Por Tania Puente 

 

Por lo pronto, habría un espacio que pertenece por condición propia al objeto y habría un espacio para la ubicación de ese objeto. Si ese objeto es la palabra (la palabra es un objeto sin fondo, una superficie profunda, un grafismo significante), entonces el espacio mismo se transforma en ese objeto en una verdadera cinta de Moebius, en una fuente dinámica y quieta que se hace a sí misma al tiempo que se consume. 

Posición, Amanda Berenguer

 

En 1976, la poeta uruguaya Amanda Berenguer publica Composición de lugar, un libro de “poesía cinética”, como ella misma define su proceso de escritura, en el cual cada poema se despliega en distintas variantes, cuyas oscilaciones abarcan el verso libre, el lenguaje matemático, gráficas y planos cartesianos, diferentes tipografías y emplazamientos espaciales sobre la hoja en blanco propios de la poesía visual. En Posición, breve ensayo introductorio que precede el cuerpo de esta obra, da cuenta del estado de la palabra como un objeto atrapado en la contradicción. Es dinámica, mutante, inasible. Expuesta y oculta. Bajo ese precepto, los procesos de lectura se revelan como múltiples y quizás inabarcables. Algunas de estas palabras podrán leerse, otras no; podrán tener sentido o estar inscritas en un régimen hermético. En el otro extremo de la operación, la escritura proviene de un agente, de un sujeto escribiente cuyas intenciones estarán, dependiendo de su contexto, pensadas para un grupo específico de lectores-receptores.

¿Qué implica componer un lugar a través de este tipo de escrituras? ¿Qué hay en el acto de escribir, cuando éste transgrede sus convenciones y normas? Composición de lugar, en Walden Gallery (Buenos Aires), reúne las obras de las artistas Magali Lara (México, 1956), Margarita Paksa (Argentina, 1933), Mirtha Dermisache (Argentina, 1940-2012), María Freire (Uruguay, 1917-2015), Teresa Burga (Perú, 1935), Amanda Berenguer (Uruguay, 1921-2010), Magdalena Jitrik (Argentina, 1966), Graciela Gutiérrez Marx (Argentina, 1945) y Lucrecia Lionti (Argentina, 1985), quienes no sólo tensionan las nociones y modos de escribir, leer, ver y comunicar, sino que, a través de sus prácticas, se posicionan como productoras de lenguajes disidentes, críticos y de resistencia. Sus textos van de lo asémico a lo poético, transitando lo críptico y lo oculto. Los soportes que eligen se camuflan con dispositivos de circulación públicos, como libros, hojas sueltas y arte correo, o bien refieren a instancias privadas como cuadernos de notas y pautados. Sus lenguajes, ya sean legibles o ilegibles, visibles o, por momentos, casi invisibles, se manifiestan con contundencia.

Toda escritura otra exige una lectura otra. En este caso, visibilidad y legibilidad actúan a la par y en diferentes niveles. Las obras de Magdalena Jitrik y Lucrecia Lionti se valen del lenguaje para indicar deseos y pugnar por la memoria. Los textos de Jitrik son concisos, breves, personales y utópicos. Si bien las líneas son depuradas y simples, desbordan las normativas de alineación y mutan a mapas conceptuales y diagramas de flujo. En la intersección de lo personal y la firme conciencia de clase, la enunciación de sus deseos se torna sumamente política. Por su parte, la operación que realiza Lionti en Morus Nigra es indicial; la huella de los jugos del fruto que le da nombre a la pieza es preservada, señalada, destacada. La mora no es cualquier mora, sino que proviene de los predios de la Ex-ESMA, una carga política insoslayable. Hay un cuidado de lo mínimo y lo efímero, al tiempo que la mancha se convierte en parte constitutiva de la escritura contra el olvido.

Vista de la exposición "Composición de lugar", en Walden Gallery, Buenos Aires, 2018. Cortesía de la galería

Alejándose de la referencialidad de las palabras, Magali Lara presenta en Circunstancias, un relato amoroso cuya combinatoria parte de cuatro elementos, representados por imágenes asociadas con sentimientos, personajes y narradores, burbujas de diálogo y flechas. Con una guía de lectura inicial, los espectadores-lectores se enfrentan de manera activa al desciframiento de la narración, que encierra los vericuetos íntimos de las relaciones afectivas.

En lo oculto también radica una carga de emancipación y protección. Sudamérica, de María Freire, comprende una serie de ejercicios formales que la artista realiza a finales de la década de los 50 para pensar en la potencia de la reiteración geométrica. Las figuras poligonales que pinta y alinea son signos que no remiten más que a sí mismos en su plasticidad. En el caso de Margarita Paksa, las geometrías sobre papel cuadriculado componen sus Escrituras cuadradas, donde los mensajes quedan encriptados e insinúan, desde su forma, la necesidad de permanecer ocultos, sólo comprensibles para aquellos poseedores del código de lectura exigido. Por su parte, el lenguaje ilegible de Mirtha Dermisache fue característico de su producción. Si bien siguió una sintaxis mimética e intencional, teniendo en cuenta los marcos paratextuales de los géneros comunicativos, cada escritura variaba en formas e intensidades. Sin esperar ser descifrados, estos grafismos disfrutan del pacto de privacidad implicíto en sus trazos.

Magali Lara, “Circunstancias”. Cortesía: Walden Gallery
Vista de la exposición "Composición de lugar", en Walden Gallery, Buenos Aires, 2018. Cortesía de la galería
Teresa Burga, "Estructura, Propuesta, Sonido", ca 1970's. Cortesía: Walden Gallery

En Estructura, propuesta, sonido, Teresa Burga realiza un cruce de lenguajes al escribir música desde sus propias reglas. Recupera textos poéticos de Blanca Varela y le asigna a cada letra una nota musical. Lo que brinda es una partitura, cuyo dinamismo se recalibra entre la espera de ser interpretada y la renovada manera de leer poesía. Bajo una operación similar de transposición, Graciela Gutiérrez Marx reúne en Examen de un bosque parte de la serie Family Group, imágenes que conjuntan lenguajes verbales y visuales, creadas por sus alumnas y otros invitados, bajo distintas consignas. El resultado es la creación de un inventario comunitario que problematiza aquello que se piensa como representación, enfocado en el árbol como elemento para ser explorado desde una multiplicidad de escrituras y dibujos, con miras a la defensa de las imaginaciones colectivas.

Curiosidad y complicidad actúan al unísono en los lectores-espectadores frente a esta serie de escrituras. Al no existir una lectura unívoca, se gestan cuantas subjetividades sea posible en los vínculos que se tienden en este proceso. En todo caso, en la obra de estas artistas se sostiene un lenguaje, que es muchos y de muchos, en el que lo poético, lo político y lo personal disputan el territorio de lo escrito. Discurre por el borde, exige atención, y disfruta de su clandestinidad. Deviene imagen, dibujo y materia. Crea vocabularios, se camufla en repeticiones y establece los fragmentos de una narración. Finalmente, a partir del despliegue de estas prácticas lo que se compone es el lugar de la resistencia.