El rastro, el barrio y sus afectos como lugar, el tiempo como tema y el aprendizaje por demostración, son aspectos del método de trabajo de Christian Salablanca (Costa Rica, 1990) que me interesan y que tal vez, desde ópticas diferentes, compartimos.

La mirada baja, su tímida y pausada elocuencia, el gusto por el trabajo físico, la amistad como código y la resistencia como ejercicio, son actitudes que admiro de su método de trabajo.

Esta conversación se llevó a cabo durante varios días del mes de julio de 2018 en Bogotá, cuando Christian estaba preparando su primera exposición individual fuera de su país natal.  Lléveme a la fama se inauguró el 4 de agosto en la galería Valenzuela Klenner y estará abierta hasta el 8 de septiembre.

 

Christian Salablanca, Con mis manos, fotosecuencia de movimiento Volveré para delinquir. Cortesía del artista

Nicolás Paris: Me interesa saber mucho sobre su relación con la idea de barrio o con su barrio… ¿Qué dinámicas de aprendizaje, diálogo e intercambios le interesan de su barrio?

Christian Salablanca: Siempre me ha interesado hablar de experiencias en el barrio, tanto experiencias personales como de algunos amigos o conocidos.

Existen momentos creativos que se generan en el contexto barrial. Muchas veces hay procesos creativos destinados a cosas ilícitas y me parece interesante esas formas de aprendizaje que tienen que ver con la escucha y la observación.

En ese sentido, hace algunos años escuche una frase de un chico donde decía que “el barrio lo marca a uno”. Esa huella o memoria que argumentaba siempre me parecía una frase relevante en la vida urbana. Es decir, situaciones afectivas, dinámicas ilícitas y aspectos relacionados al lenguaje. Entonces, me parece que la idea de barrio presente tiene que ver con llevarlo inscrito en la piel y responde a dinámicas económicas, afectivas y de supervivencia.

NP: De esas dinámicas ilícitas, ¿qué estrategias le interesa comunicar?

CS: Bueno, primero que todo, las dinámicas ilícitas que tienen que ver con economías informales que forman parte de actos delictivos como el microtráfico, la venta de artículos robados, la lucha por plazas comerciales de droga, entre otras que ponen en juego la vida.

Aunque muchas se presentan en un campo negativo, existe una situación interesante que tiene que ver con el autoaprendizaje, con la invención de mecanismos para obtener poder simbólico, un capital económico, así como mejorar condiciones de vida que involucran la afectividad entre grupos genera un campo alrededor de procesos de autoconocimiento. Ahí en ese espacio del autoconocimiento es donde encuentro diversas estrategias de comunicación desde la violencia urbana, la escucha y la observación.

Es aquí donde formatos que tienen que ver con el lenguaje establecen un diálogo entre sistemas de traducción que parten de la oralidad a la imagen, de la oralidad a la acción. Por tanto, estas estrategias que parten de la violencia urbana generan una situación específica que hace de lo ilícito un lugar de aprendizaje de códigos, comportamientos y expresiones que plantean la creatividad como una zona de transgresión.

Parte de mi trabajo en los últimos años se ha interesado en estos formatos de creatividad; primero los encontré en entrevistas para traducir del lenguaje de la calle a un lenguaje entendible desde la palabra a partir de códigos que escenifican una forma de operar o de referirse a una situación crítica. Luego lo cambié por estrategias más cercanas a la realidad de un contexto del cual ha formado parte desde que crecí en un sector marginal y tiene que ver con los lazos afectivos hacia la vida de barrio. En el caso de este proyecto (Lléveme a la fama), agrupa procesos que surgieron del formato de las entrevistas hasta procesos etnográficos que parten de la escucha, la palabra, la observación y las acciones presentes en la violencia urbana.

Christian Salablanca, Dos corazones, 2016, video proyección. Foto: Mónica Naranjo/Lester Rodríguez
Christian Salablanca, Peaje (monedas), monedas y plomo de balas, 2018. Foto: Mónica Naranjo/Lester Rodríguez

NP: Me interesa su idea del autoaprendizaje y autoconocimiento en relación con las dinámicas de barrio. En su caso particular, ¿cómo ha sido su proceso de auto verificación trabajando en el arte desde su experiencia en su barrio?

