A mediados de los ochenta, irrumpió en la escena artística de Nueva York un grupo de mujeres con máscaras de gorila llamado las Guerrilla Girls. Estas mujeres, escondidas tras y empoderadas por el anonimato, se tomaron las calles para condenar al mundo artístico por la sub-representación del género femenino. Tomaban sus herramientas, como es de imaginarse, de las guerrillas, que incluían performances, protestas, charlas, libros, instalaciones y, sobre todo, posters. Sus tácticas estaban en línea con una abogacía progresista y eran el resultado de una serie de inquietudes sobre la igualdad de géneros (y etnias) sometidas a la revisión de datos y estadísticas, finalmente graficadas en afiches de protesta que, como todo arte de protesta de renombre, se volvieron mercancías coleccionables con el tiempo.

Algunas de sus frases más famosas incluyen: “¿Deben estar desnudas las mujeres para entrar a los museos de Estados Unidos?”, “¿Cuántas exposiciones individuales en museos de Nueva York han sido de mujeres?”, “Solo cuatro galerías comerciales representan a artistas negras. Solo una de ellas representa a más de una”. Sus contendores eran quienes perpetuaban un tipo de promoción, venta y exhibición de arte y cultura mainstream, lo que incluía a galeristas, coleccionistas, curadores, directores de museos e historiadores. Sin embargo, también batallaban contra partidos políticos, medios de comunicación, conservadores y el público en general, ya que su lucha no se limitaba a incluir más mujeres en exposiciones y subastas, sino que abarcaba el derecho de la mujer sobre su cuerpo, el abuso sexual, la discriminación racial, los roles atribuidos al género femenino, entre otras causas.

Abrieron debates que hoy resuenan en internet y en conversaciones cotidianas, desde la invisibilidad de artistas de raza no blanca, a episodios como el de Donald Trump “agarrando a una mujer por su pussy”, el productor de Hollywood Harvey Weinstein abusando sexualmente y violando a jovenes actrices y modelos de forma sistemática por décadas, producto de un sistema en que el poder lo guarda el hombre blanco con sus propias reglas –ya que él “construyó” y “maneja” la industria-, o el más reciente caso del coeditor de la influyente revista Artforum, Knight Landesman, acusado de acosamiento sexual por al menos seis mujeres que trabajan en la industria del arte. En lo que las Guerrilla Girls fracasaron, sin embargo, fue en lo siguiente: no se refirieron a las mujeres dentro de estas mismas instituciones.

De acuerdo a la American Alliance of Museums, en Estados Unidos la producción de arte y cultura es una industria de $704 mil millones de dólares, lo que representa el 4,2 por ciento de la economía del país, superando a la industria de la construcción ($619 mil millones) y de los servicios básicos ($170 mil millones). En total, los museos ofrecen más de 400 mil trabajos y destinan más de dos mil millones de dólares a actividades educativas. Los estudiantes que visitan museos muestran una mejora en sus habilidades de pensamiento crítico, empatía histórica y tolerancia. Por último, según Reach Advisors|Museums R+D, los sitios y museos históricos, museos en general y museos específicamente de arte son las tres fuentes de información más confiables en Estados Unidos, encontrándose por sobre académicos e investigadores y el gobierno. ¿Quién maneja estos miles de millones de dólares? ¿A quiénes les dan trabajo? ¿Qué historia les están enseñando a los estudiantes? ¿Con qué empatizan estos últimos?, y ¿quién está detrás de –o sobre- todo aquello?

 

Mientras mayor sea el presupuesto del museo, menos directoras mujeres se encuentran.

 

Un estudio realizado por la Andrew W. Mellon Foundation encontró que durante la última década, las mujeres han pasado a ocupar el 60 por ciento del personal de los museos de Estados Unidos. Y de acuerdo a la American Association of Museum Directors, hoy en día, lxs presidentxs, CEOs y directorxs de museos del país son en un 56 por ciento mujeres. Sin embargo, el Louvre, el museo más visitado del mundo con 7.400.000 personas al año (en el 2016), no ha tenido una sola directora mujer en su historia. Lo mismo para el Metropolitan. La joya de Nueva York, con más de siete millones de personas visitándolo, ha tenido diez directores y todos han sido hombres. La National Gallery de Londres los sigue con quince directores desde 1824, todos hombres. Y así, la lista continúa con el British Museum, la National Gallery de Washington DC, el Museo del Hermitage, el Reina Sofía y el Museo del Prado. ¿Dónde quedaron, entonces, todas las mujeres que trabajan en museos? ¿Serán los museos de Estados Unidos una excepción a este sistema patriarcal?

Lamentablemente, no. El reporte del AAMD de este año cuenta que la prevalencia de directoras mujeres en Estados Unidos está sujeta a los diferentes tipos de museos y el tamaño de presupuesto que estos manejan. En museos con presupuestos de entre uno y dos millones de dólares, el 57 por ciento de sus directorxs son mujeres. Los con presupuestos de entre 10 y 15 millones de dólares tienen un 55 por ciento de directoras mujeres (una declinación de dos puntos porcentuales). Los museos que manejan entre 30 y 45 millones de dólares tienen solo un 27% de directoras mujeres. Y finalmente, los museos con presupuestos sobre los 100 millones de dólares no tienen, en lo absoluto, directoras del género femenino. Mientras mayor sea el presupuesto del museo, menos directoras mujeres se encuentran.

