramientas: empezamos a trabajar la deriva, el cuerpo y el paisaje. El cuerpo es el dispositivo gráfico y el territorio primario que más fuerza cobró en los últimos años. Por todo lo que está pasando y por lo dinamizadora que es la herramienta, permite pensar el cuerpo en relación al entorno y a distintos contextos.

Iconoclasistas. Acción en el Barrio República de Santiago, como parte de la muestra "Haciendo Barrio", MSSA, Santiago de Chile, 2018. Foto: Lorna Remmele/ MSSA

SH: En las distintas instancias colaborativas que ustedes desarrollan, ¿los participantes tienen la posibilidad de generar sus propios pictogramas? ¿La simbología muta en función de cada contexto?

I: Nosotros tenemos una especie de reservorio de imágenes de iconografía y pictogramación. Lo fuimos ampliando y creando en base a los mapeos. En los talleres había mucha discusión sobre qué tipo de imagen utilizar para un determinado tema, o qué leyenda debía tener el ícono. Ahí hubo todo un proceso de aprendizaje para entender cómo ir nominando ciertos temas, qué categoría poner y a través de qué imágenes. Dentro de las dinamizaciones que hacemos es que la gente puede crear nuevos íconos, corregir los que ya están, inventarlos. Por eso el reservorio de imágenes ha crecido tanto, y por lo mismo también está compartido en el sitio web, porque entendemos que, al ser resultado de un proceso de creación colectiva, debe estar disponible para su uso y apropiación.

SH: La información obtenida a partir del trabajo con cartografías y mapeos colectivos es sistematizada en distintos soportes que funcionan como síntesis gráfica. ¿Alguna vez han pensado estos soportes como un producto estético-visual por sí mismo?

I: Algunos mapas que hicimos han sido utilizados en distintas instancias, desde pancartas en una manifestación hasta publicaciones en distintos medios de comunicación más alternativos, o sea, realmente tienen una vida por sí mismos, la gente se los apropia. Hay quienes nos han contado que se imprimieron un mapa y lo tienen enmarcado en el living de su casa… eso es muy loco, la imagen realmente tiene un peso simbólico y funciona por sí misma. Hemos identificado también que se impuso toda esta estética del rayado; en arte comunitario se puede ver continuamente marcadores, manos… Nosotros no teníamos la posibilidad de contar lo que hacíamos en base a otros recursos, sin duda no había una intención estética pensada más allá de mostrar el resultado de un trabajo colectivo. Ahora uno abre cualquier libro de arte y aparece esa estética. De alguna manera, se impuso cierta visualidad en relación a esos trabajos colaborativos. Nos damos cuenta ahora y nos parece gracioso, porque no tiene ningún valor, o quizá sí, no lo sabemos; para nosotros no tiene valor como obra y esperamos que no lo tenga.

Respecto a las gráficas, están siempre pensadas de forma que sean lo menos herméticas posible, aunque a veces proponemos algunos signos que vienen más cargados de misterio, influenciados en parte por el barroco y algunas cosas del arte más premoderno, pero siempre nuestro objetivo es comunicar. A nosotros lo que nos convoca es lo colectivo y la comunicación.

Iconoclasistas. Vista de la exposición "Haciendo Barrio", en el MSSA, Santiago de Chile, 2018. Foto: Lorna Remmele/ MSSA
Iconoclasistas. Vista de la exposición "Haciendo Barrio", en el MSSA, Santiago de Chile, 2018. Foto: Lorna Remmele/ MSSA

SH: Si bien el mapa podría pensarse como un soporte reducido, el uso que ustedes proponen para este recurso lo convierte en una herramienta activadora de nuevos diálogos y diagnósticos. ¿De qué manera el mapa vincula y representa distintas visiones del espacio?