CS: Durante el 2010, mi hermana y yo colaboramos con un antropólogo que tenía la idea de realizar una investigación en algunos barrios que presentaban índices de violencia en Costa Rica. Él nos contactó para colaborar en la traducción de entrevistas que realizaba como parte de su proyecto de doctorado sobre violencia en Centroamérica. Ahí puedo decir que esos procesos de auto verificación se dieron. Primero, porque cuando uno forma parte de esas dinámicas del barrio las concibe como algo cotidiano y muchas veces pasan desapercibidas por uno mismo.

Segundo, era muy chistoso y a la vez muy fuerte escuchar en una entrevista una voz familiar que podía ser tu mejor amigo, tu hermano o hermana, hasta tu peor enemigo y, sin saber el nombre, identificabas alguna historia, algún problema o te dabas cuenta que, aunque no te cayera bien por alguna razón, en el audio había mucha necesidad de la gente por contar su versión sobre las cosas y los hechos. Es ahí donde sistemas etnográficos como la escucha y la observación se convirtieron en sistemas retóricos para abordar desde un proyecto en artes visuales.

Existía una gran poesía en una mala palabra o un insulto, pero al mismo tiempo era como un tutorial de cómo sobrevivir día a día teniendo una cantidad de problemas afectivos, económicos y existenciales.

Cuando hablo del autoconocimiento me refiero a la idea de que uno se reconoce a sí mismo en algunas frases que escucha, hay una memoria en el uso de la palabra cuando se presentaba alguna situación de violencia que se entiende desde el afecto y la vulnerabilidad. Por otro lado, el auto aprendizaje tiene que ver más con sistemas creativos para obtener lo que se necesita, desde cómo crear un arma casera, ya sea un cuchillo o una pistola; uno tiene que aprender cómo es una munición, por ejemplo, y al saber cómo era una munición te inventabas el mecanismo para detonarla. El auto aprendizaje es entonces un formato de ocio, debido a que hay gente que pasa mucho tiempo observando cómo funciona alguna cosa específica y en cuestión de tiempo ya existe un método, ya sea cómo negociar con un policía, cómo esconder mercancía sin que te sorprendan, o fabricar tus herramientas de trabajo según tus capacidades. Es decir, la calle es una escuela que responde a sistemas de sobrevivencia que se parecen a una teoría darwiniana donde el más apto tiene su suerte.

Es por eso que mucho de mi trabajo a veces responde a situaciones que están vinculadas al reino animal, a los juegos entre la presa y el cazador, entre diferentes formas de lenguaje como el sonido, la imagen y la palabra; así como si se tratara de un taquígrafo que tiene por oficio transcribir lo que dice alguien utilizando los signos a una velocidad semejante a la del habla.

Christian Salablanca, En mi defensa no diré nada, 2016-2018, yerras e intervención, 70 x 50 x 10 cm. Foto: Mónica Naranjo/Lester Rodríguez
Christian Salablanca, En mi defensa no diré nada, 2016-2018, yerras e intervención, 70 x 50 x 10 cm. Foto: Mónica Naranjo/Lester Rodríguez

NP: ¿Cómo se define el cuerpo en estas situaciones afectivas y de vulnerabilidad? ¿Cómo definiría el cuerpo dentro de este contexto de la calle como escuela y del auto aprendizaje como un formato de ocio?

CS: En cuanto a definir el cuerpo en mi trabajo hay una noción que la asumo dentro de una metodología que viene de la etnografía pero que responde, también, a situaciones en donde el afecto y la vulnerabilidad se toman desde una idea de faunalización o animalización. Es decir, de la concepción de una identidad alterna que tiene lugar con lo animal. Muchos de los trabajos en la exposición tienen que ver con el reino animal, desde una yerra para marcar ganado que traduce un texto en relación a cierta información que demarca el territorio, una frase popular como “iré con las garras afiladas” que se vuelve una especie de statement de la calle como posibilidad de confrontación o una herramienta que sirve para matar que, de manera omnisciente, narra la vida desde el autosacrificio.

Todas esas referencias con lo animal a través de la palabra han provocado que le ponga atención al lenguaje, a ver cómo uno con el otro se enfrentan a situaciones donde la palabra y el cuerpo son mediados por esa noción de deshumanización al sustituir una identidad con un apodo o alias, y muchas veces de referencias con lo animal. Es así que la palabra demarca el cuerpo, la palabra demarca las acciones y son formas de aprendizaje, de saber que si haces X cosa te enfrentas a un problema y si haces Y cosa puedes lograr algún objetivo.

