Entre el 31 de agosto y el 4 de octubre de 2018 se podrá visitar en D21 Proyectos de Arte (Santiago de Chile) la exposición Chulos chunchules chilenos, del escritor y poeta Piero Montebruno (Santiago, 1977) con fotografías de Paz Errázuriz (Santiago, 1944).

 

Chulos chunchules chilenos se compone de fotografías, dibujos, anotaciones y textos producidos entre los años 2003 y 2015. Bajo la curaduría de Carol Illanes, Montebruno expone un performance realizado 15 años atrás que consistió en un ritual en el cual su madre lo castra. En esta exposición, Montebruno presenta los materiales de registro de ese acto poético, incluidas 30 fotografías en blanco y negro de Paz Errázuriz y más de 20 dibujos y bocetos creados el año 2003.

 

Illanes señala en el texto incluido en el catálogo de la muestra que todo ritual es una suspensión del cuerpo que ocurre en otro tiempo, y estas fotografías son un registro de aquello. Notablemente, en esta exposición vemos cómo en el trabajo fotográfico de Errázuriz da un giro hacia la ficción, una faceta distinta en relación con su cuerpo de obra. Son precisamente estos diálogos y contradiálogos entre Montebruno y Errázuriz, los que van construyendo el relato y la puesta en escena de esta exposición.

 

Vista de la exposición "Chulos chunchules chilenos", del escritor y poeta Piero Montebruno, con fotografías de Paz Errázuriz, en D21 Proyectos de Arte, Santiago, 2018. Foto cortesía de D21
Paz Errázuriz y Piero Montebruno, fotografía parte de la exposición "Chulos chunchules chilenos", en D21 Proyectos de Arte, Santiago de Chile, 2018. Cortesía de los artistas y D21
Vista de la exposición "Chulos chunchules chilenos", del escritor y poeta Piero Montebruno, con fotografías de Paz Errázuriz, en D21 Proyectos de Arte, Santiago, 2018. Foto cortesía de D21

Por Carol Illanes

 

Piero invitó a Paz a ser único testigo del acto iniciático. Prepararon juntos el quirófano donde se despediría de todo lo que quedaba de hombre en él. Su madre, ciertamente, debía ser quien ejecutase el procedimiento: enajenarse mediante el ritual de su emasculación. Eso fue hace 15 años.

Todo ritual es una suspensión soberana de cuerpos enajenados y aturdidos. Todo ritual ocurre en otro tiempo, aquí es el tiempo de la fotografía. El grito es la oreja, escribe Montebruno: la fotografía es una donación de órgano. Un trasplante de piel. Un injerto que reproduce la realidad, esto es que la produce de nuevo, partenogénicamente. Algo que es a la vez un original y una copia. O sea, un hijo.

Era una costumbre victoriana el que para capturar el retrato de un infante, dada la probabilidad de que sus movimientos comprometieran el tiempo de exposición necesario, su madre apareciera escondida sujetándolo. De ahí que encontremos en algunas fotografías, detrás o junto al niño, mujeres cubiertas enteras con telas, brocados o alfombras, dando el aspecto de fantasmas; al confundirlas con la decoración el niño no perdía protagonismo en la imagen. Pero se cree que las “madres ocultas” (Hidden Mothers) también buscaban diferenciar el retrato de uno post mortem, habitual en la época dada la alta mortalidad infantil. Mostrar que se trataba de un niño vivo.

Una cita indirecta es este hijo medio muerto y medio vivo, protagonista. Una madre fantasma, invisible y a la vez doblemente visible. Como decía, Chulos chunchules chilenos es un ritual en la fotografía, el rito está contenido en ella. Con esa recurrente conspiración hacia sí mismo con la que Montebruno imprime en el lenguaje las marcas de la ansiedad, buscó a través del acto fotográfico una salida a sus pulsiones intrapersonales.