Luego, en cuanto al tipo de museo, el 60 por ciento de los museos universitarios (un 25 por ciento del total de museos encuestados) tiene mujeres directoras. Sin embargo, la mujer gana 85 centavos por cada dólar pagado al hombre. En museos culturalmente específicos, el 57 por ciento es dirigido por mujeres y la mujer gana 91 centavos por cada dólar que gana el hombre (la menor brecha salarial), pero este tipo corresponde al tres por ciento del total de museos. En los museos de arte contemporáneo, un quinto del total de museos, el 46 por ciento es dirigido por mujeres. En ellos, a la mujer se le paga 82 centavos por cada dólar pagado al hombre. En los museos enciclopédicos, representando casi la mitad de los museos, solo un 41 por ciento lo dirigen mujeres, y ellas ganan 69 centavos por cada dólar pagado a su colega masculino, la mayor brecha salarial de los tipos mencionados. En promedio, las directoras mujeres ganan 73 centavos por cada dólar que gana su contraparte masculina, una disminución de siete centavos desde el 2013.

 

A mayor nivel educacional, paradójicamente, se encuentra una mayor brecha salarial.

 

La American Association of University Women, por otra parte, encontró que la educación avanzada no quita los efectos de la brecha salarial. A pesar de que en el 2015 las mujeres obtuvieron el 61% de los grados de magíster y el 54% de los grados doctorales en humanidades, los datos muestran que las mujeres con estudios avanzados tenían salarios semanales medianos correspondientes a un 74 por ciento del de los hombres, mientras que las mujeres con estudios inferiores a la educación superior ganaban el 80 por ciento de lo que ganan los pares. A mayor nivel educacional, paradójicamente, se encuentra una mayor brecha salarial.

¿Será que fueron ellos quienes construyeron y sacaron adelante los museos, y las mujeres están recién entrando a ellos? La respuesta es no. O por lo menos, no en Estados Unidos. El Whitney Museum of American Art, el museo que probablemente recibe la mayor atención mediática en Nueva York –especialmente desde su relocalización en el barrio de Chelsea- fue fundado por una mujer, Gertrude Vanderbilt Whitney y dirigido primeramente por una (por Juliana Force). Hilla von Rebay, por otra parte, fue la primera directora del museo Guggenheim, cuyas exposiciones reciben más de un millón de visitas al año. Las hermanas Hewitt fundaron el museo de diseño de Smithsonian, el Cooper Hewitt.

Y cabe destacar que el motor de estas mujeres no era copiar el modelo instaurado por el género masculino. Marcia Tucker, por ejemplo, luego de ser despedida de su puesto de Curadora de Pintura y Escultura en el Whitney Museum of American Art fundó el New Museum of Contemporary Art en 1977, el primer museo de Nueva York en dedicarse exclusivamente al arte contemporáneo. Cuarenta años después, el museo mantiene aquella posición y es uno de los pocos del mundo fundados por una mujer y perpetuamente dirigido por ellas. Otra líder ha sido Mary Schmidt Campbell, quien dirigió el Studio Museum in Harlem hasta 1987, un museo en uptown Manhattan dedicado al trabajo de artistas afroamericanxs, y hoy preside el Spelman College, una universidad cuya misión es “la educación y el desarrollo de mujeres negras de alto rendimiento”. A principios de septiembre, Schmidt Campbell anunció que a partir del próximo año aceptarán a estudiantes que “vivan de forma consistente y se auto-identifiquen como mujeres, independiente de la asignación de género al momento de su nacimiento”, expandiendo su visión pluralista e integrativa más allá de los confines del arte.

El panorama parece estar cambiando, sí. La Tate Modern de Londres hoy es dirigido por Frances Morris, siendo la primera directora mujer en la historia de la institución, el Brooklyn Museum por Anne Pasternak (mismo caso que Morris), y el Bronx Museum hasta hace poco fue dirigido por Holly Block, quien murió el mes pasado producto de un cáncer. Thelma Golden dirige el Studio Museum in Harlem y Laura Raicovich encabeza el Queens Museum. Y el nombramiento de estas mujeres no ha pasado desapercibido –se han aplaudido fuertemente los esfuerzos por la igualdad de géneros en el contexto laboral, más en línea con el progresismo que las artes visuales debiesen emplear. Pero, ¿qué falta para que estas instituciones que fueron construidas, definidas y formadas por mujeres, implementen los conceptos de pluralidad, diversidad e integración de sus fundaciones y les entreguen sus mayores presupuestos, cargos directivos y sueldos equitativos también a ellas?

Como Thelma Golden, del Studio Museum, comentó en el panel de directoras de museos ArtTable Annual Leadership Series: New Visions New Voices, realizado en septiembre, “si intentamos lograr este tipo de cambio fundamental de cultura, se debe hacer en un diálogo de ambos sexos. Y ahora que promocionamos la idea del liderazgo femenino más activamente en el sector, debemos hacerlo en unísono con una conversación más amplia con nuestros colegas masculinos, para que no solo busquemos paridad, sino un nuevo tipo de equidad”.

“El olvido constante es intencional. Es el poder del patriarcado. Así es que pareciera que este olvido colectivo debe ser atacado con una permanente visibilidad: hablar de los nombres, reconocer su labor, institucionalizar las contribuciones”, sostiene Golden, a lo que la artista y profesora del New School, Andrea Geyer, interrumpe: “Y normalizar. Como mujeres, somos consideradas fuera del mainstream, aún cuando somos parte del mainstream. Somos continuamente puestas en este lugar para justificar, volver a narrar, ser el informante natural. Permanentemente me pregunto, ¿cómo romper con estos roles prescritos, en los que continuamente se nos pide desempeñarnos?”

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Paula Solimano

Nace en Estados Unidos, en 1991. Es artista visual y curadora. Licenciada en Arte por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Forma parte de De Facto Colectivo desde 2015. Actualmente vive en Nueva York.
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