He pensado que la calle es una escuela que te da herramientas para vivir; el cuerpo, en ese sentido, se expone a ello y a sistemas de comunicación en los que encuentras maneras de convivencia que plantean reglas y códigos. Estas son maneras que se presentan como un lugar creativo de aprendizaje y es ahí donde encuentro un lugar que me motiva. Hablar con un amigo tomando cerveza en una esquina, de que me cuenten sus formas de vida mientras cargan su dosis de dopaje diario, de estar solo en un espacio de conversación explicándote como se gana la vida mientras varios carros y motos sospechosas pasan en frente de uno sin saber si ahí ocurrirá una situación donde se puede exponer la vida.

El cuerpo está ahí, como traductor de lo cotidiano.

Christian Salablanca, Que nuestro placer de ser comidos sea más grande que el de otros, detalle de video instalación. Foto: Mónica Naranjo/Lester Rodríguez
Christian Salablanca, Que nuestro placer de ser comidos sea más grande que el de otros, detalle de video instalación. Foto: Mónica Naranjo/Lester Rodríguez

NP: Cuando habla de microtráfico, pienso en la idea de la micropolítica o aquellas acciones con las cuales construimos nuestra realidad desde fragmentos, deseos, errores y confrontaciones. Esos pequeños eventos que nos determinan y con los cuales auto construimos nuestro entorno. Para usted, ¿qué es un lugar?

CS: Pienso que la idea de lugar, en este caso de la idea de barrio, va más allá del sitio. Mucho de lo que hago cuando estoy en otro lugar o país trabajando, cuando camino, es pensar en situaciones en las que vienen a la memoria tu localidad, y esa es más una experiencia afectiva de sucesos que una imagen de un espacio específico. Me vienen imágenes más cercanas a la experiencia de un saludo con los puños con un extraño, la manera de caminar de la gente, la forma en que miran a la cara o cosas que se escapan de lo visible.

Como la vez que iba caminando por mi barrio, luego de vivir un año en Colombia… mi economía no estaba tan buena. Recogía lo que me encontrara para trabajar o a veces me encontraba monedas. Me deje ir por el brillo de las cosas al bajar la mirada al suelo. Cuando recogí lo que en mi cabeza era una moneda, me di cuenta que era un plomo de una bala que de pronto podía ser una bala perdida. Ese metal tenía la forma redonda casi como una moneda. Una gran fortuna, pensé.

Pero me venía a la memoria las veces que estaba con mi primo contando el dinero producido por la venta de piedras de crack, todo sucio y todo “enfuerzado”; luego de contar las monedas que tenía en un bolsito, exclamó: “Estoy en la fama”.

La expresión, la sonrisa de mi primo con esa apariencia de habitante de la calle, y el brillo de las monedas, son cosas que me parecen micropolíticas y que marcan, lo que tú dices: deseos, fantasías y miedos. Y bueno, entre la experiencia de mi primo contando monedas y la bala aplastada en la calle existe mucho tiempo de diferencia. Tal vez dos años o tres. Pero estas acciones, gestos y sucesos son atemporales y ahí creo es donde logro entender, o sentir más bien, la idea de lugar. El lugar es el afecto, es pensar que cada situación cotidiana, ya sea buena o mala, algo enseña. Por lo menos a construir fantasías.

Christian Salablanca, Statement (el barrio lo marca a uno), 2018, intervención de texto taquigráfico. Foto: Mónica Naranjo/Lester Rodríguez
Christian Salablanca, Limpio y puro, 2015, video, 3´30". Foto: Mónica Naranjo/Lester Rodríguez

Imagen destacada: Christian Salablanca, Lléveme a la fama, en Galería Valenzuela Klenner, Bogotá, 2018. Foto: Mónica Naranjo/Lester Rodríguez

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Nicolás Paris

Nace en Bogotá, en 1977. Ha expuesto en el MUAC de México, el MAMM de Medellín (Colombia), el SFMOMA (San Francisco, EEUU) y el MUSAC de León (España). Ha participado en la 30ª Bienal de São Paulo, la 54ª Bienal de Venecia y la 11ª Bienal de Lyon. Su obra forma parte de diversas colecciones internacionales como la Colección Jumex (México), El MAMM de Medellín, la Tate Modern de Londres y el MUSAC de León.

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