I: Seguramente, desde que somos culturalmente asociativos, existe esa idea de imaginar y dibujar un territorio, por lo tanto, entendemos que el mapa es una herramienta comunicacional estupenda. No funciona perfectamente en todos los lugares: opera en las ciudades como las americanas, pero en ciudades más complejas o en barrios precarios se hace más difícil porque son territorios vivos sin una geografía establecida. El mapa sirve para lograr comunicar y hacer entendibles un montón de temas y, al mismo tiempo, crea un relato. Un mapa es un relato simultáneo, no está contando una sola idea, uno logra verlas como si ocurrieran todas al mismo tiempo, en el mismo momento, obteniendo una visión simultánea que es muy rara. No sé si la logremos de otra manera, ni siquiera en un videoclip o en una película de Eisenstein, donde, a pesar que hay una imagen tras otra y todo un intento de simultaneidad, a partir del montaje no se logra totalmente; en cambio el mapa sí alcanza esa simultaneidad: logras ver un momento simultáneo de algo que además es bastante complejo de entender o contar. Para mí, ese es el éxito, la potencia y la razón de continuidad del mapa.

Los mapas que trabajamos dicen algo desde ese multirelato. Intentamos siempre comunicar la mayor cantidad de cosas posibles en el espacio reducido del mapa. Entonces ponemos distintas temáticas juntas que se transforman en un mapa mucho más complejo; por lo tanto, exige un mayor tiempo de lectura e intercambio. El mapa queda ahí y puedes volver a verlo cuantas veces quieras o necesites; vuelves porque aprendiste algo y entonces entendiste algo nuevo. Esto lo dice Didi Huberman: un atlas te invita a volver siempre, funciona como una deriva, un lugar de consulta que te lleva a muchos nuevos temas y lugares. El mapa ofrece esa misma posibilidad.

SH: Entonces el mapa es la fotografía de un proceso en permanente cambio, pero al mismo tiempo funciona como un archivo que guarda muchas capas de información.

I: Eso es cierto, los mapas cambian todo el rato, pero a la vez funcionan como testimonio de una época, hacen una historia. Por ejemplo, puedes ver un mapa para conocer la época de la colonia, ves el mapa del periodo o la forma cómo cartografió España las costas de América, y a partir de ahí puedes hacer toda una investigación, se pueden releer esos mapas al trasladarlos a un mapa moderno, puedes entender una historia antigua con herramientas de la cartografía más actual.

Los mapas colectivos dejan un registro de lo que pasaba en un momento preciso y, al mismo tiempo, evidencian ciertas permanencias: los ríos siguen estando donde están, algunos conflictos siguen siendo los mismos a la misma vez que muestra cómo otros se acabaron. Mucha gente nos ha dicho que dejábamos la memoria, que los mapas dejaban el documento de un momento. Todos los mapas dejan documentos, por eso sacamos el Manual de Mapeo Colectivo, para compartir las herramientas y que la gente las use. Me parece que es interesante que esta misma herramienta que sale de Europa, el mapa, nos haya dado la posibilidad de mucha más lucidez para entender la Argentina y el mundo.

SH: Explorando sus distintos materiales me encontré con el concepto de Antropofagia. Si consideramos esa noción como fundamental para entender las dinámicas culturales latinoamericanas, ¿cómo entienden su práctica en relación a esa idea?

I: Al principio de la entrevista situaste nuestro trabajo entre las artes gráficas y las comunicaciones; yo le agregaría ahí la influencia de la investigación de acción participativa con todos los movimientos latinoamericanistas de los años sesenta, la educación popular Freiriana, el situacionismo, la psicogeografía de Guy Debord y, en los últimos años, el avance de las pedagogías feministas. Sin duda el vínculo que uno tiene con todos esos procesos es antropofágico, es de tomarlos, pasarlos y de volver a sacarlos recuperando lo que realmente sirve para la práctica como una apropiación productiva. Nos vamos nutriendo y antropofagiando con referentes actuales e históricos.

Iconoclasistas. Acción en el Barrio República de Santiago, como parte de la muestra "Haciendo Barrio", MSSA, Santiago de Chile, 2018. Foto: Lorna Remmele/ MSSA
Iconoclasistas. Acción en el Barrio República de Santiago, como parte de la muestra "Haciendo Barrio", MSSA, Santiago de Chile, 2018. Foto: Lorna Remmele/ MSSA