Hoy sabemos que la ficción estuvo presente desde los principios de la fotografía. Entre ellas muchas prácticas escenográficas ampliaron considerablemente su abanico más allá del difundido pictoralismo del XIX. En el caso del retrato, la ficción estaba a la orden de exaltar la individualidad del retratado, hacerlo “realmente” presente. Una estrecha relación con el teatro se ejercía ahí, atmósferas propiamente escénicas en iluminaciones, disfraces y accesorios. Naturalmente, no se buscaba solo el crear determinado efecto en la administración de esos elementos, sino “hacerse aparecer” a sí mismo en dicha transformación: la fotografía era allí el registro también de una necesidad de autoafirmación.

Vista de la exposición "Chulos chunchules chilenos", del escritor y poeta Piero Montebruno, con fotografías de Paz Errázuriz, en D21 Proyectos de Arte, Santiago, 2018. Foto cortesía de D21
Paz Errázuriz y Piero Montebruno, fotografía parte de la exposición "Chulos chunchules chilenos", en D21 Proyectos de Arte, Santiago de Chile, 2018. Cortesía de los artistas y D21
Vista de la exposición "Chulos chunchules chilenos", del escritor y poeta Piero Montebruno, con fotografías de Paz Errázuriz, en D21 Proyectos de Arte, Santiago, 2018. Foto cortesía de D21

En Ch ch ch Montebruno halla un lugar para echar a andar algunas imágenes que ha descrito en sus poemas. Entre ellas prima la languidez de los cuerpos como marionetas pero, sobre todo, la esterilidad como muerte. En la obsesión de Montebruno con la muerte la agonía del cuerpo es gozada, encamina a un limbo prohibido a los vivos. Y todo pasa por la carne. Justo cuando terminaba la carnicería real empezaba la metáfora, empezaba la poesía, comienza el cuento. Solo descarnándose encara el poeta su verdadera obsesión, la de sí en la poesía. Es un ritual de reconciliación, los testículos, “simiente muerta”, el tropo de su suicidio. Este es el motivo de este autorretrato (“Yo soy mi propia obra. Yo soy mi poema”, aparece en uno de sus escritos).

Seducida por ver esto, Paz Errázuriz se atrevió a estrechar su relación con la literatura, no tanto en permitirse “colaborar” con un escritor otra vez, sino de dar a su obra un giro más permisivo hacia la ficción. Piero Montebruno escritor, Montebruno cuerpo, es ente e identidad del terreno prohibido de Errázuriz, la ventana hacia donde nunca antes la vimos arrojarse. El reconocimiento de lo más temible de la poesía en la fotografía o, lo que es acá equivalente, Montebruno muriendo repetidamente gracias al ojo de Errázuriz, muriendo y “apareciendo realmente”, en su transformación. Para ella, no sería sino una experimentación de los límites de esa empatía dolorosa que siempre vimos impregnada en sus fotografías. La emergencia de un terreno que va enajenando lo que queda de vivo en los cuerpos. Suficiente motivación para perderse en el mundo del teatro y la novela siniestra. Este giro, que nunca vimos permitido como aquí, me gusta fantasear se mantuvo quizás solo escondido.

Estos archivos son también registro, entonces, de un encuentro, en el sentido más estricto del término. Como tal el intercambio es intraducible, pero algo guardan las fotografías. Dos sujetos productores de imágenes aparentemente tan distintas se espejean y reconocen.

Las ilustraciones presentes aquí junto con anotaciones y dibujos nos ayudan a orientarnos en el proceso de esta iniciación que involucró a muchos cómplices. Entre estos materiales se destaca la Catóptrica, objeto confeccionado por Montebruno y que hoy manipulable contiene el texto que fue la pieza final de este encuentro.

Todos los años que permanecieron guardados estos archivos solo han encarecido la naturaleza extra-temporal de este “arte de carnicería”.

Paz Errázuriz y Piero Montebruno, fotografía parte de la exposición "Chulos chunchules chilenos", en D21 Proyectos de Arte, Santiago de Chile, 2018. Cortesía de los artistas y D21
Paz Errázuriz y Piero Montebruno, fotografía parte de la exposición "Chulos chunchules chilenos", en D21 Proyectos de Arte, Santiago de Chile, 2018. Cortesía de los artistas y D21